Excerpt for Nieves Paganas by Fazola , available in its entirety at Smashwords

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Nieves paganas

By Fazola


Published by Ed. Amarante at Smashwords


Copyright Fazola 2003

Copyright Editorial Amarante 2011


Smashwords Edition, License Notes

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* * *


À Marie et à toutes les victimes

du plus vieux métier du monde



cette métamorphose obscure dont, vous le sentez bien,

vous ne percevez plus qu´une minime zone...

Michel Butor «La modification»



Yo no quiero que a mis niñas

me las vuelvan mujeres, ¿para qué?

Graciela Reyes «Mis nenas»


*.*.*



Índice


El árbol

La Venta

El Club

Epílogo

Bio-bibliografía



El árbol


Estás parada al costado del coche. Cayo, sentado al volante, espera que te decidas a subir. Sabes que no pondrá en marcha el motor hasta que no ocupes tu asiento y te abroches el cinturón de seguridad.

—¿Se te olvida algo? —oyes que pregunta después de bajar unos centímetros el cristal de tu lado.

—No, sólo busco la manija de la puerta.

—¿De qué coño de manija hablas? ... sube de una vez, no tenemos todo el día...

*

Pusiste el pie en el saliente del escalón que apareció nada más tirar de la manija y abrir la puerta del autobús.

¡Ocupen los asientos del final!

La voz rasposa y bronca del conductor te produjo un ligero sobresalto. Ramón, que estaba tras de ti casi rozándote, puso su mano izquierda en tu hombro y te susurró que no temieras nada, que el conductor siempre voceaba de esa manera. Lo sabía porque durante los últimos días se había acercado varias veces a la plaza y había esperado la llegada del autobús, quedándose allí hasta verlo partir.

*

Fue un domingo de agosto de hace siete años, pero la imagen del autobús ha vuelto a tu memoria como si fuera ayer. Para evitar que Cayo, tu compañero de hoy, no advierta la turbación que te muda el semblante llevas vuelta la cabeza, como si te interesase de modo especial el paisaje de tu lado. Pero tu precaución es exagerada: el riesgo de que se dé cuenta es casi inexistente. Maneja el auto, un opel potente y confortable, totalmente concentrado, ensimismado y vigilante. Conduce a bastante velocidad, pero siempre pendiente de los aparatos que marcan la presión del aceite y la temperatura del agua. Esos dos los comprueba siguiendo una rutina cíclica y obsesiva que si le prestas atención llega a ponerte de los nervios. Empieza en el freno de mano; lo palpa casi acariciándolo, amaga un levísimo tirón hacia arriba mientras aprieta el botón del extremo y baja la palanca de inmediato. Si el cruce con un camión no coincide con la operación, puedes oír el golpe blando del contacto de la palanca con su base. El indicador de presión del aceite es su siguiente punto de atención. Tú lo sabes porque él te ha explicado que las averías más graves vienen de ahí. Debe tener esa prevención grabada a fuego. Te contó que su primer coche fundió una biela y lo dejó tirado en una carretera de montaña a más de diez kilómetros de distancia de la civilización. No tenías ni idea de lo que era o es una biela, pero desde luego no se te ocurrió preguntárselo. Ahora sabes que está mirando la aguja de presión, porque la ve mal y tiene que entornar los párpados para enfocarla, mientras que cuando comprueba la barra que marca la temperatura del agua que refrigera el motor la mira relajado y casi sonríe, se detiene una fracción de segundo y de inmediato vuelve su atención a la carretera. El velocímetro le interesa poco; menos todavía al cuentarrevoluciones. Imaginas que eso se debe a su regularidad en la marcha. No es temerario, no se inmuta si otro conductor le provoca. En realidad a ti te gustaría que se excediera alguna vez, sobre todo en viajes largos como el de hoy.

Cuando calculas que se te ha pasado la absurda respuesta emocional a tus recuerdos dejas de mirar por la ventanilla. Piensas que si continúas haciéndolo, él terminará por preguntarte qué encuentras a ese lado de la carretera que no veas con mayor comodidad y suficiente antelación dirigiendo tu vista al frente. Esa idea te resulta atractiva, hasta el punto de que te pones a ensayarla. Lo que a tu costado se mueve a toda velocidad sólo te permite diferenciar los objetos dispares (mojones kilométricos y pretiles de puentes y tajeas, árboles y arbustos, por ejemplo). Pero si mantienes la vista al frente puedes llegar a distinguir si los árboles son eucaliptos, cipreses, olivos o frutales. Si te anticipas un poco, lees hasta el número de los hectómetros. También puedes prever con suficiente antelación la aparición del desvío que conduce a una estación de servicio, pero de eso sólo te ocupas si Cayo te lo pide, y si lo hace educadamente. Como en los primeros tiempos.

*

No había sido fácil engatusar a la mayor para que te dejase marchar. Le contaste una media verdad muy complicada sobre un viaje rápido de Ramón a la ciudad para traerle a su madre una medicina extranjera que sólo se recetaba a mujeres de edad avanzada. Le dijiste que no se la daban a un hombre solo. Se te ocurrió esa tontería para razonar que el problema estaba resuelto si tú ibas con él. La ocasión era única y aprovecharías el viaje para traer una dosis de la misma medicina para ella, por si en el futuro la necesitaba. No te explicas muy bien cómo te creyó. Hasta te dio dinero para el viaje de ida y vuelta, más la cantidad que te inventaste para pagar la medicina.

Todavía pensabas en eso mientras subías al autobús. El sobresalto que te produjo la voz desabrida del conductor interrumpió tus reflexiones, pero trajo las palabras tranquilizadoras que te susurraba Ramón. Para aquellos primeros pasos en libertad era muy conveniente la compañía de un hombre como él. Tú tratabas de disimular tus dieciséis años copiando la manera de vestirse de tu madre. Incluso te cubrías la cabeza con el mantón negro que varios días antes de la partida cogiste de su armario y se lo diste a Ramón para que te lo guardara. Pero advertiste que la protección de su sombra bastaba. Nadie se fijaba en ti. Eres alta, pero él te sacaba casi la cabeza... sus hombros eran como los de un leñador... ... abrazada a su cintura, apretando tus pechos contra su espalda mientras partía los troncos, deslizar tus manos hasta sentir su sexo crecer, duro y palpitante, era comulgar con todas las fuerzas de la naturaleza.

*

—¿Te pasa algo? Tienes la mirada ida.

Esta vez regresas del pasado sin sobresaltos. Le dices a Cayo que no te pasa nada, que sólo tienes sueño, y le preguntas cuánto falta de viaje, que vas a echar una cabezada. Él contesta tres, te dije, en el tono que hace tiempo detestas. Entonces caes en la cuenta de que al salir, hace unos quince minutos, mirando el reloj luminoso del salpicadero comentó que sin hacer paradas podíais llegar en tres horas a ese rincón del culo del mundo.

Tres horas, piensas, menos de la mitad de las siete que duró el viaje en autobús de hace siete años. Repites el número. Siempre lo haces cuando escuchas alguno. A todos los números les buscas coincidencias, y el siete parece que se ha convertido en la marca de tu vida: siete años esperando a Ramón, siete horas marcaba el reloj al despuntar el sol tras el gran árbol, los sabios de Grecia fueron siete, los pecados capitales también... los siete orgasmos que conseguiste la primera vez que te masturbaste, —lo que ningún hombre conseguirá jamás—... siete arriba, 'seven up', una ridícula bebida...

Sacudes la cabeza y remedas su tono secamente:

—Tengo sed. Quiero que pares pronto, hacia la mitad del camino como mucho, no me importa que tardemos siete horas en llegar.

—Eso es una majadería. Cuanto antes lleguemos y antes despachemos ese encuentro tuyo con el pasado, mucho mejor nos irá.

Pero tú te has propuesto llegar de noche. Este viaje lo has programado para salir de tu laberinto de una puta vez. Y todo depende de él, o mejor dicho de los dos, aunque si Ramón apareciera sabes que no se repetirán las sensaciones del primer viaje, del que te trajo hasta la ciudad... a la capital, como habías oído a tu madre llamarla en una ocasión, como acusándola de ser un lugar maldito.

¿Por eso relacionas la ciudad con el pecado? No te parece. Los pecados no te importan. Todo el tormento y el temor de pecar por cualquier cosa lo acaparó tu madre.

Si te concentras ahora, con los ojos cerrados, como si de verdad durmieras, puedes viajar al revés. Ahora la ciudad quedó atrás, la calle empinada, la luz roja tenue, Rafi, alma tolerante y protectora, el puente sobre el río, el museo, la comadrona... Tienes que condensar, apretar la marcha de los recuerdos del viaje en autobús, quizás retroceder hasta el gran árbol, puede que más atrás todavía. Y esa es una operación metareflexiva. La llamas así para reforzar tu auto estima, para demostrarte lo bien que has aprovechado tus estudios...

Apúntate a una academia, ése fue el mejor consejo que te dio Cayo. Y no tardó en dártelo: en la primera cita a solas que le aceptaste; después de escuchar el relato que hizo de las andanzas de sus antepasados.

Tu prima Teresa lo había conocido antes, en el despacho de la oficina adonde fue a llevar la carta de Lorenzo. En la puerta del despacho ponía DIRECTOR, te contó ella luego. También te dijo que era un hombre muy joven para ser director, pero que estuvo muy simpático y se ofreció a acompañarla para enseñarle la ciudad. Le pediste a Teresa que te dejase ir con ella, porque así su hermano no le pondría ninguna pega. Te respondió que Ramón confiaba en ella por completo, pero que no le importaba llevarte.

*

Nadie te había mirado antes así. Te sentiste desnuda por un largo segundo. Azorada, extendiste la mano pero él se adelantó para rozarte las mejillas con los labios.

Mi nombre es Cayetano, horrible ¿verdad?, por eso todo el mundo me llama Cayo, no sé que es peor. Sin dejar de mirarte tecleó en su móvil dos o tres veces, y a los pocos minutos tenías delante de ti un individuo corpulento, deformado y bisojo. Su aspecto no es mucho mejor que la imagen de Quasimodo, el 'monstruo' que aterrorizó dos veranos seguidos a todos los críos de la aldea en la pantalla del cine ambulante. A todos menos a Ramón. Tampoco a ti que sufrías y disfrutabas confusa los latigazos que recibía el desgraciado en la picota...

Cayo te lo presentó como mi amigo no sé cuantos, ¿Alberto, Roberto?... has olvidado hasta el nombre. Seguía sin quitarte los ojos de encima pero su expresión admirativa había cambiado a una mezcla de seriedad y de guasa que te desconcertó. Juraste encorajinada que si estaba tomándote el pelo se iba a enterar.

*

El tenderete de la plaza, un remedo de quiosco, abre los domingos y fiestas de guardar, es decir los días de misa que todavía celebra en latín el cura del pueblo vecino. El desconcierto que provocó el cambio al idioma vernáculo tuvo como indeseable efecto la ausencia de tres o cuatro mujeres, las que dijeron que no podían entender la misa así. Cuando tuviste ocasión de preguntarle al cura por qué seguía usando los latines que nadie comprendía, te respondió que su misión principal era no perder feligreses y que para conservar la fe es mejor, a veces, no entender el lenguaje de la iglesia.

El quiosquero levanta el tablón frontal coincidiendo con el eco del introito que corean las beatas. Si viene con su mujer se retrasa un poco y es ya cerca de la epístola cuando destapa el minúsculo mostrador. Permanece así mientras quedan bebidas por despachar. Nunca más de una hora después del ite misa est. A veces el matrimonio (de quien se sabe que son padres del tonto de la aldea) pone a la vista barritas de regaliz y unos pocos caramelos 'chupachup'. La mujer los coloca separados, dentro de envases de yogurt vacíos, de modo que en unos se vean los palitos blancos de los chupachups y en otros, alternando, las barritas negras de regaliz. Al lado, apoyadas de canto para que se distinga el dibujo de la tapa, apila media docena de latas de sardinas y alguna de caballa; las que no se consumen las deja debajo del mostrador para el domingo siguiente. La exhibición es toda una estrategia de marketing intuitivo. La mujer sabe que de ese modo seduce a los clientes potenciales que todavía deambulan por la plaza. Y también a los críos que condicionan la vuelta a casa a que la madre les compre una golosina. Si el herrero está de humor, arrastra con él al primer destripaterrones que se deja invitar al precio de aguantar sarcasmos y gruesas bromas. Los domingos de julio y agosto suele acercarse el cura y pide un tinto con gaseosa, un varguitas lo llama. Pero fuera de esos meses, en los que el calor del medio día se puede cortar, el quiosquero sabe que el cura no se acercará y a los pocos minutos de terminada la misa ya está bajando el tablón.

Aquel domingo el autobús llegó con bastante retraso. La verdad es que nadie sabía exactamente la hora en que debería hacerlo. En una ocasión le escuchaste decir a tu madre que cuando empezó a parar en el pueblo los domingos (ahora lo hacía a diario) el conductor le dio al viejo del tenderete un papel donde estaban escritas las horas en que pasaba por todos los villorrios del recorrido. El papel estuvo clavado un tiempo al tablón, hasta las primeras lluvias. Cuando no quedó rastro, nadie se preocupó de pedir una copia. De todas formas pocos viejos sabían leer. Los jóvenes, mejor que peor, se iban apañando. El más espabilado era Ramón, tu primo, el grandullón de la escuela, a quien te propusiste alcanzar desde el mismo día en que tu madre te soltó allí, en medio de la rechifla general de aquellos palurdos...

*

El autobús venía casi completo. No eran necesarias las voces que gritó el conductor. Sólo quedaban tres o cuatro sitios libres al fondo. Tuviste que recorrer todo el pasillo entre las dos filas laterales de asientos dobles, sorteando con dificultad las bolsas y envoltorios de tela, atados con cuerdas, que los pasajeros habían tenido que dejar en el suelo después de abarrotar las rejillas de soporte del equipaje. Algunos bultos exagerados se proyectaban amenazantes sobre las cabezas de quienes iban sentados al lado del pasillo. De los asientos libres del fondo sólo eran contiguos los del centro de la última fila. Ramón, que marchaba pegado a tu espalda, te tocó el hombro empujándote con suavidad, esos dos están bien, te dijo al oído...

*

Notas que el dorso de la mano derecha de Cayo te roza la falda a la altura del muslo. No necesitas abrir los ojos para saber que después del golpe blando de la palanca del freno de mano él ha dirigido la vista al indicador de presión del aceite e inmediatamente al de temperatura del agua. A ojos cerrados sabes que los suyos ya vuelven a estar clavados en la carretera.

*

El autobús arrancaba sin la menor consideración a las dificultades de un anciano que llegaba sofocado y cojeando, haciendo señales para subir detrás de vosotros. El hombre lo logró a duras penas y luego trató de alcanzar a trompicones el asiento libre del pasillo que tú podías tocar con la mano. Ramón se incorporó para ayudarle. El anciano se tenía de pie agarrado a las asas metálicas que sobresalían del respaldo de cada asiento y no se atrevía a soltarlas. Un momento después el hombre ya estaba encajado en su lugar, pero la espalda de Ramón te había impedido ver su alarde de fuerza. El autobús empezaba a tomar velocidad.

Volviste la cabeza a tiempo de ver alejarse el tenderete del quiosco velado por una cortina de polvo... como en las películas de la tele, pensaste...

María, apréndelo bien: las mujeres tenemos que llevar la cabeza cubierta fuera de casa por modestia cristiana y también para protegernos el pelo del polvo de la calle.

En realidad te llamas Nieves, pero tu madre se empeña en repetir que Nieves a secas ha dejado de ser un nombre cristiano desde que muchas mujeres olvidaron que procede de la Virgen de las Nieves, uno de los cientos de advocaciones de la Madre de Dios.

Por consiguiente —asegura sin tolerar que nadie le discuta— mi hija se llama María de las Nieves lo mismo que yo me llamo María de la Concepción.

Sin embargo, las comadres no estaban dispuestas a usar nombres tan largos, y pronto quedó todo en María la mayor y María a secas. Sin confusión posible, porque cuando se referían a tu madre nadie olvidaba la coletilla.

En el autobús, el polvo y la modestia quedaron atrás. Te descubriste la cabeza y dejaste caer la toquilla sobre los hombros. Le dijiste a Ramón que siempre te llamase Nieves, que ni siquiera responderías si te llamaba María. Él se encogió de hombros, como diciendo que sí pero sin demostrar entusiasmo o rechazo. Le miraste a los ojos y te parecieron nublados, empañados por una preocupación que desconocías. Le pasaste la mano por la frente y sonrió, pero no hizo intención de hablar. Te resignaste de momento, el viaje iba a ser largo y antes o después él mismo desearía conversar. Entretanto, una manera de distraerte sería aprenderte los nombres de los pueblos del camino.

*

Si no te gusta mi amigo, puedo llamar a otro. Cuando eso dijo, mal disimulando lo que disfrutaba del momento, él no podía imaginar cómo lo odiaste. De haber tenido los poderes de la maga lo habrías fulminado, no para que muriera de repente sino para que su chaqueta de cuero lo abrasara con lentitud. Pero te recobraste recomponiendo la mejor de tus sonrisas y te dirigiste a la penosa figura del amigo:

Veo que a Cayo le gusta fastidiar, tú pareces en cambio mejor educado, y seguro que sabes dónde podemos ir a divertirnos un rato los dos solos.

No recuerdas cuál fue la respuesta a tu proposición pero sí que terminaste la tarde en una casa de la calle llamada 'de la feria' en la que una mujer gruesa y bondadosa alabó tu juventud y prometió cuidar de ti.

Te habría gustado entonces tener contigo a Ramón, pero había dejado de estar presente desde el mismo día en que llegó Teresa. Ella fue quien te dijo que su hermano se había tomado muy en serio la responsabilidad de vuestro bienestar. Se había presentado a varios trabajos a destajo, para los que hacía falta gente de su fuerza física. No pensaba tener un domicilio fijo, y menos compartir el vuestro. Dijo que mudaría de habitación cada vez que cambiase el lugar de trabajo, y que no podría descansar más que un domingo de cada dos semanas, el mismo que pasaría con vosotras.

El día que sellasteis vuestra unión a la sombra del gran árbol no pensaste que las cosas iban a comenzar así.

*

Cuando el autobús dejó atrás el entronque de salida de la aldea, pocos metros más allá de la mancha negra de la herrería, la nube de polvo que lo acompañaba se desvaneció nada más pisar el firme de asfalto. Tocaste el hombro del viejo, el que Ramón había acomodado en la fila delantera, y le dijiste que tratase de abrir una rendija de la ventanilla. Suponías que no le iba a ser fácil porque para hacerlo tendría que encaramarse sobre la voluminosa mujer sentada a su derecha. El viejo te miró perplejo y luego a Ramón. Éste esbozó una sonrisa, se incorporó, arqueó la cintura y alargando el brazo derecho por encima de la cabeza de la mujer, alcanzó la hendidura del pestillo que cerraba la corredera. El cuchillo de aire que se coló sibilante no era lo que se dice fresco. Aún así resultaba preferible a los olores que condensaba el autobús, no siempre reconocibles. Pronto lo apreciaron otros viajeros, y en contados minutos varias rendijas más aportaron caudal de aire suficiente para ventilar todo el recinto. Tú te sentiste infantilmente orgullosa de la pequeña hazaña y le pasaste a Ramón el brazo izquierdo por la cintura, apretándote a él, mientras dejabas reposar tu mano derecha muy cerca de su sexo...

*

... los golpes de hacha los daba espaciados para poder conversar entre uno y otro. Te contaba que era el guardián de su hermana Teresa, pero no te decía el porqué. La tarea se prolongaba por pocos minutos. Nunca arriesgabas demasiado. Si tu madre hubiera sospechado algo, jamás le habría vuelto a abrir la puerta. Y eso sería terrible, no podrías calmar el fuego que habías empezado a sentir dentro de ti, el fuego que hasta hacía poco no terminabas de entender cuando escuchabas en la tele que hablaban de eso, el fuego que en esos momentos te incitaba a provocarlo. Te ceñías a su espalda y lo sujetabas fuerte cruzando tus brazos sobre su vientre. Le susurrabas al oído palabras que habías leído y otras que te inventabas. Él respondía descargando unos hachazos tremendos a los troncos que iba colocando sobre el tocón; tú reías, y empinándote le tocabas con la punta de la lengua en el cuello, suavemente. Trataba de volverse pero se lo impedías. Deslizabas tus manos hasta el límite y allí te parabas. Se inflamaba y estremecía de anticipación. Apurabas el tiempo. Llegaste a ser experta en controlar el momento de dejarlo. Una sola vez le dejaste correrse sin aflojar la presión de tus manos. Te asombraste de que 'aquella cosa' tardara tanto en ablandarse. Tuviste que esforzarte hasta el límite para disimular tu excitación e impedir que se deshiciera de tu abrazo. Si soltaba el hacha y se volvía hacia ti no lo podrías parar. No era ese tu objetivo, aunque deseases ceder a su furia. Estuviste muy cerca. Pero desde entonces no apuraste tanto tus cálculos. Lo soltabas dando un paso atrás mientras con voz tenue, algo más alta que un susurro, le urgías a que diese otro golpe, rápido, antes de que fuera a aparecer tu madre. Dominando cada vez con mayor maestría tu propia excitación, le decías que todavía no era el tiempo ni la ocasión para terminar el juego, que lo sería cuando te llevase con él a la ciudad... ... ¡lo juraste!

En la ciudad tendrás que encontrar la manera de cumplir aquel juramento, que si no fue un juramento formal estás segura de que él lo entendió así, y así lo recordará...

*

Cayo vuelve a rozarte el muslo con el dorso de la mano. Esta vez te parece que se detiene unos segundos de más, como si fuera a subirte la falda. Quizás es sólo un gesto instintivo, reflejo de mejores tiempos, de cuando las cosas iban mejor que bien. Sólo ha sido eso, piensas, y ahogas un suspiro inoportuno.

—¿Estás incómoda?, ¿te duele algo? Me ha parecido que te quejabas.

—No, es que me he dormido en mala postura... ¿estuve así mucho rato?

—No sé... ... un cuarto de hora o más. He tenido que estar muy atento a la carretera, adelantar camiones y cacharros imponentes... cada día hay que arriesgar más... algunos cabrones van como locos...

—¿golpeaban... ?

—Golpeaban qué, ¿al coche? ¿cómo iban a golpearnos? Nos habrían echado de la carretera y ya ves que seguimos aquí... ... no te entiendo.

—No quiero decir a nosotros, sino que algo de su carga diera golpes... Estoy segura de que alguno tuvo que golpear... estoy segura...

—Bien, si es eso, por supuesto todos hacían ruido, unos más que otros... uno, que recuerde, cargaba grandes tablones y troncos... es fácil que mal amarrados... ...

—... los hachazos...—susurras y te tapas la boca.

—¿... cómo dices?

—No, nada, pensaba que esta conversación es la más larga que hemos tenido desde que empezó el viaje... bueno desde hace mucho...

Antes no era así. Cierto que discutías con él muchas veces, sobre todo desde que juraste hacerle pagar la pesada broma de regalarte a aquel don nadie. Pero eso, en realidad, fue nada más conocerlo. Durante los difíciles meses que pasaste hasta que te llevó a su casa no supiste en realidad a qué atenerte con él. En ocasiones esperaba a la hora de salida de la academia y te invitaba a merendar en una cafetería. Fueron los tiempos en que se mostró más conversador. A veces las cosas de que te hablaba parecían una prolongación de las lecciones que estabas estudiando. Aún así lograbas interrumpir su perorata y sorprenderlo intercalando algo que recordabas de los libros que habías leído y que te parecía venir a cuento. Pero la mayor sorpresa te la llevaste tú al descubrir que los recibos de la academia estaban sellados y pagados por su oficina.

Vuestra primera discusión seria fue cuando tú intimaste con Rafi y empezaste a visitarla casi todas las semanas. Los lunes terminaban las clases una hora antes, y al salir de la academia aprovechabas para pasar a saludarla. Él se enteró enseguida de la frecuencia de tus visitas. Hasta te pareció que tenía controlados tus movimientos desde el principio, desde que el Alberto aquél, o como se llamase, te llevó a la casa.

Pasaste buenos ratos en la caaása... así, remedando a ET, lo pronunciaban las chicas que frecuentaban el lugar. Cuando te quedabas sola en la salita aprovechabas el tiempo estudiando o poniendo tus apuntes en limpio. También aprendiste a tratar a hombres educados. El que visitaba a Helena era de los más finos y de más edad. Probablemente era tan viejo o más que los de la aldea; pero iba muy bien vestido y eso disimulaba sus años. En una ocasión, mientras esperaba a que Helena terminase con un cliente pelmazo, te preguntó si te gustaba la música. Le dijiste que sí, aunque no demostraste demasiado entusiasmo, temerosa de que te hiciese preguntas que no pudieras contestar. Pero le bastó tu afirmación y sacó un CD nuevecito de la pequeña cartera que siempre llevaba consigo:

Entonces este concierto te va a gustar. Es el número 20 de Mozart y la interpretación del pianista es insuperable, te dijo.

A continuación hizo algo incomprensible: sacó de la cartera una tira de papel y un tubito de pegamento, pegó el papel a la funda del disco y se puso a escribir mientras tarareaba entre dientes. Terminó su canturreo, te entregó el disco y añadió un billete de 500 pesetas advirtiéndote:

Guárdalo, dentro de dos años ya no habrá de éstos.

Te quedaste sin saber qué decir, tan sorprendida que no le diste ni las gracias. A la semana siguiente Helena te reclamó el billete, el disco dijo que te lo podías quedar aunque te aclaró que los regalos se debían a que su amigo se había confundido, que creía que tú ibas a subir con ellos. Fue la primera lección aclaratoria sobre los juegos que se practicaban arriba, una lección de 'contabilidad' que no figuraba en el programa de la academia.

Pasado un año seguías sin saber lo que Cayo pretendía. Tampoco tenías claro lo que deseabas realmente para ti. Si él te citaba para un domingo de los que esperabas a Ramón, siempre tenías preparada una excusa convincente para aplazar la cita a otro día cualquiera. Nunca cuestionó tus disculpas que casi siempre consistieron en una carga extra de tareas para el fin de semana. En esas ocasiones te preguntaba de qué trataban los temas extraordinarios; tú le contestabas sonriente que de contabilidad, lo cual era cierto. Quizás por eso no te chocó la coincidencia de que fuese también la asignatura por la que él demostraba mayor interés:

Si la dominas tendrás futuro, te repetía siempre, e incluso te facilitó copias impresas de las lecciones más difíciles. A él no le costaba nada sacarlas de Internet, te decía.

Las bromas que te gastaba no las comprendías muy bien; dirías que te estaba probando y llegaste a pensar que le interesaba tu mente más que tu cuerpo. Tus primeras intenciones de desquite se fueron apagando, casi a la par que tu devoción por Ramón.

*

Al cumplir ese año en la ciudad que ahora se alejaba de ti a más del doble de la velocidad a la que llegaste, hiciste examen de conciencia. No el examen que te enseñó María la mayor, pero algo parecido. Repasaste tus logros, tus avances hacia la pretendida emancipación, que en la aldea sólo podía llegar con la muerte de tu madre. No había hombres allí que pudieran ofrecerte nada, menos aún una manera de vivir independiente que se pareciera en algo a la de ellos. Tu primo Ramón era lo único aprovechable. Apoderarte de su voluntad fue sencillo, demasiado sencillo. Pero ya sopesabas que la unión de por vida que él podría ofrecerte tampoco encajaba en tus aspiraciones de libertad. Mantenerle a raya sin llegar a decepcionarlo fue fácil durante aquellos meses. Como le había dicho a Teresa, salvo el día de descanso que se permitía cada dos semanas, nunca se presentó en el cuchitril alquilado para los tres. Apartamento lo llamaba, palabra que jamás se te habría ocurrido para aquel agujero. Había perdido la sonrisa. Le habíais preparado una cama turca, separada por una cortina, al fondo de la cocinacomedor. Y allí se pasaba horas durmiendo cuando caía por casa. Calculabas a tu modo que había descansado bastante y, entonces, apresuradamente, después de pedirle a Teresa que saliese a por un cartón de vino para la cena, te colabas detrás de la cortina para despertarlo. Lo cubrías de caricias y te apretabas contra él hasta que se corría. Si después del desahogo te preguntaba cuándo sería el momento de hacerlo bien, como un hombre y una mujer, le contestabas que en aquel momento desde luego que no, que su hermana no tardaría en subir.

Las veces que en su cara aparecía la tristeza que se trajo de la aldea le dejabas, le enseñabas, más bien, las mil maneras que había —eso le decías— para acariciar el sexo de una mujer y hacerla feliz. Pero enseguida lo empujabas fuera del jergón hasta al recinto del retrete. Allí se dejaba colocar en el rincón que tenía el sumidero de desagüe. Tú siempre repetías las mismas palabras:

Tienes agua templada en la regadera. Después de lavarte, pon la muda sucia en el barreño. Y hazme el favor de no dejar pasar tantos días sin cambiarte...

Él también contestaba siempre lo mismo:

La próxima vez que venga traeré el material para instalar aquí una ducha. Es todavía más fácil de poner que la del cobertizo aunque hay menos sitio, pero habrá que pedir permiso... tampoco sé si estas paredes aguantarán un golpe.

*

Fueron decenas de veces, repetidas, y tan iguales unas a otras que ahora te cuesta trabajo separar una de la siguiente. Quizás podrías contarlas si fueras capaz de resistir la acolchada modorra del viaje y el pesado silencio de Cayo.

El dinero que ganaba Ramón, descontando lo que mandaba a su madre, daba justo para pagar el alquiler y la comida. Por ese camino no se llegaba a ninguna parte. Es verdad que Teresa aportaba lo que podía. Limpiaba los cuchitriles de dos vecinas ancianas que casi no se tenían de pie. Lo hizo a escondidas de Ramón, hasta que éste se enteró y tuvo que dejarlo. Mientras ella encontraba otra manera, decidiste recurrir a tu madre. Habías seguido engañándola, escribiendo notas cariñosas en las que le explicabas que de un día para otro llegaría la medicina que Ramón había venido a buscar. Ella no contestaba, pero tampoco te llegó noticia de que le preocupase tu ausencia. Le dijiste que mientras permanecieses en la ciudad necesitabas dinero para comer, y que podía mandártelo a lista de correos, cosa que si no sabía hacer podía preguntarle al cartero. Te mandó 500 pesetas y volvió a hacer lo mismo al mes siguiente. No tenía ni idea del diferente valor del dinero en la aldea y en la ciudad. Escribiste una carta más larga explicándole por qué el dinero que te mandaba era insuficiente. Pusiste los precios que pagabas en la ciudad por una barra de pan, un litro de leche y alguna otra cosa que no recuerdas ya. Equivocaste la manera de hacerlo. Tu madre debió de sentirse confundida porque el pan y la leche en la aldea eran objeto de trueque casi siempre. Probablemente hizo la cuenta calculando las piezas de pan y los litros de leche que consumías al mes, tirando por lo bajo como era su costumbre. Cien pesetas fue el aumento que recibiste a partir del mes siguiente. No te esforzaste en darle más explicaciones. Ya se anunciaba el cambio de pesetas a euros y esa dificultad la imaginaste insalvable para las entendederas de tu madre. Era evidente que la cabeza ya no le funcionaba muy bien y te pareció mejor dejar las cosas como estaban. Desde entonces decidiste escribirle sólo por Navidad.

*

—Nunca me has dicho si la casa en que vivimos es tuya o alquilada.

—Y eso a qué viene, ¿tuviste un mal sueño?

—No te engañes, no siempre que tengo los ojos cerrados estoy durmiendo, lo sabes bien. Además tus golpecitos del freno de mano...

—Si no te importa deja eso en paz. Te repito, ¿por qué o para qué quieres saber lo de mi casa?

—También me gustaría saber otras cosas de tu misteriosa vida, aunque sólo fuera para poder acallar los cuchicheos de esa gente que traes a ponerse moraditos de canapés. Con muy mala intención murmuran, lo bastante alto para que yo les oiga, que la oficina de tu padre es una tapadera, esa oficina que tú diriges porque él está desaparecido...

—¡Mis amigos murmuran eso!, ¿desde cuándo? ¿cómo?, ¿por qué me lo dices ahora?

—Déjalo estar, no te alteres, creo que a esos que llamas amigos no son más que gorrones; además yo no iba por ahí... lo que de verdad me importa saber es qué me queda a mí, si mañana te das un tortazo en la carretera o te tumba una pítima de las que te coges a escondidas.

—¿Qué manera de hablarme es esa?

—No contestes con otra pregunta como los gallegos ¿eh? Piensas que escaparías de rositas... bueno o de crisantemos, o de las flores horribles que te pusieran en la corona. Pues ni lo sueñes. He aprendido y me has enseñado demasiadas cosas; entre ellas a guardar copias de muchos documentos que, aunque no estoy segura, sospecho te comprometen. Así que vete pensando una respuesta que garantice mi futuro y luego ve averiguando dónde paras para explicármela con todo detalle. Ya ves cómo miro por ti, siempre has dicho que esta media luz del crepúsculo es la peor para conducir.

*

Ramón te había enseñado a zurear como las palomas. Los miércoles en que tu madre salía de casa mediada la tarde, tú le avisabas con ese canto, él saltaba la tapia del corral y te esperaba escondido en la leñera. Siempre te sorprendía su habilidad para descolocar los troncos apilados y encajar su corpachón en el hueco en que se ocultaba. Dejaba pasar el tiempo justo para que tu madre estuviera lejos y entonces empujaba un tronco que caía con estrépito, aparecía a tu espalda, te sujetaba con un brazo por la cintura, tomaba tu mano derecha y la acercaba hasta su corazón: nota como golpea; es por tu culpa, te decía.

Eras muy feliz. Nunca pensaste que un hombre, y menos un grandullón como tu primo, fuera tan tierno. Había pasado poco más de un mes desde el día que llamó a la puerta de tu casa. Puesta a sumar peras con manzanas, añadías el par de kilómetros y pico que había desde el molino hasta tu casa y para cuadrar la operación colocabas la raya de la suma en la fecha de la muerte de su padre hasta congelar la imagen:

Ramón en la puerta de casa preguntando si el tejado tiene goteras.

Sostuviste su mirada, una mezcla de sorpresa y urgencia, ésas que siempre confunden a quien trata de actualizar su memoria. En cambio tú lo reconociste de inmediato. Llevabas siete años, siete ¿cómo no?, esperando aquel encuentro. Eras una mocosa que no abultaba dos palmos cuando tu madre te soltó delante de la maestra. La destartalada estancia reunía media docena de arrapiezos desiguales, chicos y grandes pero todos del bando de los padres que estaban a favor de que sus hijos aprendieran a leer. Siete años necesitaste para quedarte a una cuarta de la estatura de tu primo.

La voz de tu madre llegó desde la cocina. Reaccionasteis casi al unísono. La respuesta de Ramón envolvió la tuya:

... soy yo, su sobrino, el hijo del molinero.

Te gustó cómo sonaba. La voz de un hombre, como aquella, era lo que faltaba en la casa. No podías dejarlo escapar:

... madre, ha venido para ver si tenemos que arreglar el tejado, o si hay troncos que partir

El arreglo del tejado fue un éxito. Cuando cayó el siguiente aguacero no se coló una gota en la casa. Desde entonces fue María la mayor la que reclamaba a Ramón para cualquier tarea que las dos, aunque malamente, podríais haber hecho juntando vuestras fuerzas. Te aprovechaste de su buena disposición para que le permitiese instalar una ducha. Pero cuando se presentó dispuesto a romper algunos azulejos del baño, el permiso se esfumó. Entonces él dijo que era muy fácil colocarla en el espacio que había libre al costado del cobertizo, donde además la toma de agua se podía llevar desde la manguera que estaba al lado. Tu madre cedió enfurruñada y hasta terminó por consentir el cambio de la primitiva cortina de hule por dos tabiques de ladrillo y una puerta.

En invierno Ramón preguntaba todos los días al pasar si había bastante leña troceada. Tu madre respondía siempre en voz baja, y el le pedía que lo repitiese, que no la había entendido. Entonces, elevando la voz, lo mandaba al cobertizo, ve tú mismo a ver cuanta queda. Era la señal que esperabas para aparecer con la llave del candado y salir canturreando:

Qui'n que sube de la aceña

no sirve pa mucho más

qui'partir leña

Qui'n que baja del alero

Nunca terminabas el verso. No hacía falta, porque él se lo sabía y lo iba a tener bailando en la cabeza por un rato...

es un poco menos tonto

Quel fillo del molinero

Era tu modo de picarle y decirle en lo poco que tienes a un hijo de molinero. Pero él, por si la mayor miraba de reojo, salía tras de ti sin abrir la boca y acomodaba el gesto tratando de poner cara de disgusto, aunque sólo le salía la de un mártir dispuesto a probar unos minutos de cielo.

*

—Ya que te empeñas en parar vamos a ver qué tal este sitio.

—¿Estás seguro de lo que dices? No se parece en nada a los sitios donde puedes pedir una bebida decente... y digo decente porque su aspecto es de puticlub como vosotros los llamáis...

—Bueno, es muy temprano. Cuando se ve por la noche, con sus luces de neón encendidas, algunas parpadeando, tiene mejor aspecto...

—O sea que he acertado... que de verdad es eso...

Se baja del coche sin contestar, pero no sin retirar antes de la guantera una carpetilla y comprobar que ha tensado el freno de mano a tope.

Las chicas de Rafi te habían advertido que jamás te dejases enredar en un puticlub de carretera. Fueron ellas quienes en las conversaciones de los tiempos de espera, de guardia decían, los nombraban una y otra vez y narraban sus experiencias, no siempre divertidas. La palabra te ha salido sin pensar, pero nada más él menciona las luces de neón comprendes que has acertado: el sitio no puede ser otra cosa. Dudas en bajar, pero la curiosidad te vence. Piensas que ya has hecho acopio de suficiente experiencia para escapar a tiempo de cualquier problema. Y es posible que tengas que enfrentarte a alguno enseguida. Porque está claro que él ya estuvo aquí antes, que no se ha detenido para darte gusto. Debes pensar deprisa. La forma en que ha echado el freno de mano, con más violencia de la necesaria —o eso te parece, porque tú no has tocado ninguno— te sugiere una actitud de reafirmación personal que no viene a cuento. Cierto que vuestra crisis (la de cinco años de relación, el promedio de moda) puede explicar cualquier cosa, pero hasta ahora la soportabais de cara. Sin recurrir siquiera a las carantoñas hipócritas de que hacen uso todas las parejas para simular delante de extraños que las cosas van bien. Por eso no le encuentras sentido a un plan precocinado. Reaccionas bruscamente, sin pensártelo más:

—¡Sabes que en realidad tenías razón!, será mejor que continuemos el viaje.

Por segunda vez él aparenta que no te ha oído. Te invita con un gesto a que salgas y nada más lo haces pulsa la llave de control remoto que cierra y bloquea todas las puertas del coche, lo rodea pasando por detrás, comprueba el cierre del maletero como ha hecho con el freno, y se coloca a tu lado. Te toma del brazo, casi del codo, y pregunta, en un tono que te desagrada:

—¿Decías algo, querida? No te entendí bien.

*

Las parejas bailaban sin preocuparse de los demás ni de otra cosa que perturbara el ejercicio de seducción del que la melodía hacía eco. En menos de media hora, el tiempo que tú llevabas allí, pusieron el disco tres veces. La melodía debía de ser eficaz.

Al fondo de la sala divisaste por fin a Teresa. Bailaba con un chico desconocido. En realidad todavía no conocías a otros chicos de la ciudad más que a Cayo y al amigo que te presentó. Trataste de llamar la atención de tu prima agitando una mano cuando te pareció que miraba en la dirección que tú estabas. También moviste los labios modulando su nombre en voz baja. Fue un gesto instintivo. Sólo debió de apreciarlo Cayo. Se había puesto a tu lado sin que tú lo advirtieses y te abordó sin pensárselo dos veces:

¿Decías algo, querida?, ¿quieres que me acerque hasta Teresa y le diga que estás aquí?

No te molestó la pregunta, sino el tono impostado que daba a entender, por si no te habías enterado, quién era el dueño de la situación y de la casa. Al filo del último compás había vuelto la espalda a la rubia regordeta con la que estaba bailando. La chica te echaba miradas asesinas. Supondría, lógicamente, que tú eras la causa del abrupto fin de su pieza. Y esa presunción disolvió la mitad de tu enfado. Sólo esperabas que Cayo te invitase ahora a bailar para rechazarlo, y de ese modo poder olvidarte de la otra mitad. Pero él, adelantándose a tus ingenuas intenciones, a lo que te invitó fue a dejar el salón de baile y a seguirlo a un sitio más tranquilo, donde se puede hablar, leer y escuchar, dijo. Sólo se te ocurrió entonces preguntarle si Teresa se iba a reunir allí con vosotros, a escuchar también. Su retrueque a tu puya te pareció cínico:

¡Ah Teresa!, de ella no tengo que preocuparme para nada; es una chica madura, casi mayor para mí, y una excelente mensajera. Además, como has visto, la dejé bien acompañada, y a continuación te tomó del brazo derecho, muy cerca de la axila, y sentiste el roce intencionado de sus nudillos en tu seno.

La habitación a la que entraste con él, sujeta todavía del brazo, más fuerte si cabe, no estaba vacía, ni en penumbra ni desierta; ese cuadro gótico lo habías ido imaginando mientras él te conducía por un largo corredor, iluminado tan solo por un aplique colocado a la mitad de su longitud. Al fondo te pareció ver un bulto, una sombra chata que se movía como empujada por otra más alta. Un destello en abanico, pegado al suelo, reflejó por un instante la luz del aplique y desapareció. Quisiste preguntar a Cayo si había visto lo que tú, pero ya empujaba la puerta que tenía a su derecha y tiraba de ti para hacerte entrar un paso por delante de él.

Viene acompañado pero ha llegado por fin: el orador, el cuentacuentos que nos sacará del aburrimiento que padecemos...

La voz salía del otro extremo de la habitación, sonaba como un eco y tú no podías distinguir si era de una o más de las chicas que se recostaban indolentes, dos en un diván y la tercera sentada al pie, en la alfombra, abrazándose las rodillas. A la salutación Cayo respondió soltándote el brazo. Elevó las manos y se dobló por la cintura. Quedó así, quieto por un momento, y te entraron ganas de reír. Nunca habías visto una persona en esa postura. Parecía un muñeco de madera como los del titiritero que algunos veranos paraba en la aldea.

Las chicas del fondo batieron palmas. Los dos chicos que cortejaban a una chica emparedada entre ellos, en el centro del sofácama colocado en la pared izquierda, casi junto a la puerta, ni levantaron la vista. Otra pareja más, chico y chica, compartían un puf de cuero, satisfechos de su estrechez e ignorantes de todo lo que pudiera suceder a su alrededor, incluida vuestra aparición.

Cayo recuperó la postura erguida y te tomó, esta vez de la mano, para invitarte a ocupar una de las sillas que rodeaban una mesa colocada cerca de la pared opuesta al sofácama. Era una mesa rara. Estaba rodeada por ocho sillas, pero intuiste que no se usaba para comer. No se te ocurrió, no podías saberlo, que era una mesa de juego.

Venid a sentaros aquí. Hoy, como prometí, el octógono está completo, pero no me quedaré a la manuelina...

Habrías preguntado qué era eso de la manuelina, pero como todas callaban, no quisiste parecer más ignorante de lo que te sentías. Tampoco te salían las cuentas: faltaban dos sitios y dos sillas para reunirlos a todos. A no ser que los amantes del puf no respondieran a la invitación. Como así fue. En cuanto las chicas del diván y el trío del sofácama ocuparon sus sitios en la mesa, los amantes se incorporaron calladamente, empujaron su asiento hasta colocarlo en el sito más alejado y se hicieron invisibles, encajados en el hueco del rincón que dejaba libre el diván.

El silencio expectante que ya se prolongaba demasiado lo rompió Cayo con un ligero carraspeo y un tono pasado de ceremonia:

... quiero que escuchéis a la bellísima Nieves, mi nueva amiga.

*

En el zaguán, el candil que iluminaba una estampa de la virgen se ayudaba del pálido destello reflejado en la bandejita de plata colocada en la minúscula repisa que sobresalía de la pared no más de una cuarta. El fogonazo de oscuridad te pareció total y tardaste muchos segundos en acostumbrar tu visión. Antes de recuperarla sentiste en el cuello un aliento pegajoso y el olor inconfundible de vapores de vino, al tiempo que la voz aguardentosa te presentaba:

Esta es ... es... ésta es Nieves... la nueva amiga de don... del jefe...

El contacto, los vapores y la voz procedían del individuo sin nombre que te había traído hasta allí. Las palabras iban dirigidas a la mujer que abrió la puerta y luego hubo de retroceder dos pasos para haceros sitio en el zaguán.

Durante el trayecto en el taxi el individuo había terminado de beberse el contenido de una botella aplastada que a cada poco sacaba del bolsillo trasero del pantalón. Estaba completamente borracho y más que hablar farfullaba. No recuerdas bien cómo se quitó de en medio pero sí te ha quedado grabada en la memoria la expresión maternal de Rafi cuando exclamó, como regañándolo:

¡Pero tan joven!, si es una niña.

*

Cayo continuó después de un segundo carraspeo más enérgico que el primero:

Para que ella se ponga al día he traído escrito un resumen de lo que ya os he contado otras veces. Nieves va a leerlo en voz alta...,

Los dos chicos que cortejaban a la misma chica se levantaron y regresaron con ella al sofácama, cuando ésta llegue al episodio final del domingo pasado nos avisas, le dijo uno de ellos a Cayo sin mirarte siquiera. La portavoz del trío de chicas volvió a decir que se estaban aburriendo y que además no se acordaban bien del principio de la historia,

... entonces mejor todavía, enseguida entraréis en situación porque el resumen comienza en Don Manuel, mi bisabuelo...

Era una asquerosa encerrona, pero resististe: te daba más corte escapar corriendo de allí que arrancarte a leer. Empezaste nerviosa; sin embargo, lo que aquellas niñas pitangas y el señoritingo Cayo no podían imaginar era lo antiguo de tu pasión por la lectura.

*

Escuchaste más de una vez los comentarios malintencionados de las vecinas por lo poco que te parecías a tu madre: las facciones duras, la piel de cartón, la figura sarmentosa de la mayor, poco tien’n que ver con el cutis de melocotón y el cuerpo gentil de la niña, decía la más ilustrada.

Lo cierto es que mientras ella, tu madre, se consolaba en la fe, tú te abrías a todos los canales por donde podías absorber vida y libertad. Enseguida comprobaste que mostrar entusiasmo por las cosas que ella hacía tenía muchas ventajas. Pero no entendías para qué iba a misa. Se lo preguntaste y te dijo que porque sí, y que cuando cumplieras siete años tendrías que acompañarla porque faltar un solo domingo era pecado mortal. Te sujetaba por los hombros y te sacudía como si fueras un saco. Entonces, para librarte, le pediste que te llevara ya y así no tenía que dejarte al cuidado de la vecina. Lo que no te atreviste a preguntarle fue si la vecina no pecaba cuando faltaba a misa para cuidar de ti y se quedaba todo el tiempo enchufada a la tele de tu casa.

Desde el primer domingo que acompañaste a tu madre te diste cuenta de que ella deseaba demostrar la relación con el sacerdote que la distinguía de las otras mujeres, y que te alcanzaba también a ti aunque fueras una niña. Pero el simple hecho de pararse a saludar al cura en la puerta de la ermita, donde él siempre esperaba unos minutos antes de vestirse para la misa, la intimidaba. Sólo era capaz de agachar la cabeza, musitando alabado sea Dios mientras avivaba el paso para no perder un sitio en el último banco. Entonces decidiste actuar por tu cuenta. Al primer descuido escapaste corriendo y te colaste por una puerta trasera que daba a la pequeña habitación utilizada como sacristía. Acabada la misa, cuando entró el cura seguido de tu madre, ella no acertaba a expresarse para justificar el desafuero. Allí estabas, acurrucada, sentada en un taburete diminuto, abierto en tu regazo uno de los libros más grandes que pudiste alcanzar. Durante años nadie había reparado en los 'tesoros' de la sacristía. Una sonrisa alumbró el rostro del cura al verte casi tapada por una edición ilustrada de Las Metamorfosis de Ovidio.

Las estampas son muy bonitas... empezabas a decir cuando tu madre te quitó el libro de encima sin dejarte terminar.

De un tirón te levantó del taburete y saliste de allí en volandas. Sus confusas palabras de disculpa chocaron con la invitación del cura:

María, yo puedo bajar un rato los martes por la tarde. Trae a la niña, la enseñaré a leer y eso habrá ganado cuando la lleves a la escuela.

*

Cayo te alargó el primero de los folios que había sacado de no sabías dónde,

... ve leyendo esto para empezar, a ver qué tal se te da.

Si te quedaba alguna duda de lo que tenías que hacer, la disolvió el tono de reto condescendiente que notaste dirigido a las otras chicas, al que ellas respondieron con risitas tontas que cesaron nada más empezaste a declamar:

»Don Manuel fue un prócer. Doctor en Derecho y en Filosofía aceptó suplir en la Universidad catalana a un colega y amigo que no lograba sanar de una rara enfermedad. Fue bien recibido en los círculos de la burguesía textil, que no hacía ascos al barniz cultural para sus hijas casaderas sobre todo cuando éstas eran más bien feas. Don Manuel casó con Montserrat, terminó el curso, y la suplencia con él. De inmediato regresó a la capital del reino, donde doña Montse le dio doce hijos en menos de diez años. Él estaba a punto de sellar su tercera carrera, las Ciencias Exactas, cuando la tara que ocultaba, disimulada en familia por la partida de cartas del domingo, la 'manuelina', lo arrastró hacia su prematuro final. Las dos horas de ruleta del sábadonoche, en el salón clandestino del club de próceres, terminaron por llevarse hasta el último céntimo de su magro patrimonio.

Un día de febrero volvió a casa de madrugada, un poco más tarde que las noches de otros sábados. Durmió hasta pasadas las diez, se vistió con más parsimonia que de costumbre y salió sin desayunar ni pronunciar palabra. No había sido esa su manera de comportase los 520 domingos que ya duraba su matrimonio, pero a su esposa, que lo vio de espaldas al salir, más que su mutismo le extrañó realmente notar que olvidaba el sombrero. Doña Montse presintió en aquel olvido la marca del desahucio. Y acertó. El prócer se dirigía al nosocomio de las afueras de la ciudad. Allí había previsto asilarse desde mucho tiempo antes, desde que se convenció de que su 'mal' no tenía cura. Llegó a pie, algo deslucido su atuendo por el polvo de la larga caminata, pero sin otra nota insólita, para aquellos tiempos, que la cabeza descubierta. En aquel lugar siniestro había depositado la cantidad de dinero que calculó necesaria para amortizar su vida. Así lo había razonado con el director de la institución hasta convencerlo. Sus cálculos no debieron defraudar al funcionario del ominoso centro, porque a los tres días le sobrevino a don Manuel el tranquilo patatús que saldaba su cuenta dejando un sabroso superávit. Su catalana esposa, mi bisabuela, madre gestante de Antonio José, mi abuelo, ya había empezado a intranquilizarse por la ausencia de noticias. A la zozobra del desconocimiento puso fin el recibo puntual del nosocomio, comunicándole el deceso. La nota oficial venía acompañada de otra, en sobre aparte y sellado con lacre, que decía: ‘Sento emportarme la clau del rebost, però sé que t’apanyaràs. Fins aviat, Manuel’

Despedirse en catalán fue el último homenaje que al prócer se le ocurrió, pensando quizás que el idioma endulzaría un poco el mal trago a su doña.

Viuda con doce hijos y tres cuartos del póstumo, alertó a los mayores de la tribu sobre lo que les había caído encima. Puso también mucho de su parte para afrontar la situación con éxito. Consiguió un nuevo marido, el que fue llamado ‘tío Nonato’, un actuario de seguros que había llevado en vida del prócer los papeles de la familia.«

Ahí terminaba el folio. Lo habías leído con un sentimiento de admiración creciente. Las tres chicas intercambiaron gestos y otras risitas, pero en un tono distinto al de antes. Te miraron a ti, después a Cayo y luego otra vez a ti. Una preguntó qué era eso de la clau del rebost. Cayo se adelantó a contestar que la llave de la despensa. Tú ignorabas aún lo que a ellas les pareció evidente: que acababas de enamorarte.

*

Tuviste que sorberte las lágrimas para que él no te preguntara; no estabas preparada todavía para contestarle. Podrías haberle dicho que te habías lastimado la espalda en la sacudida del último bache que hizo crujir toda la chapa del autobús, pero no te habría creído. Te abrazaba y sostenía con tanta ternura que su cuerpo era una coraza mullida contra cualquier golpe. Sentías su cuerpo pero no veías su semblante. Tratabas de adivinarlo reflejado en la ventanilla lateral de los asientos de delante, pero sólo cientos de olivos cortados por destellos de sol te devolvían su imagen... como si fueran un solo árbol.

Nadie había sabido decirte cuándo se plantó el gran árbol que dejabas atrás. Era vuestro talismán, el tótem —palabra que aprenderías después— al que tú consagrabas el regreso, e imaginabas que Teresa y Ramón también.

Los más viejos del lugar aseguraban que el gran árbol siempre estuvo allí, que desde el amanecer su sombra guardaba las tumbas del ruinoso cementerio, que de niños ya jugaban a su alrededor y que se refugiaban debajo cuando estallaba la tormenta. Quizás se lo inventaban, pero no por malicia; era simplemente que no estaban seguros de sus recuerdos. De todos modos, las historias que los viejos contaban habían dejado de ser artículo de fe para ti y para los pocos jóvenes que todavía quedaban en la aldea. La ciudad no fue la quimera de la infancia de Ramón; sí de la tuya.

No se volvería a presentar una ocasión parecida. No quiero aprovecharme de la enfermedad de la tía, quiero decir de tu madre, le dijiste a Ramón. Luego empleaste a fondo tus encantos y añadiste (todo te parecía poco) una dosis de misterio. Habías leído bastante para adaptar fragmentos inconexos de Las Metamorfosis a las necesidades de tu plan.

»Antes de pensar definitivamente en marchar, tenemos que ir los tres al gran árbol para hacer juramento, y tiene que ser al amanecer, en el instante en que salga el sol...«

A tu madre le dijiste que la tía te necesitaba, lo que en parte era cierto. Ella ya sabía por una vecina que su hermana había caído enferma, pero esperaba conocer si era grave y hasta dónde le había subido la fiebre, porque caminar hasta el viejo molino le estaba vedado. Sus piernas no daban para tanto, y el señor cura ya la había dispensado en una confesión cuando la absolvió de una antigua falta parecida.


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