Excerpt for Zehl. El reino del génesis by David Álvarez, available in its entirety at Smashwords

Zehl

El reino del génesis


By David Álvarez Vormann


Published by Ed. Amarante at Smashwords

Copyright 2011, David Álvarez Vormann and Ed. Amarante



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Índice

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

XXI

XXII

XXIII

XXIV

XXV

XXVI

XXVII

XXVIII

XXIX

XXX

XXXI

XXXII

Biobibliografía


* * *


I


Zíngaros que deambulaban de aquí para allá; éstos no eran distintos a aquellos que andaban detrás de una vida fantástica, lejos de lo monótono, pero no tanto de la realidad. Sabían que de tanto en tanto había que pisar tierra, pues el hambre que tronaba desde el estómago vacío no era mera imaginación. Este grupo, que para muchos era nada más que una horda de vagabundos, estaba llegando a la aldea luego de siete largos años. Anteriormente lo hacían cada dos años, luego de visitar recónditos lugares que uno creía existían sólo en sus mentes. Eso sí, nunca llegaban con las manos vacías, procuraban sorprender siempre, pues de alguna manera con tales sorpresas lograban sobrevivir. Tenían como virtud el lenguaje universal de lo extraordinario que caía bien dondequiera que iban, socavando la monotonía del aldeano y aplacando la tristeza de éste de no contar ni tan siquiera con cuentistas o charlatanes que entretuvieran con cualquier historia. El zíngaro común era mentiroso y exagerado en sus aseveraciones ficticias, de todas maneras era bien acogido a sabiendas que su paso era de corto tiempo y no perjudicaba a nadie, todo lo contrario, sus novedades lograban de alguna forma abrir la mente y cambiar los pareceres de la gente.

Colmados, siempre, de cosas deslumbrantes, acogotaba al pueblerino que nunca antes fue capaz de verse a sí mismo con espíritu tan aventurero, ni tan capaz para traspasar la frontera que los separaba de lo desconocido; mente estrecha de estos que caían en sumisión ante los que se aproximaban con semejantes artilugios.

Zíngaros despreocupados, informales, tan distintos al resto y tan soberanos en un mundo casi virgen a los ojos del incauto; de lo lejos venían y a lo lejos iban.

La vez anterior a ésta, se llegaron con un mazo de cartas que, según ellos, era capaz de mostrar el futuro tan claramente que desafiaba al más escéptico de los seres. Ese día hicieron una sola demostración de su poder; aseguraban que las cartas advertían que durante el trascurso de la jornada el sol se apagaría por unos minutos para dejar a oscuras a toda la región, y aconsejaron a los aldeanos ocultarse bajo techo; de lo contrario, corrían peligro de muerte.

—Mueven los labios de manera ágil, pero gran cosa no dicen —dijo uno que no creía en ellos.

—Pues a propio riesgo vas —respondió la mujer—; yo, por las dudas, resguardo a los niños y echo los postigos. Golpea por si cambias de idea.

—¡Anda, mujer! —replicó el compañero, dándose a sí mismo un fuerte golpe de pecho— ¡Tú y esas alocadas ideas no me volverán un desquiciado!

Y de esa manera había gente que creía y otra que no; de modo que, tanto la angustia como la desesperación, se apoderó de la gente.

Y tal como los zíngaros lo habían anunciado, ocurrió el apagón, asustando y dejando perplejos a todos los habitantes del pueblo. De un momento a otro, el día se volvió noche, y hasta el piar de las pequeñas aves se apagó como si alguna cosa poderosa lo hubiera aniquilado de un soplido. El sol quedó oculto detrás de un plato del mismo diámetro. Una aureola blanca que se filtraba a su alrededor daba a entender que el sol seguía allí.

El fenómeno duró apenas unos minutos, pero fueron suficientes para crear en la mente de todos una suerte de admiración inimaginable. El poder de estos intrusos seguía asombrando, pero esta vez fue colosal, inexplicable.

A los ojos de los aldeanos, las cartas resultaron mágicas y no sólo hablaban de lo que iría a ocurrir, sino que además ofrecían salvación. Desde entonces las cartas se volvieron tema obligado en el parloteo general, superando, incluso, a las desventuras del capellán y su sobrina llegada de Huelva.

Luego de horas de haber deliberado y en agradecimiento al trato cordial que recibían en cada visita, el consejo de los zíngaros tomó la decisión de vender las cartas a los aldeanos. A cambio de ellas pidieron dos kilos de oro que el pueblo juntó en cuestión de tres días; cadenillas, pendientes, monedas y hasta dientes de oro fueron amontonados en una pequeña arpillera. Cuando las cartas fueron entregadas, dijeron que el manejo de las mismas debía recaer en una persona nacida en la aldea y capaz de conferirse en cuerpo y alma a los zíngaros. El temor cundió en el pueblerino; nadie se animó a tal requisito. Se sucedieron los debates y las ásperas discusiones casi siempre desembocaban en sangrientas peleas. Y así pasó un año, sin que nadie pudiera leer las cartas que podían mostrarles el futuro y darles la oportunidad de mejorar o cambiar de manera radical sus destinos. Se empezaba entonces a dudar de la efectividad del negocio y de ver con malos ojos al que había dado la idea de comprar tales cartas.

Pero, ¿quién fue el que había propuesto comprar el mazo de cartas? Nadie dio un paso al frente, ni nadie mostró la cara. En realidad, la idea surgió de los mismos zíngaros; ellos hicieron correr la voz que las cartas eran mágicas. Tiempo después un gran libraco de numerosas páginas que llegó a través de un anciano develó la verdad sobre ese portentoso día: sucedió un eclipse solar.

Grande fue la astucia de esta gente que, gracias a la bribonada de la naturaleza, lograron embelesarlos, para finalmente llevar todo el oro del pueblo a cambio de unas cartas que nadie sabía cómo usarlas, o tan siquiera si servían para algo.

Ahora estaban de regreso, y cuando apenas pusieron un pie en la aldea, fueron apresados.

—¡Perros inmundos, pillos asquerosos! —gritó alguien que había dado todo su oro.

—¡Muerte a los zíngaros, muerte a los traidores! —replicó otro en gran voz.

Iban a recibir un duro castigo, que bien podía ser leve si devolvían todo el oro hurtado. Pero los zíngaros llegaron tan altivos y sorprendentes, pero, además, tan pobres como en otras oportunidades; el dichoso oro desapareció con Yamila, la única que podía leer las manos y las cartas. Dijeron que la pitonisa se cansó de tanto viajar y que fue a vivir sus propios sueños idealizados en tierras lejanas conocidas como Dohmen-Ur, en un lugar llamado Zehl.

Como no había quien pudiera interpretar las cartas, y el oro de la mayoría despareció, decidieron decapitar a los primeros zíngaros llegados a la aldea. Extrañamente, ellos no opusieron resistencia al arresto y tampoco sintieron miedo a la inminente muerte. Fue entonces que los aldeanos construyeron el instrumento del terror: un tétrico cadalso, que luego de ser probado una docena de veces con calabazas y sandías, logró cortar en una sola caída. Y lo hicieron en el bosque para evitar de esa manera que las mujeres y los más pequeños pudieran ver su accionar. Demoraron dos días en terminarla. La instalaron en la calle principal, y la cubrieron con enormes y pesadas carpas. Nadie pudo indagar más de lo que permitía la forma misma del gran objeto, pues dos jóvenes de soberbios físicos fueron los elegidos para la tarea de ahuyentar a los curiosos.

Se esperó en silencio a los demás zíngaros que debían llegar al pueblo en cualquier momento. Con el segundo grupo llegaba Camilo Alduque, el líder de los nómadas y el que recibió la bolsa colmada de oro. En él recaía toda la ira y el odio de los aldeanos, pues era considerado el ideólogo del timo que dejó mal parado a la aldea que aún sufría la escasez de alimentos, por falta, en parte, de las monedas de oro.

Cuando Camilo Alduque apareció ataviado con su inconfundible sayo, tenía en su rostro una sonrisa que contagiaba de alegría al que se le cruzaba. Le acompañaba una hermosa jovencita, muy parecida a Yamila, que jugueteaba con sus cabellos negros y lisos y se mordisqueaba el labio inferior; era delgada y alta, y tenía los ojos negros, insertos en un rostro pálido y hermoso. Como la mayoría de las gitanas, para cubrirse la cabeza usaba una banda de tela enrollada como un turbante, además, falda larga hasta los tobillos y un mantón anudado sobre uno de los hombros.

Alduque no esperó que lo apresaran; todo lo contrario, fue directo a entregarse y se puso a disposición de los improvisados jueces. Lo metieron en un calabozo y no solicitó hablar con ninguna autoridad; extrañamente tampoco preguntó por los demás zíngaros encarcelados. Sin embargo, ellos preguntaron por él; al saber de su llegada se alegraron y se abrazaron como si en el líder recayera la salvación y la libertad tan esperada. Nadie entendió la actitud de esa gente, hasta que una soleada mañana llegó el resto del grupo. El griterío de los niños acompañaba los lentos pasos de los nómadas que traían consigo una gigantesca catapulta posada sobre una base de tablones que, todos unidos y juntos, hacían un carretón de cuatro ejes que sujetaban y hacían girar ocho enormes ruedas de madera con soportes de hierro. Diez bueyes y una docena de hombres lograban moverlo unos metros por minuto. La gente ignoraba la función del armatoste, aún así quedó maravillada por el tamaño, y sobre todo, por la aparatosidad del traslado.

—¡He aquí el trasportador más veloz que haya creado el hombre! —anunció con grandilocuencia uno de los zíngaros.

Los aldeanos no disimularon la curiosidad e inmediatamente rodearon al fabuloso artefacto que parecía tener vida propia. Sólo unos cuantos recordaron que debían menospreciar a los visitantes y trataron de persuadir a los demás en abandonar el sitio. Sin embargo, le gente siguió creciendo en número y al cabo de unos minutos el lugar se vio desbordado. El zíngaro siguió arengando a la gente que empezaba a especular sobre la utilidad de la catapulta.

—¡Ustedes tienen a nuestra gente! —gritó el hombre— ¡Y nosotros tenemos esto que puede ser la solución al problema del desaparecido oro, y a la lectura de las cartas!

Este anuncio sorprendió y agradó a todos. Era la solución de dos problemas que en los últimos tiempos se habían convertido en un verdadero drama sin ningún atisbo de provechosa salida.

No trascurrió largo tiempo para que los jueces de la aldea liberaran a todos los presos, incluyendo a Camilo Alduque.

—¡Los problemas de la aldea —dijo Alduque desde lo más alto de la gran catapulta—se solucionarán hoy mismo!

El día comenzó a rayar y el crepúsculo ensombreció la aldea que vitoreaba la gran solución a las dificultades que los mismos zíngaros habían acarreado.

—¡Amigos aldeanos! —gritó Alduque, con todas sus fuerzas—; he tenido un sueño en el cual se me ordenó construir esta poderosa catapulta. ¡Esta enorme arma, uno de los más grandes inventos de China, lanzará a dos personas hasta la gran tierra desconocida de Dohmen-Ur, donde se encuentra Yamila, la pitonisa que nos arrebató el oro y el conocimiento del futuro!

Puesto que el pueblo era muy apegado a las cuestiones esotéricas, y dado que la interpretación de los sueños era parte de esas intrigas, a los zíngaros no les costó ganar la desmedida atención de ellos.

—¡Locura! —gritó un anciano en medio del gentío— ¿Y quiénes se animarán a montar esa monstruosidad?

Las miradas se entrecruzaron y el miedo se dejó ver en casi todos. Nadie dio un paso al frente; el sólo hecho de pensar en subir al armatoste generaba en ellos un temor que menguaba cualquier intento de heroísmo. Se solicitó entonces a un voluntario de la aldea para el lanzamiento, y como nadie se ofreció, se decidió elegir a Midas, un hombre joven y valeroso, de gran altura y espalda ancha; sin dudas uno de los más fuertes del lugar. El muchacho no demostró ninguna contrariedad a la decisión, de esa manera dejaba al descubierto su arrojo y su inalterable valentía. Por su parte, los zíngaros decidieron que iría Bethania, la muchacha que apareció de manos de Camilo Alduque.

—Mira que has elegido bien con quien iras a arriesgar tu vida —dijo un joven que daba empujones a Midas.

—¡Calla, voy por el oro, no por la muchacha!

—¿Acaso crees esa historia? —preguntó el amigo—, me refiero a ser lanzado tan lejos. ¡Es imposible!

—Debemos probar —replicó Midas—, hay que creer en algo y en alguien; mira al pueblo venerando al armatoste sin vida; en eso no estoy de acuerdo, pero sí en intentar al menos. ¡Procuraré hacerlo, y si es necesario, moriré en el intento!


II


Apenas asomó el sol, la gente se aglomeró en torno a la gigantesca mole de hierro y madera que a esa altura ya había suplantado al cadalso; los hombres más fuertes y jóvenes se sumaron a los bueyes y a los zíngaros, y con tremenda fuerza lograron trasladar el carretón y su peculiar carga hasta la cima de la colina, en dirección al gran rio Samara, tal como dispusieron los nómadas. Finalizar dicha labor les llevó dos días enteros y demandó un esfuerzo jamás antes visto entre ellos.

Una vez en el lugar, el trabuquete, que funcionaba mediante la fuerza de la gravedad, quedó apuntando hacia el vacío. Se procedió a girar dos enormes manecillas que sostenían gruesas cuerdas elásticas que fueron estirando y encorvando hacia atrás el mecanismo impulsor de la catapulta. El contrapeso se izó y todo quedó preparado. Se ubicó, justo debajo de la enorme resortera que resguardaba a los viajeros, una lámina de acero, y debajo de ésta una bolsa cargada de dinamitas con el fin de reforzar el impulso del contrapeso y de los elásticos.

Cerca del medio día, y cuando el último grano de arena acabó por caer en la parte inferior de la ampolleta, se ordenó el corte de los cabos que sujetaban al contrapeso, y al mismo tiempo hicieron estallar los explosivos. La catapulta saltó como un resorte y lanzó a los viajeros con fuerza tal que no se los vio partir; simplemente salieron disparados al aire, apenas divisados como dos pequeños puntos que ganaban distancia hasta desaparecer en el horizonte.

El matemático cálculo de Alduque dio resultado; cayeron en el rio Samara, y por la fuerza de la caída fueron hasta lo más profundo de sus turbias y remansadas aguas; de esa manera llegaron a las cavernas subterráneas. Se sumergieron en esa zona y cuando el aire empezó a faltar pudieron ver un haz de luz que dejaba al descubierto cientos de peces y un telón de algas marinas, y que más arriba permitía ver la anhelada superficie. Al salir del sitio vieron que se encontraban en otra zona de las cavernas; la luz del sol entraba en su interior a través de un resquicio que se podía ver por encima de ellos y llegaba en el lago de aguas diáfanas y apacibles, justo en el medio día. Dentro de las grutas, las rocas estaban dispuestas como escaleras naturales que utilizaron para poder salir del lugar. De inmediato se percataron que esa era la entrada a Dohmen-Ur; el lugar era maravilloso, un verdadero paraíso terrenal en estado virgen. Se adentraron en el tupido bosque cargado de aves que se desprendían de los árboles en ruidosos desbandes, y, además, de pequeñas ardillas que correteaban detrás de ellos. Se dejaron guiar por el cadencioso barullo que venía de más allá y llegaron hasta unas imponentes cataratas que bramaban con la caída de sus aguas, y formaban un arco iris que iniciaba en el sopor de la neblina y se perdía en el follaje de los alrededores.

Caminaron bordeando el río durante tres días. Marchaban con la luz del sol, y en las noches improvisaban pequeñas chozas hechas de hojas de palmera. Se dormían contando las innumerables estrellas fugaces que se apreciaban en el azul oscuro del limpio infinito. De vez en cuando, Midas hablaba de sus fantásticas hazañas, tan difíciles de creer pero que la muchacha, absorta en su imaginación, escuchaba maravillada.

Midas respetó a la muchacha desde un principio, y ella, tan desconfiada y temerosa al comienzo de la misión, dio lugar a la candidez del compañero; ambos congeniaron de manera tal que el peregrinaje fue mucho más llevadero.

Al tercer día divisaron una aldea al pie de una cascada y en medio de un collado. Tenía apenas seis chozas de pajas. En el momento que advirtieron la llegada de los visitantes, los hombres del lugar fueron a su encuentro y las mujeres, a excepción de una, se metieron en las chozas. Eran como veinte, entre mujeres, hombres y niños; vestían poca ropa y andaban descalzos.

Tenían el rostro descansado pero sus miradas eran de profunda tristeza.

—¿Zehl? —preguntó Midas, dudando si éstos irían a entender su idioma.

—Sí; y ustedes deben ser los enviados de los zíngaros —respondió uno, sorprendiendo al joven.

—No teman —replicó una aldeana—. Los estábamos aguardando; sean bienvenidos a Zehl, el lugar de la eterna primavera. Ahora reposarán porque deben estar agotados de tanto caminar. Más tarde comeremos y beberemos para celebrar la ocasión.

En la noche se juntaron todos alrededor de un gran fogón, y en honor a los nuevos asaron un jabalí y cantaron el himno de Zehl y otras canciones que bailaron al son de las panderetas y los platillos. Una mujer, la más veterana del lugar y la que se había aproximado cuando los extraños llegaron, alzó la voz clamando paz al Todopoderoso y oró pidiendo sabiduría.

La mujer se mostraba impaciente, además, se notaba en ella un entusiasmo que iba en aumento en la medida que Bethania le correspondía con sobrado y genuino interés por sus mensajes.

—Mis ruegos han llegado a oídos de mi amado esposo —comenzó diciendo—; en sueño ha recibido instrucciones de cómo llegar hasta aquí. Hoy es el gran día; hoy Midas y Bethania han llegado hasta Zehl para borrar el pecaminoso pasado, y para iniciar un gran futuro.

—En verdad —replicó Midas—, hemos sido enviados para recuperar el oro robado por una mujer de nombre Yamila. También para que ésta me revele los secretos de la lectura de las cartas mágicas de los zíngaros.

La mujer mostró a todos una bolsa, y arrojándola, dijo:

—¡He aquí el oro de tu gente; llévatelo!

—Pero, ¿quién eres tú? —preguntó Bethania.

—Yo soy Yamila, la esposa de Camilo Alduque, y tu madre.

En ese momento la joven cayó de rodillas y se echó a llorar. La misma Yamila secó sus lágrimas y la consoló.


III


Tiempo atrás, Yamila y otros zíngaros robaron el oro, y una madrugada, ella y sus cómplices se fugaron de la aldea. Ella abandonó a su esposo y a Bethania, su pequeña hija. Durante la fuga, uno de los carruajes cayó a un río y se hundió; uno de los hombres del grupo se sumergió para salvar algunas pertenencias y así descubrió unas grutas subterráneas que conducían a un hermoso lugar; era Dohmen-Ur, la tierra que muchos pensaban no existía; era la tierra soñada. Tras varios días descubrieron un sendero natural que los condujo hasta Zehl, un lugar que, así como Dohmen-Ur, hasta ese día sólo habían escuchado de boca de soñadores y aventureros, y que pensaban era un mito.

En Zehl las cosas trascurrieron de la mejor manera. De modo que un tiempo fueron felices. Pero un día amaneció gris, fue en ese momento que sintieron la lúgubre presencia de la desgracia sin fin que los empezó a martirizar; ese día las aves dejaron de cantar y los demás animales se alejaron de ellos. Las flores dejaron de florecer, así como los árboles dejaron caer sus hojas y ramas en temporada que no era de desfallecer. La agonía del día llegaba con atemorizantes aullidos de grandes lobos que merodeaban las cercanías del sitio.

Reconocieron que algo en ellos andaba mal; Entonces, todos los que vivían en ese lugar se sintieron miserables y empezaron a marchitarse por causa de la maldición del pecado del robo y de la traición. Pensaron que la única manera de lograr la dicha era que Alduque y los suyos, los perdonaran. Entendieron, sobretodo, que el oro debía regresar a sus dueños; la llegada de Bethania era señal clara de perdón.

Despidieron a Midas luego de siete días de haber llegado; Bethania quedó en el lugar, y al despedirse del joven sintió que parte de ella iba con él.

Midas regresó a su aldea con el oro, pero sin el conocimiento de la lectura de las cartas; las mismas resultaron ser un fraude. Ese mismo día los zíngaros fueron perdonados y quedaron libres, y sin atadura alguna. Mientras, los que se encontraban en Zehl sintieron que, por ese simple hecho, el efecto fue casi inmediato, siendo la misma naturaleza la que con más prisa se hizo sentir, devolviendo su esplendorosa belleza a los ojos de los habitantes del lugar.

Midas pidió a Alduque que destruyera con fuego la catapulta; fue la última orden de Yamila antes que el joven saliera de Zehl. Temiendo una maldición, Alduque obedeció, destruyendo el armatoste que con tanto esfuerzo lo habían construido y trasladado.

No obstante, el resentimiento fue como un velo en los ojos del líder de los zíngaros, y por esa causa tuvieron que vagar por la selva durante dos largos años, hasta que la oscura soledad y la falta de amor sucumbieron ante la tolerancia y el perdón, y ese día la jungla permitió a los nómadas ver el punto exacto del río donde debían sumergirse para encontrar las cavernas, y en ese exacto lugar se sumergieron. Entraron a Dohmen-Ur con el alma herida, pero libres y limpios.

Hicieron el mismo recorrido de Midas y Bethania, y probablemente de Yamila y su grupo. Una mañana llegaron a Zehl, y con ellos, Midas, quien al cabo de un año tomó por esposa a la joven y bella Bethania.

El día que la joven dio a luz al pequeño Midas Zehl, las cavernas se desmoronaron, y la entrada a Dohmen-Ur quedó oculta.

Alduque y los suyos fundaron una aldea que empezaba a escribir su propia historia en un lugar que antes sólo existía en la mente de soñadores.


IV


Aznar era joven y enérgico. Tenía los cabellos negros, largos y encrespados; usaba una pañoleta en la cabeza, de manera que sus cabellos sólo eran vistos en rebeldes mechones que sobresalían por debajo de esa prenda. Tenía la ceja derecha partida por una llamativa cicatriz que daba a su adusto rostro un signo particular. Era ambicioso, su desmedida pasión por lo material lo había convertido en un ser despreciable. Estaba casado con Magdalena, una mujer sumisa y muy cauta. Ella no compartía los sueños de su esposo, sin embargo, estaban juntos porque en otras épocas Aznar era un hombre diferente; más sencillo y definitivamente más amoroso.

Aznar era un zíngaro que llegó con el grupo de Camilo Alduque. En la travesía a Zehl aconteció un robo de veinte monedas de oro que alborotó a los nómadas. De inmediato se sospechó de Aznar, pero al no haberse encontrado prueba alguna en su contra, ni testigos del hecho, quedó sin castigo y libre.

Con el correr de los años hubo que instaurarse un método de comercialización para incentivar las actividades. Con el trueque, como único sistema de comercio, los habitantes de sitio, que ya superaban el millar, se habían vuelto holgazanes. Alduque y los sabios de la Aldea tomaron la decisión de implementar las monedas de cobre y de oro para retomar el espíritu competitivo entre los aldeanos. De modo que cada uno debía volver a su profesión y al talento propio, de tal forma a generar sus comodidades y alimentos con el esfuerzo que siempre los caracterizó.

Muy pronto, Zehl se volvió un lugar de gente trabajadora y de gran crecimiento.

Aznar deseó ser rico en poco tiempo, pero no compartía la idea de trabajar para ganarse su propio pan. Ambicionaba ser el más rico de la aldea, y de todo Dohmen-Ur.

Una mañana partió de Zehl; salió sólo y llevó consigo una lanza y un zurrón cargado de alimentos y de un extraño mapa. Nadie supo adónde iba, ni para qué incursionaba en la espesa selva de Dohmen-Ur. Teniendo en cuenta su pasado y sus interminables andanzas, enseguida las sospechas recayeron sobre él; Camilo Alduque confirió a Midas la misión de seguirlo, si fuera necesario hasta la vigésima luna.

Midas siguió al sospechoso a distancia prudencial, tal como lo habían ordenado. Era necesario, para Midas, andar con todo sigilo posible, pues Aznar era astuto y muy desconfiado; cada tanto miraba a su alrededor, cerciorándose de que nadie lo siguiera. Dio vueltas en círculos, de manera a despistar a cualquiera que haya osado seguirlo. Sospechaba hasta de su sombra y se alteraba por el ensordecedor sonido de las aves o de cualquier animal que avistaba. Algunas noches dormía en lo alto de los árboles, y en otras, de luna llena, prefería seguir caminando, consultando el mapa con tanta obsesión que por momentos parecía un verdadero trastornado.

Justo antes de la vigésima luna, Aznar llegó a un lugar cercano a la antigua entrada a Dohmen-Ur. Se detuvo en una zona de tupida vegetación donde la luz del sol apenas lograba penetrar. Se sentó sobre un talluelo muerto y permaneció por horas en ese lugar, sin hacer nada. Fijó su mirada en el haz de luz solar que corría lento sobre las hojarascas. Esperó que la luz llegara a un punto determinado; quedóse la luz en un sitio que al parecer le indicaba dónde debía cavar. Dio un salto felino y de inmediato apartó la hierba que enmarañaba un montículo de pequeñas rocas y empezó a cavar con las manos. Sus ojos le brillaban y sus cada vez más acelerados movimientos evidenciaban su ansiedad por hallar lo oculto. Por fin se topó con lo deseado; era una bolsa de mediano porte, estaba sucia pero bien mantenida. Aznar tuvo la necesidad de agarrar la bolsa con ambas manos para así poder levantar y sacar del hoyo. Al parecer tenía gran peso, pues su esfuerzo lo dejó con el cogote y rostro sonrojados.

A partir de ese momento todo lo que hizo fue con suma paciencia; su ansiedad había culminado, y su satisfacción se dejó ver en una sorda sonrisa que se desprendía de sus trémulos labios. Agotado pero feliz, todo sudado y sucio. Se dispuso entonces a desgarrar la bolsa con el filoso puñal que sustrajo del zurrón. Con la segunda estocada se escuchó el roce de los metales; la bolsa se deshizo y las monedas se esparcieron en la tierra. El inconfundible oro bañó de amarillo intenso y luminoso el triste gris del suelo. La espesura del follaje lo tuvo, al principio, a mal traer, puesto que su desorientación se debió a los cambios que sufrió el terreno. No obstante, pudo llegar; finalmente el oro que resplandecía a la vista del ambicioso Aznar, era el que había robado años atrás cuando iniciaron la travesía para llegar a Zehl.

Para Midas quedó claro; Aznar robó las monedas y las ocultó en ese lugar. Dibujó el mapa para no olvidar el camino de regreso, y esperó el momento adecuado para apoderarse de las monedas.

Con el tiempo no tuvo interés en ellas, ya que éstas no tenían valor en Zehl, hasta que se desechó el trueque y se instauró el comercio a través del cobre y del oro. Entonces, decidió volver y recuperar las monedas que lo convertirían en un hombre inmensamente rico.

Midas se adelantó y llegó a Zehl con la advertencia sobre el asunto que causó indignación en todos, y profunda tristeza y desazón en Magdalena, su mujer.

Cuando Aznar llegó lo sorprendieron y de inmediato lo apresaron, confiscándosele las monedas. Había llegado con su acostumbrado porte, el cual lo hacía tan diferente de los demás. Tenía en su haber ese aire repulsivo que en todo momento lo mantenía alejado, incluso de las juergas a las que sólo se adhería tras hacerse cargo de la cuenta de la bebida de los demás.

En el juicio se defendió de la manera menos esperada; su historia sorprendió a todos, pues resultó muy coherente; pero, aún así, todo lo que dijo fue en vano. Su pasado lo mantenía envuelto en un manto de eterna sospecha. Lo que se tenía por errado en la aldea, era, casi siempre por causa de él.


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