Excerpt for Sonríe Delgado by Javier Puebla, available in its entirety at Smashwords

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Sonríe Delgado

Javier Puebla


1ª Edición Digital

Septiembre 2011


Smashwords Edition

© Javier Puebla 2004

© de esta edición:

Literaturas Com Libros

Literaturas Comunicación, S.L.

Parador del Sol 9. 28019 Madrid.

http://literaturascomlibros.es


ISBN: 978-84-15414-02-5


Diseño de la cubierta: Benjamín Escalonilla


Smashwords Edition, License Notes

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ÍNDICE

Copyright

Dedicatoria

Sonríe Delgado

Sobre el autor





Para Max

(pero también para Lola)





I



Llevo casi dos años oculto bajo el mismo nombre: Alberto Delgado. El nombre es real. Pero la persona que lo ostentaba de modo legítimo ya no existe. Hasta la fecha ha sido un refugio seguro. Sin embargo las actuales circunstancias apuntan a que esto podría cambiar.


Conocí a Alberto Delgado de un modo poco usual. Poco usual para Occidente. En Beirut era el miedo nuestro de cada día. Yacía en el suelo. En el centro de una callejuela de tierra. Me bastó una ojeada para comprender que no había remedio. Las balas en el estómago rara vez lo tienen. Se desangraba. Era cuestión de más o menos horas. Pocas horas.

El disparo era reciente. Aún no habían tenido tiempo de desvalijarle. Alejé con un grito en árabe a los niños que se acercaban. Siempre que había algo que robar aparecían niños. Peligrosos. Capaces de lapidarte por un mendrugo.

Hice un torniquete con su propia chaqueta. No sé muy bien por qué. Tal vez porque era occidental. O tal vez porque los diez largos meses pasados en el hospital me habían sensibilizado hacia el dolor ajeno. Además olfateé una oportunidad. No voy a negarlo. Yo también era capaz de apedrear a cualquiera por un mendrugo de pan. Sin pasaporte ni dinero mi futuro en la ciudad era inexistente. Mi futuro en el mundo era inexistente.

Me lo cargué a la espalda. Pesaba mucho. Mucho para mí. No estaba muy hercúleo por aquel entonces. Su sangre caliente empapaba la espalda de mi chilaba. Sin molestarme. Al contrario. Mis propias heridas eran demasiado recientes como para sentir repugnancia. Éramos como hermanos. Hermanos en el dolor. De qué cuerpo brotaba la sangre en esta ocasión era casi indiferente.

Le transporté hasta mi cubil. Con enorme esfuerzo. Sobre todo en el tramo de escaleras final. Apenas diez peldaños. Diez peldaños en tan mal estado como el resto del edificio. Antaño había sido un hotel. La guerra lo había transformado en un refugio de ratas. Yo era una de ellas. Aunque no me quejaba demasiado. Tenía hasta una cama. Sin sábanas. Por supuesto. Echaba de menos las sábanas. En los últimos meses sentía añoranza de las cosas más estúpidas.

Limpié como pude la herida. Un lavado superficial. Sin grandes aspavientos. Toallas empapadas en agua. Sucias las toallas y fría el agua. ¿Y qué? No había otra cosa. Y dudaba que Alberto Delgado se fuese a molestar en pedir el libro de reclamaciones al gerente. Empujé sus tripas hacia dentro. Con mi propia mano. En el hospital había pasado por trances peores. No me dejé impresionar. Mientras yo trajinaba con sus intestinos el infeliz seguía perdido en sus delirios. Decía tonterías. Cosas como que estaba solo en el mundo. Que no le importaba a nadie. Tópicos. Aunque no se perdería nada por indagar un poco.

—¿No tienes familia? —pregunté. Esperanzado. Lo reconozco.

—Estoy solo —repitió. Sus ojos castaños se agarraron a los míos. Desesperados y serenos a un tiempo. Extraños. Granjeándose mi simpatía. Aunque de poco podría servirnos a ambos. Sus minutos estaban contados.

—¡No quiero morir! —me suplicó. Me lo suplicó a mí. Como si yo fuese Alá. Como si fuese el Dios de los milagros. Levántate y anda, Lázaro, hermano. Sería espléndido. Hacer milagros. Poder rebobinar. Empezar de cero o menos uno o...

Entonces se me ocurrió la idea. En realidad yo ya llevaba la semilla dentro. La presencia de Delgado únicamente la hizo germinar. Permití que agarrase mi mano con sus dedos trémulos. Tenía que hacerle hablar.

Era funcionario. Canciller de la Embajada de España. Futuro Canciller. Ni siquiera había tomado posesión del cargo. Acababa de llegar. Su idea era aprovechar el mes de incorporación para visitar un poco el Líbano. Como si el Líbano fuese un lugar para ir de veraneo. No conocía un alma en la ciudad. Excepto al conserje de su hotel y a un par de camareros. Nadie en realidad. El comienzo estaba siendo endemoniadamente bueno.

Perdió el sentido. El dolor. Le pegué un par de bofetadas. Bastante fuertes. Volvió en sí con lágrimas en los ojos. En ese estado poca información podría darme. Por fortuna me quedaba un poco de morfina. Dos dosis. Le inyecté la primera.

—¿Y cómo se te ocurrió pedir destino en Beirut? ¿No sabías que el país está en guerra?

Asintió con la cabeza. Esperé a que le hiciese efecto la morfina.

—Pensé que era un buen sitio para escapar.

Yo había pensado lo mismo. Años antes. Me lo callé. No se trataba de contarle mi vida. Si no de averiguar cuanto fuese posible acerca de la suya.

—¿De quién?

Me miró sin entender.

—¿Escapar de quién? —repetí.

—De mí mismo —explicó con un suspiro. Temí que se fuese a poner filosófico. Nunca se sabe por dónde va a darle a un hombre cuando está a punto de morir.

—De mi propia estupidez, que me hizo liarme con una arpía. Pero ahora ya da igual, he escapado. Tendría que haberla matado, no por mí. No por venganza, sino para que no pueda repetir con otro lo que hizo conmigo. Aunque quizá fue mi culpa, no lo sé; casi he llegado a creer que las mujeres me traen mala suerte.

—No pierdas la esperanza. Aún no has perdido la guerra. Solo una batalla. Aquí estoy yo. Y te aseguro que siempre les he traído a las mujeres mucha peor suerte de la que ellas te hayan podido acarrear a ti.

Eso era verdad. Alberto hizo un esfuerzo para sonreír. Era uno de esos tipos educados. En general no me gusta la gente así. Pero él sí. Tenía algo. Me recordaba a otro. Otro latino. Un tipo hiperactivo que conocí en Madrid.

—Háblame de ella —pedí.

—¿Mi chica?

Pronunció las palabras con absoluto desprecio. Mi chica. La pasión cuando se desvanece acostumbra dejar secuelas amargas.

—Se llama Ana. Ahora tendrá treinta y ocho o treinta y nueve años, vive en Barcelona. Pero ¿para qué va a servirme ya hablar de ella? ¿Qué más da? Estoy cansado.

Tenía que decírselo. Su odio hacia la mujer era palpable. A mí me interesa el odio. Soy un experto. Durante un tiempo fue mi principal fuente de ingresos. La satisfacción del odio ajeno siempre es negociable.

—Tengo un trato que proponerte.

Me miró expectante. Tratando de contener las arcadas de sangre que cada poco le venían a la boca.

—No puedo evitar que mueras. Lo mío no son los milagros. Ese tipo de milagros. Pero sí puedo impedir que ella viva. Eso sí que puedo hacerlo.

—¿La matarías? —preguntó incrédulo.

Asentí con la cabeza. Podría haberle dado mil explicaciones. Describirle mil métodos. No lo hice. Andábamos escasos de tiempo. Su respiración era cada vez más entrecortada. Apenas podía hablar. Pero su mirada era harto elocuente. Quería saber cuál era el trato.

—A cambio quiero tu identidad. Tu nombre. Pasaporte, ropas... Todo.

—No tienes documentos y quieres salir del país, ¿es eso, verdad? Buscas un...

La tos cercenó su discurso. Ronca tos cuajada de esputos sanguinolentos. Le indiqué que se callara. Era estúpido malgastar energía elucubrando sobre mis motivos. Sin embargo él continuó. Necesitaba verlo claro. Comprender.

—Te busca la policía, o el ejército, o alguien, y necesitas un pasaporte para largarte, ¿no es eso?

—Más o menos.

No me gustan las grandes charlas. Me aburre oírme decir en voz alta lo que ya sé. Pero el pobre diablo se merecía algo más que unas cuantas frases inconexas. Intenté explicárselo. Aunque era demasiado largo para entrar en detalles.

—Necesito una identidad. No tengo. Es difícil de entender. Para ti será difícil de entender. Pero es así. Digamos que mi nombre es... —traduje al español— ...Federico. Federico Sueño. Me dieron por muerto hace más de un año. Y no quiero resucitar. Al menos todavía no. Tal vez más tarde. Por eso necesito tu identidad. No un simple pasaporte. Algo más. ¡Ser tú! Continuar tu vida como si no hubiese pasado nada. Como si ninguna bala perdida se hubiese cruzado contigo en una callejuela de Beirut. Tu espíritu continuará en mí. Y seré digno. Te lo prometo.


Le miré. Mientras hablaba. Desde lo más hondo. Hasta lo más hondo. Para que comprendiese. A veces es difícil confiar en las palabras. Siempre es difícil.

Se removió en el lecho. Inquieto. Durante un instante la curiosidad pudo más que el dolor y la muerte. Lo noté en la manera de escudriñarme el rostro. Tratando de calarme. ¿Qué clase de individuo era yo para ofrecer un trato así? Desconfianza. Es creencia común que los asesinos son poco de fiar. Somos poco de fiar. Aunque él nada tenía que perder y lo sabía. Trató de incorporarse. No pudo. El dolor había vuelto. Compañero fiel. No aflojaría su presa hasta verle en brazos de la muerte. Una lágrima resbaló por su mejilla pálida. Suave. Casi adolescente.

—Me parece bien, acepto tu trato. Mi nombre es tuyo. Serás Alberto Delgado —suspiró—. ¿Qué necesitas?

—Información. Dame información: familia, amigos, hobbies, pasiones...

Asintió con la cabeza. Le costaba respirar. Había cerrado los ojos para ahorrar fuerzas. Asimilando. Cuando comenzó a hablar comprendí que había creído en mí. En una suerte de magia desconocida para él. Una magia que le permitiría de algún modo seguir viviendo. De algún modo.

—Tengo veintinueve años. Me llamo Alberto Delgado. Mi último domicilio figura en el pasaporte. Lo llevo en un doble fondo, cosido a la pernera del pantalón. No tengo familia, excepto una tía lejana y unos cuantos primos con los que apenas he tenido contacto. Supongo que de verme ni siquiera me reconocerían. Tampoco tengo muchos amigos. Los empecé a perder cuando me fui a vivir con Ana. En el hotel hay una libreta con los teléfonos de casi toda la gente que conozco, también un cuaderno, de tapas azules, que te puede venir bien. Ahí está mi esencia, no es un diario pero sí algo parecido, aunque sin fechas.

Se paró en seco. Le había asaltado una duda. Era transparente.

—¿Cómo vas a hacerte pasar por mí? No nos parecemos.

—Claro que sí. Seré exacto a ti. Además no voy a frecuentar mucho a nadie que te conociese anteriormente.

—¿Y a ella, cómo la matarás? Es...

Volvió a toser. Doblándose hacia delante. Le cogí entre mis brazos. Su oreja quedaba cerca de mi boca. No tuve que esforzarme para explicárselo.

—De modo que sufra como has sufrido tú y más. Como lo habrías hecho tú en sueños.

Se abrazó a mí. Reconfortado. Creía hasta en la última de mis palabras. Necesitaba creer en ellas porque ya no le quedaba nada más. Nada.

—¿Cómo puedo encontrarla?

—Su número y su dirección están en la agenda de teléfonos —tosió—, en la B.

Casi sonrió. A pesar de la situación. Era su último intento de sonrisa.

—En la B de Bruja —explicó—. Ten cuidado con ella, es más lista y peligrosa de lo que a primera vista parece.

—Tranquilo. Te aseguro que yo soy más peligroso que ella. Lo parezca o no a primera vista.

Me habría gustado indagar algo más. Sus padres. Sin saber por qué no acababa de creerme que no tuviese ninguna familia. Era posible que la tuviese y no deseara hablar de ella. No sería el primero. Conozco muchos casos. Sin ir más lejos el mío. Di a mis padres por muertos cuando me largué de casa. Decidí dejarlo correr. ¿Para qué torturarle más? Me separé de él para ir en busca de la otra dosis de morfina. La última. A sabiendas de que aquella misma noche lamentaría mi excesiva generosidad. Los meses pasados en el hospital me habían convertido en un adicto. Pero ya era hora de acabar con ello. Aguantar el mono es duro pero se pasa. Cuestión de huevos.

Los músculos de Delgado se relajaron casi al instante. Arrojé la jeringuilla a la papelera tras sacarla de su vena. Quizá esa misma noche la buscase entre la basura pero tenía que intentarlo. Desengancharme. Volví a palmear las mejillas de Alberto para evitar que se quedase dormido. Aún no me había dicho en que hotel se alojaba. Se lo pregunté.

—En el Sheraton, en la plaza...

—Sé donde está —atajé.

Hizo una señal de conformidad.

—Tienen mi talonario de cheques y dinero en efectivo guardado en la caja fuerte. No sé si podrás... ¡aaaaahaha!

La dosis no había sido suficiente. Sus ojos parecían a punto de salirse de las órbitas. Tenía miedo. Sufrió una terrible serie de convulsiones. Estábamos abrazados. Cada vez que él sufría un espasmo yo lo sufría con él. Le tenía cogido con todas mis fuerzas. En aquel momento le quería. Era para mí la única persona del mundo. Como yo para él. Dos diminutos seres humanos aterrados y temblando juntos. Deliraba de nuevo. Llamó a su madre. O eso me pareció. Sus palabras resultaban apenas inteligibles. Recobró la conciencia. De repente. Espantado. Le acaricié el pelo.

—Tranquilo. Soy yo. Frederic. No te preocupes. Yo me encargo de todo.

Asintió. Sus lágrimas bañaban mi cara. Sabían a sal. Se separó un poco de mí. Tratando de hablar. No pudo.

—Haré cuanto te he dicho. Confía en mí —le prometí—. Tu espíritu vivirá conmigo y en mí.

Puse mi boca sobre la suya. Ya estaba. Iba a morir. Sentí en mis labios el calor febril de los suyos. Y en los brazos el espasmo que antecede a la muerte. Tuve que emplear toda mi fuerza para sujetarle. Exhaló un suspiro sobrecogedor. El último. Dentro de mí. Transmitiéndome su esencia. Pasando a ser parte de mí.

Cuando le solté no sabía si el sudor que me empapaba el cuerpo era mío o suyo. Si las lágrimas que bañaban mi rostro eran suyas. O mías.


***


En el doble fondo de su pantalón encontré el pasaporte. Y tres mil dólares. Me emocionó ver tanta pasta junta. Quizá para Delgado aquel dinero era una menudencia. No para mí. Con tres mil dólares se podían hacer muchas cosas en Beirut. Constituían una pequeña fortuna. Suficiente para sobornar a todo el personal del hotel en el que nos alojábamos. Aunque intentar hacerlo sería una torpeza. Habría llamado la atención.

En primer lugar le quité la ropa. Toda. A él ya no iba a hacerle falta. Carecía de detergente. Utilicé un poco de jabón. La sangre pasó a convertirse en algo pardo y desvaído. Bastaba. Nadie iba a negarme la llave de mi habitación por falta de higiene. No en Beirut. El agujero de la camisa era más complicado. De hecho no tenía remedio. Cuestión de arrugarla un poco. Necesitaba un sombrero. Él tenía pelo. Yo no. Mi cráneo estaba rapado al cero. Como de costumbre. El sombrero lo conseguí en el mercado. Junto a un poco de maquillaje. También un peluquín sintético. Nadie hacía preguntas. Pasé unas horas ensayando. Luego me presenté en su hotel.

Había averiguado el número de la habitación mediante una llamada telefónica.

—Quisiera hablar con el señor Delgado, habitación...

—Habitación 212. No hay nadie en el cuarto, lo siento. ¿Desea dejar algún recado?

—Sí. ¿Tiene papel? Bien. Escriba: Relájate, Alberto. Todo va bien.


Dos horas más tarde estaba allí. Sudando frente al mostrador.

—Dos, uno, dos —pedí. Refinando mi voz rasposa. Ocultando la mirada bajo el ala del sombrero.

—Hay un recado para usted, monsieur Delgado.

Y la llave. Un recado y la llave. El conserje no había dudado que yo fuese Alberto Delgado. Un occidental es igual a otro occidental. Todos nos parecemos. Al cerrarse a mi espalda el ascensor desplegué el papel con el mensaje. Relájate, Alberto. Todo va bien. Sí. Todo iba bien. Suspiré tan fuerte que casi se me doblaron las piernas. Abrí la puerta con dedos temblorosos. La cama. Me deje caer sobre ella. Noté como se mojaba mi cara. Debían ser los nervios. Estaba llorando.


La Embajada me preocupaba algo más. No sabía si Delgado se había puesto en contacto telefónico con ellos. Decidí esperar una semana antes de personarme. Para hacerme con el personaje. Para que creciese un poco mi cabello. Para sentirme más seguro. El objetivo era ser como él. Comer como él. Hablar como él. Caminar como él. ¡Dormir como él!

Tuve que imaginarme muchos detalles. Casi todos. Pero al séptimo día ya era Alberto Delgado. Aunque yo era algo más grande usábamos casi la misma talla. Podía aprovechar su ropa. Con los zapatos no resultó tan sencillo. Eran de un número inferior. Me aguanté. Ni con dinero se conseguían en Beirut zapatos europeos por aquel entonces.

Cuando llegó la mañana en la que debía pasar por la embajada me podía la histeria. Vencer la adicción a la morfina me había dejado convertido en un manojo de nervios. Me sentía desequilibrado. Débil. Y estaba desentrenado. Desentrenado de ser tratado como un ser humano. Desentrenado en el trato con la gente civilizada. Desentrenado hasta de mí mismo. Sobre todo de mí mismo. Como había hecho todos los días anteriores me permití un copioso desayuno en mi propio cuarto. Maravillas del dinero. Y pasé treinta minutos nadando en la piscina del hotel. Las bombas habían tenido a bien respetarla hasta aquel entonces. También probé con un poco de autohipnosis. Ante el espejo. Aun así...


Hacía calor. Cinco días antes había prendido fuego al cuerpo de Delgado. Junto a la práctica totalidad de mis antiguas pertenencias. Escasas pertenencias. Pensé que incinerarle era lo único que podía hacer por él. Nada de darle sepultura. Demasiado complicado. Saqué de su cuerpo la bala que le había matado antes de encender la pira. Un trozo de plomo arrugado y deforme. La llevaría conmigo. Colgada del cuello. Soy supersticioso. Creo en la magia negra. Y la practico.

—Buenos días.

—Buenos días.

Había un guardia ante la puerta. Nativo. Sentado en una pequeña garita. Era la única medida de protección visible. Me presenté. Temeroso de que mi acento no fuese lo bastante perfecto. Excepto con Delgado llevaba casi dos años sin hablar español.

—Ah sí, pase. Hace días que le estamos esperando, señor Delgado.

Aparte del guardia de la puerta, que también hacía de chofer, había dos secretarias y un administrativo. Este último era español. El único. Aunque por su forma de hablar nadie lo habría dicho. Chapurreaba tan mal como cualquiera de sus compañeros. Eso me tranquilizó. Aunque no el resto.

El administrativo se llamaba Aurelio de Miguel. Unos meses atrás yo había intentado comprarle un pasaporte. Sin éxito. No conseguí suficiente dinero.

Temí que me reconociese cuando me alargó su pequeña colección de salchichas sudorosas para que las estrechase entre mis dedos. Pero no. Mi aspecto había cambiado radicalmente. Además la posibilidad de que alguien hubiese suplantado al nuevo canciller era demasiado fantástica para que a él se le pasase por el cerebro. Enseguida se puso a cotillear. Hablaba demasiado. Bebía demasiado. Sudaba demasiado. Y se quejaba demasiado. Me comentó que el Embajador y el Secretario de Embajada habían abandonado el país meses atrás con el rabo entre las piernas. Cometí el error de preguntar la fecha. Eso le hizo subir la guardia. Yo debería saberlo. ¿O quizás no? Por fortuna sus dudas quedaron ahogadas en su propia verborrea. Tardé casi una hora en quitármelo de encima. Al final me encontraba muy incómodo. Sudando a pesar del aire acondicionado. Pasé un mal rato.

Las secretarias no eran ningún problema. Guardaban la distancia. Delgado había hablado con una de ellas el día de su llegada. La más joven. Delgado había insistido en que nadie acudiera a buscarle al aeropuerto. Me lo recordó ella misma. Asentí con la cabeza. Como distraído.

—Tal como usted solicitó le he preparado un dossier sobre la situación de la Embajada, con un organigrama y las funciones de cada uno.

Estupendo. Me sentí orgulloso. Mi imitación de la voz de Delgado era lo bastante buena. Nayha, la secretaria, no parecía haber notado la diferencia. Los documentos solicitados por Delgado me serían útiles. Delgado había hecho bien las cosas. Como si hubiese intuido lo que iba a pasar. Como si realmente lo hubiese intuido.

—Se lo he dejado en su despacho —concluyó Nayha. Todo sonrisas.

¡Mi despacho! No estaba mal. Nada mal. Era amplio. Confortable. Algo caluroso pero comprobé encantado como el aire acondicionado se ponía en marcha tras girar la rueda de control. Enseguida comenzó a emitir un ronco ruido que a mí me pareció delicioso. El sillón era de cuero negro y reclinable. Magnífico. Como la mesa. Iba a inspeccionar el interior de uno de los numerosos cajones cuando advertí que me temblaban las manos. Respiré hondo varias veces. Calma. Todo iba bien. ¡Todo iba bien! Yo era Alberto Delgado. Nadie dudaba de ello. Estaba en el buen camino.


***


Los meses siguientes transcurrieron como la seda. No recuerdo haber disfrutado nunca de una existencia tan tranquila. A pesar de las bombas. A pesar de que no había cines ni grandes espectáculos. A pesar de que me seguía cruzando con cadáveres tirados en mitad de la calle. También con heridos que lloraban, se retorcían y eran desvalijados por las bandas de niños. Heridos que desde luego yo no recogía para llevarlos a mi hotel. Vivía con una sensación de placidez. Y también de plenitud. Diferente a todo lo anterior. Podía sentir a Delgado dentro de mí. Su espíritu. No es que estuviese poseído. No. Era algo más sutil. En todo caso yo era el íncubo. El brillo interior que animaba al Alberto Delgado de siempre. Veía mi entorno de otra manera. El cielo. Las palmeras. La intensidad de los colores. El rostro de las mujeres libanesas. Hasta las ruinas de la ciudad se habían vuelto hermosas. Amparadas bajo esa nueva luz. La luz de Delgado. No había necesitado asomarme a las páginas de su cuaderno para adivinar que era un entusiasta. Un enamorado de la vida. Cada día le daba gracias al destino por haberle puesto en mi camino. Pues lo cierto es que ya había perdido por completo la esperanza. La fe en mí mismo. De hecho había sobrevivido por un milagro. Casi en contra de mi voluntad.

La vida en las ciudades me convirtió en apóstol de la violencia. Amaba destruir. Por eso elegí el Líbano. La guerra. Para matar. Matar a mansalva. Para saciar mi sed de sangre. Pero no hay nada artístico en una guerra. Cadáveres y más cadáveres. Al llegar a cincuenta dejé de contarlos. El dato no tenía importancia. Carecía de relieve. Es más hermoso matar una cucaracha en Londres que cien hombres en Beirut. Por eso deserté de mi batallón.

Anduve varios días como un sonámbulo. Quería irme de allí pero no sabía a dónde. Y a la vez quería seguir matando. Era lo único que sabía hacer. Pero solo me quedaba una persona a quien asesinar. A mí mismo. Una granada. Una granada estallando en una barca. En mitad del mar. Esa era la idea. Poética. Muy poética. Pero en el último segundo cambié de opinión. Tras retirar la anilla de su anclaje. Instinto de supervivencia lo llaman. Simple miedo. Cualquier cosa. Lancé la granada hacia un lado y me arrojé al agua. No lo bastante rápido. Heridas por todas partes. Debería haberme ahogado. No fue así. Apareció un barco. Un barco turco. Un carguero militar que me llevó de regreso al país de donde quería escapar.

A los mercenarios no se les hace un consejo de guerra si desertan. Se les deja de pagar. Eso es todo. Si vuelven entonces sí. Entonces sí que se toman algunas represalias. Fingí que no recordaba mi nombre. Que todos los recuerdos habían desaparecido de mi memoria. Me retuvieron muchos meses. En un hospital infecto. ¿No querías guerra? Aquí tienes tu guerra. El hospital era infinitamente más sórdido que cualquier campo de batalla. Médicos y enfermeras. Ellos eran peor que las heridas. Peor que las enfermedades. Peor que la muerte. Nunca me inspiraron gratitud. Solo asco. Un asco infinito.

Aseguraron que padecía un problema de desequilibrio mental. Excelente pretexto para jugar al doctor Frankenstein conmigo. Fármacos. Electroshocks. Me largué a tiempo. Sin dinero. Sin fuerza. Sin ánimo. Viviendo gracias a pequeños robos. Por inercia. Olvidado del orgullo que desde niño siempre había sentido por mí mismo. Desde niño.


***


La primera noche me pareció un imposible. La primera noche que suplanté a Delgado. Que fui Delgado. En su habitación del Sheraton. Sábanas limpias; nuevas. Cuarto de baño completo. Mesas. Lámparas. Sillas. Servicio con solo tocar un botón. Lujo y más lujo. Y el respeto. Sentir que me respetaban los demás comenzó a devolverme poco a poco el respeto hacia mí mismo.

Gracias a Delgado. Sí. Gracias a él. Volvía a ser rico. Dinero para cualquier capricho. Y aún sobraba. No solo el sueldo. Astronómico. También sus ahorros. Sus inversiones. Imitar su firma fue sencillo. Corta y fácil. En el banco no pusieron ninguna pega para realizar las transferencias. Al principio me parecía increíble. En cualquier momento me desenmascararían. Continuaba viendo enemigos por todas partes. Trampas a punto de saltar. Listas para atraparme cuando menos lo esperase. Pero no había trampas. Todo era limpio. Como el propio Delgado. Por eso determiné pagar en la misma moneda. En el trabajo. Por ejemplo.

Reorganicé la Embajada. Eliminé el desorden y la corrupción. De raíz. Aurelio de Miguel lo intentó todo. Sobornarme. Amenazarme. Suplicarme. Le puse en su sitio. Cerrándole el suministro de cuadernillos para extender los pasaportes. Me odiaba. Si hubiese sabido quien era yo se habría vuelto loco de alegría. Un mercenario. Un asesino. Un impostor. Pero ni una sola vez lo sospechó. Ni tan siquiera una vez. Estoy seguro. Mi actuación como Canciller era impecable. Cosa no muy difícil. Los trabajos oficiales han sido diseñados –en general– para gandules y retrasados mentales. En cuanto a Madrid... Nos dejaban en paz. Líbano para ellos carecía de importancia. No existía. Cuando Aurelio de Miguel amenazó con denunciar ante el Ministerio mi actuación estuve a punto de partirme de risa. Y a punto de partirle la boca a él. Se quedó en el «a punto». Bastó con que colocase sobre la mesa un pasaporte. Un pasaporte falsificado. Vendido por él tres meses atrás. Se puso lívido. Tan blanco. Gotitas de sudor ensuciando el blanco. Juró no tener nada que ver. Juró y juró. No tuve que apretarle. Ni siquiera necesité abrir la boca. Bastó con volver a guardarme el pasaporte en el bolsillo. Ahora tenía dinero para comprar cuantos quisiera. En el mercado negro. Verdaderos y falsos.


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