El pescador y la cámara
Cuentos
By Pedro Merino
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Copyright 2011 Pedro Merino
First Edition
Published by Pedro Merino at Smashwords
ISBN: 978-1-936886-25-8
Copyright. 404-2003
Centro Nacional de Derecho de Autor (CENDA)
Calle 15 No 604 entre B y C, Vedado, La Habana, Cuba. Apartado postal 4521
Smashwords Edition, License Notes
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A los talleres literarios de La Habana
(los nombres o apellidos solo pertenecen a personajes literarios)
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Sinopsis:
El autor evoca en esos cuentos la forma de sobrevivir de los personajes variopintos o ambiguos, positivo-negativos a través de vivencias en las calles de ciudades y provincias. También la aventura hacia lo desconocido para lograr los objetivos, cueste lo que cueste; además, se puede apreciar el humor, el sexo, la violencia, las ilusiones, los ingenios, las resignaciones en cada narración. Se emplea un estilo coloquial o lenguaje informal, los diálogos naturales y significativos, las “mudas” o cambios de narradores en cada cuento narrado desde dentro del alma que nos trasmite crudeza o realismo, cuya lectura no está lejos de la verdad por muy relativa que parezca y que hará que el lector no dude después del punto final de cada historia.
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Índice
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Brucelosis
I
No quiero aceptar la idea de ser cómplice. Uno da vueltas de un lado a otro. Quiere morirse, pero no tiene fuerzas para suicidarse.
Ver la muerte que viene. Trastorna la mente. Saber que pude evitarlo, y encima, que la mala suerte haya alcanzado a un familiar es el colmo.
Pasaba el servicio militar en Aguacate, cerca de la Loma del Esperón, allá por 1993. Fue un año muy malo. La escasez de alimentos volvió loca a muchas gentes. Veía a los merolicos que venían desde La Habana a proponerles negocios a los guajiros. Casi siempre eran cambios de ropas por alimentos. No estoy en contra. Hay guajiros que no les interesa si el animal... Más despacio. Voy a explicarlo con lujo de detalles.
Los guajiros cambian granos, viandas, gallinas, puercos, queso, mantequilla y los merolicos venden pan con hambergues, pan con frita, pan con carne, en La Habana. La harina, sí, pero la carne... ¿de dónde la sacan?
Ya dije que me reclutaron. Había estudiado en un politécnico de medicina veterinaria. El recluta persigue un puesto en la retaguardia porque tiene más tiempo libre, menos esfuerzos. No así de responsabilidades como yo.
No sé cómo hay gentes que piensan en comer y comer. Ni abren el pan, ni huelen el alimento. “Lo que no mata, engorda.”
Pero yo se lo dije a Gutiérrez. El carnero había que sacrificarlo. No se nos podía escarpar y tenía que ser por la tarde. Si lo dejábamos para el otro día, tal vez no regresaría. Se quedaría pastando por ahí. Perdido en las arboledas. Alguien podría cazarlo. No sé cómo pudo suceder...
II
El harén de carneros se movía en desorden. Las campanadas desde el pescuezo del guía tintineaban por el campo. Eran ritmos de una misma cadencia. Unos resbalaban y otros se afincaban. Seguían adelante. El de la chapilla 129 se rezagaba, era empujado. El pastor (un recluta) le chiflaba a la manada para llevarlos al corral.
Otro recluta preparaba las condiciones. Afuera del corral dejaba servido los comederos: pan, pienso, y miel de purga batida en las casuelas con agua.
Los reclutas escucharon el grito de una voz marcial que entregaba un examen del laboratorio. Había números, animales anémicos a los que debían vacunar. En una columna estaba escrita en rojo una cifra. Al lado la enfermedad. Por orden del capitán Ribalta, tienen que sacrificarlo, les dijo.
Los carneros se arremolinaban en la entrada. Poco a poco pasaban. A un carnerito se le podía partir las patas. Uno de los reclutas evitaba el siniestro. Abría más el portón hasta que lo atravesaban hileras de cuatro o cinco friccionados, en busca del sancocho.
—Gutiérrez, lo siento por ti, pero tienes que fugarte más tarde.
—No me jodas, Rubén. ¿Quién se queda hoy de guardia?
—El capitán Basulto.
—Es el tipo. No hace recorridos.
—Calma, que me tienes que ayudar. Fíjate...
—Por qué... ¿a esta hora?
—Asere, no chives. Tú sabes que solo no lo puedo hacer.
—Compadre, tírame el cabo.
— ¡Nooo! Estas gentes del laboratorio soltaron tremenda bola: hay un carnero “en llama”.
—Hazlo tú, asere. Deja pirarme…
—No puedo. Estos carneros corren mucho y uno tiene que azorarlos, mientras otro le tranca el paso.
—Mira la hora... El capitán Basulto va mucho a la enfermería. Tú sabes que se está jamando a la doctora.
—Broe, acuérdate que somos dos. Si no damos la talla, nos sacan y nos tiran pa los batallones. Tremenda soga y yo no estoy pa éso.
—Ya, está bien..., recuérdalo. ¿Qué debo hacer?
—Qué... Tú sabes que hoy no puedo... Ve al parqueo y trae una goma vieja y pide gasolina... mira, enseña el análisis del laboratorio.
Enseguida regresó con el neumático y el combustible. Los colocó debajo de una mata y comenzó a azorar con una vara a los carneros. Rubén Corzo abría el establo para que entraran. Los contaba uno a uno, a la vez que se fijaba en las chapillas.
Un carnero cojeaba. Se dejaba llevar por la manada. La mitad estaba afuera. Lamían las sobras de los comederos. Gutiérrez miraba al cielo. La tarde se esfumaba, a punto de fundirse en la noche. Pensaba en la guagua, en el barrio, que tenía que cambiarse rápido para que no le cogiera la confronta, la madrugada por la calle, por el monte.
— ¿Será aquél? ¡Pero haz algo Gutiérrez!
No era el de la cifra en rojo. Rubén pensó que si había que incinerarlo era porque amenazaba a la manada. Observó muy atento a cada rumiante. Su mirada circular apartaba y discernía. Podía ser el de la pata coja. Había un carnero que tenía gusanos por el pescuezo. Era el antiguo collar de donde pendían las chapillas. Volvía a revisar las orejas prensadas. La chapa enumerada a veces estaba sucia. Los reclutas la limpiaban para cerciorarse de los números. No la encontraban. Si no estaba en el corral ni afuera, ¿dónde podría estar a esa hora? ¿Se habría quedado rezagado? Sabían que tenían que encontrarlo y más a ése.
La pérdida de un carnero sería fatal. El Jefe de Retaguardia se lo comunicaría enseguida al Coronel. A la velocidad de un cohete una avalancha de preguntas respecto a la desaparición del carnero los pondría al borde de la expulsión de la granja. Podrían ser juzgados y trasladados a Ganusa, la prisión militar.
Apenas unos minutos de observación, Rubén atinó a unas patas en el centro del corral. Estaba acurrucado. Parecía que expiraría entre la noche y el amanecer.
—Déjame verle la..., es el tipo. ¡Ayúdame, Gutiérrez!
El compañero de granja, tras desaparecer la sospecha de que no se habían robado el carnero, comenzó a fomentar la idea de la fuga, luego de incinerarlo. Ya no tendrían problemas con la Fiscalía.
Lo amarraron por el pescuezo. Rubén lo halaba. Estaba embarrado de mierda y un pestilente olor a orine perfumaba el ambiente.
Al salir se tumbó al lado de la cerca. No podía sostenerse, mientras los reclutas buscaban sacos de yute. Rubén tropezó con una guataca y se lastimó el ligamento de un pie. Se retorcía del dolor. Del rostro se exprimía un ardor insoportable. Intentó levantarse y al apoyar el pie lastimado, gritó. Zarandeaba la cabeza y le decía a Gutiérrez que arrastrara al carnero hasta la arboleda del fondo. Quémalo tú, encárgate de que se carbonice bien. Puede contagiar a los otros.
Rubén Corzo cojeaba. Daba unos salticos para no pisar el fanguero y se aguantaba de las barandas de los cuartones para ir a la enfermería. Se iba confiado de que Gutiérrez terminaría la faena.
...
Contemplaba al carnero degollado. Era humano matarlo y después quemarlo. Gutiérrez pensaba en la hora, la guagua, la casa, el uniforme sucio y el limpio que se pondría. Desconectar por la noche. Ver mujeres. Contemplar la vida civil, las luces, las risas, el dinero que se gastaba en los clubes nocturnos.
Arrastró al carnero, junto con la goma, hasta la otra cerca: el perímetro que delimitaba la ZONA MILITAR NO PASE. En la arboleda había un aire chismoso. A la distancia indefinida se olía la comida de los bohíos. Voces que se conocían bajo techo. Tomó por un camino donde había maderas inservibles. Aquí mismo, musitó. Volvió a sentir el hogar, el barrio. Tenía necesidad de ir.
Pensó en rozar al carnero de gasolina. La pudiera vender. Nadie se enteraría si lo dejara enterrado o envuelto en el saco de yute. No se dio cuenta de que un hombre lo observaba desde la carretera. Gutiérrez seguía dando vueltas. Calculaba las opciones. Dónde incinerarlo. Vio una cuneta. Habían abandonado la instalación de un acueducto. La zanja tenía secciones rellenas de escombros de construcciones y basuras de los inquilinos.
Depositó al carnero en un bajío y con los pies lo tapó de los residuos de alrededor. Envolvió la botella de gasolina y emprendió una carrerita hacia la parada de ómnibus. Pero sintió dolor de estómago y se internó en la arboleda.
A los diez minutos salió en busca de la guagua. Caminaba a paso doble. Vio a un civil, el mismo que lo estuvo mirando cuando arrastraba al carnero.
El civil sabía que los reclutas robaban en la Unidad Militar y escondían la mercancía por los contornos. Había explorado la zona...
Gutiérrez empezó a buscar la billetera sin dinero. En el almanaque tacharía el día actual. Un día más y un día menos, repetía. Sin embargo, no la encontró. Se viró con brusquedad hacia la cuneta. Al llegar, tropezó con el civil. No le preguntó nada y revisó los alrededores: halló la billetera. Se saludaron sin conocerse. Costumbre de los “guajiros”.
— ¿Usté sabe a qué hora pasa la guagua?
—Creo que está al pasar. Apúrate que se te va.
Vio que cargaba un bulto. Descubrió unas patas. Estaba envuelto en un saco de nylon. La fetidez no la espiraría en horas. Le zumbó un presentimiento. Volvió a verle las patas: eran esas.
—Oye, socio, ¿de dónde tú lo cogiste?
—No, no te preocupes...es... todavía está bueno.
—Qué cosa, tú. ¡Suéltalo que está contaminado!
— ¿Eh?, aquí nada se echa a perder. Yo lo ensalzo bien con mojo... ajo y cebolla.
— ¡No, tú... el carnero ése tiene una enfermedad sin cura! ¡Te vas a ir con él!
—Pero si yo no me lo voy a jamar, socio.
—Ah, ¿lo vas a embalsamar?
—Cómo tú sabes tanto, chama. No se lo digas a nadie... yo vendo... a los extranjeros.
—Y pa qué tú usas el mojo.
—Ah, era jodiéndote. Mira, yo he disecado jutías, perros, gatos, y una pila de animales más.
“¿Mojo...perros...?”, cavilaba Gutiérrez, mientras caminaba. Pensaba en el civil, su aspecto, la cara, las palabras chocantes, la mezcla para darle gusto al paladar. Qué tenía que ver con los animales embalsamados.
III
...La piel se desprende y salen hematomas por el cuerpo. La fiebre, los sudores, dolores de cabeza. No hay medicina que detenga la depresión. Ni un antibiótico. Avanza la intoxicación y los calambres en las piernas. No sientes las manos. Ataca a la circulación sanguínea y el paladar no distingue los sabores.
Lo vi varias veces cruzar el perimetraje de la Unidad. El sabía que pastoreábamos por allí. Se lo advertí a Gutiérrez. Ya me habían dado las señas del tipo. Era un topo y le apodaban “el tiñosa de la Lisa”. No tenía uñas porque escarbaba hasta en las rocas. La tierra la removía. Me llamó más la atención porque trabajaba en gastronomía. No es fácil... y pensar que mi hermana caminaba por la avenida 51 donde él vendía fiambres.
Nota: publicado en la revista Extramuros, La Habana, 2005
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―Por favor, teniente Sánchez, mi madre está grave. Tengo que verla.
― ¡Soldado Fares, la disposición combativa es inferior al setenta por ciento... y no puedo dar pases!
―No le haga caso a la gente, yo no me fugo.
―Soldado, a mí no me importa la gente.
―No se cierre y comprenda, por lo que más quiera, eh.
―Esto es una Unidad Militar, no una escuela, ¡hágase hombre!
Fares se aleja con respingo hacia un rincón del albergue. Observa a los compañeros alegres, con los uniformes limpios y ojeriza porque se cambiaron en casa. Después de las diez de la noche se fugaron.
Transcurren unas horas y el teniente vuelve a llamar al pelotón. Hay reclutas ausentes. Fares se arregla el uniforme. Pide consejos a un compañero. Ni se te ocurra, le dice, jamás te dará el pase. Fares mira al teniente, lo vuelve a mirar. Hace una seña para que lo atienda, pero no sabe que el reglamento es estricto. Debe presentársele.
Marcha sin ritmo hasta él. No se sabe si marcha o camina.
―Por favor teniente el soldado Fares quien habla con usté...
― ¿Qué le pasa, Fares?, ¿a usté no le enseñaron en la Previa...?
―Por favor, teniente, mi madre está grave…
―Cuba llora: la patria primero.
―Tengo que verla, qué va a ser de mí, diga que sí, le voy a ser hacha y machete.
―No puedo, soldado, la disposición combativa es inferior... al por ciento que sea y no decido los pases. ¿Y cómo usté se enteró que está grave? ¡Ah, sí?, anjá.
―Mire, mi mamá está hospitalizada, yo regreso, sí, se lo juro.
Fares se retira porque el teniente le ha dado la espalda. Más tarde comenzará la guardia armada. Si el teniente no ha buscado a un voluntario que cubra por Fares, no podrá ver a su madre que delira en el hospital.
Se siente humillado. A las buenas habló con el teniente y no le hizo caso. Le respondió que el loco te va a comer de noche y Fares se miró como un niño. Un recluta viejo le dice: Qué jil fuiste, te hubieras fugao, comemierda, eso no se habla y ahora no puedes escapar porque lo anunciaste.
Desde el albergue Fares mira al teniente. Lo vuelve a observar. Qué cacho de hijoputa, piensa, lo voy a resingar.
Los reclutas se preparan para el cambio de guardia, mientras Fares maldice al teniente. Unos se burlan. Lo ven con ojos derretidos que le mojan la camisa. Así son las FAR, le dice un recluta viejo, no cojas lucha y aprende la lección: nunca digas lo que vas a hacer.
Divisa el cielo. No hay nubes. Una lechuza reanuda el vuelo con un ratón entre las patas. Los grillos se callan para que las ranas comiencen a croar. Pronto se asomarán las estrellas y se traslada con el pensamiento al barrio. Camina hacia la casa y divisa a la hermana que prepara alimentos para el hospital. Chichi, alcánzame la jaba; pero a la vez escucha: Fares Fares Fares. Parece que el padre lo empujó. Le dijo que despertara... mientras los reclutas lo abuchean, lo zarandean por los brazos. Fares y Fares y Fares te llama el teniente te tocó la posta BAJOTIERRA y nadie te va a relevar.
Qué coño les pasa ustedes, piensa Fares, yo no soy un singao, los voy a despingar, no soy fácil, a mí me ronca la berenjena.
Los reclutas van a la armería y le asignan el fusil que los identifica. Fares le quita el seguro. Observa a los suyos que desconfían de cualquiera.
El teniente Sánchez manda a formar a los reclutas. Algunos corren, otros se incorporan con indiferencia. Fares es el último. No tiene reloj pero imagina la hora. La madre lo llama desde el hospital, le quiere dar un beso y abrazarlo; pero se entromete el teniente Sánchez.
― ¡Arriba, Fares!
―No me agite, teniente.
― ¡Un reporte por pasividad! –grita.
― ¿Sabe? Es mejor tener a un maricón atrás que a usté.
― ¡Es una falta de respeto... después de la guardia ajustaremos cuenta!
Están formados. Marchan a paso camino rumbo a la Comandancia de la Guardia. Fares no deja de mirar al teniente que le hace una mueca negativa. Todavía la tarde es transparente. Es domingo y la tranquilidad se aquieta por las oficinas. Mañana será un día de ajetreo y refunfuñarán los discursitos de las clases de política. Los reclutas tienen buen porte y aspecto, aunque más de la mitad no se ha bañado. Mantienen la distancia entre soldados. Fares marcha en la escuadra de en medio. El de atrás le reprocha que ha perdido el paso y le dice al oído:
―Los oficiales son hijoputas.
A mitad del recorrido Fares sale de la formación. El pelotón se detiene. Los reclutas observan que pierde el control del fusil. Se le cae y lo vuelve a recoger. Las órdenes del teniente, que terminan en gritos, no pueden dominar los ánimos de Fares. Suelta el fusil y acosa al teniente. Se dan puñetazos. Los soldados miran por todos los lados a ver si un oficial interviene, pero no aparece ninguno. El teniente cae al pavimento y logra darle una patada y gatear unos centímetros. Corren unos metros y se miran de frente: Pal calabozo, soldado, le dice, mientras hace una carrerita por los arbustos.
Fares suelta unos rafagazos. Quiere ajustarlo tiro a tiro, pero el nerviosismo se lo impide. No ve al teniente. Los compañeros le tienen pánico. Se esconden atrás de los árboles. Saben que una trazadora puede atravesar el tronco.
La calle está húmeda y el soldado Fares corre atrás del teniente Sánchez. Resbala por el césped. Se levanta y no lo encuentra. Lo busca. La vista abanica el sector circular que tiene delante. Los soldados siguen escondidos por la arboleda. Miran a Fares que rastrilla el fusil. Te voy a coger, singao... párate. El teniente Sánchez huye por la Unidad Militar. El Oficial de Guardia ya se ha enterado, mientras Fares dispara a lo que se parezca al teniente. Los ojos le revientan de venganza.
De repente aparece el teniente Sánchez. Quiere hablarle. En una mano tiene la pistola. Fares le apunta con el AKM. El teniente se esconde detrás de un arbusto y le grita unas órdenes. Fares no le hace caso. Camina hacia él y levanta con brusquedad el AKM. El teniente corre hacia el parqueo con movimientos que desorientan a Fares que casi lo pierde de vista.
Busca con saña al teniente. Algunos guardias le incitan a que lo mate. Lo descubre al levantarse y correr entre los camiones del parqueo. Lo sigue con furia. Grita el nombre, no le interesa el grado. El teniente tropieza con unos neumáticos y alerta al custodio. Ni siquiera se escuchan gemidos. El silencio acelera a Fares a disparar contra los carros. Escucha desinflarse neumáticos. Qué serán de ellos en caso de alarma de combate. Vuelve a gritar el nombre. Parece que le dio. No lo encuentra y se vira el cañón, arrodillado en el pavimento, tal vez porque le espera una condena...
Se acercan a Fares. Los huecos en el tronco dan asco, porque el bazo y los intestinos están dispersos en trocitos. Abierto como un puerco, el colon ascendente es una imitación al vómito. Parados alrededor, el pelotón lo observa, mientras una ambulancia abre el tumulto de los demás reclutas que se avisaron por la Unidad Militar y cuchichean el suceso del día.
Al teniente Sánchez lo entrevista el Oficial de Guardia. El primo de Fares se ha enterado por los miembros del pelotón. En el bolsillo del pantalón oculta una cuchilla. El teniente Sánchez pasa de lado, el primo lo llama y se miran frente a frente.
Nota: publicado en la revista Extramuros, La Habana, 2005
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El partido de beisboll nos tenía los ánimos caldeados. Mi equipo perdía y, para colmo, mi histórico enemigo festejaría en la sala de mi casa. Mi equipo... mi enemigo... ¿en mi casa?
El partido terminó y mis amigos se marcharon... menos él, quien permaneció sentado para restregarme el jubileo en persona. Lo vi tranquilo, como seguro de lo que iba a hacer de un momento a otro.
Un pensamiento con no sé qué cargas regulares o negativas encumbró por mi mente, pues padezco de esquizofrenia. Pensé, con tantas efervescencias en mi psiquis, que existía un mundo espiritual como mismo existe el material, y que podía andar con movimiento, espacio y tiempo. Aunque todavía los científicos no lo han descifrado era válida la hipótesis.
Saqué del congelador un pedazo de hielo y lo “aterricé” ¡una!, ¡dos!, perdí la cuenta, en la cabeza de mi enemigo, de espalda, mientras miraba la televisión. El arma homicida reventó en alitas que se posaron en el suelo. Me pintó la efigie que el airecillo de la víctima dejaba. Noté que las descargas de mi aura tenían la frialdad del refrigerador. Arrastré el cadáver, pesaba más que un mamut y jamás echó sangre. Me detuve a descansar porque la distancia hasta la cisterna era muy larga y a esa hora de la madrugada era posible que alguien estuviera en vigilia después de ver el juego de pelota. Dejé al susodicho en el primer cuarto de huéspedes y comprendí que había cometido un error: mi esposa dormía desde que empezó el partido. Sabía que a partir de los sesenta años había despertares de dos a cinco minutos. Fui hacia ella y juré que si estaba despierta la habría estrangulado.
Qué ardor inspiran las enfermedades mentales. Jamás imaginé que sería causante de un crimen y recordé un poema de la secundaria:
La vida pasa y como anda arranca
de las pueriles formas un contenido atroz
y cuando eres viejo en la senil ceniza
un infantil recuerdo te obliga a regresar.
“Pero es tarde” te grita y escuchas vagas melodías
que le agregarás tu letra la que quiso triunfar.
“Te jodiste, débil” así te mortifican
aunque no llegues a esa edad
la enfermedad es aliada de la muerte prematura
no disfrutas la vida te pudre la existencia
te conmina cual bomba ¡a explotar!
A la vez sentí deseos truncados. Mi alma no se satisfizo porque cometí un delito: solo quería un castigo. Lo apreté por las manos y miré hacia todas partes. Tuve momentos en que di por seguro que alguien me observaba.
He dicho que existe un mundo espiritual. Continué arrastrándolo. Pasé los tres cuartos de huéspedes que en realidad eran míos. A veces no consentía el sueño al lado de mi esposa. Iba a uno de los cuartos de camas solitarias.
Mi casa estaba erigida en una avenida de mucho tráfico. Los focos de los carros reflejaban el tránsito. Cada vez que contemplaban los movimientos veía sombras que le sucedían a los automóviles. Las siluetas adquirían la forma de una persona ¿con una linterna? que se paseaba por la acera y penetraba en los cuartos.
Qué visiones. Las vi con claridad mientras seguía arrastrando el cadáver. En las paredes parecía haber alguien oculto que desaparecía con las luces de automóviles. Luego, a oscuras, percibí una figurilla animada.
Era intangible y emitía un tenue brillo como un filamento de bombillo que no le llegaba todo el alimento eléctrico y tenía curvas masculinas.
No le hice caso. ¿No existe una abismal serparación entre lo vivo y lo muerto? Llegué hasta la cocina y calculé a unos metros la cisterna.
Mi casa era alargada. Para llegar al final debía atravesar cinco cuartos y donde me encontraba tomé un descanso.
Seguí arrastrándolo. Destapé la cisterna y lo tiré de bruces. Qué pechazo se dio. Quién le mandó a bajar los brazos.
Luego me acosté. Sabía que había dejado el trabajo a medias. Pero estaba cansado.
Cuando me desperté, recordé un sueño tan exacto como lo que acabao de narrar.
En mi casa nadie pasa de la cocina. Es posible que alguien piense que vivimos en un monasterio.
Me siento en la cama y le digo a mi esposa si hablé mientras dormía. Me respondió que no. Al verme colocar unos bloques encima de la tapa de la cisterna se encolerizó. ¿Qué haces, hombre? Nada, le respondo. Pero el bloque por poco me cae encima de los pies y blasfemo… (rururrrrrrrrrrrrrrr... ururrrrrrrr....)
Aprovecho para expresar que somos católicos. Vamos a la iglesia todos los domingos y días entre semanas, a veces. La familia del muerto es protestante. No puedo hablar más. Es posible que me detengan. Si tantas horas han pasado y la policía no ha averiguado dónde estuvo por última vez mi enemigo es porque la familia no lo estima y le desea lo peor.
Quién me iba a decir que yo sería autor de un crimen olvidado. Los criminales más buscados del mundo aparecen en los principales órganos de prensa, en la Internet:
“William B. Bishop siempre había sido un ganador: en la escuela de enseñanza media fue alumno destacado y buen deportista, ingresó en una de las mejores universidades de los Estados Unidos. Fracasar era inimaginable para él, pero a principios de marzo de 1976 sufrió un duro revés. Se enteró de que no lo habían tomado en cuenta para una promoción... El 8 de marzo un vecino de los Bishop avisó a la policía de la extraña ausencia de la familia, y varios agentes del condado de Montgomery fueron a la casa donde vivían. La puerta principal no estaba cerrada con llave y había manchas de sangre en las paredes y alfombras del vestíbulo, el estudio y los dormitorios. A las pocas horas los investigadores estaban leyendo informes sobre dos cuerpos desfigurados en la cisterna...
“Un análisis de las dentaduras permitió identificar a las víctimas. Un gran jurado lo acusó de homicidio múltiple. El móvil del crimen es un enigma, pero se sabe que Bishop consultaba a un psiquiatra y al parecer tomaba antidepresivos.
Al cabo de varios días me percato que una hilera de hormigas viene desde el traspatio. Muchas de ellas cargan el triple de su peso. Es una carne negruzca y terminan en la sala, en el mismo lugar donde le acerté el golpe. Hacen un dibujo como el de los peritos que indagan homicidios. El esboce abarca el espacio donde estuvo tendido por última vez.
Con cuán grave voz se lo digo a mi esposa. Es espantoso ver algo así que te delata sin lengua. Pensamos levantar una pared (rururrrrrrrrrr...) Es espantoso ver algo así que te delata sin lengua. Pensamos levantar una pared del traspatio que conlinda con un vecino para que ambos tengamos más privacidad. Pero una parte de la división está descarnada. Perdió el resano y dejó descubiertos los ladrillos alicatados. En ocasiones parece que traza una figura masculina en el muro. Fui albañil y me doy a la tarea de preparar una mezcla de arena lavada y cemento por encima de la boca de la cisterna con el objetivo de que nada transpire. El resto lo salpico en la pared de mi vecino para acabar con la imaginación.
Otra noche veo una hilera de cucarachas que hilvanan una fetidez tan penetrante que decido contratar a un fumigador. A pesar de ello, otra hilera, esta vez de ratones desfilan con huesillos.
Nunca pensé que el crimen me fuera a acongojar. No puedo más. Mi silencio trae una sospecha. Decido hablarle a mi psiquiatra. No es mi voluntad ser lo soy. Hace tiempo que no tomo RISPERDAL.
Por instantes pienso que la muerte tiene otro estadio donde experimento reacciones. Recuerdo, aquí acostado, que al entrar al hospital tropecé con un rostro conocido: ¿es mi enemigo? Qué susto... Le miro fijamente. Doy media vuelta. De lado acierto que es él. Siento un calambre en el brazo izquierdo y trato de decirle..., pero la voz no me fluye. La vista se me encandila. El golpe, me dicta el cerebro, no fue mortal.
Por el cansancio no trasladé los bloques hacia la boca de la cisterna. Mi enemigo la levantó. Ha estado escondiéndose. Por ello tuve sensaciones de que alguien me observaría antes y después. Ya no tengo ánimos y mi mente queda hueca al sufrir mi corazón las punzadas como si me clavaran unos alfileres.
Para mi sorpresa, vivo la existencia en estado vegetativo y contemplo al forense, el mismo que lo confundí con mi enemigo, abrirle el pecho a un cadáver y halarle la lengua que desprende al unísono las demás víceras. Le corta el cráneo y le arranca las circunvalaciones.
Lo estoy grabando todo... (rururrrrrrr) ... y halarle la lengua que desprende al unísono las demás víceras. Le corta el cráneo y le arranca las circunvalaciones. Lo estoy grabando todo. Quiero grabar mi muerte en esta cinta... alguien se me acerca... me da una pastilla... mis amigos siguen acostados... unos me miran... ayu... perdo ... me duermo... aaah.
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[En este relato intervienen los personajes del capitán Veitía y su ayudante Rodríguez, protagonistas de las series de novelas policíacas como Quinta de la Caridad, XI Premio de Novela Breve Juan March 2003, Palma de Mallorca, España.]
I
—Según los niños este es el arrollo.
—Veitía, ¿tú sabes que por mi cuadra no veo gatos ni perros?
—Y por mi barrio igual... se joderá el ecosistema ése.
—Se han jodido tantas cosas. A propósito del solar que visitamos, ¿te gusta la madre del chamaquito que nos informó?
— ¿Y a ti no?
—La hija está mejor.
—“Rompe cuna”... ¡eeh! , ¿qué hará ese tipo a esta hora...?
—Son las tres de la mañana.
—Y con la carretilla cargadita, ¿le hacemos un registro?
—No, no, deja ver... adónde irá... despacio Rodríguez, suave.
—Va hacia el río, y es un joven con ropa de viejo.
—Parquea, vamos a pillarlo de cerca.
II
Las calles eran remendonas de asfalto. Las alcantarillas: tupidas de residuos. Lechuza examinaba la zona. Veía a un gato a dos cuadras. Más adelante, en la esquina, un perro sarnoso se mordisqueaba. Volvía a concentrarse. Las aceras eran desuniformes. Tenían huecos donde las ratas roían las migajas de alimentos. Vio a una y le lanzó un pedrusco. La rata convulsionaba del dolor, mientras la echaba en el saco que cargaba.
Lechuza caminaba por la calzada. Las entrecalles anunciaban más objetivos. La madrugada era calurosa. No hay un alma afuera, decía con mudez. Debajo de un puente observó a una turba de perros. Era un harén detrás de una perra. Se posesionó al lado de un árbol. Apuntó la flecha y la atravesó. El aullido despertó a un vecino por lo menos. Se acercó a la presa y la degolló con el cuchillo. El saco formaba una bolsa y no filtraba. Seguía en la andanza, madrugadas y madrugadas, desde la noche hasta unos minutos antes del amanecer.
Se deslizó por un trillo que conducía a un arrollo. La vecindad descargaba basuras. Divisó tuberías de aguas albañales. Con el reflejo de la luz, Lechuza vio mojones y partes descompuestas que asqueaban. Encima de una elevación rocosa se entretenía en contabilizar la cacería. Separaba las carnes de los huesos. Las cabezas las organizaba por tamaño. Se postraba delante. Rezaba. Hacía una reverencia. Luego se empinaba el saco. Salía a la calle. El amanecer amenazaba con desvelarle el cargamento.
Llegaba a casa y exhausto se dedicaba a empacar las carnes y acomodarlas en la nevera. Apenas titilaba el sol, Lechuza quedaba dominado en la cama. Se retorcía por las pesadillas del oficio carnal.
Ocho horas dormitaría. Por la tarde recorría las carnicerías en el carro de la carne donde no le exigían porque tenía horario abierto.
Cuando el arrollo quedaba lejos, iba a casa. Las presas comenzaban a apestar. Se disponía a descarnarlas. ¡Zas, zas!: el hacha separaba la carne del espíritu. Algunas sobrevivían. En el tronco que le daba por la cintura desmembraba los tejidos, a los que les caía el sudor que se unía a las sangres anónimas. Deshuesaba a las víctimas. Echaba los huesos en sacos. Luego los ajustaba a la carretilla. Halaba la soga amarrada a las cajas de bolas y los arrojaba a un arrollo, en pocetas profundas. Observaba las burbujas como si desde los huesos flotara el alma. Retornaba al hogar. Pasaba noches desvelado. De día salía a inspeccionar la barriada en el carro de la carne. Veía perros y gatos por los tanques sanitarios. Memorizaba la zona. A los pocos días no zanganeaban las mascotas si los dueños se confiaban.
Tenía madrugadas sin éxitos. Cuando le fallaba la suerte, le daba por deambular por las plazas. Era hijo único. El padre fue a pelear a Angola y no regresó. La madre le cuidó hasta que la demencia la venció. Una vez preguntaron por ella y pasaron días y semanas y jamás se supo. Lechuza, así y todo, se abrió paso entre la jungla urbana. Lo llamaron para el servicio militar, pero a los meses le dieron baja por tratamiento psiquiátrico. Tuvo una novia que lo soportó un tiempo. Le baldeaba la casa. Una tarde se cansó de quitar las manchas marronas del piso y la pelambrera de los rodapié. No daba para más y, entre altas y bajas voces, se dejó de escuchar: desapareció.
Desde la adolescencia se aisló. En la juventud alcanzó la soledad crónica: más de cinco años. Siguió andando por los arroyos. Recorría los basureros y extraía objetos insignificantes. Movía con negación la cabeza, no me sirve, agregaba. Los vecinos se asombraban de lo introvertido que era. Lo veían con el saco a cuesta, sucio y manchado. La mirada encubría secretos que el físico disimulaba con atuendo octogenario. No molestaba a nadie y cuando veía el sol, raras veces, era para comprar los alimentos.
A veces abría la puerta calle y los mirones veían una nevera de dos metros de largo... pero qué guarda, se interrogaban.
Los vecinos contiguos escuchaban los roces de la chágara y el cuchillo. Era una música aguda que aguaba el paladar y desgarraba las vísceras. Luego oían un monólogo en voz alta como si practicara una obra de teatro. Después quedaba dormido por el azaroso trabajo de deshuesar los perniles, paletas, costillas, y organizar las cabezas por el tamaño.
Un vecino observó a media noche que depositaba unos sacos encima de la carretilla. Sintió una fetidez que espiraba por los agujeritos que los huesillos traspasaban y no le dio importancia.
Veía al carnicero de vez en vez. Le entregaba los paquetes, y sólo le respondía con los ojos o la cabeza. Los clientes le miraban con fijeza. Jamás hizo preguntas a favor o en contra del precio y se marchaba contento en el carro de la carne.
El descanso nocturno le revelaba la mala suerte del desempleo. Cuando no hay trabajo, no se come, escuchaba. El hambre le descubría secretos. Era preciso salir cuanto antes con un saco y regresar cargado de animales. Sin embargo, nadie podía asegurar a quién se los compraba, de dónde los sustraía, porque era una casualidad conseguir lo que pocos encontraban en 1992.
Una tarde recorría uno de los arroyos y unos niños lo siguieron sin que desconfiara. Lechuza se introducía por túneles parecidos a emisarios submarinos por donde fluían los desechos albañales de la ciudad. Cuando se detenía, unas pisadas proseguían o viceversa. Hacía el recorrido cuando no veía mascotas por la barriada. Iba a las madrigueras de las ratas. Aprendía a chillar como ellas. En la confianza las agarraba y las ahogaba.