La laguna roja
Cuentos
By Pedro Merino
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Copyright 2011 Pedro Merino
First Edition
Published by Pedro Merino at Smashwords
ISBN: 978-1-936886-26-5
Copyright. 404-2003
Centro Nacional de Derecho de Autor (CENDA)
Calle 15 No 604 entre B y C, Vedado, La Habana, Cuba. Apartado postal 4521
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A los talleres literarios de La Habana
(los nombres o apellidos solo pertenecen a personajes literarios)
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Acerca de La laguna roja
En esos cuentos que presento al lector vuelven a deambular seres marginados, pero en un mundo diferente. Por ejemplo: en La laguna roja, dos albañiles, Cuzo y Heras, se retan por sobrevivir y escapar de un entorno hostil.
En Un viaje imaginario de Don Quijote, ambos personajes de Miguel de Cervantes, El Quijote y Sancho Panza, "viajan" (más El Quijote que Sancho) ilusoriamente hacia una isla del Mar Caribe donde viven una aventura singular, pues los isleños casi los confunden con unos criminalistas. Ese relato fue enviado al Concurso Reescribir el Quijote en Cuba (capítulo VIII), organizado por la Agencia Española de Cooperación Internacional y la Embajada de España en La Habana, 2005.
En La expulsión hay algo de mágico y de realista. Un tío mío, ya fallecido, me contó una anécdota sobre dos pescadores de su natal Puerto Padre, provincia de Oriente, quienes se encontraron un misterioso objeto cilíndrico, arrojado por el mar hacia una playa. Uno de los pescadores recogió ese objeto, sin sospechar de lo que le aguardaba en un futuro.
El elegido es un cuento de terror; La expedición, de ciencia-ficción.
Espero disfruten su lectura.
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Índice
Viaje imaginario de Don Quijote
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1
Dos seres vivían en una casa a la cual se llegaba mediante un terraplén. Había otro camino: una carretera. Pero los carros no tenían choferes y los albañiles decidieron ir por el terraplén.
Los árboles eran anómalos a medida que un extraño se acercaba al único hogar en kilómetros a la redonda. Casi todos los postes eléctricos no tenían bombillos y los albañiles, a pesar de ser de día, le pedían a Dios y a los santos que no les cogiera la noche.
¿Estás seguro que es por aquí?
Oye, Cuzo, yo no nací ayer.
Con lo que nos paguen, estaremos un año sin trabajar.
Avanzaban en bicicleta y el calor los asfixiaba. Cuzo volvió a preguntarle a Heras por la dirección y escuchó un ramalazo de genio:
Ah, no, asere, no te voy a convidar más.
Es que... el lugar, Heras.
Volvieron a divisar una recta. Al final verían otra curva. Árboles y árboles en ambos extremos. Luego una recta y al extremo otra curva. Juzgaban darle la vuelta a un caracol.
¿No será la última?, le insinuó Cuzo.
Heras permaneció callado. Notó que las piedrecillas cambiaron de color y tamaño. Eran más grandes y oscuras. Percibieron el cambio de flora, como le había dicho un amigo. Solo faltaba que un león saltara encima de ellos.
Heras escuchó un gruñido y avistó a Cuzo.
No pensarás que estamos en la selva, repuso Heras.
Los perros ladran...
¿Y no gruñen?
En todo caso son perros grandes, le aseguró Cuzo, mientras apretaba el manubrio. A veces la copa de los árboles era tan alta que las ramas se entrecruzaban y limitaban la penetración de los rayos solares.
Cuzo volvió a pensar en la noche. En la madrugada. De pronto escucharon el gemido de alguien. Los gruñidos habían desaparecido.
¿No será... un tigre?
Heras lo observó y agregó: un perro jíbaro.
¿Cómo lo sabes si no lo has visto?
Qué bruto eres... bruto no, bruta.
Pero agarró a alguien.
Fue a un animal, Pendejón González.
Tras varios minutos de silencio, percibieron unos gritos. Sabían que faltaba aún para llegar a la casa.
A Heras le preocuparon los gritos. Podían ser de un hombre. Hay hombres que gritan. Pero eran gritos de miedo. A lo mejor era una pareja de novios. Cuzo sintió pánico y fomentó la idea de un depredador suelto. Heras comparó los gritos con jipidos sexuales y se entretuvo en recuerdos viriles. Tuvo una erección y pedaleó más despacio. A las mujeres les gusta el terror, asintió Heras, a ésa la clavaron, seguro. Cuzo se adelantó y Heras lo llamó.
Ya vez, dijo Cuzo, yo tenía razón.
No podemos regresar.
Cuzo movió la cabeza con depresión. Estaban sudados. Heras volvió a pedalear cerca de Cuzo, quien miraba hacia los lados. Los follajes en la espesura le hicieron ver fieras.
Los albañiles notaron que los cantos de aves habían desaparecido. Ni gorriones. Ni mariposas.
Ya estamos cerca, aseguró Heras.
Se detuvieron. Heras miró a Cuzo. Cuzo observó a Heras. A los alrededores. No vieron a nadie. Solo un zumbido de moscas y una hilera de hormigas bravas más grandes que las comunes, las cuales provenían de la casa.
Cuzo levantó la mirada y vio la edificación. De estilo colonial. Misteriosa. Desafiante. Le señaló el camino a Heras. Era cierto. La casa también estaba cubierta por árboles, cuya especie un botánico demoraría en descifrar, si existía. Al fondo de la casa había una laguna roja. Cuzo no lo quería creer. Pensó que la coloración era debido a una textilera, por los vertidos de la fábrica. Pero sabían que en kilómetros no había un bohío.
Todavía sin entrar a la edificación siguieron merodeando los contornos y vieron, detrás de la casa, a una carretera y escucharon los neumáticos y a algún motor.
Se bajaron de la bicicleta y caminaron hasta la casa. Oyeron una música instrumental. Parecía fúnebre por la cadencia rítmica.
Notaron que por las ventanas salían en bandadas las moscas. Era lógico pensar que alguien las habría espantado o que al caminar las moscas huían. Una ventana se abrió y no vieron a nadie.
Heras voceó un nombre. Cuzo gritó varias veces "señora, señora".
Pero no grites así, le dijo Heras, van a pensar que estás huyendo.
Transcurrieron unos minutos. Tampoco recibieron respuesta. Sin embargo, distinguieron que la puerta principal estaba abierta.
¿Entramos?, insinuó Heras.
Tú primero, yo cuido las bicicletas.
Heras abucheó a Cuzo. Abrió el portón y caminó por un trillo de piedras. Espantó moscas. Más cerca de la puerta, comprendió que estaba entreabierta. Le pareció ver a una sombra por el fondo de la casa. Imaginó que había luces encendidas.
Llegó al portal y se limpió los zapatos. Pensó en algún perro que le saldría al paso, pero ya lo habría hecho. Se abalanzó sobre la puerta y levantó la aldaba. Era una cabeza de foca. La dejó caer una vez. Repitió el ejercicio varias veces. Luego escuchó unos pasos. Eran tacones de pullas. Lentos. La persona caminaba despacio. La música cesó. Vio con claridad el perfil de la sombra. A medida que caminaba hacia la puerta la silueta se le iba aclarando. Era de una anciana. Al divisarle el rostro, se dio cuenta que un ojo padecía de extravío. El otro ojo lo observaba y Heras pensó que le absorbía el pensamiento.
Buenos días, señora Berka. Somos los albañiles... venimos de parte...
Sííí... aal... fiiin.
Heras sintió una fuerza espiritual que le oprimía el aura. Tuvo sensaciones de estar agarrado por unas manos invisibles. La anciana le explicó en qué consistía el trabajo. Heras llamó a Cuzo.
¿Traaa-jeron... aaalimentos?, les preguntó la señora Berka.
No, bueno, le respondió Cuzo, tenemos algo.
2
La anciana les pidió se sentaran para brindarles café. Los albañiles obedecieron. Al regresar la Sra. Berka con dos tacitas de café, Heras le recordó que no habían hablado del precio. La anciana le dijo que pagaría lo que pidieran. Heras especificó la cuantía. La anciana aceptó. El amigo no lo había engañado.
Mientras se marchaba la Sra. Berka, los albañiles comentaron que la anciana, en la pronunciación, arrastraba algunas vocales, pero tenía lucidez mental. El café lo sintieron extraño. De un gusto anormal.
El canto de un gorrión que había penetrado en la casa los levantó del sillón. Vieron volar al gorrión en dirección a la laguna roja y no lo escucharon más. Cuzo recordó que por las orillas de la laguna vio restos de plumas y patas de aves. Se lo comunicó a Heras.
–Bueno, Cuzo, llegó lo que querías.
–Dinero, Heras, dinero.
–Hasta mañana.
Primero debían descarnar una pared. La filtración por el techo había dejado una sección verdusca y los albañiles comenzaron a desprender el resano fofo.
–Heras, no me has dicho nada de las plumas.
–Vaya, chico, no somos científicos.
–Es raro.
Cuzo prosiguió con el cincel y el martillo. Se viró para buscar la picota y un cuadro que estaba en el pasillo le pareció real. De pintura viva. Era una muchacha sentada en una butaca con las piernas cruzadas. Por todo el pasillo había más cuadros semejantes a ella. Pero ese se veía completo.
Desde la sala, donde trabajaban, Cuzo creyó ver que la muchacha pintada en el cuadro a cada rato cambiaba de posición las piernas cruzadas. Heras silbaba una canción de amor y seguía desprendiendo a cincel y martillo el resano
fofo. Unas moscas de vez en vez mortificaban a los albañiles. Cuando terminaron un cuadrante, dispusieron construir un andamio debido a la altura de la pared. Heras buscó el martillo y una bolsa de puntillas, mientras Cuzo salió en busca de la madera que estaba cerca de la laguna roja.
De repente Cuzo se detuvo. El mosquero había desaparecido. Observó a unas olitas que se rompieron en la orilla, cercana a él. Vio unas burbujas que aparecían y desaparecían por distintos puntos y regresó a la casa. Decidió entrar por atrás y volvió a escuchar la música fúnebre. Era de un piano. No llamó a la anciana y penetró por el comedor. Divisó el pasillo. Al final le pareció ver a Heras o a una sombra. Atravesó el pasillo con seguridad; sin embargo, no llegó a caminar más: estaba a unos metros de una habitación. Creyó ver a alguien desvestirse por la ropa interior tirada en el piso, llena de escamas. Cuzo dio media vuelta y apretó el paso. Llegó al comedor y salió al patio. Bordeó la casa hasta el portal y llamó a Heras.
–¿Y la madera, Cuzo?
–No, no, ven.
–¿Qué te pasa, chico?
–Ven conmigo.
–No. Es trabajo del ayudante.
Cuzo miró hacia un retrato. La joven pintada le guiñó un ojo.
–Ayúdame, compadre, ayúdame.
Heras rezongó y lo acompañó. Había muchas tablas y Cuzo miró hacia la laguna:
–Del agua brava me libre Dios que de la m a n s a me libraré yo
–¿Qué hay en la laguna?
–Ahora no.
–Y antes qué.
–¿Por qué es roja, Heras?
–Ah, no soy oceanólogo. También hay un Mar Rojo, así que no me extraña que exista una laguna.
Heras levantó un bulto de tablas y lo descansó en un hombro:
–¿Sabes una cosa?
–Qué.
–Si tú no eres... Es la última vez que te contrato.
–Ojalá no veas lo que yo.
Heras se viró y le dijo:
–Vete entonces. Pero el dinero es mío.
Cuzo lo imitó con otro bulto de tablas y apuró el paso. Miraba a los lados y a ratos se viraba, mientras se alejaban de la laguna roja. Heras hizo el intento de entrar por el comedor.
–No, ¡no!
–No grites, Cuzo. Olvídate del próximo contrato.
Bordearon la casa y tiraron las tablas en el portal. Heras lo miró de reojo y comenzó a medir la altura para construir el andamio. Volvió el mosquero.
–¿No me vas a ayudar con los troncos? –le preguntó Cuzo.
–Ve tú.
–Anda, Heras.
–Tráelos ... o vete.
Cuzo observó las bicicletas, parqueadas en el portal. Pensó en la soledad por el camino. En la cantidad de curvas y rectas. En los gemidos de alguien que nunca vio.
–Pero si te vas no cobras el día.
Con esa sentencia se quedó. Fue en busca de los troncos. Al
distanciarse de la casa, vio unos chorros verticales de agua y corrió a tientas hasta la laguna. Quería ver qué era. Al llegar no vio nada y pensó que alguien habría lanzado unas piedras, las cuales provocaron ondas en la laguna. ¿Quién sería?
Cargó unos troncos y se preguntó el por qué tanto silencio. Sin cantos de aves. Sin mariposas. Una flora atípica. Solo moscas y hormigas bravas. Se interrogó motivado por un microclima. Comenzó a maldecir al amigo de Heras que le había dado la dirección de la casa. Odió a la señora Berka que hacía rato no la veía. A los retratos en el pasillo. A la laguna roja. Volvió a pensar en los retratos. Era una adolescente. Sin embargo, la señora Berka estaba sola. No habían visto a la hija, la adolescente de los retratos. Pero lo cierto nadie lo sabía. La última vez que el amigo de Heras vio a la hija de la señora Berka fue hace veinte años.
Nadie comprendía cómo una vieja y una joven habían podido sobrevivir en medio de un paraje inhóspito. ¿De qué se alimentaban? ¿Cómo les ingresaba dinero?
Las respuestas le retorcieron los sesos a Cuzo, mientras se acercaba a Heras.
–¿Por qué demoraste tanto?
–Ay, Heras, me voy a volver loco.
– "Ay, Heras, ay, Heras". No te contrataré más.
Los albañiles estaban terminando el andamio, cuando, de
pronto, un ruido por el fondo de la casa les viró el cuello. Escucharon voces. Provenían de la señora Berka por la prolongación de las vocales. Pero se alarmaron más por unos estornudos y resoplidos de otra persona. Tenía que ser de otra persona.
Cuzo miró a Heras. Se miraron. Los ojos de Cuzo eran más grandes. Los de Heras: achicados. Un silencio sometió a los albañiles. Luego una risita y otra risita. Después una risotada de Heras.
–Vamos a hacer la mezcla –le dijo a Cuzo.
Los albañiles agarraron dos cubos y se dirigieron al patio. Cuzo abrió el grifo y vio salir agua turbia. La coloración le llamó la atención.
–Es roja, Heras.
–Sí, ¿la esperabas negra? Es de la laguna.
Heras le pidió a Cuzo que llenara los cubos, mientras iba a pedirle los sacos de cemento a la señora Berka. Caminó hasta el fondo de la casa, pero por afuera. Se detuvo, agachado, al lado de una ventana. Oyó unas palabras ininteligibles y poco a poco fue levantándose. Vio a la anciana de perfil. En el piso... en el piso estaba una perso... Tenía el pelo larguísimo. Le cubría todo el cuerpo. No le podía ver el rostro. El piso estaba mojado y distinguió unas gotas... rojas, seguramente, empañadas alrededor del ser que se arrastraba por el piso. Pero no pudo ver más porque el ser se deslizó por el pasillo. La anciana iba detrás. Heras volvió a agacharse. Meditó acerca de lo que vio. Si era un demente. El amigo no se lo había dicho. Solo una madre y su hija. Que pagaban bien. Esperó un rato. Caminó a tientas hasta la esquina de la casa y se asomó. No lo podía creer.
Había quedado hipnotizado. El ser se arrastraba mediante eses. La pelambrera era tan tupida que no se le distinguía la piel. Le divisó la región glútea. Podía ser de una mujer. O de un hombre.
3
Solo pudo verle los pies. la planta y los carcañales: de indígena. aseguró era de piel blanca. no vio más. el ser llegó hasta la laguna y se zambulló como un anfibio. heras regresó al portal donde lo esperaba cuzo. había cargado todos los cubos de agua.
¿y esa demora?
no, nada, cuzo.
¿y los sacos de cemento?
no, este, estuve mirando las paredes, los muros de carga. esta casa necesita mantenimiento.
óyeme, resanamos hoy y mañana le daremos el fino.
¿no te ibas hoy?
cuzo lo observó:
ya no. tienes razón. estoy alarmado por gusto.
entonces pídele los sacos de cemento.
enseguida cuzo se dispuso a llamarla:
¡señora!, ¡¡señora!!... ¡los sacos de cemento!
oye, ¡oye!, llámala por el nombre.
es que se me olvidó.
"abuela", dile "abuela" entonces.
cuzo se volteó hacia heras y le hizo una mueca de odio, mientras se oían unos pasos desde el fondo de la casa. el pasillo poseía una perfecta acústica para el sonido de los tacones.
ya viene, heras, ya viene.
la anciana estaba lo suficientemente cerca para que los albañiles la vieran y les señaló hacia un cuarto.
búscalos tú.
¿por qué no me acompañas, heras?
busca el primero.
es que, el sacro lumbal, heras, ayúdame.
la anciana recurvó hacia el fondo de la casa y los albañiles
solo escucharon los primeros pasos. aducían que la anciana había caminado levantada del piso.