
ZANGITSA
Gabriel Guerrero Gómez
ÍNDICE
1. EL PRINCIPE IGOR GOROK.
2. ASTARGO.
3. DEREM.
4. HANEHERA.
5. LOS CORREDORES.
6. SANTUARIO.
7. BORENIAL.
8. OVUR.
9. EL SELLO TATUADOR.
10. EN TRES MOVIMIENTOS.
11. EL ÚLTIMO VÍNCULO.
12. LAS HIERBAS DE TALUDEM.
13. LA FLECHA.
14. BARRO Y CENIZAS.
15. EL TATUAJE REAL.
16. EL PLAN.
17. LAS PUERTAS DE ZANGITSA.
18. EL CÍRCULO NEGRO.
19. EL TRONO DE LA ESTRELLA BLANCA.
20. LA QUEMADURA.
21. EL BAILE DE MASCARAS.
22. LA CAPTURA.
23. NUMUN-UTOR.
24. LAS MAZMORRAS.
25. EL DUELO.
26. LA DECISIÓN.
27. EL GRAN DUCADO DE DAREMBAU.
28. PARA SIEMPRE.
Nota del autor: Zangitsa ha sido publicada por entregas semanales en el diario digital el Heraldo del Henares. En el año 2010.
Capítulo 1. El Príncipe Igor Gorok
El príncipe Gorok era un apasionado coleccionista de monedas, sellos, joyas y relojes. Obsesionado por la precisión y el orden, profesaba una fe casi ciega en las máquinas y la tecnología. Solo era fiel a sí mismo y al poder. Experto tirador de esgrima, florete, sable o espada, se jactaba de su mecenazgo a las artes de la pintura, la escultura, la arquitectura, la danza o el teatro. Hombre poliglota, de mundo y culto. Casi siempre iba acompañado por la duquesa Irvenia de Dugenam, leal amiga, confidente y aliada del príncipe.
En aquel instante, la baronesa cruzó la puerta de su despacho, acompañada por el jefe de policía de Zangitsa. Cómodamente sentado, el príncipe soltó, con su mano derecha, un preciso latigazo sobre una mesa de caoba donde una hora antes había finalizado su almuerzo. Como quien no quería la cosa, el príncipe Gorok, presa del aburrimiento, tal como se temía la baronesa, había colocado una larga hilera de copas separadas más o menos por la misma distancia. Ni corto ni perezoso, se había hecho con uno de los látigos favoritos de su colección especial de armas y no había dudado en practicar su técnica y puntería en el personal y curioso arte de derribar copas desde la distancia. Con mano diestra derribaba una sí y otra no, sin apenas mover el resto, exhibiendo una firmeza de pulso que pocos verdugos en el reino podían no solo igualar, sino superar. El príncipe fijó su mirada en su hermosamente tallado mango de plata, digno de los mejores artesanos de Zangitsa. Un látigo largo, flexible, de cuero, muy usado entre los domadores de caballos del reino.
—Igor, querido, ¿no tenéis nada mejor que hacer? Un reino entero aguarda a que los gobernéis con mano de hierro y guante de seda —le reprochó la baronesa Irvenia de Dugenam.
—Está bien —concedió el príncipe soltando un suspiro.
Un segundo más y descargó otro latigazo sobre la siguiente copa, arrastrándola al final del despacho con metálico tintineo. La alfombra se había manchado con un fino arco de gotas de vino. La baronesa ocultó su sonrisa con el abanico. Tras tomar asiento con elegante gesto, observó al príncipe jugueteando con el extremo de su látigo en el aire. Uno de sus perros se despertó y comenzó a intentar atrapar con su pata el extremo del látigo. El príncipe sonrió, y sin poder resistir la tentación, jugó con su mascota.
— ¿Y bien? ¿Qué noticias me traéis, Zoltan? —preguntó el príncipe con un tono de voz acostumbrado a ser obedecido al instante.
Discretamente situado tras la baronesa, Zoltan dio un paso al frente inclinando la cabeza con prudencia. Él era el jefe de la policía secreta del príncipe, la gornia.
La baronesa, tras sacarlo de su bolso de viaje, abrió un frasquito de perfume y se lo pasó con delicadeza por las muñecas y cuello. Lo guardó de nuevo y estudió con calma a Zoltan. El jefe de policía era un personaje oscuro y retorcido, absolutamente leal al príncipe y encargado de hacerle el trabajo sucio con suma eficacia y abnegación. Había que añadir que disfrutaba con su cometido hasta límites nada agradables para sus víctimas.
—Los miembros de la cadena de mando de los regimientos reales de Zangitsa han sido relevados, ejecutados o enviados a prisión —aseguró con orgullo, Zoltan. La baronesa asintió en silencio.
—¿Y los generales rebeldes? —inquirió Gorok con frialdad.
—El levantamiento de los generales rebeldes leales al difunto rey, ha sido aplastado. Las insurrecciones populares de algunas provincias han sido disueltas antes de empezar. Zangitsa es vuestra, mi príncipe. Nada se opone ya entre vos y el trono.
—Todavía no. ¿Qué sabéis de Astargo y del príncipe Derem?
—Mi señor, Astargo cayó en un río en deshielo, cerca de la frontera de Borenial. Debe haber perecido ahogado. El viejo general estaba en las últimas. El príncipe Derem logró escapar en el tren transcontinental hasta la primera estación de abastecimiento. Durante unos minutos logró eludir a mis hombres, para después adentrarse y perderse en los bosques Turgan, bastante más al sur de las fronteras de Borenial —explicó Zoltan, mirando al frente muy firme.
— ¿Está muerto?
—Humm, no exactamente, mi señor.
— ¿Entonces?
—Una manada de lobos despedazó a mis hombres. El príncipe debió morir con ellos.
Zoltan, se obligó a mantenerse sereno, consciente de que esa explicación sería insuficiente para su señor.
— ¿Una manada de lobos? ¿Me tomáis por estúpido? —preguntó un disgustado príncipe.
—Mi señor, os lo juro. Son tierras extrañas y peligrosas, esos bosques están rodeados de viejas leyendas y maldiciones y nadie se atreve a adentrarse en sus profundidades. Quienes lo hacen no viven para contarlo —declaró Zoltan visiblemente turbado.
— ¿Leyendas? Fascinante —susurró la baronesa con ironía.
— ¿Dais a entender que mis draguros fueron masacrados por unos simples lobos? —había peligro en el tono de voz del príncipe.
—Mi señor, yo solo sé que sus cuerpos fueron despedazados con una fiereza nunca vista por mis cazadores —manifestó Zoltan manteniendo la compostura a duras penas.
— ¡Patrañas y estúpidas supersticiones para viejas! ¡Estamos en la edad de la razón, de la ciencia, del despertar de la luz del intelecto y me habláis de supersticiones y cuentos para niños! —rugió el príncipe.
—Os digo la verdad, ¡lo juro! Esto no tiene explicación, mi señor.
— ¿Encontrasteis huellas? ¿Algún rastro? ¡Algo!
—Nunca vi nada igual. Sus cuerpos fueron mutilados. Solo encontramos girones de su ropa y sus armas ensangrentadas, nada más. Las huellas de los lobos eran las más grandes que nunca he visto. Era algo extraordinario, mi señor.
—¿Encontrasteis su cuerpo? El cuerpo del príncipe.
—No.
—Entonces, ¿cómo estáis tan seguro?
—Mi señor, si unos draguros perfectamente armados y adiestrados no pudieron sobrevivir, un muchacho tampoco. Pongo mi reputación en ello.
—¿Vuestra reputación? Nunca subestiméis los recursos del enemigo. Continuad la búsqueda hasta dar con el cuerpo. Quiero su cabeza. Mientras permanezca con vida será una grave amenaza para mis planes.
—Pero, mi señor…
—Os sugiero, por vuestro propio bien, me traigáis satisfactorios resultados —amenazó el príncipe visiblemente alterado—. Quiero la cabeza de Derem y la de Astargo.
Zoltan lanzó una suplicante mirada a la baronesa.
—Vuestros espías seguirán las directrices dadas por el príncipe Gorok. Proseguid la búsqueda. Partidas de draguros batirán las fronteras de Borenial. No dejéis piedra sobre piedra —ordenó la baronesa con gélida voz—. O sus vidas o sus cuerpos, Zoltan. ¡Retiraos!
Ursus, el guardaespaldas del príncipe, abrió la puerta y acompañó a Zoltan hasta la salida. La baronesa oteó de un fugaz vistazo a Ursus. Era el guardaespaldas del príncipe Gorok, nunca se apartaba de su lado. Era grande y corpulento como un oso. Su pelo y barba negra apenas ocultaban una mirada feroz. Una larga cicatriz de sable cruzaba su rostro. Decían las malas lenguas que había sido el príncipe quien se la había causado en un arrebato de cólera.
—¿Y bien? ¿Qué haremos ahora? —preguntó la baronesa, irritada.
—Seguiremos con nuestros planes. La ceremonia de coronación será en breve. Cuando posea el respaldo de la nobleza y de los generales dominaremos todas las tierras del continente, implantando un nuevo orden en el reino de la Estrella Blanca.
—¿Creéis en esas extrañas leyendas y supersticiones?
—En absoluto. Debe haber una explicación, solo es cuestión de encontrarla — razonó el príncipe mientras su mano derecha abría la tapa de su reloj de bolsillo. Comprobó la hora, le dio cuerda y se lo volvió a guardar.
—Entonces, ¿qué haremos con el paradero de Astargo y el joven príncipe? —preguntó la baronesa. Con la mano derecha se pasó un pañuelo de seda por la comisura de los labios.
—Seguiremos buscándolos hasta habernos asegurado de su fallecimiento.
—¿Cómo os explicáis que hayan logrado huir de vuestros mejores hombres, mi príncipe? —inquirió la baronesa metiendo el dedo en la llaga.
—Probablemente Astargo esté muerto y el joven príncipe también, pero prefiero asegurarme— concluyó el príncipe dando por zanjada la cuestión—. Y ahora, hablemos de negocios, baronesa. ¿Qué buenas nuevas me traéis del gran ducado de Darembau?
—Mi príncipe, en mi país natal se rumorea que preparáis una ofensiva a gran escala, aunque se ignora contra quién —respondió la baronesa. Sus ojos no perdían detalle de cada gesto del príncipe.
—Nada deben temer vuestras gentes. Mis planes solo afectan a Zangitsa y el reino de la Estrella Blanca —aseguró el príncipe sirviendo, acto seguido, una copa de licor para la baronesa y otra para su persona. Esta se lo agradeció con un gesto y dio un pequeño sorbo, lanzándole una escrutadora mirada.
—El gran ducado de Darembau siempre os ha ayudado, mi príncipe. Os está proporcionando armas y oro, mucho oro a cambio de esclavos para nuestras florecientes industrias y fábricas —le recordó la baronesa.
—Querida Irvenia —comenzó a decir el príncipe con más familiaridad, usando una amistad que se remontaba a la infancia de ambos aristócratas—. Nada temáis, si le hiciese algo a vuestro país, sería como cortarme la mano derecha. Os seguiré proporcionando esclavos para vuestras fábricas y campos de trabajo a cambio de armas. Todos salimos ganando y prosperamos.
—Debo recordaros que las últimas remesas de esclavos estaban formadas por niños —indicó la baronesa.
—Baronesa, debéis ser más práctica. Muchas de las tierras sometidas no pueden mantener a sus familias, por eso venden a algunos de sus hijos para poder salvar al resto. Bien sabéis que la mano de obra infantil es más manejable y fácil de someter. Grandes fortunas se han forjado y se forjan a partir de esta oculta pero muy usada explotación al servicio de las civilizaciones más desarrolladas. El progreso no se puede detener por este tipo de bagatelas. De otro modo, se morirían de hambre —argumentó el príncipe con una nota de condescendencia mientras estudiaba su copa con sumo interés.
—Solo son niños…
—Oh, vamos. Debéis despojaros de vuestros absurdos escrúpulos y remilgos femeninos. Me consta que siempre habéis anhelado poseer descendencia. De veras lamento profundamente vuestra esterilidad, pero no debéis dejar que se nuble vuestra visión de los negocios por esos instintos maternales. Este es el precio del progreso y la fortuna —aseguró el príncipe con aire conciliador.
—¡Gorok!
Las suaves mejillas de la baronesa adquirieron un vivo tono carmín.
—Brindad conmigo, baronesa, por el progreso, la civilización y el futuro.
El príncipe alzó su copa, inclinando la cabeza a modo de saludo. La baronesa suspiró, alzó su copa de mala gana y ofreció su mano para dejarse guiar por un sonriente y triunfante príncipe.
—Acompañadme, querida, os mostraré mi nuevo juguete mecánico. Es un prototipo nuevo, pero que ofrece grandes posibilidades para el futuro. Mis científicos lo llaman monorrueda —dijo el príncipe guiándola hasta el patio de armas del palacio, feliz como un niño pequeño y malo.
Capítulo 2. Astargo
Se le hacía cada vez más difícil avanzar por la nieve. Al azote de los draguros (Dragones oscuros, soldados de Gorok) que le perseguían se sumaron los gañidos de una manada de lobos blancos que sonaban más cercanos por momentos. Para su sorpresa, los lobos no le atacaban, simplemente le vigilaban muy de cerca. Era una sensación extraña. Se mantenían al acecho; cuanto más se acercaba al río que hacía de frontera natural de los bosques de Borenial, parecían más reticentes a acercarse. Puede que todavía tenga una oportunidad de salir de esta con vida, reflexionó Astargo. Ya apenas se podía sostener con su viejo rifle. Los copos de nieve eran cada vez más espesos; el viento aullaba entre los árboles con fuerza; el viejo general giró la cabeza, nada de sus perseguidores. Estoy congelado, no sé cómo diablos voy a atravesar el río. Tenía la barba cubierta de nieve. Los tupidos bosques de Borenial se hallaban sumergidos en el final del invierno. En esas tierras, se sabía que la primavera comenzaba más tarde. Sobre el río, témpanos de hielo se deslizaban corriente abajo; era más ancho de lo que esperaba y tenía fuertes corrientes. ¿Cómo podré vadearlo? Si caigo, estoy perdido. De nuevo, giró la cabeza; ya no podía divisar las siluetas de los lobos blancos, pero intuía que estaban ahí. Cayó sobre sus rodillas, el vaho de su aliento parecía una bocanada de humo. Decidió quitarse la mochila y el rifle. Agotado, dejó el sable a un lado y levantó la cabeza. Lo que vio le cortó el aliento. Eran los árboles más grandes, anchos y espesos que había visto en su vida. Gigantesca arboleda que le hizo sentir su pequeñez. Un aullido; otro; varios más le alertaron, apresurándole a buscar un hueco por donde poder cruzar el río.
—Piensa rápido, Astargo —murmuró, desesperado.
Las cabalgaduras de sus perseguidores relincharon a no mucha distancia.
—Ahora o nunca—susurró Astargo en la oscuridad. Una ráfaga de disparos sobrevoló su cabeza—. ¡Ya están aquí!
Comenzó a murmurar toda una retahíla de tacos; se acercó a la parte que le pareció más estrecha de la orilla del río y esperó su momento. Trozos de témpanos de hielo se superpusieron bloqueando, por un instante, el río. Observando ambas orillas, el viejo general corrió con habilidad sobre los témpanos más gruesos y, saltando con las puntas de sus botas, logró atravesar casi todo el río, salvo la parte final. Sabía que era una temeridad, pero estaba desesperado. El hielo se resquebrajó a sus pies, cayó y chapoteó con frenética ansia, esforzándose por agarrarse a una saliente roca resbaladiza por la humedad. El agua helada le bloqueó los miembros, haciéndole perder el resuello. Un par de andanadas de disparos rebotaron sobre las rocas. Eso quería decir que le tenían enfilado en sus puntos de mira.
Nunca se detendrían hasta quitarle la bandera y el sello tatuador del legítimo heredero al trono. Con el sello, se reconocería al auténtico sucesor del reino de la Estrella Blanca aunque Astargo fuese su único custodio legal. Apoderándose del sello podrían suplantarle para colocar a un falso gobernante. Voy a morir, pensó.
—Todo acaba aquí... —fue lo último que logró articular.
La fuerza del río aumentó empezando a arrastrarle. En la lejanía, los disparos cambiaron de dirección. Los lobos blancos se abalanzaron furiosos sobre los cazadores, cogiéndolos desprevenidos; gritos de agonía y dolor desgarraron la noche. Astargo perdió mano y comenzó a sumergirse hacia el fondo cuando algo tiró con fuerza de su cuello hacia la superficie mientras perdía el conocimiento en un oscuro corredor de frío silencio. Horas más tarde, una joven voz rompió el silencio frente a su maltrecho cuerpo.
—Mira, parece que ya se despierta —susurró la voz.
—Sí, está abriendo los ojos —señaló otra voz, la de una chica en esta ocasión.
—Calla, Saska, lo vas a despertar —le increpó un chico cerca de ella.
—Callaros todos —ordenó una voz autoritaria.
—Shhhssss, me parece que ya es tarde —advirtió otra voz más infantil.
Cuando Astargo abrió del todo los ojos, parpadeó un par de veces, viendo una curiosa bóveda de madera. Un pequeño fuego brillaba a su izquierda, junto a un montón de muchachos que le miraban muy fijamente alrededor. La mayoría llevaban colgados en su cuello una especie de máscara de cuero, pero al parecer habían decidido mostrarle sus rostros. Intentó incorporarse, pero las fuerzas le habían abandonado.
—Parece que os debo la vida. Gracias —articuló muy débil.
— ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Galozu —le preguntó un pequeño muchacho con picardía.
—Me llamo Astargo.
—Estrella errante... —dijo una voz, la que parecía ser el jefe del grupo. Era conocido por los suyos con el nombre de Murki.
— ¿Cómo lo sabes? —inquirió Astargo, sorprendido.
—Eso poco importa, ¿no crees? —le contestó el muchacho con descaro.
Astargo se irritó, aunque rectificó con prontitud. Eran solo unos críos y les debía la vida. Tenía la sensación de que no debía subestimarles. No les identificó ningún arma, pero estaba seguro que sabían defenderse perfectamente. La prudencia le hizo mantener la boca cerrada. Le tenían a su merced.
— ¿Por qué te querían matar aquellos soldados? —preguntó Galozu.
— ¿Qué soldados? —Astargo trato de desviar la conversación por otros derroteros.
— ¿Quiénes van a ser? Los del trono de la Estrella Blanca, los que portaban una bandera negra con una gran estrella blanca en el centro —describió Galozu muy seguro de sí mismo.
—Por muchas razones y por ninguna —contestó enigmáticamente Astargo, esforzándose por incorporarse de nuevo.
Galozu le miró en silencio, frunciendo el ceño.
—Dioses, mi cabeza.
Astargo se miró, percatándose de que estaba desnudo bajo una suave piel de animal. Sólo el sello tatuador colgaba de una cadena de oro en su pecho. La han respetado, deben ser conscientes de su valor, pensó.
—¿Mi ropa? —preguntó Astargo de repente.
—Está secándose. Habrías muerto —le aseguró el mayor, Murki.
—Aha, os debo la vida, ¿cómo podré pagaros vuestra ayuda?
—Descansa, debes reponerte. Ya habrá tiempo para las preguntas —aconsejó Murki.
—Toma, bebe un poco de sopa caliente. Te sentará bien —ofreció Honto sacando de lo que parecía ser un huevo de madera un tazón humeante.
Lo depositó a su lado, con cuidado. En otros tantos huevos de madera, pudo comprobar Astargo, guardaban comida, ropa, plantas medicinales o mensajes para cualquiera de su pueblo que estuviera en un apuro. Más tarde se enteraría de cómo, por cada rincón los bosques de Borenial, escondidos estratégicamente, había ubicados algunos huevos de madera con hermosas talladuras que informaban del contenido de su interior. Eran de diferentes tamaños y formas. Entre ellos practicaban una comunidad de bienes familiar. Todos lo compartían todo sin por ello dejar de respetar la intimidad e iniciativa individual. Extraña cultura, pensó. Pronto comprobaría cuán diferente era el mundo de los Borenial, cuán lógico y cuán refrescante. En los inmensos bosques de Borenial, pasadizos subterráneos junto a cámaras subterráneas en las cuevas de las montañas, cobijaban a una civilización con miles de años de antigüedad.
—¿Quién cubrirá nuestra retirada? Nos perseguirán, no lo dudéis —advirtió Astargo tras vaciar el tazón de sopa—. No me gustaría que os sucediera nada malo por mi causa.
—Nada debe preocuparte ya, nuestros cazakus (cazadores borenial) ya están pendientes de ello. Ahora duerme, duerme —aconsejó Murki mientras le oprimía una parte del cuello con suavidad. Astargo sintió cómo le pesaban más y más los párpados.
Más tarde, lejanamente, entre murmullos y silenciosos gestos, sintió cómo su cuerpo era transportado a través de los árboles. Ya no tenía frío. Abrió un poco los ojos y vio ante sí la luna como un gigantesco óvolo blanco; le trasladaban de lugar. ¿Hacia dónde? se preguntó volviéndose a perder en el intangible mundo de los sueños, murmurando el nombre del príncipe heredero: Derem.
Capítulo 3. Derem
Derem, en otro momento y lugar, todavía no se explicaba cómo habían logrado localizarle con tanta rapidez entre la abigarrada muchedumbre de la gran estación central del reino, en la ciudad de Zangitsa. Los hombres escogidos por su padre, el rey, en exceso confiados, lo habían pagado muy caro. Sus guardaespaldas y ayudantes habían sido asesinados por los draguros del príncipe Gorok con inesperada facilidad. La gornia, la policía secreta del príncipe, acechaba en cada esquina.
Por una feliz casualidad, regresaba de los aseos cuando pudo percibir los gritos y disparos del altercado. Ejecutando malabarismos impropios de un chico de su edad, había logrado ocultarse en uno de los vagones de mercancías del tren transcontinental hasta que se detuvieron en la primera estación de abastecimiento. Desquiciando a sus perseguidores, el muchacho se deslizó con habilidad entre los vagones eludiendo las patrullas con perros, y en la sucia oscuridad de los andenes, dando traspiés entre las vías, pudo alcanzar los linderos de los bosques Turgan, al sur de las montañas Borenial.
Echaba mucho de menos a Astargo, su mentor. Nadie sabía nada de él. El chico no olvidaba que los mejores cazadores del príncipe Gorok le seguían la pista de cerca. Si lo atrapaban, lo asesinarían. Hasta ese instante había logrado darles esquinazo gracias a la preparación y disciplina que su antiguo maestro le había inculcado desde su niñez. Derem, el príncipe heredero del trono de la Estrella Blanca, educado para gobernar, no podía dejar de sentir un profundo desamparo y soledad tras haber perdido a su familia, su trono, sus riquezas y a sus camaradas. Todos asesinados por la oscura mano del príncipe. Lo mejor que podía hacer era dejarse atrapar y morir. Algo en lo más profundo de su alma rugía con fuerza. ¿Para esto es para lo que me han preparado? ¿Para qué me rinda sin más? La muerte de mis padres, hermanos y amigos, ¿han sido en vano?
Corría presa del pánico y la desesperación. Al saltar una profunda zanja resbaló sobre las hojas, girando de espaldas y cayendo cuesta abajo entre zarzas y matorrales. El muchacho lloró con amargura. ¿A dónde iré? ¿A quién voy a recurrir? Él, legítimo heredero al trono de la Estrella Blanca, estaba tirado en el fondo de una zanja, perdido en cualquier parte de un bosque del que no conocía nada. Solo soy un crío, pensó angustiado. Dolorido, se llevó las manos al rostro, enjugándose las lágrimas. Se esforzó por tranquilizarse, recordar y repasar los acontecimientos ocurridos desde el asesinato de su padre, el Rey.
No sabía qué hacer, solo una chispa de luz brilló en su mente asustada. Sobrevivir, sabía que tenía que sobrevivir a cualquier precio y algún día, algún día, el traidor Gorok pagaría sus crímenes. Se incorporó trabajosamente, su rostro palideció al escuchar los ladridos de sus cazadores. El muchacho anduvo sobre sus pasos y saltó a ambos lados de la zanja para despistar a los perros de caza. Acto seguido, se dirigió con las pocas fuerzas que le quedaban a los rápidos del cercano río Zur. La mente del muchacho cavilaba a gran velocidad. Los trenes reales, lujosamente decorados, solo podían ser usados por los soldados y la nobleza de la corte. Una extensa red mecánica de telarañas mantenía unido al reino, esparciéndose con rapidez a cada nueva conquista sin respetar a nada ni a nadie. El príncipe Gorok, con muchos años de anticipación y en secreto, había desarrollado un espeluznante ejército mecanizado. Creado por una sección de científicos y laboratorios a su servicio para la fabricación de terribles ingenios bélicos. Era un fanático de la tecnología y del poder que ello le podía conferir en un momento determinado. <<Los mejores científicos decidirán el mundo del mañana>> solía decir a sus más allegados colaboradores ubicados en el interior de la ciudadela-montaña del príncipe, Numun-Utor. Controlaba cada movimiento de sus científicos, como el campesino sus semillas a la espera del fruto de su trabajo. Era un hombre paciente para algunas cosas. Para otras no, entre ellas, el poder.
Las botas del muchacho se hundieron en el barro. No era un calzado adecuado para aquellas tierras, dificultándole aún más si cabía su frenética fuga. Densos bancales de niebla se extendían por las montañas, difuminando grandes bolsas de arboleda que, como llamas verdes, se erguían cubriendo el valle en todas direcciones; la humedad le calaba hasta los huesos. Derem tiró de una de sus piernas, quedándosele clavada una bota en el barro. Se cayó de rodillas y sintió a través de sus guantes el frío del barro. Con gran esfuerzo tiró de la bota, jadeante. Por el rabillo del ojo le pareció percibir el tenue movimiento de sombras entre la niebla. Su corazón latía desbocado. Más por instinto que por otra cosa, se enfundó la bota y tanteó el terreno en busca de un palo o una rama lo más sólida posible; una fina capa de sudor frío bañó su rostro. Gateó, sudoroso, entre las rocas. Resbaló una vez la puntera de sus botas, golpeándose en una rodilla. El dolor, tan repentino como inesperado, le hizo maldecir, contrariado. Aun así, siguió avanzando. Giró la cabeza con temor, nada. Ningún perseguidor a la vista. Puede que los haya despistado, pensó, esperanzado. El muchacho comenzó a subir con pesadez una pendiente rodeada de zarzales y hierbajos humedecidos por la neblina. Cada vez se veía menos.
—Ya no puedo más —susurró en voz baja.
Apoyó su espalda en un macizo pino y cerró los ojos, respirando entrecortadamente. Cuando los abrió, su cuerpo se bloqueó por el pánico. Tres enormes lobos blancos se acercaban a él, gruñendo rabiosos, mostrándole los colmillos más grandes que había visto en su vida. Sin ningún arma, ni fuego, ni refugio a donde ir, sabía que iba a morir y de una manera horrible. Logró hacerse con un trozo de rama caída. En un vano amago defensivo, irguió su arma de madera con ambas manos. Le temblaba cada centímetro del cuerpo. Sintió deseos de gritar, de llorar, de pedir ayuda, de salir corriendo. Muy en el fondo sabía que sería inútil. Los tres lobos se acercaron aún más, estrechando el cerco, cuando un largo silbido los hizo parar en seco. Se sentaron sobre sus cuartos traseros, observándole con fijeza, vigilantes pero no hostiles. Derem deglutió, paralizado. Creía estar perdiendo la razón. Con un brusco movimiento, los tres lobos ladearon sus cabezas irguiéndose a la espera de una señal. Habían visto algo. Otro silbido, esta vez más corto, les hizo retirarse. El muchacho, pasados unos segundos, se dejó caer contra el tronco del árbol más cercano, tiritando de puro frío y miedo. Aquello no tenía sentido. Sintió una agitada respiración frente a él; súbitamente alzó su mirada. Una enguantada mano empuñaba un enorme pistolón de triple tiro, apuntándole directamente a la frente. La estrella blanca del reino destacaba en su pechera izquierda y dos dragones blancos se deslizaban por el cuello. Era uno de los esbirros del príncipe Gorok, un draguro. Entonces todo ha acabado, concluyó ya derrotado.
El draguro cargó el arma, pero una fracción de segundo antes de que apretara el gatillo, un agudo silbido rasgó el aire. Una metálica saeta atravesó su mano desviando la dirección del disparo. Una flor de astillas brotó a la derecha de las mejillas del muchacho, haciéndole gemir de dolor. La detonación se perdió en la lejanía. El draguro se miró y, perplejo, cambió de mano el arma manchada con su sangre, disponiéndose a soltar a bocajarro otro disparo en el mismo instante en que otra flecha le atravesaba el cuello. Su cuerpo se derrumbó con pesadez sobre la nieve, dibujándose alrededor de su cabeza una informe mancha escarlata. Derem se levantó, jadeante, para reiniciar la huida y se topó de bruces con otro cuerpo que no logró identificar. Era como tropezar contra un muro de roca. Se cayó de espaldas, asustado y aturdido. Aquella figura encapuchada cubría su rostro con una extraña máscara de madera y cuero. Para su sorpresa, le ofreció la mano. El muchacho titubeó y sacó un puñal de su bota mientras sus manos temblaban y su mejilla quedaba marcada por finos hilillos de sangre aún sin coagular.
—Nada temáis, joven señor, pero debéis decidir. Si os quedáis, moriréis. Si me seguís, viviréis. ¡Vos elegís! ¡Daos prisa! —le azuzó con urgencia la figura encapuchada.
—¡Hazlo rápido! El resto de draguros del príncipe están al caer —advirtió otra voz enmascarada. El muchacho parpadeó, indeciso. Todo sucedía muy deprisa.
—¿Quiénes sois? —se atrevió a balbucear.
—Todo a su tiempo. Decidid o moriréis.
Un par de disparos disipó sus dudas, dejándose guiar por su instinto.
—¡Voy con vosotros!
—¡Seguidnos, deprisa! —ordenó el otro enmascarado mientras le guiaban por un estrecho sendero que bordeaba la ladera de la montaña.
A sus espaldas, el muchacho pudo oír algunos sonidos que le traía el viento. Rugidos de animales y desgarradores alaridos de hombres desesperados. Era el lenguaje de la muerte. De una muerte salvaje, cruel y despiadada.
Capítulo 4. Hanehera
Entre el follaje los ciervos bramaban rodeados por los exuberantes árboles de los bosques de Borenial. En lo profundo, familias de jabalíes correteaban bajo sus sombras. Titilantes gotas de rocío humedecían con refrescante nitidez plantas y frutas, adquiriendo mejor forma y color en una penetrante explosión de fragancias y vida con los más originales perfiles y siluetas. La más amplia gama de verdosas entonaciones se sucedía con serena armonía. Astargo apenas podía observar con asombro cómo, al ir en ascenso, los arboles aumentaban de tamaño y grosor en unas proporciones inimaginables para una criatura de ciudad como él, formando una espesa catedral boscosa de incomparable belleza. Más tarde comprendería que nada ni nadie podía cruzar los bosques sin ser, con asombrosa eficacia para él, interceptado por los guardianes borenial, los silenciosos cazakus. Pudo ver cómo dos de sus jóvenes guías borraban sus huellas y rastros con gran pericia; difuminados rayos de sol apenas se dejaban entrever entre la abundante y espesa maraña de ramajes y hojas; aquellos despiertos muchachos apenas si cruzaban algún susurro entre ellos lanzando, muy de vez en cuando, furtivas miradas sobre su agotada persona. Más por el instinto y la experiencia de sus muchos años de oficial en Zangitsa, Astargo presentía que les estaban vigilando desde los árboles, aunque no lograba identificar figura alguna o movimientos entre la espesura. Ignoraba quiénes eran, pero estaba convencido de que estaban más pendientes de la seguridad de los muchachos que de la suya. Allí, en aquel lugar e instante, el intruso era él. Tal reflexión no le dio ninguna tranquilidad.
Inesperadamente, una mano le facilitó un cuenco lleno de agua. Astargo lo tomó con tembloroso pulso, derramando parte del contenido y tragando no sin cierta dificultad. La joven mano le ayudó a enderezarse, con delicadeza, para después retirarla con discreción. Astargo volvió a tumbarse en aquella improvisada camilla de maderas, pieles y arbustos, para cerrar los párpados y percibir el chapoteo de pies de sus guías, el cual le indicó que estaban atravesando un riachuelo. Una ligera brisa le hizo sentir frío pese al magnífico tiempo que hacía al abrigo del follaje. Sus dientes castañetearon incontroladamente. Se sentía débil, muy, muy débil. Si muero, este lugar no sería un mal sitio para hacerlo. Mis viejos huesos encontrarían la paz y el descanso que tanto anhelan, pensó en algún remoto y oscuro rincón de su mente.
Días más tarde, Astargo comprobó cómo los Borenial ni se aburrían, ni permanecían nunca ociosos. Siempre se mantenían ocupados haciendo algún que otro trabajo manual como el tallado de piezas de madera y figurillas. Bien daban forma a la cartuchera de cuero de sus puñales o simplemente se divertían, descansaban, meditaban, charlaban y dormían, o bien disfrutaban de la paz del bosque. El viejo general se divirtió al ver cómo unos cazakus cantaban mientras otro de sus camaradas recitaba viejos poemas, demostrando encontrarse magníficamente vivos tanto en su interior como en su exterior. La expresión de Astargo se volvió más seria al observar que un par de cazakus arreglaban sus arcos y flechas con mano experta. A su lado, un corpulento cazaku estudiaba lo que parecían ser armas incautadas a una partida de draguros, reconocibles por sus rifles y pistolones labrados con doradas ornamentaciones y relieves de madera, plata y marfil. El simple hecho de que aquellas gentes, que parecían más exploradores que guerreros, hubiesen vencido a una patrulla de draguros, despertó el asombro de Astargo, recordándose a sí mismo que no debía subestimarlos en absoluto, y más cuando no conocía nada sobre aquel enigmático pueblo. Esas ideas rondaban por su encanecida cabeza mientras un cazaku tarareaba una canción al tiempo que tensaba la cuerda de su arco, cerciorándose de su resistencia, elasticidad y potencia.
El fuego nunca se extinguía, siendo siempre cuidado y vigilado con especial celo por uno de los cazakus. A su lado un compañero depositó un cuenco con frutos secos previamente recogidos. Mientras unos cocinaban algún plato, otros se cosían alguna prenda rota, pero aun así, Astargo se daba cuenta que en su aparente tranquilidad, los cazakus nunca bajaban la guardia. Sus bocamangas, botas y cinturas ocultaban enfundados pequeños y afilados puñales; los sabían usar y muy bien. Sus sentidos eran tan nítidos como agudos. Eran muy observadores y estudiaban con mucha paciencia cualquier cosa que sucediese a su alrededor. Eran gentes de mente viva y corazón apasionado y alegre. El apaciguador susurro del viento entre las ramas de los árboles acarició su ojeroso semblante. Sin saber cómo, Astargo sintió que comenzaba a amar aquel lugar. Las sombras de las hojas jugueteaban con sus rasgos a medida que avanzaban a su desconocido punto de destino en lo más profundo del bosque.
Capítulo 5. Los corredores
Atravesando el espeso ramaje de los bosques y descendiendo por un serpenteante caminillo, tres corredores marchaban sin pausa eludiendo dos de ellos, con gran destreza, los accidentes del terreno y la montaña. Tanto el primer como el último corredor, siempre a un mismo ritmo, parecían conocer como la palma de su mano cada recoveco del camino. El del centro no solo se diferenciaba en ropa, altura y complexión, sino en los traspiés, cada vez más frecuentes, que daba contra los matorrales y hierbajos. La puntera de su bota se enganchó con la sobresaliente raíz de un arbusto, precipitándose de bruces contra el suelo, arañándose ambas rodillas y manos. Dolorido y exhausto, agitó la cabeza con pesadumbre, tratando de recobrar el resuello.
—Es inútil. Marchaos, ya no puedo más.
—¡Levantaos! Uno de los nuestros ha hecho de anzuelo para que podáis escapar —reprochó el primero de los infatigables corredores.
—¿Por qué me ayudáis? ¿Quiénes sois? ¿Qué queréis de mí? Los draguros nos alcanzarán y…
—Tranquilizaos, nuestros cazakus se encargarán de ellos. Debéis aguantar un poco más —alentó el otro corredor.
—Si me ayudáis pondrán precio a vuestras cabezas —les advirtió el muchacho.
La máscara que protegía el sudoroso rostro del primer corredor no dejó adivinar una enigmática sonrisa.
—Nuestro Consejo decidirá qué hacer con vos, pero no vamos a dejar que os atrapen —aseguró.
Derem, con el rostro enrojecido por el esfuerzo, comenzó a estornudar. Uno de los corredores pronunció dos frases en una lengua cuyo significado Derem desconocía. El otro corredor asintió en silencio. Parecía que se habían puesto de acuerdo en algo.
—¿Cómo os llamáis? Decidme vuestros nombres al menos.
—Quitaos la ropa —ordenó en tono autoritario el primer corredor.
—¿Cómo decís? —preguntó, incrédulo, Derem.
—Que os quitéis la ropa, ¡rápido! —insistió el corredor.
El muchacho, sin apenas poder responder de tan débil que estaba, sintió cómo le ayudaban a quitarse el abrigo y la casaca. Uno de ellos la dobló con mucho cuidado y la guardó en una bolsa de viaje, poniéndosela en la espalda.
—Tomad, bebeos esto —dijo ofreciéndole una petaca.
—¿Qué es? —preguntó con aprensión.
—Os dará fuerzas —le aseguró el corredor mientras bebía un sorbo para mitigar las dudas del chico.
—¿Hacia dónde vamos? —preguntó Derem con voz ronca tras echarse el primer trago al coleto.
—A lugar seguro.
—¿A lugar seguro? ¿Dónde?
—Pronto lo sabréis. Ahora en marcha.
—No, hasta que no me digáis por qué me ayudáis.
El tono desafiante de Derem exasperó a uno de los corredores, soltando una corta pero significativa ristra de palabras altisonantes en su lengua, conocida entre los suyos como borol.
—Está bien —suspiró el enmascarado—. Si todo un escuadrón de draguros os persigue con tanta saña, es porque debéis ser muy valioso para ellos. Eso nos ha llamado la atención. Os salvaremos y averiguaremos quién sois y qué quieren de vos.
—¿Y si no soy nadie de valor? —especuló Derem.
—De una manera u otra dejaremos que prosigáis vuestro camino. Además, los draguros no nos caen nada bien.
Esto último sonó con un deje de ironía que no pasó inadvertido para Derem.
—Obrad con cuidado, son los guerreros más fieros que existen —advirtió.
—Lo sabemos —aseguró el enmascarado con calma y cautela, aunque no parecía intimidado en absoluto.
—Vamos, alzaos. Todavía nos queda mucho camino por delante, la jornada será larga.
—Pero…
—Primero debemos salvar nuestras vidas, después recuperaremos fuerzas, y si lo deseáis, hablaremos largo y tendido sobre lo que vos queráis, en su momento —ofreció el enmascarado.
Derem, cabizbajo, tuvo que reconocer que no les faltaba razón y que tendría que confiar en ellos. En tanto le ayudaban a alzarse trabajosamente del suelo sintió cómo, en ese instante, su vida discurría por un hilo tan fino y delgado como el suave deslizar de una cascada de granos en un reloj de arena. ¿Qué va a ser de mí? se preguntó. En ese momento de incertidumbre, poco le importaba. Le dolía demasiado el cuerpo para poder pensar. Reinició la marcha más por instinto de supervivencia que por otra cosa.
Capítulo 6. Santuario
Un vasto mar esmeralda formado por distintas capas puntiagudas de árboles, delicadamente mecidos por el viento, dominaba aquel escondido y boscoso universo a los ojos de Astargo. Nunca había visto nada semejante. El prodigioso tamaño de esos bosques y sus árboles de añil cortaban el aliento. Culminaban sus copas con las más variopintas y sutiles entonaciones; brillantes púrpuras, casi transparentes verdosos y suaves amarillos. El viento parecía jugar a capricho con su ramaje y hojarasca. Era un mundo nuevo, distinto a lo que había conocido y vivido Astargo. Fresco, puro y, al mismo tiempo, milenario. Un mundo escondido y virgen dentro de su propio mundo, algo inaudito. Pronto comprendió el porqué de su longevidad. Su aislamiento y la extraordinaria dificultad en la accesibilidad de su agreste relieve circundante, lo hacían prácticamente inaccesible al ser humano del exterior. Con el tiempo, conocería con precisión cómo varios cinturones de gigantescas cordilleras protegían y rodeaban al completo aquellas desconocidas tierras, aislándolas de las civilizaciones del exterior. Solo los borenial conocían los complicados itinerarios para el acceso y salida de aquel mundo, convirtiéndolo en una fortaleza natural inexpugnable. Pronto sabría lo que significaba Borenial en la jerga local de sus gentes: alma libre. Aquel lugar parecía ser un permanente y pacifico desafío para sus sentidos. Le fascinaba profundamente la ineludible presencia de su hálito vital. Se vio inmerso de nuevo por una interminable cortina de vegetación. Se preguntaba cuánto resistiría aquel santuario natural de vida salvaje a la presión de la expansión y dominio del trono de la Estrella Blanca. Un tupido brazo nuboso protegía de la vista de extraños las afiladas cúpulas de las montañas. Envueltos por una insólita atmósfera de asombrosa pureza, innumerables insectos y animales que Astargo no conocía, ni había visto con anterioridad, volaban y correteaban junto a una fina ristra de diminutos lagos cuyas superficies destellaban bajo la caricia de una luz lunar azulada y melancólica. La copiosa nevada de las fronteras parecía un lejano sueño ya difuminado y perdido en el tiempo. Manantiales de agua mineral y aguas termales nutrían aquella asombrosa vida salvaje. El viejo general se percató de que las expediciones de cazakus eran diarias tanto en invierno como con el buen tiempo. Cuidaban con mucho celo su país. Las calurosas fronteras del sur, cercanas a los desiertos de fuego, apenas eran recorridas por las caravanas de comerciantes, cuyos productos eran siempre bien pagados en Zangitsa por su caprichosa nobleza real. No obstante, los borenial poseían más contactos de los que Astargo suponía. Tenían informadores, amigos, ojos y oídos en todas partes.
Los borenial y sus leyendas imponían un profundo miedo a los desconocidos. Eventualidad que sabían explotar con mucha astucia. Astargo, tras fijar su mirada en los atléticos y fibrosos cuerpos de sus guías, observó cómo cada cazaku y nuikyn (señor de los animales), lucía en su pectoral y brazos la enseña de su animal-espíritu, ya fuera un ciervo, un oso, un halcón o cualquier otro animal de su fauna local. En vano buscó a los muchachos que le habían rescatado de morir ahogado en el río o asesinado por los draguros. Un cazaku adulto, de rostro severo, se acercó con presteza al comprobar que estaba despierto.
—¿Cómo os llamáis? —preguntó el cazaku lanzándole una valorativa mirada.
—Astargo.
—¿De dónde venís?
—De muy lejos. ¿No teméis que me escape?
—Si lo hacéis, moriréis. Es algo que ya sabéis —contestó con autosuficiencia el guerrero.
—Entiendo. Comprometería la seguridad de vuestra gente —susurró Astargo acariciándose la barbilla, pensativo. El cazaku le lanzó una inquisitiva mirada.
—Veo que estáis recuperando las fuerzas. Eso es bueno. Pronto, el Consejo de ancianos os recibirá.
—¿Para qué?
—En su momento lo sabréis —fue la respuesta que recibió Astargo, sumergiéndole en profundas reflexiones.
—¿Qué es eso de ahí? —preguntó Astargo señalando una edificación de forma cilíndrica. En realidad era un tocón de gran anchura.
—Los llamamos necar. Son la base de troncos muy viejos, ya caídos, los cuales hemos aprovechado ahuecando su interior, tapizándolos y haciéndolos más confortables —dijo el cazaku—. Adelante, pasad. Sois nuestro huésped.
—Más bien vuestro prisionero.
Astargo necesitó la ayuda de otro par de brazos fuertes para poder incorporarse.
—Bueno, un poco de ambas cosas —aclaró el cazaku sin perder la sonrisa.
Astargo se introdujo y comprobó su interior. Era más grande de lo que parecía visto desde fuera. Con tres niveles de descanso. Cálido, seguro y muy acogedor. Sus paredes de madera tenían hermosas talladuras hechas a mano, con antiguas inscripciones en su lengua nativa. En un círculo, cómodamente sentados, diez siluetas le brindaron una serena mirada. Eran los miembros del sabhum. El Consejo de sabios borenial.
—Sé bienvenido, extranjero. Hanehera —saludó una voz del que parecía ser su líder.
—Me llamo Nurumay. Antes de nada debes saber una cosa, extranjero. Gorok, «el cortacuellos» os persigue. Vuestra presencia representa una grave amenaza para nuestro pueblo, portáis el desastre para los nuestros. Aun así, las leyes de hospitalidad de mi pueblo os dan la bienvenida. Sentaos pues y decidnos, ¿en qué podemos serviros? Pero os lo advierto, si integridad nos ofrecéis, integridad recibiréis, mas si el engaño nos ofrecéis, expulsado de nuestras tierras seréis. Ya podéis hablar.
—Me llamo Astargo. Soy un viejo militar que ha servido con lealtad a la Familia Real de Zangitsa.
—Sabemos que han perecido —interrumpió Nurumay. Con una discreta seña, le invitó a tomar asiento con la ayuda de un cazaku.
Astargo inclinó la cabeza, agradecido. Aún se sentía muy débil.
—Así es.
—Os acusan de asesinato. Han puesto un alto precio a vuestra cabeza.
—Es cierto. Si me vendéis, ganareis mucho oro.
—Probablemente. ¿Entonces por qué os exponéis a venir a nuestras tierras?
—Hace muchos años, el padre de mi padre nos aseguró que las gentes de Borenial formaban un pueblo único en el que valoraban la integridad y la sabiduría por encima de cualquier otra cosa. Por eso me arriesgué a venir hasta aquí. Ya lo he perdido todo, aunque puede que el joven príncipe Derem haya sobrevivido. De ser así, aún habría esperanza para mi pueblo —explicó Astargo pasándose la mano por la frente.
—No carecéis de valor, aunque a mi juicio la desesperación ha sido otro de los motivos por el que os habéis visto obligado a entrar en nuestras fronteras —observó Nurumay.
—No lo negaré.
—Muy pocos lo logran, y quienes lo hacen, no vuelven a sus tierras de origen —dijo enigmáticamente el líder tribal.
—Mi vida está en vuestras manos. Si la queréis tomar, hacedlo de una vez por todas.
Astargo se sentía indefenso y a su merced. Era algo que le sacaba de quicio.
—No somos asesinos, extranjero —advirtió Nurumay.
—Pero habéis dicho…
—Sé lo que hemos dicho. Insisto, no somos asesinos.
—Pero…
—Os lo explicaré de otra manera. No vuelven a sus tierras porque deciden permanecer en las nuestras.
Astargo le miró perplejo. Sin saber muy bien cómo interpretar aquello.
—Si me ayudáis, os aseguro que seréis generosamente recompensado. Poseo muchos aliados y…
—No nos interesa ni vuestro oro, ni vuestras riquezas, pues de nada sirven en nuestras tierras —cortó Nurumay con brusquedad.
—Entonces, ¿qué puedo ofreceros a cambio de vuestra hospitalidad? —preguntó Astargo.
—En su momento lo sabréis. Ahora, retiraos y descansad. Nada temáis.
—Las palabras son fáciles de decir y difíciles de cumplir. No obstante, os reitero mi agradecimiento, os debo la vida.
—Os tomo la palabra. Aquí comprobareis que podréis tomar la decisión que deseéis como solo un hombre verdadero puede hacer —aseguró Nurumay.
—¿Un hombre verdadero? ¿Qué es para vos un hombre verdadero?
—Un hombre libre.