Excerpt for Zapata by Pedro Ángel Palou, available in its entirety at Smashwords

http://www.itunes.com/apps/crabapps


Dirección general: Rebeca Moreno Lara Barragán

Dirección editorial: Salomón Ramírez Pérez

Dirección tecnológica: Ricardo Michel Reyes Martínez


Coordinación editorial: Rodrigo Raygoza Rueda y Stephaniè Barquet Nemer

Desarrollador: Equipo de Crabapps


© 2006 Pedro Ángel Palou

c/o Guillermo Schavelzon & Asoc. Agencia Literaria


© 2011 Eventage México, S.A. de C.V.

Adolfo Prieto 1257

Col. del Valle

03100 Benito Juárez (Ciudad de México)

www.thecrabgroup.com/apps


Atención al Cliente

Tel.: 55 23 06 28

e-mail: customer@thecrabgroup.com


ISBN 970-37-0521-9


Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.


Pedro Ángel Palou

















Zapata















Crabapps (México)

Índice

Pedro Ángel Palou

Tormenta de herraduras

I

II

III

IV

V

La pesada noche del destino

VI

VII

VIII

IX

X

Antífona

Agradecimientos

Cronología

Mapas

Bibliografía no tan sumaria

Pedro Ángel Palou

México, 1966



Es doctor en Ciencias Sociales y se ha desempeñado como editor, promotor cultural, profesor, periodista, chef y árbitro de fútbol. Prolífico autor de más de treinta libros, su obra ha sido traducida al inglés, francés e italiano. Ha sido secretario de Cultura de su estado natal, rector de la Universidad de las Américas y director de la revista Revuelta.



Para Carlos Fuentes y Silvia Lemus,

dos ángeles hermanos,

desde el cariño y la admiración



La tierra se reparte con un rifle. No esperes, campesino polvoriento, después de tu sudor la luz completa y el cielo parcelado en tus rodillas.

PABLO NERUDA,

Canto General

Tormenta de Herraduras

(1909 1914)



Todos los corridos cuentan idéntica historia, vienen a decir lo mismo: que finalmente vamos a morir. El corrido nos lo dice, nos hace conscientes de lo inevitable de la muerte. No importa que el hombre se percate o no o que viva sus días para justificar una canción. Hay algunos que a partir de cierto momento de la vida intuyen su corrido y obran en consecuencia, otros desde que nacen ya lo saben y unos más nunca logran conocerlo. Son los más trágicos, pareciera que siempre estuviesen luchando en contra de sí mismos, como si nunca supieran quiénes demonios son.

Se podría decir que hay un bardo o un juglar o un bufón dentro de cada uno. Al menos alguien que puede llegar a saberse la tonada y a cantarla para otros. Aunque el camino es uno no hay dos que lo vean igual. Piensan distinto, creen que viven para propósitos ajenos. No es cierto. Sólo hay una historia así como sólo hay un camino y es él quien nos cuenta.

Es el camino el que cuenta la historia, no los hombres. Eso lo sabe el corrido. Sólo hay una ruta. Las vidas fluyen aparentemente insensatas y como enloquecidas por todas las veredas de todas las montañas que desembocan en el mismo lugar. Un lugar lleno de huesos y fosforescencias, seco como la mala tierra y caliente como el rescoldo de una fogata en el sur. Allí ya no aparece el sol de todos ni se oculta dorado entre las montañas porque la oscuridad es única y eterna.

Por eso es inútil que yo cante ahora, que quiera servirles a ustedes con otro corrido, con otra historia. No hay historia verdadera porque el pasado es una disputa entre partes contrarias. Y el que cuenta no es un árbitro de la contienda. ¿Cuál de las historias verdaderas narrar ahora? El pasado se quedó allí en las montañas. Allí terminó el cuento y comenzó el corrido.

Lo visto nunca sobrevive al testigo.

I



Ah, se trata de Anenecuilco, lugar donde las aguas corren. Se deben atravesar montañas y caminar leguas para llegar allí. Al pueblo. Hay una reunión, muchos hombres. Discuten o dialogan. Habrá una votación. Es otoño, aunque en Anenecuilco las estaciones apenas si existen. Todo el mundo está quieto, como dormido. Hay polvo, arena que se levanta, enfurecida. El viento la esparce por el camino, seguro de que a nadie pertenece. Todo, de pronto, se detiene. Hasta la tierra guarda un respetuoso silencio frente a esos hombres que no sonríen.

¿Qué peso puede tener una palabra, dignidad, cuando la vida se derrumba y nada existe?, piensa Emiliano mientras recibe el cargo. Lo han nombrado jefe del pueblo. El consejo de ancianos así lo ha decidido y él no puede rehusarse. Toma las escrituras, los títulos de propiedad de las tierras porque sabe que allí se encuentra cifrado el futuro, en un oscuro pasado que por ahora le es inescrutable. Dará la vida por ellas, las guardará con recelo. No tienen nada, ni siquiera son dueños del polvo. Casi sagradas, las escrituras. ¡Bien valen la vida!

La sombra de las arcadas de atrás de la iglesia los protege del sol. Es domingo y no se escuchan las campanas llamando a misa. Ese día no hubo repique. No quieren que los hacendados se enteren de la reunión. Su padre se lo dijo antes de morir de pulmonía, once meses después de que falleciera su madre, él apenas de dieciséis años.

Lo que te pido es que veas por tus hermanas y por las tierras.

Hay que proteger los títulos, lograr que se haga justicia. Apenas un mes antes de ese 12 de septiembre de 1909, Emiliano Zapata había cumplido treinta años y ahora José Merino, su tío, calpulelque de Anenecuilco y los otros viejos, le dicen que el pueblo necesita representantes jóvenes.

Son casi ochenta hombres allí, cubiertos apenas del sol. Muchos son parientes, pero otros se saben rivales. No importa en ese momento. El presidente del concejo lleva la voz cantante.

El mejor servicio que podemos hacerle a Anenecuilco será renunciar, ha dicho José Merino, antes de la elección. Y explica sus razones con esmero. Es tal vez la última ocasión que habla frente a tanta gente.

Lo que menos se necesita es prudencia, tercia don Carmen Quintero, se requiere fuerza, valentía. Coraje, pues.

Alguien propone a Modesto González. Tiene sus seguidores, qué duda. Algunas manos se levantan. Bartolo Parral señala a Emiliano Zapata. Éste, por cortesía, escupe el nombre del propio Parral. Entre los tres se dirime. Emiliano se lleva la votación por treinta votos más del que le sigue, González. Los del pueblo lo conocen. Por bravucón, es cierto (a los 18 se peleó con la policía y tuvo que irse a esconder a Puebla), pero también porque los jóvenes lo siguen. Él organizó la campaña a favor de los leyvistas y participó en la manifestación en Cuautla en contra de Escandón. Y aunque Escandón es gobernador electo todos saben que, como es costumbre, no es legítimo. Otra imposición del presidente Díaz y de los hacendados que hacen su santa voluntad en Morelos. Por eso piensan en alguien bragado, de tamaños, vamos.

Acepto el difícil cargo que se me confiere, pronuncia a voz en cuello, y espero que me brinden su apoyo para lograr nuestros propósitos.

Se escucha un grito que viene de atrás.

Nosotros te sostendremos, sólo queremos que haya un hombre con pantalones que nos defienda.

Hay aplausos después de la votación y José Merino lo abraza y le habla sobre su nueva responsabilidad. Se empiezan a desperdigar los hombres como hormigas por el polvo. El polvo que es de nadie. Caminan un poco, se alejan. Unos regresan a sus casas y otros van por un trago. La sed es mucha, nada la aplaca.

Emiliano cierra los ojos y le asalta la duda, ¿será lo valiente que se necesita? ¿Podrá defender a esos hombres que han depositado sus esperanzas en él frente a los hacendados que tan bien conoce y que tanto poder tienen? Su hermano Eufemio, malo para expresar sus sentimientos, le da un apretón de manos, le dice Felicidades, Miliano, y abraza a los nuevos miembros del concejo, Franco, Eduviges Sánchez, José Robles y Rafael Merino, su primo y tesorero de la junta.

¿A eso, a hacerse cargo de la justicia de su pueblo regresó a principios de 1909 después de su segunda ausencia? No lo sabe. No sabe nada. Está solo. Lo abrazan y le invitan unas copas. Pero sabe que ése es ahora su destino: estar solo.

Es el nuevo calpulelque.

***



Todo se paraliza entonces en la vida de Emiliano Zapata y de su secretario, Francisco Chico Franco. Se pasa el día leyendo los papeles de las tierras en la iglesia, escudriñándolos como a las nubes, en busca de sosiego, de que termine el temporal que Anenecuilco ha vivido por siglos. Y no logran descifrar los nombres antiguos, por lo que Zapata envía a Franco a Tetelcingo. Sólo el cura, originario de Tepoztlán, puede traducir los nombres indígenas. Se encierra en la sacristía con los viejos, con los otros que lo acompañarán en la encomienda. Es tiempo de descifrar, de leer, de apoderarse de las cosas por los papeles que las nombran. Son las constancias históricas que contienen los derechos de las tierras de Anenecuilco: una Real cédula del 19 de febrero de 1560, la Merced real del virrey Don Luis de Velasco del 5 de septiembre de 1607, el Ramo de Mercedes reales del 22 de febrero de 1614, el Fundo legal de tierra de indios de 1798 y un mapa topográfico del pueblo. Curiosa manera de poseer ésta, vicaria forma de estar sin estar nunca, de no tener sino un montón de palabras. Pero en esos días no piensa así, las palabras son sinónimo de esperanza, de futuro. Y al encontrar un glifo y luego un nombre náhuatl o tlahuica y después un nuevo apelativo cristiano que corresponde a un lindero, una mojonera, una propiedad, hay algo de hallazgo famélico, pero de hallazgo al fin en los ojos de esos hombres que brillan por unos instantes frente a su nuevo jefe, su nuevo guía, padre de todas las familias de Anenecuilco, Emiliano. Ese nombre allí, se repite muchas veces: Mira, Emiliano. Aquí está lo que buscabas, Emiliano. Desde este lugar, donde termina el monte hasta la vereda, Emiliano. Emiliano. Emiliano.

Apenas diez kilómetros separan a Cuautla de Villa de Ayala y de Anenecuilco. Pero también los desunen siglos de abandono. Pueblo que fue minero, que quiere ser agrícola, cuyas tierras son todas de los hacendados; los de la hacienda de Hospital no los dejan sembrar. Es tierra caliente, propia para la caña. Y ya viene la zafra, de nuevo.

Y esos papeles que tienen ahora entre sus manos, reunidos en la sacristía como cofrades de una secta que bien a bien aún no sabe a quién venera, son su precaria defensa.

Muchos otros, antes de él, han estado allí escrutando, interpretando. Han pasado por manos ásperas y arrugadas y por manos más jóvenes que suaves. Con esos papeles han ido con los importantes, presidentes y gobernadores y todos han prometido hacerles justicia. Feroces soldados que han combatido a todos los enemigos de afuera: Francisco Ayala, por quien el pueblo vecino lleva su nombre, luchó contra los gachupines, cerquita del jefe Morelos, en el sangriento sitio de Cuautla, y Cristino Zapata, del mero Anenecuilco, se batió contra los franceses. Por eso Porfirio Díaz le prometió a José Zapata hace ya tantos años que vería por ellos, que ese asunto de las tierras sería por fin resuelto. Pero nada. Ni una palabra después para respaldar lo dicho. Muchas lluvias desde aquella promesa, incumplida como todas.

Allí están ellos, por treinta días con sus noches, velando lo que esos papeles contienen, desvelando un secreto que no lo es tanto: ellos son los dueños, los verdaderos, no los de la hacienda de Hospital. Ni los de Cuahuixtla. Por ello toman la decisión. El nuevo dueño de la hacienda de Hospital es peor que ninguno. El antiguo fue incluso padrino de bautismo de Emiliano. No se imagina ahora, cuando tiene enfrente todo ese pasado que cargar sobre sus hombros, que en realidad su lucha apenas empieza. Va para largo, como todo lo que de veras cuenta.

Hay que contratar un buen abogado de la capital, una persona de fiar que nos ayude en esto. Reclamar, dicen, lo que es suyo.

A Emiliano no le gusta salir de casa, no le agrada ausentarse de sus tierras. Pero él es y será siempre el elegido, así que alista sus cosas. Esa caja negra vale más que su vida. Pocas verdades más ciertas, más claras: esa caja negra es ya su vida.

Este José Zapata, que no es tu tío abuelo, le informa José Merino, era un calpulelque de verdad, como esperamos que tú seas. Peleó con don Porfirio y le pidió ayuda. Habrá sido en 1884. Mira, acá está la copia de la carta que le mandó al Presidente. Puras promesas. El silencio se queda en el aire unos segundos y tercia Emiliano: miren, fue don Manuel Mendoza Cortina quien se vino a robar toda esta parte del pueblo. Señala otros títulos de propiedad en náhuatl y su traducción recién obtenida por Franco.

Este lado también nos pertenece, dice Eduviges Sánchez. Todo el pueblo. Pero eso no importa. La hacienda ha seguido comiéndose las tierras de los otros, poco a poco, como una fiera hambrienta. Necesita más caña y espacio para plantar.

En todas las ocasiones la cosa ha acabado mal, con las armas. Eso no lo dicen los papeles pero ellos lo saben. Sin embargo están dispuestos a jugársela de nuevo, a ir por lo que es suyo y de nadie más. Al menos no de los hacendados.

Sublime general,

patriota guerrillero

que pelió con gran lealtad

por defender su patrio suelo;

espero que ha de triunfar

por la gracia del Ser Supremo

para poder estar en paz

en el estado de Morelos.

***



Recuerda. Tiene muy buena memoria, de viejo, le han dicho. Era el 15 de junio. Estaban de fiesta y él se había tomado unas copas. Por eso se acuerda del día y del año, 1897, apenas tendría veinte años. Cree que era jueves de Corpus. Lo agarraron unos policías cuando iba de regreso a casa y lo amarraron con una reata para llevarlo a la cárcel. Eufemio se enteró quién sabe cómo y llegó en su caballo hasta la vereda por la que lo conducían a golpes y jalones y mentadas. Eufemio iba acompañado de Juan Sánchez y de una gavilla de amigos. Llegaron como fieras, batiendo la tierra con los cascos de sus caballos, levantando una polvareda de los mil demonios y haciendo toser a los policías medio improvisados que lo habían agarrado para escarmentarlo por pendenciero, por andar buscando bulla, por puro cabrón, pues. Eufemio iba armado y su pistola se puso a escupir balas mientras él les gritaba blasfemias y les decía que se los iba a llevar la chingada, qué carajo tenían que andar agarrando a su hermano que no había hecho nada más que andar de borracho y mujeriego por ahí.

Los policías opusieron resistencia pero los desarmaron rápido. Se fueron corriendo como totoles asustados. Con un cuchillo que siempre llevaba en la bota cortó la reata y lo dejó libre.

Ahora sí nos vamos a tener que pelar de aquí, vámonos para Puebla, que no nos vean ni el polvo, Miliano.

Lo subió en su caballo y agarraron para San Nicolás Tolentino, hasta Matamoros. Se echaron todo el camino en una jornada, sin parar. Los caballos no querían moverse, sedientos y resecos, cuando al fin divisaron la hacienda y bajaron el paso. Los hombres como los animales estaban rendidos. Los recibió don Frumencio Palacios, un viejo amigo de Eufemio, del rumbo de Cuautla. Siempre a la mano, dispuesto, como están los verdaderos compadres. Le explicó la gravedad de lo ocurrido, los temores de que se lo llevaran a la leva y lo mandaran a un cuartel para que se muriera de hambre con la disciplina castrense y los golpes de los oficiales.

Emiliano tiene fama de ser bueno con los caballos, dijo Palacios. Seguro consigo que lo tomen como potrerero en Jaltepec. Pero por el momento vayan a descansar. Ahorita les llevan de cenar compadre, faltaba más. A Emiliano le gustaban las mujeres, los trajes y los caballos, sin importar el orden. O mejor sí: los caballos y los trajes para tener más mujeres. Siempre iba vestido de charro como el que más, desde que su tío Cristino le regaló sus primeros pantalones de plata.

Así nos vestíamos los Plateados, Miliano. Este traje es pa que aprendas de mis viejos compadres. Te ves muy macho, muy plantado.

¿Pa qué quieres que se vista de bandido? No de bandido, de justiciero que no es lo mismo. Estuvieron discutiendo así los hermanos, padre y tío, un buen rato, mientras el nuevo dueño del traje se calaba el amplio sombrero negro y se calzaba las botas.

Con esa vestimenta se acercaba a las muchachas a lomo de su caballo. Y les decía toda clase de piropos y de lisonjas y ellas se ruborizaban y reían quedito y entrecerraban los ojos imaginando que el joven charro se las robaría esa misma noche al amparo de la oscuridad y del frío.

Y a los galanes enamorados

les aconsejo lo que han de hacer

cuando se busquen algún volado

o las bellezas de una mujer.

[...]

Lo que agrade dile al momento

qué lindos ojos tienes mi bien

los que me roban el pensamiento

y son los reyes en el edén.

Más nunca pierdo las esperanzas

esos ojitos míos han de ser

son tan brillantes como me encantan

por tus miradas linda mujer.

También escojan las morenitas

nunca busquen de otro color

como en el prado las margaritas

es color firme y fragante olor.



Su primer caballo, la Papaya, era una yegua muy mansa pero muy aguantadora. Antes tuvo una mula con la que aprendió a jaripear y a pelarse de noche a los montes hasta que su casa no era más que un punto pequeño. Un poco de humo del fogón, nada de ruidos. Así cuando se robó el animal de su tía Crispina, a puro lomo lo cabalgó sin riendas a toda velocidad como si lo persiguiera el mismo diablo. Todos en casa muertos de miedo de que el caballo medio salvaje lo dejara tirado con el cuello roto en mitad del monte sólo para verlo regresar como si nada, sudado y muerto de cansancio pero jactancioso.

Pude domarlo al muy cabrón, le dijo a su hermano mayor que ni le contestó para no pelear. Desde los doce su padre le había enseñado a montar y lo reprendía al caerse por torpe. Nunca le dio tregua. Le enseñó a subirse al caballo de un salto y luego a jaripear.

Aprendió a respetar a los Plateados de las historias de Cristino a la vez que amar a los caballos. Hombres centauros que sólo desmontaban para comer y que ayudaron a los liberales en contra de los franceses. ¡Cuántas veces escuchó el nombre de Salomé Plascencia y sus caballos! De aquella vez en que asaltaron Chinameca y se llevaron parque, monedas de oro y a una muchacha joven y hermosa. Pero fue su tío quien le contó que al final la lucha de los Plateados dejó de tener sentido. A Plascencia lo colgaron. Y ya nadie se acordaba de él como héroe, sino como bandido. Robaban en las carreteras, despojaban a todo mundo. Valientes sí que lo eran, decía Cristino, y a Emiliano se le cerraban los ojos de sueño pero sabía que aguardar un poco le permitiría escuchar la escena final con el jefe ejecutado junto con sus lugartenientes.

Una tarde lo aprehendieron los rurales. Querían que se supiera, que los otros escarmentaran y que se terminara la era de pillaje y miedo. Así que lo colgaron de un cazahuate cerca del río. La cara morada y los pantalones manchados de orín. Siempre se mean cuando los cuelgan, decía Cristino, se les sale el último miedo. Los ojos bien abiertos como si pidiera disculpas. Pero ya nadie podía escucharlo.

Rememora, tiene muy buena memoria, de viejo, le han dicho, esa tarde que siempre le molesta recordar. Está con su padre en una de las huertas. Y don Gabriel llora. Es la primera vez que lo ve llorar. Por todos lados del pueblo hay gritos y los hombres de la hacienda prenden fuego a los jacales y tiran con sus carabinas. ¿Sabes que el miedo se puede escuchar, que se puede oler, que se puede tocar, que incluso sabe a metal amargo?, le dirá muchos años después a Gildardo Gordito Magaña, su último lugarteniente. Y Magaña no sabrá qué responder pues a diferencia de la mayoría de sus compañeros revolucionarios su vida ha sido relativamente fácil, de viajes y estudios, antes de unirse a la bola. Magaña presumía en cada borrachera que sin él Villa sería aún más inculto, pues cuando estaban en la cárcel en 1912 le había enseñado a leer. Pero ésta es otra tarde. O más bien son dos, la del recuerdo y ésta, precisa, en la que Emiliano Zapata y Gildardo Magaña se entretienen contando viejas historias. Y es que esa tarde el miedo era algo tan presente como las lágrimas de su padre en medio del caos.

¿Por qué llora?

Olvídelo, Miliano. Esto va a ser siempre así. Otra vez nos están quitando tierras. Vamos a terminar quedándonos sin nada.

Júntense todos ustedes los de pueblo y reclamen las tierras que les han quitado. No las pidan de nuevo, apodérense de ellas. No van a poder si ustedes no se juntan.

No hijo. No sea tonto. Contra los hacendados no puede hacerse nada. Es muy simple. Ellos lo tienen todo y nosotros no tenemos nada.

Deje que yo crezca, papá. Va a ver cómo recupero todas las tierras que nos han quitado.

Quince años tenía Emiliano

cuando le dijo a su padre,

repartiré yo la tierra

un día cuando sea grande.

Quién iba a confiar entonces

en el pequeño gigante,

quien nunca tembló ante nada

al combatir federales.

El padre lo abraza y lo carga. Pero no hay nada festivo en el gesto, ninguna compasión. Pura rabia contenida. De qué sirve la rabia cuando hay tanto miedo. Eso ahora lo recuerda mientras cierra la caja de madera con los papeles y vuelve a esconderla debajo de una escalera de la iglesia, la que lleva al púlpito justo antes de la sacristía. Chico Franco le pregunta entonces si tiene miedo y él asiente. Un poco, admite. Pero ya se le irá quitando con los días. Al miedo hay que tirarlo para afuera como a un huésped indeseado. Hay que botarlo.

¿Y no será eso lo que le ha pasado a él, la maldición de llevar a sus espaldas toda la historia del pueblo o será como dicen que es un presagio de la comadrona que lo trajo al mundo un 8 de agosto entre los sudores y el llanto de doña Cleofas su madre? Esa comadrona que vino a ver la marca de nacimiento debajo del corazón, una manita rosada y que entonces dijo.

A este niño le espera un porvenir de lucha y de triunfo pero hay que enseñarlo a ser muy valiente. Pobrecito, repetía la comadrona mientras lo lavaba y lo envolvía. Pobrecito. Pobrecito.

***



Sin embargo, ésa no era la primera ocasión que se metía en política. Primero había ido a la capital como uno de los delegados de Anenecuilco acompañando a don Jovito Serrano, calpulelque de Yautepec, a ver a don Porfirio para pedirle que intercediera ante el gobernador por el problema de las tierras. Habrá sido en 1905. La hacienda de Atlihuayán se quería quedar con unas tierras que eran de ambos pueblos, de Yautepec y de Anenecuilco. La conversación con el presidente fue ríspida, llena de riñas y de insultos. Él ya ni recuerda bien qué dijo, pero fue Jovito quien más se enfureció e insultó a Díaz. Lo acusó de traicionar a su pueblo y de ser un plutócrata. Fue la vez primera que escuchó esa palabra.

Nada pasó después de esa visita. O sí. Los de Atlihuayán se quedaron con las tierras y los rurales deportaron a Jovito Serrano de Morelos por sedición. El padre de la nación les daba siempre la espalda. Serrano se hallaba ahora en trabajos forzados en las plantaciones de henequén en Quintana Roo y sus seguidores en la cárcel de Cuautla.

Por esos mismos años llegó a vivir a Villa de Ayala un profesor retirado, Pablo Torres Burgos. Vendía libros de segunda mano. En las tardes organizaba tertulias y discusiones en la trastienda de su pequeño local. Otilio Montaño presentó a Emiliano con el profesor de Anenecuilco. Se hicieron amigos. Allí Zapata leyó libros y periódicos, los necesitaba para saber el porqué de su rabia, de su enojo. No sólo era la injusticia sino la impotencia frente a un gobierno que siempre estaba del lado de los poderosos, como todos los gobiernos, leyó en Kropotkin y en el diario Regeneración, cuyos ejemplares llegaban con regularidad a manos de Torres Burgos.

A Montaño ya lo había hecho su compadre, le pidió que fuera padrino de bautismo de su hijo Nicolás, el primogénito. Aunque Emiliano no se había casado tenía amoríos con varias mujeres de los pueblos cercanos a Anenecuilco. A Nicolás lo engendró con Inés Alfaro. Para eso traían los Plateados una reata, le decía Cristino, pa la mujer que les guste. Y así raptó a Inés en Cuautla y le puso casa. Primero Nicolás y luego dos hembritas. Ésos eran sus tres hijos y él les respondía, a cada rato iba a verlos. No fue fácil, aunque ahora le dé risa. El padre de Inés, don Remigio, lo acusó a las autoridades y lo mandaron a la leva de castigo. Allí estuvo unos cuantos meses. Tiempo de aprender algo de armas.

Puestos de acuerdo los ricos,

la codicia los reunió—

la leva arrojó a Zapata

al noveno batallón.

Dolor, dolor de la leva,

en marcha la rebelión

cada fusil en la leva

es en pie una maldición.

[...]

Se llevaron a Zapata.

La leva se lo llevó.

No pierdan la fe, muchachos,

¡Viva la revolución!

[...]

Los hacendados dijeron:

Zapata es agitador,

y por eso lo mandamos

al noveno batallón.



Por Montaño Zapata se afilia al Club Melchor Ocampo que Torres Burgos creó en Villa de Ayala, además al Club Democrático Liberal de Cuernavaca.

Allí, en Regeneración muchos de sus pensamientos tuvieron palabras para decirse. Leyó en sus páginas algunas frases de fuego que a él mismo lo sacudieron:

¡Mentira que la virtud se anide en los espíritus sufridos, piadosos y obedientes!

¡Mentira que la bondad sea un signo de mansedumbre, mentira que el amor a nuestros semejantes, que el anhelo de aliviar sus penas y sacrificarse por su bienestar, sea una cualidad distinta de las almas apacibles, tiernas, eternamente arrodilladas y eternamente sometidas!

¿Que es un deber sufrir sin desesperarse, sentir sobre sí el azote de la inclemencia sin repeler la agresión, sin un gesto de coraje?

¡Pobre moral la que encierre la virtud en el círculo de la obediencia y la resignación!

¡Innoble doctrina la que repudie el derecho de resistir y pretenda negar la virtud a los espíritus combatientes que no toleran ultrajes y rehusan declinar sus albedríos!

¡Cuánta razón allí, cuánto dolor en la obediencia de sus padres ya muertos desde que él tenía dieciséis años! Y sin Eufemio, que había decidido irse a probar suerte a Veracruz como comerciante.

En ese momento, en diciembre del año del señor de 1908, a los setenta y cinco años, recién electo gobernador por cuarta ocasión consecutiva, muere de un paro cardiaco Manuel Alarcón. Es lo que necesita Morelos, afirma Montaño, para cambiar de aires. Hay que buscar al mejor hombre, dicen todos en los clubes liberales en Ayala, en Cuautla, en Cuernavaca.

Pero las palabras de los hombres nunca son las palabras del único hombre, del Gran Elector. Díaz decide que sea Pablo Escandón el sucesor. Rico efebo, diletante de todos los pasatiempos, miembro eterno del jockey club, educado en Europa y cuya familia era dueña de varias haciendas en el estado. Quizá ni siquiera conoce Morelos, se escribe en El Diario del Hogar y otros periódicos. La oposición busca a uno de sus mayores, el gran hombre de Morelos, general laureado que peleó contra los franceses, don Francisco Leyva. Le piden que sea la cabeza y él acepta pero con la condición de que el mayor de sus hijos sea el candidato, Patricio Leyva. Y es que Zapata no puede olvidarse de que Escandón es el dueño de la hacienda de Atlihuayán, la que hace poco se había anexado las tierras de Yautepec.

Corre el mes de febrero de 1909 y todos piensan que vienen nuevos tiempos para Morelos, tiempos más propicios, hasta halagüeños.

Los hacendados se estremecen ante la posibilidad de una contienda verdaderamente democrática en Morelos. Todo es posible en estos tiempos revueltos, murmuran llenos de pánico después de la entrevista que el anciano presidente había dado al periodista norteamericano Creelman donde afirmaba que pronto habría elecciones libres. Y aunque nadie puede creer en la verdad de esas palabras a nivel nacional, nada impedía que en los estados las cosas empezaran a dar de tumbos.

En el Pearson’s Magazine, James Creelman publica la entrevista al dictador en el castillo de Chapultepec.

Es un error suponer que el futuro de la democracia en México ha sido puesto en peligro por la prolongada permanencia en el poder de un solo presidente, dijo en voz baja Díaz. Puedo con toda sinceridad decir que el servicio no ha corrompido mis ideales políticos y que creo que la democracia es el único justo principio del gobierno, aun cuando llevarla al terreno de la práctica sea posible sólo en pueblos altamente desarrollados.

¿Sabe usted que en Estados Unidos tenemos graves problemas por la elección del mismo presidente por más de tres periodos? Sonrió, y después, con gravedad, sacudió la cabeza asintiendo mientras se mordía los labios.

Sí. Sí lo sé. Es un sentimiento natural en los pueblos democráticos el que sus dirigentes deban ser cambiados. Estoy de acuerdo con este sentimiento.

Existe la certeza absoluta de que cuando un hombre ha ocupado por mucho tiempo un puesto destacado, empieza a verlo como suyo, y está bien que los pueblos libres se guarden de las tendencias perniciosas de la ambición individual, leyeron miles de mexicanos estupefactos, no sabían si se trataba de una broma o de la mente senil de Díaz. Lo cierto es que la entrevista provocó una ola de renovados bríos democráticos.

Las pasiones ocultas de ambos bandos en el estado de Morelos resurgen después de la entrevista como luego de una lluvia benigna, de la roza y quema, de la desesperación y el aletargamiento. El 1 de febrero de 1909 los de la oposición se congregan en Cuautla en un mitin de Escandón. Allí están los de Ayala, unos treinta o cuarenta con Torres Burgos a la cabeza y unos doce de Anenecuilco con Emiliano al frente. Cuando empiezan los discursos deciden acallarlos con piedras.

¡Viva Escandón!, dice el orador Hipólito Olea pero la audiencia le responde.

¡Viva Leyva! y Olea no sabe hacer otra cosa que insultar a la multitud.

Tírenselas al cuerpo, no a la cara, dice Otilio Montaño mientras se agacha por otros guijarros. Los proyectiles vuelan hacia el quiosco de la plaza y a los gritos de ambos bandos siguen los tiros al aire de los policías y la dispersión de la turba antes de ser aprehendida. Pero pueden más las fuerzas federales y de pronto hay más leyvistas en la cárcel de Cuautla que en todo el estado. De nada valen los reclamos. Las órdenes de Díaz habrán de cumplirse de nuevo y el 7 de febrero se declara triunfador a Escandón, quien toma posesión a mediados de marzo.

De nada ha servido pensar en la vía electoral, le dice su amigo Montaño. Más temprano que tarde tendremos que optar por la revolución.

Esa palabra.

La ha oído hasta el cansancio, la ha leído con los ojos fatigados por la escasa luz de las velas. La ha visto en los artículos de Práxedis G. Guerrero, llenos de preguntas como dardos: ¿Por qué, si quieres la libertad, no matas al tirano y evitas de ese modo los horrores de una gran contienda fratricida? ¿Por qué no asesinas al déspota que oprime al pueblo y ha puesto precio a tu cabeza? Porque no soy enemigo del tirano, porque si matara al hombre dejaría en pie a la tiranía y ésa es la que yo combato. La tiranía es la resultante lógica de una enfermedad social, cuyo remedio actual es la revolución.

De nada ha servido aquella reunión pública conseguida con tanto esfuerzo el 31 de enero en la que al fin les permiten ante la queja del Club de Cuautla tener su mitin. El jefe político Dabbadie cedió por pura patraña, tan sólo una mascarada. Y se les prohíbe que la banda toque cuando lleguen en el ferrocarril los oradores leyvistas, y colocan a todos esos rurales cerca de la plaza. Por eso quizá sólo se escuchan vivas al presidente Díaz y aplausos a los dos Leyvas, Patricio y Francisco.

Escandón despide al prefecto de Cuernavaca y llega allí el chacal Higinio Aguilar. Antonio Sedano, principal leyvista de Morelos, es detenido junto con Torres Burgos y Octaviano Gutiérrez de Villa de Ayala.

No hay cargos pero el jefe político no los necesita. Se hace el silencio. El silencio es el gran aliado del miedo.

De nada ha servido nada. Ennegrece el cielo casi sin estrellas. Fríos óleos de luna muriente que apenas y alumbra la vereda imposible, el camino cerrado, la tierra sellada para siempre.

***



Es día de fiesta en San Miguel Anenecuilco. Es día de danza. Los Doce Pares de Francia que también están a cargo del calpulelque. Hay mucho aguardiente y corre el pulque por las calles. Casi se han acabado los fuegos artificiales pero cada cuanto se escucha un cohete y un arco iris de luz salpica el cielo.

A lo lejos hay música y se oyen risas y gritos. Hay que guardar cuerpo para el jaripeo de mañana, para la fiesta que todos han esperado un año.

Carpas de feria. Unos juegan a la lotería. Otros apuestan a los gallos. Él ha ganado unos reales con un jiro bravísimo y no quiere más. Necesita apartarse un rato del ruido. Sube a su montura y se aleja de la plaza cabalgando hacia el norte. No hay viento. Todo se encuentra sorprendentemente quieto, salvo la fiesta. La luna es un plato vacío. Cabalga hacia fuera del pueblo, a donde siempre le ha gustado, en la bifurcación del camino hacia Ayala. Es una hora propicia de sombras largas y noche fresca. Se puede escuchar el jolgorio aunque está ya lejos de él. Apartado.

Y es que necesita estar solo para poder pensar. A lo lejos se escuchan los cascos de unos caballos que se pierden. La fiesta no es sino una ausente salmodia. Necesita esa oscuridad y ese silencio para recordar toda la historia y sentir la suma de todas las vidas de quienes allí abajo se divierten y olvidan.

Él nunca podrá olvidar. Le ha sido encomendado el recuerdo como un pesado grial. Y habrá de cargarlo siempre.

Sin embargo lo que se le aparece enfrente no es la certeza sino la duda. Se siente débil, pequeño como un niño de brazos. Tiene amigos, un compadre que sí sabe hablar como ninguno, Otilio, y suficientes razones para luchar, pero no las fuerzas. Ésas le fallan.

Regresa a casa a pie con la rienda del caballo a su derecha. Pronto se queda dormido, un poco borracho. En el sueño se le aparece su padre que le dice que están quemando el pueblo, todo el barrio de Olaque. Son los guardatierras, hijo. Arrasaron con medio Anenecuilco. Emiliano camina descalzo por el pueblo de ese sueño y mira cómo los hombres de Coahuixtla derriban la capilla de adobe.

Son treinta o cuarenta pero tienen grandes mazos de fierro y han golpeado tan duro que un muro entero se derrumba y luego el techo se viene abajo en una estampida de polvo y de ruido que ensordece. Emiliano sigue allí, descalzo en medio de los escombros como si hubiese resurgido de la destrucción de la iglesia. Las velas siguen encendidas y sus llamas no se apagan con el inclemente viento de la noche. Una mujer está rezando y Emiliano se le acerca y la toca por la espalda y le dice.

Señora, ya vámonos. Se nos hace tarde.

Entonces escucha a los guardatierras que repiten las palabras del hacendado.

Si lo que quieren los de Anenecuilco es sembrar pues que siembren en maceta porque no tendrán ni tierras de tlacol.

Pero cuando la mujer del rebozo voltea no tiene rostro ni cuerpo, es puro vacío y la tela cae al suelo y un charco enorme de sangre se va extendiendo a sus pies descalzos como un río interminable.

Camina con los pies cubiertos de sangre, entre charcos.

Los guardatierras están tirando los árboles frutales. Desencajan de la tierra mangos y aguacates, zapotes y limas como si fueran malas hierbas y queman las casas de carrizo mientras las mujeres corren lejos con sus hijos en brazos y los perros ladran como enloquecidos.

Y ladran y ladran mientras el niño camina por ese arroyo de sangre que de pronto se coagula y se llena de grietas, mal país donde ya nada puede crecer salvo la rabia.

Y del hocico mismo de la madrugada Emiliano se despierta sudando y se levanta todavía medio dormido y grita. Sólo le alcanzan los gritos.

II



El cuerpo es un muro de adobe, piensa Emiliano Zapata: cada ladrillo es parte del recorrido. Pero todas las historias son siempre la misma. Sólo hay una historia y todos los hombres están condenados a repetirla. El camino, sí, el camino es también uno solo. Todos lo transitan a su modo: en lomo de burro, a trote, en un hermoso alazán, a tumbos rueda que rueda. No importa. No eliges el camino, eso es una soberana mentira. Allí está el muy cabrón esperándote. Al fin un día te pones en marcha.

Sólo hay eso. Y un sol gigantesco como una olla de cobre que todo lo tiñe de rojo. En esa mañana lo despiertan los rurales en su casa. Vienen por él y se repite por tercera vez la escena. Es la última ocasión que lo aprehenderán en su vida, pero eso aún no lo sabe. Hace mucho frío. El frío de un enero encabritado, 1910, en que se lo llevan a la cárcel de Cuautla.

Y allí es prisionero por tres días. Pero además se encuentra incomunicado. Cuando la familia se entera interpone un amparo ante la ley. Es su hermana María de Jesús quien ahora intenta ayudarlo, sin éxito. Se le consigna, le informan a ella, por haberse encontrado vagando en estado de ebriedad. Nadie puede desmentirlos. Ninguna otra voz allí que la del memorando militar.

9o Regimiento. Comandancia. Núm. 802. Con fecha de hoy se servirá Ud. dar de alta en el Regimiento a los reemplazos Secundino Popoca y Emiliano Zapata, consignados por el gobierno del estado de Morelos, según sorteo. Libertad y Constitución. Cuernavaca 11 de febrero de 1910. El Cor. Ángel Bouquet. Al mayor del Regimiento. Presente.

Y esa voz escrita es la que hace que lo trasladen de la cárcel al cuartel, otra forma de prisión.

Allí transcurren nuevamente días de disciplina, con el uniforme de soldado despierto desde las cinco de la mañana sin una gota de alcohol en la sangre simulando escaramuzas, cavando zanjas, usando la carabina sin poder dispararla. Un mes allí en medio del orden y el concierto mientras afuera del cuartel reinaba el más puro desconcierto. Francisco I. Madero, un hacendado del norte, había iniciado su campaña electoral alentado por las declaraciones de Díaz. Hasta el cuartel llegan las noticias un poco silenciadas del incipiente movimiento.

En mil novecientos once

debemos tener presente

que don Francisco I. Madero

se lanzó a ser presidente.



Levantarse y acostarse temprano para trabajar todo el día en faenas falsas le parece estúpido. En vano los esfuerzos de la hermana mayor que lo visita un par de veces. Hasta que le llega la noticia de su relevo. Don Ignacio de la Torre y Mier ha intercedido con el gobernador Escandón y lo licencian bajo promesa de que se vaya a la capital a arrendarle unos caballos al yerno del Presidente.

9° Regimiento. Comandancia. Núm. 961. El Gral. Comandante Militar de México en oficio Núm. 44618 del 16 del actual me dice. Habiendo comunicado a esta Comandancia el C. Gobernador del estado de Morelos que no hay inconveniente en que se admita reemplazo al soldado de ese Regimiento, Emiliano Zapata, se servirá Ud. remitir a esta Comandancia filiación del reemplazo y copia de la filiación del reemplazado. Lo inserto a Ud. para sus efectos y como resultado de la instancia del interesado. Libertad y Constitución. Cuernavaca, 18 de marzo de 1910. El Cor. A. Bouquet. Al Mayor del Regimiento. Presente.

Y más tarde, al ser dado de baja, le es extendido el siguiente salvoconducto.

Secretaría de Guerra y Marina. Por la presente concedo licencia absoluta para separarse del servicio de las armas al soldado del 9° Regimiento Emiliano Zapata por haber dado reemplazo, según consulta respectiva, y no corresponderle otra cosa de conformidad con lo prevenido en acuerdo de esta fecha. Por lo tanto, encargo a los CC. Gobernadores de los estados de la Federación, y mando a las autoridades militares, no le pongan obstáculo alguno en el uso de esta licencia. Dado en México, D. F., el 29 de marzo de 1910. P.O.D. Secretario. El Oficial Mayor. Miguel M. Morales. Rúbrica.

A Nachito de la Torre, Zapata lo conocía bien por los jaripeos en Tenextepango, su hacienda vecina a Villa de Ayala. Había participado en uno para festejar la boda del hacendado con la hija del presidente, Amada. Allí, bravo como siempre, había logrado lazar un caballo desbocado que se lanzaba contra la muchedumbre a toda velocidad.

Tengo dos nuevos caballos árabes que necesito que me arriendes, Emiliano, le dice cuando llega a la quinta de don Ignacio en la capital el 19 de marzo. Él acepta, agradecido. De la Torre le da un abrazo prolongado, muy fuerte, como si se tratara de un amigo.

Esa primera noche en la ciudad de México Emiliano no puede dormir. Piensa en Anenecuilco. En sus mujeres, también. Nicolás está al cuidado de María de Jesús, de su tía Chucha, como la llaman. Está en buenas manos. Las niñas con Inés. No deja de rondarle en la cabeza que estuvo en el cuartel por culpa del padre de ella. Así se lo informó el jefe del regimiento. Pero no le importa. En esa ocasión se fue para Chietla, a la hacienda del señor Martínez, un gachupín decente. Se encuentra aquí, quién lo diría, en la casa del hacendado de Tenextepango. Sin un real. Necesita trabajar allí, lo prometió para que lo licenciaran, no quiere estar en ningún otro lugar que en su pueblo. La jornada le da en el cogollo.

Por la tarde conversa con algunos de los mozos de don Ignacio sobre Madero. Saben más de lo que dicen. En esa casa se tiene que saber de todo, piensa. Han leído la prensa reciente, los que saben leer. Todo parece indicar que encarcelarán a Madero, le dicen, que no habrá elecciones. Zapata sigue sin saber bien a bien quién es Madero, qué busca. Escribe entonces una larga carta que enviará al día siguiente a Montaño. Le cuenta de sus días y sus penurias en el cuartel, le pide noticias de los problemas del pueblo, pregunta por Chico Franco y por los papeles de Anenecuilco, como los llamará siempre.

Apaga la vela y se recuesta en la cama. Su cuarto es pequeño pero cómodo. Hay una gran jarra de peltre con agua y dos vasos. Le han puesto además de regalo una botella de coñac porque en la tarde don Ignacio le ha invitado una copa y él ha dicho que el licor es muy bueno, que le gusta ese coñac. Al calor de las copas conversaron un poco sobre Morelos. Zapata, de pocas palabras, casi con monosílabos.

Hay que comprender a las haciendas, Emiliano. Necesitan tierras. Morelos es el estado donde mejor se paga a los peones. Y no es por nada, es a causa del azúcar.

La gente no tiene qué comer, don Ignacio. Menos si no le dejan tierra donde sembrar.

Si las haciendas no progresan nadie podrá comer en Morelos. El hombre le sirve otra copa y le toma la mano. Son suaves sus manos, aunque es un buen charro. Ambos han coleado juntos, quién sabe cuándo, don Ignacio con guantes. Él está allí, en su cuarto, de nuevo solo. No ha visto aún los nuevos caballos que deberá arrendar. No tiene prisa aún. Necesita descansar pero no puede, los ojos no se cierran con el puro cansancio. La preocupación los mantiene abiertos como pozos. Nomás que sin agua. Ya no volverá a llorar. Se le han acabado las lágrimas.

Se sirve una copa de coñac. La bebe como si fuera aguardiente, de un solo trago. El licor le quema la garganta como un hisopo ardiendo que cruzara su tráquea. Apura una segunda y una tercera copa. El licor no lo sosiega. Vuelve a tragar el líquido de una cuarta copa. Ahora sí lo aturde, se marea.

Cae en cuclillas frente a la cama como un penitente que no encuentra la religión que deberá seguir, el santo al que encomendarse. Como si no hubiese oración en el mundo que bastase para redimirlo de tanto dolor y tanta pena y tanta culpa.

Se tira en el suelo. Escupe. Tose. Allí en el frío piso de ladrillo encuentra una forma transitoria de paz. Cierra los ojos. Otra vez le viene a la mente su padre y recordando su cara al fin puede conciliar el sueño por unas horas.

***



Se despierta con la cabeza que le estalla y los ojos que no desean abrirse del todo. Se sabe despierto pero se desea dormido. Es muy temprano. Apenas clarea. Serán las seis de la mañana de su segundo día en la ciudad. Debe asearse pronto e ir a la cuadra a iniciar sus labores. No está aquí para ninguna otra cosa. Que sufra o que piense, a los demás les da igual. Tiene que ir por los caballos. Empezar a conocerlos, acariciarles la grupa. Y los animales deberán también familiarizarse con su olor. La mañana descalza lo sorprende mojándose la cabeza, despabilándose.

Quisiera tocar todas las puertas y preguntar no se sabe por quién. Así, desconcertado, casi temblando, se viste de nuevo. Le han traído dos nuevos trajes dignos de su condición de caballerango de don Ignacio de la Torre. Escoge el café, el más rico en adornos. Tiene también un nuevo sombrero que se cala. El sombrero lo oculta, le permite desaparecer un poco de la faz de la tierra, y lo protege de más calamidades que el sol. Se encamina al establo como quien inicia una nueva vida.

Allí lo está esperando don Ignacio. Solo. No hay nadie a esa hora de la mañana. Todos están dormidos. Le señala el nuevo caballo luego de darle un fuerte apretón de manos. Nuevamente las manos de don Ignacio que lo sostienen y a la vez lo detienen, desconcertándolo. Es un ruano. Se ve arisco. Se lo dice. El dueño asiente.

Nunca he visto un caballo más indómito, le escupe su aliento de señorito, un vaho de lavanda.

Hay que tenerle paciencia, don Ignacio, como a las mujeres.

O raptarlas de noche, sin su consentimiento, como me dicen que has hecho con varias.

No se crea todo lo que dicen de mí. Cuando uno se roba una muchacha es porque sabe que podrá domarla. No es lo mismo aquí. ¿Cómo se llama?

¿Quién?

El caballo, ¿quién pues?

Risueño.

Vamos a ver si se sigue riendo el muy desgraciado. Y le lanza la reata, lo laza a la primera. El animal se enfurece, tira del todo, quiere liberarse del yugo reciente que lo limita. Emiliano lo arrastra afuera del establo y ata la cuerda con dos vueltas al poste del centro del patio. El animal parece sorprendido, mira con ojos desorbitados a su captor quien viene con una silla. Dos veces intenta colocarla y el caballo la rechaza con brío. A la tercera el jinete logra amarrar la cinta por el vientre. Se aleja un poco y vuelve a él. Lo acaricia. El caballo relincha y repara un par de veces. Emiliano se acerca y aleja con sabia cautela y luego al fin lo monta de un salto. Reparos de toro bronco tiran al jinete al suelo. Una, dos, seis veces. Cubierto de tierra, escupiendo polvo, Emiliano vuelve a la carga y al fin el animal cede, aminora la fuerza con la que desea despellejar vivo a quien lo busca domeñar.

Ha pasado una hora. Don Ignacio sólo observa. Ahora aplaude, se quita el sombrero. Su sonrisa perturba al caballerango pero no sabe por qué. O no desea.

Lleva al caballo de vuelta a su establo, ya sin resistencia, con la brida bien sujeta, la rienda tirante. Ha sangrado un poco de los belfos. La dentadura rojiza le recuerda sus sueños, la pesadilla recurrente del arroyo de sangre de Anenecuilco. Don Ignacio lo sigue. Pasa el cerrojo y deja en paz al animal que se sabe vencido. Entonces el hombre lo abraza por detrás. Siente la carne de don Ignacio sobre su espalda, el calor de su miembro detrás de su cuerpo, la fuerza de los brazos que lo maniatan. El aliento del hombre, su beso en el cuello. Ignacio de la Torre le tira el sombrero de un manotazo y acaricia su cabello. Emiliano logra zafarse del abrazo, lo voltea, le afloja el cinto y le baja los pantalones con rabia, enfurecido.

Hunde su miembro entre las nalgas del hombre. Estrella todo su cuerpo contra la carne blanca y peluda del hacendado. Arroja y arremete: su furia y su fuerza y toda la rabia en cada empellón hasta que se deja ir en un río que es también angustia y desesperación. Río de polvo y sangre, río de contrarios en unión. Quiere golpearlo, pero no puede, la rabia se convierte en ternura o en algo parecido. Es un sentimiento que no alcanza palabra para expresarse. El hombre lo besa. Emiliano, confundido, alcanza abofetearlo, una, dos veces. De los labios del hombre escurre un líquido, brota un hilillo de sangre.

Grandísimo cabrón, le grita Emiliano. Luego abandona el lugar y se encierra en su cuarto como en una nueva celda.

***



No sale de allí ni nadie viene a buscarlo durante todo el santo río de la tarde. O de la noche, para el caso es lo mismo. No ha probado bocado. Y aun así ha vomitado los restos de la cena y el coñac de la madrugada reciente. El cuarto huele mal pero a él tampoco le da la gana salir a buscar agua para limpiarlo.

Al día siguiente vuelve a sus labores. Con el ruano y con el otro, un árabe de pura cepa. Allí olvida, con los caballos. Nada le pasa por la cabeza que no sea lazar, amarrarlos, tirar la silla, maniatar sus fuerzas. No le importa lo que tarde. El ruano ya casi no repara pero aún no se atreve a soltarle la rienda, a correr un poco.

Le agrada no ver a don Ignacio. Los mozos le dicen que ha ido a Morelos. Zapata pasa allí toda esa primera semana con los caballos. Los deja descansar muy poco, sabe que así le costará menos trabajo volver a empezar al otro día.

Los caballos van poco a poco aceptándolo como su jinete. El sábado que sigue regresa don Ignacio y lo invita a una copa en su despacho. No dice nada del incidente, por supuesto, pero le pide que mañana le muestre sus progresos con los caballos. Ya le han dicho que puede montarlos.

Desde ahora si usted quiere, don Ignacio. Están listos. Le dije que había que tenerles paciencia y mano dura.

Dos semanas después se repite la escena. Él vuelve a la carga. Sólo que ya no golpea al hacendado. Le da pena su cuerpo ultrajado encima de la paja, se apiada un poco de ese hombre que no lo quiere allí sólo por sus caballos.

Entonces le pide que lo deje irse. No quiere escándalos, amenaza. Desea volver a su tierra. Tiene tanto por hacer. Todavía puede sembrar sandías, como el año pasado, y quizá se le den las mazorcas. El hombre no le contesta, apura su copa y lo deja solo en el despacho.

Solo con su silencio y con su rabia.

***



Poco después le avisan que el señor ha dado permiso para que deje la casa y el administrador le da una bolsa con monedas y le hace firmar unos papeles que justifican el pago. Arrendador de don Ignacio de la Torre y Mier, dicen aquellos legajos que él firma. Don Ignacio le ha regalado un caballo y una montura española. Por mediación, Emiliano le da las gracias a quien no sabe si llamar libertador por haberlo licenciado del ejército o con qué otro nombre llamarlo por sus infamias. Siente que ese señor le debe más que las gracias. Pero aun así deja la capital como quien deserta de una batalla jamás peleada.

La plaza vacía. El parque inexistente. El enemigo ausente. Es el paisaje el que lo obliga a ordenar la retirada. Cabalga toda la tarde. Pasa el Ajusco cuando el sol se está metiendo y en la noche llega a Morelos. Conoce como nadie esas montañas. Es abril. Alcanza a ver el camino a Anenecuilco cuando ya ha oscurecido del todo. Ha cabalgado velozmente, castigando al animal con el fuste. No ha querido detenerse. Tiene sed. Todo su cuerpo es una grieta, desecada y quebradiza. En la mañana lo recibe María de Jesús como quien ha visto resucitar a un muerto.

***



Los días siguientes alcanzan el frenesí de la aventura retomada. Conversa con Montaño quien le narra los pormenores de la campaña de Madero. Va a casa de Torres Burgos —recién salido de la cárcel de Cuautla— quien le presta periódicos y lo pone al tanto de las cosas allá en Morelos. No ha vuelto a casa, ha venido a verse en las aguas quietas de un jaguey más placentero que cualquier espejo. Así supo que se podía sentir en calma en medio de la tormenta. Y es que el regreso no fue fácil. En su ausencia Escandón y los de Hospital habían hecho hasta lo indecible por destrozar la moral de Anenecuilco. Los más bravos en la cárcel de Cuautla y las mujeres ya con miedo de que otros de sus hijos corrieran la misma suerte. La mayoría de las tierritas ya sin sembrar y casi todos trabajando para la hacienda.

En Morelos los seres vivimos ufanos

sembrando en el campo semilla y sudor,

que el surco con sangre es regado

de muchos hermanos de nuestra nación.



Quedan trescientos setenta y un habitantes en Anenecuilco. Emiliano realiza una junta de concejo y deciden, desesperados, escribirle al gobernador Escandón en busca de una respuesta.

Quien dijera que el tiempo en que estamos

nadie sufre ya de ser esclavo,

a mí me parece que para allá vamos

si en estos momentos quedamos callados.

Que retumbe el grito de don Emiliano

cuando pide al poder ¡Tierra y Libertad!,

que el gobierno ahora nos tienda la mano

a los hombres del campo para trabajar.

Los campesinos trabajamos para alimentar

a todos los seres del campo y la ciudad,

y la tierra pródiga sufre y se queja

de ver que sus hijos le hacemos maldad.



Estando próximo el temporal de aguas pluviales, reza la misiva, nosotros los labradores pobres debemos comenzar a preparar los terrenos para nuestras siembras de maíz y en esa virtud ocurrimos al Superior Gobierno del estado, implorando su protección a fin de que, si a bien lo tiene, se sirva concedernos su apoyo para sembrar los expresados terrenos sin temor de ser despojados por los propietarios de la hacienda del Hospital. Nosotros estamos dispuestos a reconocer al que resulte dueño de dichos terrenos, sea el pueblo de San Miguel Anenecuilco o sea otra persona, pero deseamos sembrar los dichos terrenos para no perjudicarnos, porque la siembra es lo que nos da la vida, de ella sacamos nuestro sustento y el de nuestras familias.

Imploran así por escrito. Aguardan. Siempre han aguardado. Ocho días más tarde, ya en mayo, llega la réplica que no es una respuesta porque el secretario pide que se le escriba de nuevo y se le diga que si desean usar unos terrenos para sembrar que se sirvan expresar la denominación de los terrenos a que se refieren.

Otra nueva misiva de los de Anenecuilco va hacia Cuernavaca. Ahora ya no imploran, suplican. Vienen las lluvias, están dispuestos a pagar arrendamiento a los de Hospital. Emiliano acepta firmar así por pura desesperación, aceptando que otros puedan ser los dueños cuando sus papeles le dicen otra cosa. Le dicen que la hacienda no tiene derecho. Sin embargo nada ayuda el tono resignado de la última carta. El gobernador se lava las manos y dice que ha turnado sus cartas a la hacienda para que sean ellos quienes digan si estiman conveniente que siembren allí.

Si ellos nunca han estimado conveniente otra cosa que despojarlos, se dicen los hombres a mediados de mayo cuando vuelven a leer la carta del secretario del gobernador Escandón.

¿Y de qué sirve una palabra, indignación, se dice Emiliano, cuando no se tiene nada?

Fosforece un mohín de sueños crueles. Zapata no puede pedir tregua, pensar sólo en sí mismo, regresar a su oficio de parcelero, rentar tierras para sí. O como ocurrió durante unos tres años hasta ser un pequeño comerciante gracias al impulso de Eufemio, entonces sí además de los animales y la siembra manejó un tren de mulas que llevaba maíz entre los pueblos y arena para la construcción en Chinameca. Ahora no le toca velar por su prosperidad sino por la precariedad de los otros.


Continue reading this ebook at Smashwords.
Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-53 show above.)