Excerpt for Vidas Vulnerables by Pablo Simonetti, available in its entirety at Smashwords

Vidas Vulnerables

By Pablo Simonetti

Smashwords Edition

Copyright 1999 Pablo Simonetti


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© 1999 Pablo Simonetti

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Pablo Simonetti















Vidas Vulnerables















Crabapps (Chile)

Índice

Pablo Simonetti

Los jardines de Bóboli

Bodas de oro

Final de finales

El baile

Amor virtual

Sin compasión

Impar

Nevada

Peter Faraday

El collar de corales

Agradecimiento

Pablo Simonetti

Chile, 1961



Con formación de ingeniero, a partir de 1996 se dedicó por entero a la literatura. Sus cuentos se reunieron en un volumen publicado como Vidas vulnerables (1999), con el que obtiene la Mención Especial del Premio Municipal de Santiago de Chile. Sus dos novelas publicadas Madre que estás en los cielos, y La razón de los amantes han sido aclamadas por la crítica y los lectores.

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A Eugenio Cox

Los Jardines del Bóboli



Se iniciaba el feriado de Todos los Santos y la ciudad de Florencia bullía. Entre la festiva multitud se hallaban Andrés y Susana, una pareja de chilenos en luna de miel. Habían llegado desde Roma esa noche. Luego de dejar las maletas en su habitación, salieron en busca de un restaurante en las cercanías del hotel, en el barrio de Oltrarno. En ninguno encontraron una mesa disponible. Decidieron esperar su turno en Camillo, al final del borgo San Jacopo. La idea de sentarse frente a su marido reconfortó a Susana; quizá en esa ocasión podrían conversar con mayor tranquilidad.

En Roma, los momentos de intimidad habían sido escasos. El deseo de Andrés de visitar cuanto fuera posible los llevaba de un lugar a otro sin descanso. Por primera vez en Europa, iba lleno de ansiedad tras las obras que reemplazaran las imágenes que traía en su mente, seguro de que la realidad superaría con creces el cúmulo de fantasías sobre artistas, palacios y catedrales que había alimentado junto a su pasión por la arquitectura. Susana valoraba la belleza de cada sitio, aunque hubiera preferido detenerse de vez en cuando a pasar un rato agradable en alguna terraza. No le acomodaba ese tipo de turismo que recorre lugares, fechas y nombres como si se tratara de un imperativo. Cada tarde después de una jornada extenuante, ansiaba llegar al hotel para sacarse los zapatos y descansar. Andrés juzgaba mal su actitud. Creía que su necesidad de sentarse a almorzar o de pasar por el hotel antes de ir a cenar, eran vicios de su educación de niña rica. No conseguía olvidar lo ocurrido en la Capilla Sixtina. Habían llegado hasta ahí pasadas las dos de la tarde, después de recorrer la Catedral de San Pedro y los museos vaticanos. En medio del gentío murmurante, mientras admiraba la célebre bóveda pintada por Miguel Ángel, bajó la vista para buscar en su guía el nombre de un profeta ataviado con una vistosa túnica verde. Su mirada pasó por una Susana distraída que se alisaba las arrugas de la falda. Su mente se demoró un momento en procesar la escena.

—Susana, ¿qué pasa?

—Nada —dijo ella como si hubiera sido sorprendida en falta.

—Tienes cara de cansada.

—Tengo hambre, ¿por qué no vamos a almorzar?

—De aquí nos vamos a almorzar.

—Eso ya lo sé, pero podrías apurarte, estoy un poco mareada.

No podía creer que Susana no se sintiera estimulada por la magnificencia de los frescos. Llegó a pensar que ella recorría Roma sólo por acompañarlo y no por su propia motivación. Se demoró otros diez minutos en su recorrido, cada vez más consciente de la impaciencia de su mujer y de su propio enojo.

La anfitriona del Restaurante Camillo los invitó a ocupar una mesa próxima al bar y la puerta de entrada. Era un lugar sencillo, con techos combados al estilo de un bodegón de vinos, mesas de mantel blanco, estuco italiano en las paredes y un piso recubierto de pequeñas baldosas, blancas y negras. Andrés se sumergió de inmediato en la carta. Susana, en cambio, miraba a su alrededor molesta por la mesa que les había tocado. Hubiera preferido algo más íntimo, con menos luz. Los mozos gritaban sus órdenes al barman por encima de su cabeza y cada diez segundos se presentaba en la puerta algún desafortunado preguntando por una mesa.

—Me encantan los restaurantes llenos de gente, me siento como en una fiesta —dijo Andrés con el entusiasmo dibujado en el rostro.

—A mí también, pero cuando nos toca una buena mesa. Aquí nos vamos a resfriar.

—Bueno, Susana, por esta vez no importa, mañana haremos reservaciones.

El reproche infiltraba el tono de voz de uno y otro.

—Es imposible conversar con tanto grito y movimiento de gente.

—Si quieres te sientas aquí, así puedes olvidarte de la puerta.

—No, sería peor, me daría la corriente en la espalda.

Trajeron el vino y se inició, como había sucedido cada noche durante el viaje, el rito de la leve embriaguez, de las conversaciones circunstanciales, de los calificativos de admiración: qué buen pan, estos agnolotti están deliciosos, me encantó el Ponte Vecchio. Susana aguardaba impaciente el momento de volver al hotel. Andrés engullía todo lo que le ponían por delante sin pérdida de tiempo.

Una vez en la habitación, la joven volvió a sentirse en sus dominios. Se deshizo del vestido y se tendió sobre la cama de bronce. Sintió un placer enorme al ver a su marido asomarse a su cuerpo desnudo como a un abismo. Se abandonó poco a poco, en esos terrenos era su ritmo el que imperaba. Una repentina sincronía surgió entre ellos, como si sus cuerpos fuesen más sabios que sus mentes.

Susana albergó la esperanza de que la culminación en el amor contagiaría el resto de la noche. Presintió que el cuarto se llenaría de complicidades, de tenues risas, de pequeñas indulgencias. Andrés fue al baño y a su regreso tomó del velador la guía turística de Florencia. Susana quedó atónita. Se premunió de una revista para ocultar la expresión de su rostro. Andrés dio inicio a una letanía acerca de los distintos recorridos que podrían emprender al día siguiente. Ella hizo caso omiso de las interpelaciones de su marido. Cuando apagaron la luz, el itinerario matutino estaba planificado hasta en sus más mínimos detalles.

Bajaron a tomar desayuno a las nueve de la mañana. Alojaban en un hotel familiar con vista al río Arno y a los elegantes edificios de la ribera norte. El comedor se volcaba hacia el río a través de grandes ventanales. La luz granulosa de la mañana le daba una atmósfera de plenitud al salón. En el techo, un cielo azul rodeado de nubes esponjosas contenía una corte de ángeles elevando cánticos hacia un haz de luz que surgía desde el centro del fresco. En una de las mesas junto al ventanal, un anciano vestido con traje de tweed leía el diario. El sol lo iluminaba a él y a una silla de junco donde descansaba su sombrero. La cubierta de la mesa no recibía luz directa, pero se podía inferir la existencia de una taza de café gracias al vapor que se enhebraba en los rayos de sol que cruzaban sobre ella.

La pareja de recién casados eligió una mesa con vista, vecina al plácido lector. Los atendió la señora Luisetta, dueña del hotel:

Buon giorno, signori, tè o caffè? —dijo la mujer con una sonrisa amplia y las manos entrelazadas a la altura del pecho. Movía los ojos de un lado a otro, intentando adivinar quién sería su primer interlocutor.

Caffè per me e tè per la signora —dijo Andrés, haciendo gala de su buen italiano. Estaba atento a cualquier oportunidad para usarlo. Sus abuelos habían nacido en Italia y de niño su madre le hablaba en ese idioma cuando se encontraba alegre.

Al latte o al limone?

Susana ya conocía la convención: en Italia se tomaba el té con una pizca de leche fría o con una cáscara de limón.

Al limone, per piacere.

Aguardaron la llegada del desayuno en silencio. Andrés miraba hacia el río e intentaba descifrar el destino de quienes caminaban por la ribera opuesta. Fantaseó con curadores de museos, jóvenes artistas becados por poderosas universidades, anticuarios, algún arquitecto en camino a su taller situado en el segundo piso de un edificio renacentista. A diferencia de su marido, la atención de Susana se posó en su entorno más cercano. Le agradó el aroma del mantel recién planchado y el sol en su espalda le brindó una sensación de cobijo. Se detuvo a contemplar a Andrés con sus treinta y un años y no tuvo dudas de cuánto lo quería. Le gustaba que el brillo de sus ojos despertara una expresión infantil en sus facciones varoniles. Llegó el desayuno: jugo de naranja, té y café, pan, mermelada, jamón y tomates pomarola. Susana tomó el vaso de jugo para comprobar con el primer sorbo que era envasado; habría esperado que al menos en ese hotel fuese natural. Era una mujer pálida, de aspecto melancólico. Su pelo rubio enmarcaba un par de mejillas redondeadas y sus ojos verdes aparecían a intervalos, la mayor parte del tiempo a medio cubrir por la amplitud de sus párpados. Era alta, más alta que Andrés. Su cuello estilizado le confería un aire distinguido. Esa mañana llevaba un vestido floreado que caía hasta los tobillos. Tomó uno de los tomates y lo partió por la mitad. Eran deliciosos. Frescos. Dulces. Reflexionó acerca del anciano en la mesa contigua con una mezcla de desconcierto y admiración. Ella no se habría atrevido a viajar sola y ese señor parecía hacerlo sin sobresaltos a pesar de sus años. A ojos de Susana el hombre estaba tranquilo y feliz, abandonado a su lectura.

—Hoy vamos a ir al Duomo, a la Santa Croce, al Palazzo Vecchio y a los museos del Pitti —dijo Andrés limpiándose la boca con la servilleta.

Su expresión estaba llena de significado. Parecía decir: hoy es un día importante para mí, son muchas las cosas que tenemos que ver; por favor, hazte el ánimo.

—Andrés, estamos de luna de miel; este no es un paseo de curso, ni nuestro último viaje a Europa. Por favor, tratemos de pasarlo bien y no saturarnos de iglesias.

—No te entiendo realmente —Andrés pestañeaba con la servilleta aún entre sus manos—, estamos en Florencia y piensas que recorrerla con interés es incompatible con la posibilidad de pasarlo bien.

—No es eso, Andrés, sabes que no me refiero a eso. Sólo quiero que nos demos el tiempo para estar juntos y tomarnos un café tranquilos.

Él no podía ignorar aquel impulso instintivo que lo llevaba a evitar situaciones de esa índole, tal vez por miedo a no satisfacer las esperanzas de complicidad que su mujer se había hecho. Volcarse a las calles había sido su forma de evasión durante el viaje; sin embargo, había visto frustradas sus expectativas. Las obras cumbres de la civilización occidental se aglomeraban en su memoria como un anárquico teatro de impresiones. Constatar este hecho acrecentaba su ansiedad de marchar hacia el próximo destino con la ilusión de vivir una experiencia que lo satisficiera. Sin poder traducir a palabras estos pensamientos, respondió:

—Está bien, hablemos en el camino, son más de las nueve y media.

Se detuvieron ante la primera visión completa del Duomo, la catedral. Andrés intentó absorber la totalidad del imponente edificio y cada detalle al mismo tiempo. Deseaba emocionarse con la ambiciosa arquitectura, las cúpulas, las texturas de los mármoles. Sin embargo, su visión estaba invadida por la rigidez de una postal.

Ingresaron al templo por una de las puertas laterales. Ya en la nave principal se vieron rodeados por la multitud. Resurgieron en Susana las mismas sensaciones que había experimentado en la basílica de San Pedro en Roma. Al entrar en aquellos templos formidables era incapaz de permanecer indiferente. El ascetismo de los arcos ojivales le trajo imágenes de religiosos encapuchados rezando a la gloria de Dios. El murmullo de la marea de turistas poseía el germen de un canto gregoriano. Lo quisiera o no, cada una de las cosas ahí representadas formaba parte de su tradición católica. Desde niña le enseñaron a respetar la autoridad del Papa, a seguir el ejemplo de santos y mártires, a reverenciar a la Virgen María. Poco importaba ahora que al conocer a Andrés, hubiera dejado de asistir a misa los domingos y hubiese hecho suyo el rechazo de la Iglesia como intermediaria entre Dios y el hombre. Una vez bajo la cúpula central, la sensación de orfandad se expandió a todo su ser. En la superficie curva se hallaba representado el Juicio Final. Revivió la angustia que había sufrido en la Capilla Sixtina al ver el mismo motivo representado en el altar. Aquella vez tuvo que sacar la vista del fresco, estremecida por la crueldad de las imágenes. Ahora sus ojos volvían a clavarse en los condenados. El diablo, con cuernos, cola y ojos incandescentes, se deleitaba en su labor. El rostro despavorido del infeliz que era arrastrado con el tridente, la horrorizó. Sólo la voz de Andrés logró sacarla de su ensimismamiento; al parecer, le decía que el fresco había sido pintado por Vasari.

Llegaron a la iglesia de la Santa Croce poco antes de las doce. Andrés le aconsejó a su mujer ver las tumbas de algunos grandes de la historia italiana, situadas en las naves laterales. Ella inició su recorrido: Michelangelo, Maquiavelo, Rossini. No había terminado con la nave derecha cuando vio a Andrés regresar de un recorrido completo. Las campanas comenzaron a sonar. Cada repique retumbó en el corazón de Susana como una llamada de Dios. Un hombrecillo de traje oscuro cerró con gruesos cordones de felpa el acceso al grupo de bancos más cercanos al altar. Unas diez mujeres coronadas con velos de encaje negro se distribuyeron en las primeras filas. Una de ellas inició el rosario y las demás se adueñaron del espacio respondiendo a la oración con voz estentórea. En el altar, un acólito vestido con bata blanca y capa roja comprobaba que todo estuviera en su sitio.

—Andrés, hay misa —dijo ella en voz baja.

—Sí, parece; mejor vámonos —sugirió él en el mismo tono de voz.

—Me gustaría quedarme.

—¿A misa? —inquirió él con un pequeño sobresalto. Ambos miraron a su alrededor para cerciorarse de que nadie los escuchaba.

—Sí, a misa —dijo Susana enfática, como una manera de sentirse más segura de su proposición.

Andrés se quedó mirándola. Este tema lo habían desmenuzado en antiguas conversaciones. Interpretó el hecho como un pretexto: deseaba retenerlo junto a ella durante una hora. Quiso demostrarle su enojo, pero tuvo conciencia de que un entredicho en ese momento sería inoportuno. Volvió a intentar el camino de la conciliación:

—Susana, hace quince años que no voy a misa.

—Lo sé, pero no te cuesta nada acompañarme. Además, la ceremonia debe valer la pena.

El crujido de una puerta anunció la aparición del oficiante desde la lejana sacristía. Dirigieron hacia él las miradas y el órgano exhaló sus primeros acordes. Las beatas se pusieron de pie con estrépito. Una vez en el altar, el sacerdote se inclinó frente al Santísimo para luego besar la mesa con solemnidad, como si en ese preciso instante hubiera dejado su apuro terrenal para ingresar al tiempo eterno de los cielos.

—Me aburre demasiado la idea, Susana —dijo Andrés en voz aún más baja—. Si quieres te quedas. Mientras tanto yo puedo ir al museo del Barghello que está aquí cerca.

—Está claro que no podemos hacer nada juntos —protestó ella.

—Susana...

—Puedes ir donde quieras, yo me voy a quedar aquí —sentenció y fue hacia los bancos del sector acordonado, cuya entrada custodiaba el hombrecillo. Avanzó despacio para darle la oportunidad a su marido de alcanzarla. De pie sobre la superficie irregular de la tumba a ras de suelo de algún ilustre, Andrés se debatió entre preservar el delicado equilibrio, quedándose a la ceremonia, o dejar que Susana se las arreglara con sus caprichos, marchándose al museo. Giró sobre sí mismo y se dirigió a la salida. Durante el giro convergieron en su mente el miedo a los reproches de su mujer y una sensación de victoria. Sin duda era mayor esta última.

Susana se encandiló al abandonar la penumbra de la Santa Croce. La misa había durado unos cuarenta minutos. Andrés no estaba a la vista. Tuvo el impulso de llorar. Es una ciudad pequeña, se dijo para tranquilizarse, caminaría hasta la primera calle con tráfico de automóviles y tomaría un taxi de vuelta al hotel, ¿cómo se llamaba?… ¡Ah! Lungarno. Peldaño tras peldaño, la escalinata que descendía desde la iglesia al plano de la plaza fue infundiéndole valor. Trató de recordar la callejuela por la que habían llegado; en esa dirección se hallaba el centro de la ciudad. Cuando ya estaba por abandonar la explanada oyó el grito de Andrés, que corría hacia ella.

—Casi te pierdo, estaba leyendo en la escalera de la iglesia y no me di cuenta de que la misa había terminado. Te vi por casualidad… Perdona —dijo Andrés acezando.

—Siempre me ha sorprendido la facilidad con que pides perdón —replicó ella retomando su camino.

—¡Susana! —gritó él—, no es por allá, es por acá.

Durante el almuerzo en una terraza, Susana estuvo atenta a oír sus disculpas; esperaba ese momento para ametrallarlo con recriminaciones. Su marido permaneció en silencio comiendo un panino de prosciutto y mozzarella. Tomaron un café expreso y emprendieron la marcha hacia el Palacio Pitti. Al ver el edificio alzarse ante sus ojos, Susana se sintió presa del desaliento. Era gigantesco, más grande que todos los que había visto en Roma y también en Florencia. No soportó la idea de visitarlo. Su marido le mostró en la guía los cinco museos que existían en el interior para que eligiera por cuál empezar. Respiró aliviada al descubrir que la guía destacaba los jardines como uno de los puntos más interesantes del palacio: los Jardines del Bóboli.

—Vamos al parque.

—¿Al parque? Estás cada vez más rara.

Andrés advirtió la imposibilidad de seguir filtrando su enojo, las palabras se le habían escapado de la boca.

—Sabes que me encantan los jardines. Aquí dice que vale la pena visitarlos —agregó ella indicándole la guía.

—Está bien, vamos, haremos lo que tú digas.

Ascendieron la colina sobre la cual se extendía el parque. Al llegar a la cima, se sentaron junto una fuente de agua a recuperar el aire. Un espléndido panorama de la ciudad se desplegaba ante sus ojos. Andrés quería llegar pronto a la laguna del islote, hito insoslayable según la guía. Dejó pasar un tiempo de cortesía, ayudó a su mujer a ponerse de pie y comenzaron a bajar hacia el poniente. El alma encogida de Susana se expandió al contemplar la perspectiva del ancho paseo. Una secuencia de estatuas y cipreses toscanos en los flancos lo llenaba de señorío. La avenida descendía hasta la laguna y desde la altura era posible distinguir la estatua del dios Océano, acompañada de naranjos y mandarinos, sobre una fuente situada en el islote central. El dios, desde su enaltecida posición, parecía gobernar con el gesto imperativo de su brazo los destinos de las corrientes marinas, las cuales cabalgaban sobre briosos caballos que emergían del agua. Ese dios parecía ordenar el retiro de los pesares de Susana.

Andrés, aún molesto, buscó distracción en la tarea de descifrar algunos de los nombres inscritos al pie de las estatuas. De pronto percibió el murmullo de los árboles peinados por la brisa. La fragancia ácida de los cipreses se le coló por la nariz. Las estatuas quietas, el silencio, el sol filtrado entre los árboles, una nueva onda de brisa. No sabía qué le estaba sucediendo, tuvo la impresión de que se detenía el paso del tiempo. Las estatuas parecían estar ahí, exánimes y eternas, para escuchar los sonidos del parque para siempre. Su molestia se había transformado a esas alturas en tristeza, en una desgarrada nostalgia que no le era desconocida. Tuvo la sensación de que ese sentimiento lo acompañaba desde los inicios de su vida. Oculto a veces, es cierto, pero tan particularmente suyo que si hubiera podido registrar su sonido habría sido idéntico al de su propio nombre.

Al llegar a la rotonda que circundaba la laguna, el sol poniente del otoño los recibió con indulgencia. Sintieron la tibieza de la tarde en sus músculos y los compases del agua les trajeron un momento de calma. Eligieron un banco que recibía el sol. Se acomodaron sobre la superficie de piedra, Andrés hacia un lado, Susana hacia el otro, apoyados mutuamente en sus espaldas. El lugar estaba vacío a excepción de un caballero de traje y sombrero apoyado en su bastón al otro lado de la laguna. Andrés lo reconoció enseguida: era su vecino en el desayuno. Deseó alcanzar la paz que brotaba de aquel hombre solitario. Susana tomó la guía de la ciudad y comenzó a hojearla, a la espera de una palabra de Andrés que rompiera el silencio. Fue entonces que notó la presencia de un gato atigrado. Lo observó con detención. Ignorándolos por completo, el animal terminaba de limpiar el habitáculo que había despejado para él entre los arbustos que se alzaban detrás del banco. Parecía dudar acerca de cuál posición tomar para asolearse. Susana palmeó el hombro de su marido. Andrés se quedó contemplándolo hasta que el gato alcanzó su posición definitiva con un resoplido satisfecho.

—No cabe ninguna duda de que lo está pasando bien —comentó volviéndose hacia ella. El tono de su voz dejó escapar su abatimiento.

—El único problema en su existencia es decidir para qué lado ponerse —dijo Susana mirando a su marido a los ojos.

Andrés descorrió un mechón de pelo que caía sobre el rostro de su mujer. Volvieron la vista hacia la laguna y se tomaron de la mano. De los ojos de Susana escurrieron un par de lágrimas. Él la abrazó por la cintura, le dio un beso en la mejilla húmeda y le preguntó con verdadera ternura:

—¿Para qué lado quieres ponerte?

Susana sonrió agradecida. Se recostaron ambos con la cabeza hacia el norte, ella adelante recibiendo el sol, Andrés atrás, cobijándola. A su alrededor, más arriba, la superficie formada por las copas de los árboles, movida por las rachas del suave viento, semejaba un inmenso mar verde atravesado por amplias olas grises. Seguramente se quedaron dormidos.

 Bodas de oro



—No les traemos ningún regalo —advirtió Sofía.

—No importa... Van a estar felices de vernos —dije para tranquilizarla y, de paso, infundirme valor.

—¿Qué irán a decir tus hermanos?

—¿Remo y Julio? Qué van a decir… nada. No es su casa ni su aniversario.

Viajábamos en un taxi. La silueta del cerro Manquehue se recortó sobre el fondo de esa fría noche de mayo. Desde siempre, aquella formación me había sugerido el perfil de un gigantesco submarino emergiendo de las profundidades de la tierra. En la proa de esa nave imaginaria se esparcían las casas del exclusivo barrio de Lo Curro.

Revisé mentalmente nuestros atuendos ocultos bajo los abrigos. Aunque sencillos, no había fallos. Traía puesto mi traje azul y unos zapatos que, a pesar de estar algo viejos, lucían bien lustrados. Sofía me había sorprendido con un vestido celeste, sobrio y elegante. Un par de aros de bisutería asomaban bajo su melena negra. Su rostro parecía relucir al interior de la oscura cabina del taxi.

Llegado un punto, el macizo se convirtió en una muralla vertical que encubría el cielo nocturno. Al tomar el camino de ascensión, distinguí la casa de mis padres. Montada en una saliente, la versión criolla de una villa italiana resaltaba envuelta en una iluminación despampanante. Fue entonces cuando la relativa tranquilidad que reinaba en mi ánimo desapareció de golpe. Me sentí disminuido frente a la arrogante mansión como ante el recuerdo de mi padre. Las imágenes de una noche vivida hacía más de diez años arrasó con todos mis demás pensamientos. Vi a mi padre en su escritorio, sentado en su butaca de cuero, con una cantidad de papeles desplegados sobre la mesa y los quevedos en la punta de la nariz. Hablaba calmosamente con su acento italiano mientras contraía de vez en cuando sus poderosos puños cubiertos de vello. Movía los ojos de un documento a otro en un despliegue de razonamiento impecable. Exponía en detalle y con voz neutra la forma en que había llegado a su descubrimiento.

Me volqué hacia la ventanilla del taxi sin prestar atención a lo que pasaba frente a mis ojos. En tres o cuatro ocasiones estuve a punto de pedirle al chofer que regresara. Me recriminé por seguir el impulso que me había asaltado mientras comía con mi mujer. Había sido presa de un insoportable sentimiento de soledad y marginación. Sentí que debía participar, que nadie podía negarme el derecho de estar presente en las bodas de oro de mis padres. A fin de cuentas eran mis padres, mi lugar, mi origen. Para vencer la cerrada oposición de Sofía, dejé a un lado mis propias vacilaciones y argüí que era una buena oportunidad para superar de una vez por todas la vieja discordia, seguro de que ese argumento tendría eco en su corazón.

Alcanzamos un plano. Los destellos de la ciudad se propagaban hasta los pies de la invisible cordillera. Me pregunté si al contemplar mi padre ese inmenso mar de luces, intentaría alguna vez adivinar el lugar donde yo vivía. Tomamos una calle estrecha que reiniciaba el ascenso. La senda cubierta por frondosos eucaliptos cobró en mi mente el aspecto de un túnel de regreso al pasado. Me acercaba a gran velocidad a las imágenes de mi padre y mi madre esperándome en la boca del túnel, como si la agitada realidad irrumpiera en los tranquilos llanos de la memoria. Nos detuvimos frente al número 147 de la Vía Roja. La villa se descolgaba ladera abajo. Tuve el impulso de salir del taxi.

—Espera, entremos en auto. No soy capaz de bajar con estos tacos —dijo Sofía reteniéndome del brazo—. Déjenos en la puerta, por favor —le indicó al chofer.

El guardia que custodiaba la entrada se inclinó para ver hacia el interior del automóvil y nos dio el pase con un teatral gesto de su brazo. Me recordó el gusto de mi familia por rodearse de cierto ceremonial. A medida que descendíamos por el empinado sendero flanqueado de antorchas, me aferré al asiento para combatir la sensación de estar cayendo a un precipicio. El taxi se detuvo. Un patio adoquinado con una fuente en medio nos separaba de la puerta. Yo continuaba aferrado al asiento.

—Carlos, ¿tienes dinero? —oí decir a Sofía como si me hablara desde lejos.

No respondí. El taxista asomó la cabeza entre los respaldos de los asientos delanteros.

—Vámonos de aquí —dije con voz grave y plana.

—¿Qué? —exclamó Sofía orientando su cuerpo hacia mí de un salto. Entre murmullos de protesta, comenzó a hurgar en su cartera. Dio un suspiro al encontrar un billete. Al tiempo que pagaba, dijo concluyente:

—Ya hicimos todo el esfuerzo. Ahora nos quedamos.

Se inclinó sobre mí para abrir la puerta y me obligó a descender del auto. Ya abajo, se tomó de mi brazo y me impulsó a avanzar.

Un mozo nos abrió la puerta antes de tocar. Sentí arder las mejillas al entrar en contacto con la atmósfera recalentada del vestíbulo. El icono ruso que había visto cientos de veces, me despertó del estado de inconsciencia. Vi al hombre dirigirse con nuestros abrigos hacia los dormitorios. Me molestó la soltura con que el empleado se movía por la casa, en vivo contraste con mi propia incomodidad. En otros tiempos había sentido esa casa como mía. Rememoré mis visitas después de la fábrica, cuando asaltaba el refrigerador en busca de alguna delicatessen que nunca faltaba, y los almuerzos de los sábados con sus siestas apacibles en las sombrías piezas al final del ala de los dormitorios.

El mozo nos informó que la misa había comenzado hacía un rato. Avanzamos por el vestíbulo que descendía en varios niveles hasta las puertas vidriadas que llevaban al jardín. El perfil irregular de la numerosa concurrencia dispuesta en semicírculo nos impidió una visión despejada del altar. Calculé que habría más de doscientas personas. Una carpa blanca entoldaba la mayor parte del jardín y un sinnúmero de calefactores a gas ardían en la periferia. La opulencia de mi familia me hizo sentir miserable. Me puse en puntillas para ver mejor. El corazón me dio un vuelco al ver a mis padres tomados de la mano, de pie frente al altar. Tuve la impresión de que se habían encogido con los años. De todas formas, la robusta estampa del viejo continuaba confiriéndole a mi madre un aspecto frágil, acentuado por el pelo teñido de blanco. No me gustó verla vestida de largo. Se me vinieron a la memoria las llamadas de mi madre durante los primeros años de separación para mantenerme informado de los sucesos familiares: el nacimiento de un nuevo sobrino, la muerte de alguien cercano, un viaje, un accidente. La hosquedad con que recibí lo que yo consideraba «su maternal manera de eludir la culpa» terminó por agotar su perseverancia. De todas formas, su sola visión me bastó para borrar de un plumazo el mal recuerdo. Por una fracción de segundo creí que no había dejado de quererme. Sin embargo, al instante siguiente sentí sobre el hombro la fría mirada con que me había acompañado hasta la puerta después de recibir la sentencia de mi padre.

La blancura del atavío del sacerdote, el tío Ángelo, y del mantel que cubría el altar improvisado, relumbraba en contraste con el oscuro macizo de arbustos que hacía las veces de ábside. Tres niños cruzaron corriendo frente a nosotros, en dirección a las mesas que se esparcían a mano derecha sobre la carpeta de pasto sintético. Una mujer de baja estatura que no alcanzaba a ver lo que ocurría en el altar, miró hacia atrás debido al alboroto. Los niños ya habían salido de su campo visual y a los únicos que encontró dentro de él fue a nosotros. Tuve la inconfortable sensación de que un par de focos acusatorios nos apuntaban. Nos examinó con descaro durante unos segundos; luego, su acompañante se inclinó para oír su cuchicheo. Mientras lo hacía, nos espiaba por el rabillo del ojo.

—Sofía, vámonos, no lo voy a soportar.

—Esa prima tuya fue siempre amargada —dijo en voz alta, sin miedo a ser escuchada—. Se debe haber alegrado mucho con todo el asunto. No la tomes en cuenta.

No comprendí la determinación que se había apoderado de Sofía. Su carácter orgulloso tal vez alentara su comportamiento, pero sin duda experimentaba la misma inseguridad que yo. Además, esa manera de actuar no se correspondía con su relativa distancia con la situación; al fin y al cabo, no era su familia directa. Me di cuenta del error: Sofía cerraba sus filas para no dar pie a su fragilidad, para robustecer su escasa aptitud para enfrentar cualquier conflicto de importancia. Comprendí que si ella se mostraba vulnerable, sería la primera en salir huyendo de ahí. Respiré hondo y agradecí tenerla a mi lado; su lealtad había sido inconmovible desde el principio. Estábamos juntos en la cama cuando recibió el llamado de mi madre. Luego de escuchar en silencio sus razones para no recibirla en adelante, había contestado sin alterarse: «No se preocupe, señora Marta, no nos verá más, ni a Carlos, ni a mí, ni a Cristián». Hubo protestas de parte de mi madre por la imposibilidad de ver a su nieto, pero Sofía nunca dio su brazo a torcer: «Si no puede vernos a nosotros, tampoco verá a Cristián», decía a cada nueva tentativa. En ningún momento dudó de mi versión de las cosas y había resistido estoicamente el alejamiento de los amigos y la estrechez económica que sobrevino. La fase más difícil fue cuando tuvimos que desprendernos de nuestras cosas y vender la casa de Vitacura para saldar parte de la deuda con la fábrica. Recordé un día en particular. Debíamos recoger los sobrantes del remate. Sofía recorrió en silencio cada una de las habitaciones desocupadas, como si fuera un museo al que nunca regresaría. Era el museo de sus recuerdos. Contemplaba la huella dejada por los cuadros en la pared, como si aún estuvieran ahí. En medio de ese doloroso trance, aquellos espectros eran más expresivos que lo que nunca fueron las pinturas.

El sonido de un órgano eléctrico interrumpió mi diálogo interno. Pocas voces se animaron a acompañar la melodía del Santo. Durante el saludo de la Paz, unos cuantos de la última fila indagaron si había alguien a sus espaldas a quien saludar. Entre ellos, un viejo amigo de mi padre nos hizo señas a la distancia. Mi prima no se volvió. Junto al altar, mis hermanos y sus familias se arremolinaron en torno a los festejados.

El tío Ángelo se aprestó a dar la comunión. El ruedo se rasgó por la mitad y en medio se formó una fila.

—Vamos a comulgar —dijo Sofía.

—No, quedémonos aquí —reaccioné, tomándola del brazo.

Hablábamos en el tono metálico de las voces sin resonancia.

—Quiero comulgar. No tengo nada de qué avergonzarme.

Se zafó de la tenaza y emprendió rumbo a la fila. Asaltado por la incertidumbre, fui tras ella. La tomé de la cintura para que supiera que la había seguido. La barbilla alzada y la vista al frente de Sofía me dieron la clave de cómo actuar. Cierta seguridad irrigó mi cuerpo a través del contacto de mis manos con su cintura. De todos modos, el ciempiés avanzaba más lento de lo que hubiera deseado. Creí oír a la gente murmurar a mi paso, imaginaba el estupor reflejado en sus rostros, como en un cuadro negro de Goya. ¿Habría alguien que se alegrara? Mi primo Daniel, de seguro.

Antes de salir al espacio abierto entre la masa de gente y el altar, advertí que mis padres estaban sentados en un par de sitiales a mano derecha. Me recordó mi matrimonio en la iglesia de los Santos Ángeles Custodios. Mis hermanos debían estar en las primeras filas. La fuerza de sus miradas se me hizo insoportablemente real. Pasé adelante con la misma determinación del que se lanza al vacío amarrado a una cuerda y grita como un loco para no escuchar los alaridos de su propio miedo. Miré hacia donde estaban mis padres. Sofía no sacaba los ojos de la nuca del que la precedía en la fila. Mi padre fue el primero en notar nuestra presencia. Tocar el brazo de mi madre, que rezaba cabizbaja con las manos tomadas, fue su único gesto visible. Esperé que ella alzara la vista, sin flaquear. Me impuse la obligación de no recibir esa mirada como una nueva sentencia. Su rostro se contrajo de impresión. Se tomó del brazo de mi padre. Advertí como el puño del viejo se cerraba, apoyado sobre las garras de madera que remataban el brazo del sitial. El doloroso recuerdo cruzó el aire y estalló en mi mente; sin embargo, el convencimiento momentáneo de que se habían convertido en un par de ancianos débiles, me sirvió de refugio. Sofía se presentó ante el tío Ángelo. Al alzar la hostia, el brazo del sacerdote sufrió un sobresalto imperceptible.

Terminada la misa, los invitados comenzaron a desperdigarse por el jardín, al tiempo que un ejército de mozos se volcaba a atenderlos. Tomamos unas copas de champagne, pero rechazamos los canapés. La gente se movía a nuestro alrededor. Un par de tías ancianas tomadas del brazo cruzaron frente a nosotros concentradas en sus pasos y en ninguno de sus cabeceos parecieron reconocernos. Temí que en cualquier minuto se presentara uno de mis hermanos. No esperaba una buena recepción de su parte. Fue durante el período en que los tres administrábamos la fábrica, luego del retiro de mi padre, cuando el desfalco salió a la luz. La figura de mi ahijado Felipe, hijo de Julio, se interpuso en la corriente de mis pensamientos. Gesticulaba con sus manos mientras le hablaba a una bella joven. Debía de tener dieciocho años, la misma edad de Cristián, su mejor amigo de la infancia. Había heredado la apostura característica de los varones de la familia. Cuando se percató de nuestra presencia, sus aspavientos se detuvieron ipso facto. Se aproximó con paso inseguro y se detuvo a cierta distancia sin besarnos ni darnos la mano:


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