
CRÓNICAS
DE
SILLMAREM
Gabriel Guerrero Gómez
ÍNDICE

1. SHINDAY..........................................................................................................7
2. NAVINOK........................................................................................…...72
3. ETERNUM….........................................................................................149
Crónicas de Sillmarem es una selección de historias cortas ubicadas en el universo de Sillmarem, publicadas en su día en distintos medios, como el diario digital el Heraldo del Henares, El diario digital Guadaqué, o el Magazine Literario La tentación de leer entre otros, cuya trama argumental se centra en un único protagonista mostrando la variedad de registros que ofrecen los diversos personajes de la Saga de Sillmarem.
SHINDAY
Gabriel Guerrero Gómez

Este es para ti Kayross, te amaré siempre, estés donde estés. Que la pureza de tu mirada azulada se una a un mundo donde el amor siempre es eterno.

ÍNDICE
(Colección: Crónicas de Sillmarem)
SHINDAY
1. ZALEY—TE………………………………………………………………...8
2. LOS GENERALES IMPERIALES………………………………………..14
3. LA ALIANZA……………………………………………………………..19
4. COMPLOT…………………………………………………………….…..26
5. LAS MONTAÑAS DE NEMUS—IRIS…………………………………29
6. THANOS………………………………………………………………….35
7. EL ÚLTIMO BALUARTE………………………………………………..39
8. LOS NISKATARES………………………………………………………44
9. SIN CONTRATIEMPOS…………………………………………………48
10. VIGILANTES……………………………………………………………52
11. LA ESTACIÓN………………………………………………………….57
12. SHINDAY……………………………….……………………………….62

Sinopsis
Stephan Seberg cuyo alter ego es conocido como Asey, ve como la paz que tanto esfuerzo y sufrimiento ha costado a su pueblo construir, se ve amenazada por la ambición del señor de Ekatón. Firmemente decidido a neutralizar esta nueva amenaza de una vez por todas, escoge a un selecto grupo de Shinday para una misión muy especial, pero lo imprevisible de los lances del destino, harán que los acontecimientos se desarrollen de una forma muy diferente a como tenía pensado…
Nota del autor: Parte de esta historia ha sido extraída de una de las líneas argumentales de los libros Marelisth y Thanos respectivamente. Al considerarse fundamental para facilitar al lector el conocimiento de los orígenes y evolución de los pueblos Rebelis y sus guerreros Shinday, liderados por Stephan Seberg también conocido como Asey.
Shinday ha sido publicada por entregas semanales en el magazine literario “La tentación de leer” en el año 2011.
SISTEMAS FRONTERIZOS (SISFRÓN)
Cultura espiritual y panteísta compuesta por multitud de Etnias y tribus. Cada una de ellas tiene un representante en el Alto Consejo de los Sistemas Fronterizos. Este Alto Consejo está dirigido por un Premier que es quien ejerce la autoridad en última instancia. El cargo lo ocupa Stephan Seberg, cuyo alter ego es Asey, líder de las naciones Rebelis repartidas por todos los Sistemas Fronterizos. Los Rebelis no son aceptados en el Consejo oficialmente ya que nadie conoce la identidad de Stephan. Los Rebelis se componen de siete naciones o tribus dirigidas por los siete Niskatares que obedecen a su padre espiritual o Gran Munjat, Asey. Los guerreros Rebelis son conocidos como Shinday. Stephan Seberg, por lo tanto, dirige por completo los Sistemas Fronterizos. Su hija Sarah Seberg estudia en la Academia de Thenak. Las fronteras de Sisfron son, por un lado el Imperio y por el otro las Tierras Vírgenes.
Planetas
Zaley—te (Planeta capital)
Nemus—Iris (capital: Niss)
Ankorak (capital: Keram) Aunque pertenece a Sisfron, también es un protectorado de la Interfederación. Este es el planeta de origen de los Triterian.
Andisman 4 (capital: Minum). Otros planetas son: Am—Tho, Shonta, Raided, Tampek, Keolo—Lur, Liopher, Calin, Argadom, Herdias o Heroad.
PERSONAJES SHINDAY

Stephan Seberg: Premier de los Sistemas Fronterizos y líder secreto de las naciones Rebelis, también conocido como Asey. Padre de Sarah Seberg.
Mutan—Tay: Lugarteniente y mano derecha de Stephan Seberg.
Atsany y Onistaye: Guerreros Rebelis a las órdenes de Stephan.
GUERRERAS SHINDAY
Introducción
…Sendos pendientes de plata tintinean, al inclinarse e intercambiar unas cuantas palabras con sus compañeras de batalla, en tanto se desliza ondulante y en cascadas, una exuberante y marfileña melena de pelo. Sus atuendos y poses, le recuerdan a uno a los ancestrales palacios encaramados en las rocas, en Zaley—Te, ciudad—capital de los Sistemas Fronterizos, son gente que pese al paso de los eones se agarra desesperadamente a sus tradiciones en tiempos del caos, negándose a perder su independencia y su identidad, frente al Imperio.
Las guerreras Shinday de los pueblos Rebelis, suelen ir ataviadas con abrigos salpicados de diferentes estampados, con figuras de animales, una clara referencia a su cultura panteísta y de los bosques, atados a sus cinturas pintorescamente, con fajas luciendo hermosos puñales, hechos a mano por ellas mismas. En sus hojas se pueden percibir sus nombres, apellidos y el nombre a la etnia a la que pertenecen, cinceladas primorosamente con arabescos de oro.
Generalmente visten pantalón y acolchadas chaquetas de piel forradas en su interior con seda azulada, junto a sus mochilas y altas botas de los bosques sobre pasando sus rodillas. Por otra parte en un arrogante gesto suelen portar con ambas manos, un largo rifle de precisión Rebelis, con una potente mira telescópica, hábilmente cincelado en su culata con sus árboles genealógicos familiares, su aspecto suele ser tan singular, como formidable, hoscas miradas, agresivas con cierto aire de desafío, valoran a su interlocutor en un intimidante y valorativo silencio.
Tatuajes tribales y rituales, cubren sus cuellos, brazos y cuerpos, mostrando según su forma y contenido, su jerarquía social, en la Etnia a la que pertenecen. En su equipo de combate, se suele encontrar un alargado aparato terminado en forma de T. Un detector de Androkazes. (Androides—Kamikazes). Emanan una exótica mezcla de práctico confort, elegancia y fuerza en sus vestimentas, que despiertan la fascinación a quienes las observan…
“Extracto perteneciente al diario personal del Comandante en Jefe de los Xiphias de Sillmarem, Löthar Lakota en su primera visita y contacto con los Rebelis en los Sistemas Fronterizos, cuando aún solo era un oficial de baja graduación”.
I
ZALEY–TE
«En la sencillez está la virtud».
Proverbio rebelis.
Un par de pupilas de un color tan azulado y profundo como el invisible océano de pensamientos que contenían tras de sí, permanecían clavadas en la brillante luna del Planeta–Capital de los Sistemas Fronterizos. Stephan Seberg, Primer Ministro de Zaley–Te, se hallaba sumergido en un descorazonador dilema moral. Su puño estrangulaba con furia sorda el papel de un correo recibido recientemente. Las tropas imperiales habían conquistado Ankorak y rebasado las fronteras jurisdiccionales de nueve sistemas independientes, transgrediendo todas las convenciones de paz de las cámaras de los Sistemas Unidos y anexionando las colonias exteriores de la Interfederación cerca de Lijam–7. Una creciente ira inundaba sus venas. Oleadas de saqueos y asesinatos habían estallado en todos los rincones de los Sistemas Fronterizos. Los Casacas negras del Imperator estaban devastando cada planeta de su pueblo. En esos momentos naves de desembarco, de guerra, orbitaban alrededor del planeta a la espera de la orden final.
Su ultimátum no ofrecía alternativa alguna. Sometimiento total o exterminio planetario. Un fino y delicado punto de luz rasgó la noche con una luminosa línea ardiente. Ahí están. Y con ellos su mensaje de muerte, pensó Stephan Seberg agitándose inquieto. Una voz formal brotó de un intercom, a sus espaldas.
—Una delegación imperial solicita permiso de audiencia personal con vos, mi Señor Premier.
Qué educados, pensó Stephan Seberg sin romper su silencio. De nuevo la voz formal con un ligero tono de impaciencia reclamó una respuesta. Stephan Seberg apretó con fuerza la mandíbula.
—Mi Señor… os ruego, se hallan a la espera. —Que sean recibidos con toda la etiqueta y protocolo debidos a su rango. Se atenderán sus peticiones en la sala de audiencias del Gran Consejo.
—Como deseéis, mi Señor —la voz cortó bruscamente el intercom.
Antes debo atender otra delicada cuestión, pensó al tiempo que giraba sobre sí mismo, daba un brusco paso y se detenía en seco con la mirada clavada en la alfombra, concentrado en los pasos que debía tomar a continuación. Tenía un plan y debía ejecutarlo con precisión.
Rápidamente, tras acercarse a un pesado armario de antigua madera, Stephan Seberg accionó una palanca oculta, brotando del interior una escalera que le condujo a un pasadizo hábilmente disimulado que desembocaba en una cámara secreta solo conocida por él y uno de sus amigos más leales. En su interior siete encapuchados aguardaban pacientemente su presencia. Una severa mirada de Stephan Seberg censuró la presencia de un par de hombres armados con rifles Rebelis de disparo silencioso. Al verle, sus brazos se posaron en el corazón, saludándole a la manera Rebelis.
—Son lobos–nocturnos, auténticos guerreros Shinday, nada temas Gran Padre. Un discreto gesto les obligó a retirarse tras unas cortinas.
—Ya estamos solos. Ahora dinos por qué requieres nuestra presencia con tanta urgencia —dijo una voz.
—El Imperator exige nuestra rendición.
—Lo sabemos. Lo sabemos antes, Gran Padre, mucho antes que…
—Han conquistado y saqueado… —intentó decir Stephan.
—Lo sabemos, el tiempo apremia —cortó impaciente la voz.
—Ya nadie los parará. Debemos ganar tiempo hasta que consigamos ayuda de los Sillmarem. Mis correos partieron hace siete semanas.
—También lo sabemos. Llevamos mucho tiempo luchando contra el Señor de las garras de platino. Dinos qué quieres de nosotros Gran Padre —dijo otro de los encapuchados con voz profunda.
—Dinos Asey, ¿qué quieres de los hijos de los árboles?
—Vosotros sois los siete Niskatares, los guías de las siete naciones Rebelis. Yo, Asey, como Gran Munjat, el gran padre–guía del pueblo Rebelis, solicito vuestro brazo para declarar la Ola–tahey al Imperator.
—La guerra eterna al Imperator.
Tres de los encapuchados se levantaron bruscamente. —Hace cinco milenios que no se declara la Ola–tahey. Es un suicidio, una locura. Solo en caso de extrema amenaza para nuestro pueblo se puede declarar —dijo bruscamente una de las voces.
—Estamos al borde del exterminio. No tenemos alternativa. Solo cuando la mano derecha del Imperator sea cortada como gesto de rendición, se cerrará la Ola–tahey.
—Sé que millones de los nuestros morirán, pero es preferible eso a la total desaparición de nuestra raza. No hay alternativa —dijo Stephan Seberg tendiendo sobre la mesa siete ramitas de pino con una cinta roja enroscada alrededor—. Que nuestro padre espíritu nos dé el día en el que las armas desaparezcan y sean sustituidas por la inteligencia y la sabiduría. Para hallar la paz entre los hombres. Hasta entonces que nos dé fuerzas y valor para cumplir con nuestra Ola–tahey, nuestra guerra eterna al Imperator. Mi mente es vuestra mente, mi corazón es vuestro corazón. Así sea.
—Así sea —repitieron los siete encapuchados al unísono, cogiendo con temor reverencial las ramas de pino y ciñéndose en sus frentes las cintas escarlatas, cerrando así su ritual.
—Hora es de partir —dijo Stephan Seberg. —Sed cautos, tiempos oscuros nos apresan las almas, sumiendo nuestro destino en la más profunda de las ignorancias. Vidas que apagan vidas, sangres que derraman sangres, hombres que exterminan a hombres. No perezcáis en la fatalidad del odio, si no sucumbiréis como lo han hecho ya nuestros asesinos, en la muerte de su alma inmortal —dijo con voz lúgubre Stephan Seberg— Partid hermanos y haced que nuestra Ola–tahey se extienda tan largamente como podáis.
Los siete encapuchados, tras levantarse, se inclinaron y salieron cautamente de aquella cámara secreta. Guerra, pensó tristemente Asey. Debemos ganar tiempo. Sus músculos se resentían a medida que regresaba por aquellas interminables escaleras a su despacho.
Tiempo, ¿para qué? Sabía la animadversión que poseía el Imperator hacia otras razas que consideraba débiles e inferiores, pero aquella táctica de ataque frontal no tenía sentido. Era una invasión secreta, pero ¿por qué? ¿Qué esperaba conseguir el Imperator con todo ello? Todos sabían cuanta superioridad bélica poseía el Imperio frente a las demás potencias y civilizaciones y aun así había atacado sin previo aviso y provocación. El Imperator debía tener un motivo muy concreto, pero ¿cuál y por qué? Debía de ser un poderoso motivo, tan poderoso, que pusiera en marcha toda su maquinaria de guerra.
Por otra parte, sus espías y contactos le habían comentado la posible relación entre el asesinato del Archiduque de Portierland y aquella repentina expansión bélica. Se decía que este había descubierto un profundo secreto del Imperator y que su hija, tras la masacre perpetrada a toda su familia, se había hecho con ese poderoso secreto, siendo perseguida por los cazadores del Imperator. Unos decían haberla avistado en el mismo Ákila, otros en Ekatón e incluso en Nemus–Iris. Rumores y habladurías. Probablemente ya estuviera muerta.
De ser así quizás, solo quizás, ella poseyera un instrumento de lucha contra el Imperator. Son solo especulaciones y yo necesito hechos, pensó Stephan Seberg apretando su ritmo de paso.
Franqueó dos gigantescas columnas que contenían sendas lámparas en forma de árbol que simbolizaban los guardianes de los bosques Rebelis. Alfombras y tapices tejidos a mano con suma maestría, ornamentaban las paredes y los suelos, mostrando diversas figuras mitológicas y escenas de hazañas bélicas.
Al atravesar una enorme puerta de madera que giraba sobre sí pesadamente, Stephan Seberg se acercó a la amplia mesa de reuniones del Alto Consejo de Zaley–te.
Los guardias apostados frente a cada columna se pusieron en rigurosa posición de firmes. Alrededor de la mesa solo había unos cuantos miembros del Consejo. El resto permanecían desaparecidos, luchando en sus mundos de origen o cautivos bajo las garras del Imperator. Stephan Seberg se sentó en el sillón presidencial. Un ayudante le entregó una pequeña nota y le susurró algo al oído.
–Miembros del Consejo, debo comunicaros la inminente reunión solicitada por una delegación imperial. No os voy a decir nada que no sepáis de nuestra actual situación.
Un murmullo de asentimiento recorrió la sala.
—Tan solo podemos ganar un poco de tiempo.
A quién quieres engañar, se dijo Stephan. Vamos a morir todos.
— ¿Tiempo para qué? —Aulló una airada voz—. Han exterminado la mitad de nuestros planetas, esclavizado a nuestros hombres, asesinado a nuestros hijos y ancianos por ser una carga económica para ellos y violado a nuestras mujeres. ¿Qué más podemos perder, mi Señor Premier? Ya no nos queda nada, ¡NADA!
Stephan Seberg permaneció en silencio un par de segundos. Un silencio que sacudía sus cuerpos. Estudió los rostros fugazmente. Ira, terror, desesperación, abatimiento. Necesitamos nuestro coraje más que nunca, pensó. Se esforzó para hacer de su rostro una máscara.
—Tenemos una posibilidad de salvar lo que queda de nuestro pueblo —su tono de voz, impregnado de una profunda serenidad, sembró un velo de duda entre los miembros del Consejo que le permitió obtener su atención.
— ¿Posibilidad? ¡Estamos derrotados! —dijo unos de los miembros, que ostentaba el cargo de Presidente de Andisman–4.
—Pero no vencidos —matizó Stephan.
—Y, ¿qué esperáis hacer, mi Señor Premier? ¿Dialogar con el Imperator y pedirle educadamente que se lleve a sus tropas si no es mucha molestia? —preguntó otra voz rabiosamente.
—Comprendo que…
—Vos no comprendéis nada, maldito Rebelis —dijo otro de los miembros, cuyos prejuicios raciales le hacían considerar a los Rebelis como piltrafas subhumanas sin ningún tipo de consideración. Stephan Seberg hizo un supremo esfuerzo de autodominio. Los guardias se pusieron en alerta.
—Señor, ignoraré vuestra impertinente observación, como vos habéis ignorado que toda mi familia, Rebelis o no, ha sido exterminada por las tropas imperiales y que muchos de mis hombres Rebelis han sacrificado sus vidas para que vos podáis estar aquí vivo y sano. Tan sano como para olvidar tanto vuestros modales como vuestro agradecimiento a tal sacrificio. Así que teniendo en cuenta las circunstancias, ignoraré por esta vez vuestra observación. Por esta vez.
En el aire se respiraban las implicaciones de esta última observación. Una espesa manta de silencio cubrió sus rostros, ocultando sus temores y resentimientos hacia el Premier. Lo tenían por un hombre demasiado independiente y audaz en sus decisiones. Un corazón demasiado salvaje. Solo el apoyo de los ancianos del Consejo y el pueblo le habían otorgado tal cargo, sin contar con la lealtad ciega de todas las etnias de los bosques y las montañas, los indomables Rebelis y sus temibles guerreros Shinday. Era demasiado honrado, demasiado peligroso para el gusto de muchos de los presentes.
—Mi Señor Premier, ¿cuál es la posibilidad de la que habláis? —preguntó uno de los miembros más antiguos del Consejo.
—Efectuaremos un éxodo masivo hacia los planetas de máxima seguridad de la Interfederación, para después, pedir asilo político a los Sillmarem.
—Pero si nadie sabe quiénes son, ni cómo son, ni dónde están sus mundos.
—Yo serví con ellos durante un tiempo.
Todos los miembros del Consejo murmuraron entre sí.
— ¿Y cómo pensáis contactar con ellos, Señor?
—Ya lo he hecho —dijo Stephan.
—Entonces… —comenzó a decir una voz.
—Debemos establecer un orden de prioridades. Todos los miembros del Consejo acatareis mis órdenes sin dilación ni duda. No os lo pido, os lo exijo. Si en verdad queréis que sobrevivamos a toda esta riada de destrucción imperial, Onistaye, mi lugarteniente de confianza, os dará las órdenes pertinentes para que cada uno de vosotros se responsabilice de la evacuación de vuestros respectivos mundos. En este instante, naves ocultas de la Interfederación se hallan dispuestas para el éxodo de la población. ¿Y bien? El tiempo apremia y como vuestro Premier os exijo una respuesta.
—Pedís una confianza, una obediencia suicida —gritó una voz.
—Estamos en tiempos suicidas. Os recuerdo que una delegación imperial aguarda en el exterior de esta sala de audiencias y os recuerdo que tomaré cualquier medida, por drástica que parezca, para salvar a nuestro pueblo —dijo Stephan Seberg al tiempo que los guardias daban un paso al frente.
Malditos burócratas del poder, pensó Stephan Seberg. En el cómodo bienestar de vuestros asientos habéis perdido el contacto con las auténticas necesidades de vuestro pueblo durante siglos enteros y ahora que veis peligrar vuestros intereses personales os halláis acorralados como ratas. Malditos seáis. Vuestra negligencia y descuido han costado millones de vidas y más que nos costarán.
—Y bien, ¿aceptáis mis condiciones? —insistió.
—Acepto —dijo una voz de mala gana.
—Acepto.
—Yo
también acepto —dijo otra voz. La misma respuesta se repitió en
los
labios de cada miembro del Consejo. —Aceptamos.
Por ahora, pensó Stephan Seberg.
—Bien. Mi mente es vuestra mente y mi corazón es vuestro corazón —Stephan Seberg saludó a la manera Rebelis— Ahora partid.
Los miembros del Alto Consejo fueron conducidos rápidamente por un pasadizo secreto, escudados por el cuerpo de escoltas.
II
LOS GENERALES IMPERIALES
«Nuestra mayor fortaleza se cimenta en la libertad de nuestras mentes y nuestras almas».
Viejo refrán Shinday.
Ahora viene la parte más difícil, se dijo a sí mismo Stephan. No se le había escapado cómo algunos miembros del Consejo reprimían airadas miradas ante su saludo.
Stephan Seberg se encargaría personalmente de que, en el futuro, el Consejo fuera presidido por representantes de todas las etnias existentes en los Sistemas Fronterizos. No más discriminaciones.
Esa es nuestra mayor riqueza, pensó mientras se dirigía a la sala de audiencias. Se acomodó en un sillón presidencial que situaba la mirada de sus visitantes a la altura de sus pies. Aquello era una treta psicológica premeditada.
Por una abertura lateral, su lugarteniente Onistaye se situó a su lado. Un selecto grupo de guardias armados hasta los dientes tomaron posiciones por toda la estancia. Stephan Seberg inspiró profundamente.
–Que pasen, Onistaye —susurró el Premier de los Sistemas Fronterizos—. Que empiece la función.
Onistaye asintió. En una holoimagen situada sobre su antebrazo, comprobó cómo toda la delegación era explorada de pies a cabeza. Nada de armas biológicas, ni drogas ópticas, microbombas de destrucción localizada, ni de radiación limpia.
—Bien, que pasen —ordenó Onistaye por su intercom.
Nada menos que tres Generales imperiales de sector hicieron acto de presencia en la sala con descarada arrogancia. No portaban ningún tipo de escolta o guardia de honor. Su prepotente confianza resultaba insultante para los guardias de Stephan Seberg. Casi todos habían perdido seres queridos asesinados por aquellos mismos hombres. Por idéntico motivo Stephan Seberg había seleccionado a aquellos guardias. Eran todos Rebelis y no desafiarían ninguna orden suya. Stephan sabía que un solo descuido o altercado propiciaría el desastre. Impecables uniformes, pensó.
Sobresaliendo del grupo, con una altura de dos metros, el General Iván Zarkoff exhibía toda una pechera de medallas, a cada cual más impresionante y reluciente. Desprendía un caro y exótico perfume de Indha. Los gemelos de sus mangas poseían la forma de las águilas imperiales.
—Mi Señor Premier —saludó con una inclinación de cabeza, dando un sonoro taconazo.
—Sed bienvenidos a mi humilde morada, Altos Señores de Ákila, ¿en qué puedo serviros? —preguntó alegremente Stephan Seberg sin dejar de controlar la más sutil de sus reacciones. Debo de ganar todo el tiempo que pueda, pensó.
—Mi Señor Premier, tengo el deber de comunicaros, bajo la bendición de nuestro augusto Imperator Viktor Raventtloft I, que hemos declarado los Sistemas Fronterizos protectorado oficial del Imperio y asumiremos temporalmente el gobierno provisional del Alto Consejo de Zaley–te, hasta reestablecer el orden y la paz en dicho cuadrante. Nos hemos visto obligados a extender nuestro cinturón de seguridad por motivos estratégicos y de primer orden para salvaguardar nuestra milenaria soberanía —dijo con voz marcial el General Zarkoff.
—Debo recordaros, General, que Zaley–te también es una soberanía milenaria y que bajo el tratado número cuatro, párrafo dieciséis de los Sistemas Unidos, cualquier intento de anexión injustificada por parte de cualquier potencia exterior, será perseguida por el resto de civilizaciones pertenecientes a dicho tratado —explicó mansamente Stephan Seberg.
—Cierto. Por ello, hemos mandado toda la documentación pertinente a la Cámara de Justicia del Alto Tribunal de los Sistemas Unidos —afirmó contundentemente General.
Material falsificado, pensó malhumorado Stephan Seberg, con miembros comprados o chantajeados. Este General no se deja provocar. Tiene cabeza.
—Mientras tanto debemos tomar medidas preventivas por pura necesidad defensiva —justificó el General.
Estoy seguro de ello, pensó Stephan.
—La grave amenaza de las incursiones y asalto de nuestros cargamentos de hielo violeta y el constante hostigamiento de vuestros forajidos Rebelis, han alarmado a nuestros dirigentes de Ravalione y Thanos. Vuestra total falta de control sobre tales parias, han costado monstruosas pérdidas materiales al Imperio, creando una desagradable y caótica situación de inseguridad que no puede ser consentida bajo ningún concepto ni circunstancia en nuestras fronteras. Ante tales hechos debemos liberar a todo pueblo civilizado de esta amenaza de anarquía —sentenció el General.
Hielo Violeta, pensó Stephan. Así se denominaba en la terminología imperial al mineral energético de Vignis extraído en las minas de Krystallus–Nova.
—Aun así, necesitaremos un mínimo de tiempo para el traspaso de poderes, bajo la supervisión de un comité de Sucesión Neutral de los Sistemas Unidos, tal como marcan las leyes vigentes. Además de los testigos oculares de tres civilizaciones ajenas a tal cuerpo representativo —dijo Stephan Seberg mirando de reojo a sus guardias.
—Tal comité se halla bajo nuestra protección, a la espera de vuestro permiso de entrada —dijo sonriente el General, con malévola mirada.
Un comité de títeres, están en todo, caviló Stephan Seberg. Tenía la sensación de que iban siempre un paso por delante.
—Tenéis cincuenta horas imperiales para un pacífico traspaso de poderes —esto último lo recalcó lanzando una significativa mirada, a lo que añadió— por supuesto, ello incluye la entrega de la siguiente lista de forajidos y asesinos perseguidos por el Imperio. El General dejó caer dicha lista sobre el suelo, resonando en toda la sala el golpe seco de la metálica carpeta que la portaba. Con un ligero gesto de cabeza, sin pedir permiso para retirarse, le dieron la espalda.
La delegación imperial con sendos taconazos, dio por concluida la audiencia. Stephan Seberg tomó la lista del suelo comprobando cómo el primero de una larga fila, era el forajido Rebelis conocido como Asey.
Onistaye cruzó una mirada de comprensión con él.
—Haré los preparativos pertinentes, mi Señor.
—Vaya, no sabía que mi cabeza tuviera un precio tan alto a pesar de estar bastante carente de ideas últimamente —susurró para sí.
Es cierto, yo soy Asey pero, ¿quién es Asey en realidad? El líder de una guerra no oficial declarada hacía mucho tiempo al Imperio. Las acusaciones del General Zarkoff tergiversaban la realidad actual con escandalosa desfachatez. Los Rebelis se habían limitado a defenderse de los furtivos exterminios imperiales. Aquellas tribus de hábiles cazadores, exploradores y guerreros, jamás habían aceptado someterse a la corrupción imperial.
Desde un principio, comandados por Asey, habían librado encarnizados golpes de guerrillas contra los invasores imperiales. Era una lucha desigual y lo sabían.
Sus guerreros Shinday se habían especializado en fulgurantes ataques a objetivos muy precisos y estudiados. Las represalias imperiales, por su parte, produjeron el efecto contrario al deseado por los altos mandos. La rebelión abierta y sin concesiones. Inutilizaban estaciones orbitales, demolían bases espaciales, aéreas y submarinas. Asaltaban puestos de mando avanzados, saqueaban los suministros de Vignis imperiales para después comprar armamento ilegal de Invenio, medicinas o alimentos. Incluso se habían atrevido a hacer incursiones detrás de las líneas enemigas, con arrogante descaro.
Lo que ignoraban todos los miembros del Consejo de Zaley–te y la mayoría de su pueblo, era que Stephan Seberg, brillante científico de Thenae y anterior maestro de Thenak, era en realidad Asey, el guerrero sin rostro que traía en jaque a la guardia fronteriza imperial.
El azote de las tropas de rastreo de Ankorak, el salteador de las naves de mercancías imperiales, el hombre que con pocos recursos había osado desafiar al Señor de las dos águilas de platino. El único luchador rebelde que, en toda la historia del Imperio, había logrado atravesar sus líneas y regresar ileso. Él era la ira de los bosques, la furia de las montañas, él era el vengador de Nemus–Iris. Asey, en su lengua vernácula, significaba «el valeroso». Stephan Seberg era Asey, líder del pueblo Rebelis y sus siete naciones. Bravos guerreros que se enfrentaban a la exterminación por parte del Imperio, de los Sistemas Fronterizos con gritos de libertad o fuego. Si no hubiese ocultado su identidad, habría precipitado la catástrofe sobre su pueblo.
Había practicado un letal doble juego político con el fin de ganar tiempo para conseguir la ayuda de la Interfederación y Sillmarem. Por un lado mantener la independencia de su pueblo sin provocar al Imperio y salvar así todas las vidas posibles, por otro, luchar con la resistencia Rebelis para contener las incursiones de las fuerzas fronterizas del Imperio. Su situación actual ya no era un juego. Aquellas tropas que orbitaban alrededor del planeta eran fuerzas de invasión de primer orden, auténticos asesinos profesionales. Estoy en la cuerda floja, pensó.
Echaba de menos Thenae y todo lo que para él era querido. Su esposa Elke había sido nativa de Nemus–Iris y al igual que él, su hija Sarah, nativa de Thenae. También estaba allí, bajo el tutelado de Anastas Timónides Krátides. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que la vio? Ya no podía asegurarlo.
Acarició en su pecho un reluciente medallón de oro. Estuche cuyo valioso contenido eran dos diminutos retratos de su difunta mujer y su hija Sarah. Dos imágenes muy queridas para él.
Concéntrate en el presente Stephan, se dijo a sí mismo.
La entrevista con el General Zarkoff no otorgaba buenos augurios para su pueblo. La llegada de Miklos Sillmarem era aún una incógnita, al igual de las líneas de acción que emprenderían el resto de fuerzas del universo y cómo se precipitarían los acontecimientos. Uno de los mayores temores que podía paralizar la capacidad de acción de los Sistemas Unidos era una guerra total entre dos grandes bandos. Uno a favor del Imperio y sus aliados y otro a favor de la Interfederación de Planetas Libres, convirtiendo el cosmos civilizado en un total caos. Nadie se arriesgaría a una opción así. Nadie a menos que obtuviese un inusitado poder.
A lo cual, si la mayor parte de las fuerzas del universo utilizaban su derecho de no beligerancia y no intervención en un conflicto o guerra de Sisfrón con el Imperio, se quedarían solos y condenados a su suerte. A menos que Miklos Sillmarem les ayudase. Esta era su única y desesperada opción. La voz de Miklos tenía un poderoso peso en el Consejo de los Sistemas Unidos, en la Interfederación e incluso en el mismo Imperio.
Posibilidades, posibilidades, los polos opuestos se atraen. La guerra del Infinito es inevitable. Quizás me estoy haciendo viejo, pensó.
Unos minutos más tarde Onistaye le ayudaba con los comunicados y partes de batalla. Las noticias eran cada vez peores. Tropas de desembarco imperiales estaban tomando la parte sur del planeta. Le pedían más ayuda armada para rechazar a los escuadrones imperiales. Las defensas del planeta estaban cayendo. Los puestos avanzados de seguridad eran insuficientes. Atacaban incluso las naves de transportes de la Interfederación. Los bombardeos de superficie eran cada vez más violentos. Las fragatas médicas eran hechas pedazos.
Cincuenta horas más tarde, la guerra de Zaley–te era un hecho inevitable. Un comando de élite del Conde Alexander Von Hassler había logrado localizar a todos los miembros del Consejo antes de partir. Indudablemente había espías y traidores metidos en ello. La cabeza de los Sistemas Fronterizos caía arrastrando consigo los pocos restos que quedaban aún de su civilización.
Stephan Seberg tomó el control del gobierno, declarando la ley marcial en todo el Sistema planetario. Leyó un discurso, que irradió por todos los Sistemas Fronterizos, preparando a la población para la lucha y la resistencia.
Se inició un éxodo masivo hacia Thenae y los planetas aliados de la Interfederación, al tiempo que empezaba una desesperada resistencia por todo el orbe. La ciudad se hallaba en llamas.
Debía abandonar su amado Zaley–te para proseguir la guerra en Nemus–Iris y demás planetas exteriores y para reunir a tantos guerreros como pudiese. Tantas cosas por hacer. Millones de familias dejaban atrás sus hogares para no volver a verlos, tal como los conocieron, nunca más.
III
LA ALIANZA
«Yo soy la máxima expresión y la esencia más evolucionada del depredador de depredadores, el hombre».
Viktor Raventtloft.
(El poder de la célula)
Tres días más tarde, tras la caída de Zaley–te, con una nutrida escolta de guerreros Shinday, Stephan Seberg aguardaba pacientemente una insólita visita, tan difícil de creer como inesperada. Se hallaba oculto y a punto de partir de Zaley–te, en lo más profundo de uno de sus escondites submarinos cerca de las tierras del sur del planeta, cómodamente sentado en un sillón de piel de agua oceánica. Sus ropajes oficiales habían desaparecido, sustituidos por la capa y uniforme de un guerrero Shinday del pueblo Rebelis. Observaba complacido las evoluciones marinas de una gigantesca rhino–ballena azul de lomo moteado que jugueteaba con su cría al otro lado de un gigantesco ventanal submarino.
Stephan sabía que aquella espectacular criatura no podía verle pero sí notar su presencia. Un majestuoso paisaje acuático se mostraba ante sus pupilas. La misma estancia submarina en la que se encontraba, era una gran obra de ingeniería creada por él mismo e inspirada en las lecciones recibidas por los mejores aquaingenieros de Sillmarem.
Se hallaba intrigado por lo que Onistaye le había hecho saber mediante un mensaje cifrado esculpido con un láser–óptico en las retinas de un mensajero Rebelis. Al parecer, Rebecca Sillmarem, la hija del mismísimo Archiduque de Portierland, solicitaba su audiencia y su protección. Era un inesperado golpe del destino justo antes de su inminente partida. Si en verdad era ella, podía suponer un completo giro de los acontecimientos. Miró la lucecita del tubo–ascensor. Varios parpadeos luminosos, el suave siseo y un deslizar de puertas automáticas le mostraron una escolta de guardia Rebelis rodeando a una figura ataviada con una capa de camuflaje.
¡Así que es ella!, pensó Stephan Seberg. ¡Increíble!, ¿cómo demonios habrá superado los cinturones de seguridad imperiales? Puede ser una trampa. Una discreta seña de uno de sus lugartenientes le dio a entender que había pasado los controles de seguridad interna, los análisis de ADN, oculares, dactilares y de voz. Daban positivo. Todo iba bien por el momento.
—Sentaos, por favor. Una levito–silla le fue ofrecida por un guerrero Shinday. Rebecca agradeció el gesto con una silenciosa inclinación de cabeza.
—Sed bienvenida. Lamento no poder ofreceros nada pero nuestras rutas de suministros han sido bloqueadas y creo que de manera definitiva. Bien, ¿en qué puedo ayudaros? —preguntó Stephan.
Rebecca dejó deslizar sobre sus hombros, en un delicado gesto, su capucha, mirándole fijamente a los ojos por un momento.
—Os agradezco a vos y a vuestros hombres la protección y hospitalidad, Señor Premier —su tono de voz parecía sincero.
—¿Cómo lograsteis contactar con mis hombres? —inquirió bruscamente Stephan.
—Un explorador de las fronteras me ayudó. Se llama Nika Corintian, posee buenas relaciones con los Rebelis.
—¿Es ese de ahí? —preguntó señalando a una alta figura custodiada por cuatro guerreros Shinday. No parecía nervioso en absoluto.
—El mismo.
—Poco es lo que puedo hacer ya por vos. Mi pueblo huye y Sisfrón está cayendo bajo las hordas imperiales —explicó Stephan. La rhino–ballena comenzó a alejarse con su cría.
—Sé lo que es eso —dijo amargamente Rebecca.
—Vuestra familia… —comenzó a decir Stephan.
—Creo poseer la llave para derrotar al Imperator —cortó Rebecca secamente. —¿Ah, sí? ¿Cuál es esa llave? —preguntó Stephan.
—No lo sé exactamente pero eso poco importa. El Imperator seguirá arrasando planeta tras planeta, al igual que ha hecho con Zaley–te y Portierland —dijo Rebecca—. Después, en ausencia de toda oposición, asumirá el poder incluso de Krystallus–Nova. Será el principio del fin.
—Necesitareis un transporte que os ayude a llegar a los mundos de Sill —aventuró Stephan estudiando con detenimiento las reacciones faciales de Rebecca— Puede que esto no sea el fin.
Rebecca le miró atónita:
— ¿Qué queréis decir? ¿Acaso ignoráis lo desesperado de nuestra situación?
—Dudo que esa sea la verdadera intención del Imperator, aunque sí puede ser la de su sobrino. Corren rumores…
—Me confundís, por favor Señor, explicaos —casi ordenó Rebecca.
— ¿Y si Krystallus–Nova perdiera su monopolio? —preguntó Stephan.
—Pero, ¿perder su monopolio? Eso es imposible. En todo caso sería para mejor —dijo Rebecca.
— ¿Vos creéis eso?
— ¿En qué os basáis para afirmar lo contrario? Dejad de especular os lo ruego y ofrecedme algo más tangible —exigió Rebecca.
Stephan sacó un pequeño estuche escarlata recubierto de terciopelo de su bolsillo y lo puso sobre la mesa, abriéndolo y sacando del mismo un pedazo de lo que parecía ser mineral de Vignis. Se lo entregó a Rebecca y observó cómo lo estudiaba con intensa concentración. Rebecca pudo comprobar que el peso, el tacto, el color, e incluso el olor eran prácticamente iguales al Vignis común, pero su violáceo brillo parecía más intenso. Un fulgor característico, muy brillante. Demasiado brillante, pensó Rebecca.
—Es el mineral de Vignis más puro que he visto en mi vida. Este ejemplar en el mercado valdría una auténtica fortuna.
Stephan volvió a poner el valioso mineral en su estuche y se lo guardó en el bolsillo, dibujando una sonrisa.
—Es falso —aseguró Stephan.
—No puede ser. ¡Estoy segura!
—Bueno en realidad debería decir que no es natural —matizó Stephan.
Rebecca le miró perpleja.
— ¿Queréis decir que es…?
—Sí, es artificial —aseguró Stephan.
La alta figura de Nika Corintian, a sus espaldas, apenas pudo disimular una exclamación de sorpresa.
— ¿Dónde habéis conseguido…? —comenzó a preguntar Rebecca.
—Deberíais preguntaros en todo caso quién, cómo y por qué ha fabricado esto, junto a las consecuencias que se derivan de todo ello —sugirió Stephan.
— ¿Cómo…? —preguntó Rebecca.
— ¿Cómo lo he conseguido? Rebecca asintió en silencio.
—Llegaron hasta nosotros algunos rumores sobre la fabricación de un sucedáneo tan potente como el Vignis, creado con la más sofisticada ingeniería molecular de Invenio. Imaginaos nuestra sorpresa al interceptar un cargamento cerca de Septem donde hallamos una buena cantidad de estas muestras. Como ya habéis podido comprobar es de una calidad muy superior a la normal y en contra de lo que se podría esperar, sus propiedades han sido aumentadas casi diez veces más que las del Vignis natural —explicó Stephan—. Una de las principales preocupaciones a lo largo de las últimas décadas ha sido el agotamiento de las minas de Vignis. Siempre se ha intentado fabricar un sucedáneo pero con escaso éxito. El Vignis es por encima de todo, energía en el más amplio sentido de la palabra. Prácticamente nada se mueve hoy en día sin este poderoso mineral. De sus muchos derivados el más apreciado, como bien sabéis, es el néctar de Vignis o miel de Vignis obtenido mediante un complejo proceso artesanal. El máximo temor por el agotamiento de este mineral no era la carencia de energía, sino la del néctar, que produce un retardamiento de la vejez impidiendo el endurecimiento de los vasos sanguíneos y como consecuencia permite un mayor transporte de oxígeno que favorece la regeneración celular y neuronal hasta ciertos límites. Rebecca palideció.
—No puede ser, ¡no es posible! Si han logrado aumentar sus propiedades, han logrado… —exclamó Rebecca.
—Aumentar la longevidad —interrumpió Stephan.
—Si Invenio puede fabricar un Vignis de mayor calidad, tarde o temprano cualquier mundo lo hará. El mercado se saturará, los precios bajarán y Krystallus–Nova perderá su monopolio. El Vignis estará al alcance de todos, no solo de los más pudientes. Cada mundo será más independiente. Aunque el Imperator retrasara la salida al mercado de este sucedáneo vendiendo una buena parte de los stocks almacenados y ganara así mucho dinero, después lo perdería. Todos los demás saldríamos ganando. Entonces, ¿por qué tanto interés por Krystallus–Nova? —preguntó finalmente Rebecca.
—Su monopolio ya está roto, pero al parecer el Imperator tiene prisa por hacerse con el control de Krystallus–Nova.
—¿Pretende arruinar especulando? —preguntó confundida, Rebecca.
—No es esa la máxima prioridad del Imperator, ni son estas todas las ventajas del nuevo mineral —dijo Stephan.
—Explicaros.
—Analicemos los hechos. Con este nuevo mineral no solo se aumenta la longevidad. Según mis informaciones en Septem, no olvidéis que este cargamento fue interceptado en uno de sus mundos fronterizos, se están llevando a cabo experimentos con un nuevo potenciador o sustancia que permite el desarrollo y mutación de ciertas características genéticas, utilizando para ello una mezcla de genes alterados anteriormente en otras especies. Se produce entonces un cambio evolutivo cuyo resultado final es un formidable salto genético. Fijaos bien, ya no solo es la fabricación de un híbrido cuyo genotipo es modificado molecularmente produciendo una mutación de genes «puros» de otras especies. Es una mezcla de varios genes alterados de varias especies con resultado final de un ser con talentos potenciados hasta unos límites que ignoramos. Todo esto son solamente rumores, aunque perfectamente viables.
—No todos repiten los chismes que oyen. Algunos los mejoran y otros los exageran o tergiversan —hizo notar Rebecca.
—Puede, pero este nuevo mineral es una realidad y sus nuevas propiedades son una realidad. Por ahora estamos experimentando y estudiando estas muestras, pero todo esto no es lo más importante. Se me ha informado de la posible creación de una nueva raza híbrida denominada Homofel. Una especie de ejército de invasión.
Si pudiésemos aliarnos con ellos, pensó Stephan.
— ¿Por qué no mostráis vuestras cartas de una vez por todas, Stephan?
Stephan por un momento pareció dudar y algo extraño en él, parecía inseguro, incluso nervioso.
—Esto que os voy a decir ahora es solo una hipótesis, una hipótesis muy personal, aunque… —titubeó Stephan.
— ¿Aunque?
—Tengo la convicción de que puede tener ciertos visos de realidad.
—Aclaraos, Señor.
Stephan dudó por un segundo más, y finalmente se decidió a hablar mientras se acariciaba la barba distraídamente.
—Suponed que los científicos del Imperator hayan creado una fórmula magistral que permite la fabricación de un elixir que perpetúa la regeneración celular hasta unos límites hasta ahora desconocidos e impensables, cuyos ingredientes son de fácil acceso y fabricación. Todos excepto uno de ellos, que no aparece en la tabla periódica de ningún mundo y de cuya existencia solo son conocedores el Imperator y algunos de sus hombres de máxima confianza. Este elemento desconocido es, al parecer, esencial para llevar a cabo la fabricación de este elixir. Supongamos por un momento que este elemento se halle precisamente dentro del ecosistema de Krystallus–Nova o en uno de sus mundos colindantes. Ello podría explicar el verdadero motivo por el control de Krystallus–Nova. De todos modos…
—Necesita ese elemento para completar la fórmula —razonó Rebecca.
—Esto no es lo más significativo del caso.
— ¿Es acaso otro sucedáneo?
—Es mucho más que eso. Es una especie de… —Stephan se calló.
— ¿De…? —Rebecca le miró.
Aquí Stephan titubeó:
—Elixir de la
eterna juventud —dijo Stephan con tono dubitativo.
Rebecca y
Nika le miraron perplejos. Ya era de por sí increíble el lograr la
fabricación de un mineral como el Vignis, potenciando sus
propiedades diez veces más que el natural como para pensar en la
fabricación de un elixir que otorgase la renovación de la
existencia. Una especie de inmortalidad.
— ¿Me estáis hablando de un superregenerador celular que otorgue la vida eterna? ¿Y que está en manos del Imperator? —preguntó con incredulidad Rebecca, con un tono de voz apenas más alto que un susurro.
Poco imaginaba Rebecca que no era uno sino dos los ingredientes de la fórmula magistral que necesitaba el Imperator, encontrándose el segundo en el mismísimo Sillmarem, extraído de la savia de un alga marina conocida como Vitan. De ahí el frenético deseo del Imperator por conquistarlo todo lo más rápido posible.
—Exacto, dicho en términos profanos, sí —un extraño brillo cubría las retinas de Stephan—. Creedme Señora tengo la fuerte convicción, por no decir la certeza, de ello. Explicároslo ahora sin pruebas concluyentes sería perder la fuerza por la boca, pero sería absurdo no tener en cuenta esta posibilidad y sus consecuencias. Ya no estamos hablando de un alargamiento de la vida sino de la vida eterna. Esto en manos del Imperator podría significar la creación de una raza de dioses que mantuvieran al resto del cosmos sometido a perpetuidad —dijo Stephan—. Analizadlo con detenimiento. Esta guerra secreta le provee de un propósito fundamental al Imperator: discreción. Si los otros mundos conociesen o sospechasen de la existencia de esta fórmula lucharían contra él y entre ellos mismos por obtenerla. Sería el caos total. He ahí uno de los motivos de su anticipación.
—Una interminable esclavitud —murmuró Rebecca, apenas recuperada del shock—. Nuestra condenación si no lo impedimos.
—Ni más ni menos que un inagotable purgatorio para todos nosotros. Si además de esta propiedad le añadimos el desarrollo de nuevos talentos tendremos la creación de seres eternos con los poderes y atributos de auténticos dioses. ¿Os imagináis semejante posibilidad en manos del Imperator? Sería la creación del paraíso para unos pocos privilegiados y del infierno para el resto de la raza humana —esto lo dijo Stephan con un acento tan siniestro que Rebecca tuvo que utilizar hasta el último de sus recursos para mantener la serenidad.
Un oscuro temor parecía posarse sobre sus hombros.
—Una fuente de vida de dioses —murmuró con incredulidad Nika, visiblemente impresionado. Algo mucho peor que el infierno, pensó.
—Debéis tener en cuenta, mi Dama, que la raza siempre está en constante evolución. ¿Os imagináis en qué podrían evolucionar tales seres? Tendrían toda la eternidad para mejorar o modificar su genética y sus poderes, produciendo cada vez mayores saltos tanto evolutivos como genéticos. Ello conllevaría la creación y perpetuación de nuevos poderes. Sería una lucha de Titanes. Dioses contra dioses. Se haría realidad lo que para los antiguos era tan solo pura fantasía y mitología —dijo pensativo, Stephan—. Estamos hablando de auténtico poder, la quintaesencia del poder.
Stephan era ante todo un erudito, un hombre de ciencia. Quizás estas mismas palabras en boca de otro habrían sido tomadas a la ligera, incluso ignoradas, pero en sus labios eran simplemente aterradoras. ¿Estaría el hombre preparado para hacer uso de semejante creación? Si el resto de mundos se enterase de la existencia de tal sustancia, ¿no se iniciaría una lucha sangrienta para conseguir y adueñarse de tal elixir? ¿Ello no acarrearía de nuevo inacabables luchas entre los hombres? ¿Se estaba iniciando una carrera por la supervivencia? ¿O por el alcance y supremacía de la eternidad? ¿Era esto lo que el Imperator pretendía ocultar anticipándose al resto de los mundos?
Todo esto es absurdo, absurdo e irreal. Tan solo hipótesis y castillos en el aire. Una vulgar locura mitológica. Una mentira para críos, pensó Rebecca sobrecogida.
— ¿Por qué creéis que mataron a vuestro padre, el Archiduque de Portierland? —preguntó Stephan.
Rebecca le miró sin decir nada.
—Porque él sabía de alguna manera lo que el Imperator pretende. Conocía su secreto, la existencia de la fórmula —dijo contundentemente Stephan.
Rebecca empezó a encontrar respuestas a preguntas e incógnitas que hasta ese instante le habían permanecido inaccesibles.
—Vos sabéis o poseéis algo que el Imperator desea a toda costa conseguir y cuya existencia desea que pase totalmente desapercibida —afirmó Stephan.
— ¿La fórmula?
—Es más que probable —dijo Stephan mirando significativamente el macuto que portaba Rebecca.
—Debéis llegar a Sillmarem a toda costa. Es nuestra única oportunidad. Y entregar ese libro que portáis en vuestro macuto para que descifren la fórmula en Sillmarem. Solo allí poseen la tecnología adecuada. Nada debe deteneros, nada. Es más, os propongo una alianza.
—Os escucho. El tiempo apremia.
—Mis hombres os proveerán de los medios para llegar hasta la isla Niss. Allí uno de mis agentes os servirá de enlace y os ayudará a llegar a Thenae para contactar con su Rector, Anastas Timónides Krátides y este, a su vez, con Löthar Lakota, guiándoos definitivamente a Sillmarem, con Miklos Sillmarem, vuestro tío —le informó Stephan—. El itinerario de viaje será Nemus–Iris, Andriapolis–alpha, Thenae y finalmente, Sillmarem.
—Y, ¿a cambio de tan generosa ayuda?
—La ayuda de Sillmarem y la confirmación de mis sospechas. Mi servicio secreto contactó con vuestro padre, nos dejó entrever esta posibilidad. Ahora sé que es cierta. Vos poseéis el libro de Ákila, el libro del Imperator. Está fabricado con nanotecnología criptográfica solo descifrable en Sillmarem. Debemos impedir que el Imperator domine todo el universo conocido.
Rebecca asintió en silencio. Stephan Seberg se levantó y, con una elegante reverencia, se despidió.
—Que el poder de la vida os fortalezca siempre —saludó Stephan—. Ahora partid.
Mientras Rebecca era conducida a su transporte quería creer que todo aquello no era más que una historia sin sentido. Las vibraciones de su cabina espacial le hicieron ver que no. Lejanas explosiones aparecían y se esfumaban en la oscuridad de la fría noche, tan fría e insondable como el porvenir que les deparaba a todos el destino.
Tiempo después la mano del Imperator había sido seccionada por el propio Stephan Seberg, declarándose así el final de la Ola—Tahey. Una década más tarde estando el Imperio bajo la regencia de los Sillmarem, Stephan se ve inmerso en una amenaza aún mayor…
IV
EL COMPLOT
“Nos escudamos en nuestra evolucionada racionalidad para justificar los actos más irracionales que la imaginación pueda crear. Solo hace falta echar un vistazo a la historia de nuestros antepasados, todos comenten el mismo error, la perpetuación de sus errores y nuestra fe ciega en la infalibilidad de la lógica”.
Conde Alexander Von Hassler.
(Nadie puede controlar lo inesperado)
Las órdenes de Asey no dejaban lugar a dudas, la muerte del Conde Alexander Von Hassler se hacía imprescindible para impedir el resurgimiento de los vientos de guerra que amenazaban con azotar todos los mundos libres o, al menos, así lo creía el líder de los Rebelis. Onistaye, junto a un comando de guerreros Shinday de los clanes Rebelis procedente de los Sistemas Fronterizos, llevaba una semana preparando la culminación de una misión que, a todas luces, se le antojaba como suicida en el mejor de los casos. Penetrar en el planeta Ekaton era todo un logro; el Conde había demostrado ser mucho más meticuloso respecto a las medidas de seguridad que su difunto tío, Viktor Raventtloft I, y ahora tanto el planeta como su ciudad—capital, Thanos, eran una gigantesca fortaleza erizada de trampas, controles, espías, centinelas y todo tipo de dispositivos. Cualquier paso precipitado podía ser letal, aunque si algo habían aprendido los guerreros Shinday tras años de lucha contra el Imperio, era a tener paciencia. Y la iban a necesitar, ya que aún debían cruzar un par de cinturones de seguridad para llegar a los famosos bosques exteriores de Thanos, hacerse con un vehículo transportador de madera, y penetrar en la capital.
Con soltura, Onistaye conectó sus lentes—infrarrojas, la noche empezaba a superar los restos de luz de lo que quedaba del crepúsculo. Cerró el cuello de su abrigo; permanecía quieto y oculto, semienterrado, en un suelo rodeado de hierbas, estudiando el terreno y las rutinas de entrada y salida de transportes y tropas de la capital. Aguardaba respirando lenta y profundamente; sus hombres parecían fabricados de tierra y matojos, estatuas capaces de soportar casi cualquier cosa: frío, viento, calor, nieve, y como en ese instante, una fina llovizna que los azotaba de canto, muy típica de aquellas tierras. Atsany se ajustó los cierres de su capucha.
Onistaye, sumergido en profundas reflexiones, ignoraba los discretos comentarios de Atsany, cuyas palabras parecían resbalarle por los oídos sin apenas apreciar su significado. Atsany, no sin cierta inquietud, se decidió a preguntarle. Un aumento de la actividad de las patrullas de vigilancia los puso en alerta. — ¿Crees que son Walkirias imperiales? —preguntó Atsany susurrando y peinando el terreno con la mirada.
—Es posible. No creo que esperen encontrar a nadie en las espesuras de los bosques, y mucho menos, tan cerca de la capital. Aun así, son endiabladamente precavidos —dijo Onistaye.
—Llevamos aquí una semana y… nada —hizo notar Atsany.
—Procuraremos seguir como hasta ahora, y evitar salir a espacios abiertos durante el día —murmuró Onistaye observándolos con cuidado—. No te inquietes, nuestra oportunidad llegará. Silencio y paciencia.
— ¿Crees que alguna unidad aérea con satélites de seguimiento nos pueda localizar? —preguntó Atsany con cierta ansiedad.
—No me extrañaría lo más mínimo, pero, de ser así, nos habrían cazado ya. Además, hemos usado un transporte submarino de Sill, su tecnología los hace indetectables, no creo que lo hayan localizado. Mientras permanezca oculto en el mar aguardando nuestro regreso, todo irá bien. Solo debemos preocuparnos de nosotros mismos y de no cometer ningún error.
—¡Gran espíritu de Zaley—te! están por todos lados —maldijo Atsany en voz baja.
—Sabes tan bien como yo que esto solo es el principio, y que esta olla a presión en que se han convertido los movimientos del Conde en los Sistemas Fronterizos, no ha alcanzado su máximo clímax. Se están preparando para algo, algo grande —susurró serenamente Onistaye.
—Pero si hace mucho que Rebecca Sillmarem controla la regencia del Imperio.
—Pero no controla al Conde, ese ha sido un error fatal. Él es el auténtico causante de todo. Su tío el Imperator, era otro medio para lograr sus fines.
—Y Asey lo sabe.
—Lo sospechaba hace tiempo.
—En el Imperio nos quieren muertos a cualquier precio, no estaremos seguros hasta llegar a los bosques, si es que en nuestras actuales circunstancias se puede estar seguro.
—A los Rebelis siempre nos han querido muertos en el Imperio, querido amigo, no es una novedad para nosotros —ironizó Onistaye.
Probablemente no salgamos de esta, pensó por un momento.
—Entonces, tomémonoslo con calma —susurró sonriente, Atsany.
—No muy lejos de aquí, más al norte, hay un depósito de maderas conocido como Elzef. Nos acercaremos allí, y aguardaremos hasta hacernos con un transporte de maderas para introducirnos en la capital —dijo Onistaye.
La brillante luz de la luna era envuelta por intermitentes bancos de nubes. Onistaye transmitió la orden de marcha a cada uno de sus guerreros Shinday que, por parejas, cruzaron con lentitud un casi interminable mar de trigales, mecidos por la húmeda mano del viento, siendo plenamente conscientes de que cualquier instante podía ser el último de sus vidas. Atsany sentía cómo la hierba se hundía bajo sus pies a medida que ganaban terreno, con Onistaye a su lado, el cual se había hecho un implante de memoria en Zaley—te. Un paquete de caminos, comunicaciones, abastecimientos y planos geográficos, topográficos y demás datos de la ciudad de Thanos que podrían serles útiles.
Comenzó a practicar, en silencio, el spangle con acento de Ekaton, un spangle muy gutural. Su implante de memoria de la ciudad le impregnó la mente con retazos de su extraordinaria disposición estratégica; gran cantidad de canales circundaban la capital con exuberantes jardines, riadas de hermosa vegetación y estatuas que se erguían con porte majestuoso hacia la bóveda celeste que cubría aquella enorme urbe. Onistaye, con sus sentidos en máxima alerta, siguió fijando con atención los ojos en un grupo de transportes que se vislumbraban a lo lejos, saliendo de la factoría de madera. Estudiaron el terreno con precisión, y solo cuando se cercioraron de que la zona estaba despejada, se acercaron a uno de los transportes con cautela, avizorando el más ligero atisbo de señal o ruido anormal.
—Bien, es hora de que demos un paseo —dijo Onistaye con aparente despreocupación pero examinando la zona con intensidad.
Dirigiéndose juntos hacia el levito—trailer más rezagado de superficie, se cercioraron de que no había ninguna trampa alrededor, y después de lograr encaramarse a la cabina del conductor, lo eliminaron y se desembarazaron del cuerpo con rapidez, tirándolo a una vía de agua.
Onistaye fue recogiendo al resto de sus hombres, y puso rumbo a Thanos. Atsany interrumpió el silencio mientras observaba atentamente diferentes clases de cactáceas, algunas de tallo en forma esférica o con el típico aspecto de candelabro. Un poco más a su izquierda había varias cereus en flor; la especie denominada cereus nycticalus que abría sus grandes flores por la noche para volver a cerrarlas, marchitas, al amanecer del día siguiente. Este tipo de plantas, provistas de espinas, eran muy apreciadas en el Imperio por sus singulares formas, utilizándose como plantas ornamentales en invernaderos y jardines exóticos, transformándose en un lucrativo negocio para muchos avispados comerciantes, dando sustento así a la filosofía del Imperio de <<la riqueza por encima de todo>>.
Es curioso cómo la mente está siempre en constante movimiento, se dijo a sí mismo Atsany. Una súbita inspiración casi le cortó el aliento.
—Podría ser, sí, podría funcionar… —murmuró, pensativo.
V
LAS MONTAÑAS DE NEMUS—IRIS
“—Hemos nacido para sufrir —dijo un hombre sin fe.
—Y también para vivir —le contestó otro con fe”.
Crónicas orales de Zaley—te.
Era conocida por los lugareños Rebelis como la tierra de los cráteres azules; estaba repleta de ríos de agua helada que se deslizaban hacia el mar congelando todo lo que encontraban a su paso. El día terminaba con lo que parecía el presagio de una ventisca, y las temperaturas descendían a la par que se aproximaban las tropas imperiales. Un pequeño foco de resistencia Rebelis se había ocultado en una aldea de las muchas que salpicaban el valle Neremu; era una añagaza tan sencilla como efectiva. En esos momentos, Stephan Seberg abandonaba los protocolos de seguridad como Premier de Sisfron, para convertirse y luchar como Asey, el Gran Munjat de los pueblos Rebelis.
Desde uno de los puestos de vigilancia observaba con sus priglar, prismáticos de largo alcance con lentes nocturnas, el avance de las tropas del general Zarkoff. Les espera un buen recibimiento, pensó. Sobre una fina capa de nieve en la que aún era factible moverse, avanzaban con lentitud, muy seguros de sí mismos y de su fuerza. Por un segundo, Asey aumentó la capacidad de alcance de sus priglar; una hilera de datos descendió por la derecha de su campo de visión; se centró en los robustos levita—carros de combate imperiales, viendo que los habían señalizado con la bandera roja—negra y con el doble águila de platino en su centro, para alertar a los cazas de escolta y así evitar que los confundieran con sus objetivos; Asey sonrió murmurando unas palabras ininteligibles.
—Mutan—Tay, ¿están preparados los hombres?
—Sí, Asey, están a la espera de tus órdenes. El cerco está cerrado —explicó Mutan—Tay.
—¿Y nuestros cazas?
—Dispuestos.
—No empezaremos hasta la llegada de Nusedy. Avísame en cuanto llegue.
—Así lo haré.
—Mientras tanto, no quiero que nadie se mueva.
—Como ordenes Asey, no pierdas cuidado —aseguró Mutan—Tay.
Las pupilas de Asey se posaron en la aldea; prácticamente había sido destruida por los bombardeos de los cazas del Imperio. Otra irónica sonrisa se dibujó en su rostro.
Cuando los soldados de Zarkoff fueran a ocuparla, no iban a encontrar refugios donde parapetarse, y el perímetro minado les volaría en pedazos en unos de segundos. Por su parte, los guerreros Shinday aguardaban, atrincherados, en los alrededores, con fría calma, apoyados por anticarros camuflados y vehículos blindados de combate.
No muy lejos de la posición de observación de Asey, un carro Rebelis saltó por los aires hecho añicos como si de un juguete se tratara; a su lado, otro vehículo en llamas permanecía inutilizado, víctima de las densas cortinas de fuego de la artillería imperial; un par de guerreros, el conductor y el artillero, corrían tropezándose con el fuego prendido en sus espaldas. En ese instante, los mejores aliados de Asey, eran el frío y la nieve.
—¡Mutan—Tay! —gritó Asey.
Mutan—Tay regresó junto a Asey medio jadeante y gateando.
—Dime la temperatura…
—Las condiciones meteorológicas se endurecerán en las próximas horas, Asey. Estamos a cuatro grados bajo cero y bajando.
—¿Y?
—Queda poco tiempo de luz. Habrá una fuerte tormenta en no mucho tiempo.
—Bien… ese será su fin. Prepárate para soltar los señuelos, ¡rápido! —ordenó Asey—. Que nuestros francotiradores se centren en sus oficiales.
—Dame sólo un minuto, Asey —rogó Mutan—Tay prudentemente.
Un viento que cortaba el rostro cual cuchilla invisible, comenzó a levantarse en el valle. Asey contó hasta diez batallones de asalto imperiales que comenzaban a cruzar el río que conectaba con la aldea; un poco más a la izquierda, en un espeso bosque de coníferas, ocultos y al acecho, se hallaban el grueso de los guerreros Rebelis. En ese instante, Mutan—Tay apoyó su mano en el brazo de Asey.
—¡Nusedy ya está aquí! –confirmó, apenas controlando su excitación.
—Bien, conecta ahora con Nordacu Rasup.
—Aquí Mutan—Tay… responde, Nordacu, responde —dijo Mutan—Tay acercando su intercom de pulsera a los labios—. ¿Nordacu?
—Nordacu al habla.
—Prepara a tus hombres para la contraofensiva —dijo Asey.
—Bien, cuando tú ordenes, Asey. Todo está dispuesto.
—Tres, dos, uno… ¡Ahora! —gritó Asey.
—¡Hecho! Hombres fuera.
Súbitamente, desde el bosque de coníferas, los guerreros Rebelis camuflados con sus mantos para la nieve, abrieron fuego con sus armas ligeras, multizumbadoras y antitanques sobre los blancos seleccionados previamente; interminables líneas rojizas cortaron el aire con sus característicos zumbidos; los tanques a suspensión que escudaban a las tropas de infantería imperiales, avanzaron hacia las posiciones Rebelis en línea, pero, inesperadamente, se detuvieron ante el intenso fuego que desbarató el despliegue de su infantería. Cuando sus levita—blindados giraron para reagruparse, su flanco izquierdo quedó expuesto a las certeras descargas de los cañones a suspensor autopropulsados de los Rebelis, que permanecían abrigados en el bosque. Asey no cesaba de enviar órdenes a sus oficiales de mando. Dos levita—trineos imperiales derramaron una lluvia de uniformes con cinturones anti—g sobre el bosque, pero sus cuerpos cayeron acribillados por los francotiradores antes del tocar el suelo; dos cegadores estallidos y un montón de trozos metálicos fue lo que quedó de ellos sobre la nieve. Los batallones que atravesaban el río helado se vieron golpeados por cadenas de explosiones de las minas con temporizador enterradas en el hielo, situadas en zonas claves a todo lo ancho del río, provocando una enorme confusión entre las tropas de choque imperiales.