Las ilusiones separadas
Saulo de Tarso (seudónimo)
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Copyright 2011 Pedro Merino
First Edition
Published by Pedro Merino at Smashwords
ISBN: 978-1-936886-35-7
Smashwords Edition, License Notes
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A los talleres literarios de La Habana
(los nombres o apellidos solo pertenecen a personajes literarios)
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Quizás es el momento propicio. Escucho mi voz interior. Parezco un divorciado arrepentido. Una vez dije que era mejor estar mal acompañado que solo. Yo siempre me acuerdo de los refranes al revés. Por ello Noris me corrige; pero ahora anda lejos, muy lejos. Es bastante difícil que piense en lo que yo estoy pensando. Nada, que yo soy un ateo supersticioso. A veces le echo toda la culpa a la gente y juzgo por los milagros y casualidades lo que se me ocurra.
Dicen, algunas mujeres, que ése es uno de mis defectos; sin embargo, a pesar de todas las ideas que se me amontonan, este es el momento idóneo para cosechar en mi espíritu. Excepto el coronel Pupo, nadie me ha dictado órdenes. La orden que ahora me circula es de una prioridad inmensa.
Si piensas en el papel con letras, corres en busca de su armonía, que es la tuya también. Que armonía. Sí. Esa armonía de ver letras de molde una al lado de la otra, de verdad encienden. Me encienden por completo. La lectura, para mí, se alterna con el sexo.
Fue así como llegué hasta mi biblioteca. Muchas veces había hojeado ese libro, pero por las urgencias de la vida lo había vuelto a abandonar una y otra vez. Después de tantas veces asido por mis manos, decidí apartarlo del estante. Recuerdo que lo dejé al lado de la computadora. En mis ratos de ocio me entretenía en echarle un vistazo. Esa historia me quería decir algo. No sé. Solo sé que quien me lo regaló me lo iba a cobrar. Me dijo:
Brother, este librito lo confiscó una amiga mía.
¿Confiscó? –, le pregunté.
No te asombres. Ella es una inspectora de la Aduana.
Tienes buenas amigas, le dije.
Y di lo contrario. Fue en el Aeropuerto Agramonte.
El libro tenía unas cien y tantas páginas. Su cubierta era blanca. Se titulaba: Angustia Peluda. El autor era desconocido. Me llamó la atención desde el primer momento el predominio del color blanco. Parecía darle un toque de pureza a la historia narrada.
Después del último caso de homicidio, Pupo nos dijo, a mí y a Rodríguez, que descansáramos unos días. Entonces creí que era el momento propicio. Una vez vi una película, ya no recuerdo su título, donde un personaje decía: ‘El Hombre no puede elegir dónde va a nacer; pero sí dónde se va a morir’. En este momento yo no tenía deseos de morirme, desde luego. Pero sí me urgía leer cuanto antes ese libro de hojas dobladas, de lecturas a retazos. Noris llegaría después de las seis de la tarde. Solo tenía que calentar el almuerzo. Por lo tanto, sentía mi voluntad favorecida como aquel personaje dispuesto a concebir su última petición.
La tomé en mis manos. Comencé a hojearlo. Recordé las últimas lecturas. Yo sabía acerca de las lecturas rápidas, transversales. El tiempo que había destinado entre una lectura y otra me había servido para recordarlo en ese momento. Por un instante pensé en mi vejez. ¿Rodríguez ocuparía mi plaza de investigador? En verdad no quería saber acerca de ese futuro. Por lo tanto, no volví a pensar en ello. Volví a acomodarme en la silla. Mi efigie se proyectaba en el display apagado de la PC (computadora personal). Me sentí libre sin ninguna previsión. Tenía delante de mí el deseo a punto de consumarse. Leí:
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Sintió unas voces ajenas en la sala. Por la hora creyó que debía levantarse. Se miró las manos con algunos pellejos levantados.
Ese maldito cemento, ¡jone!
El albañil con el que trabajaba le había dicho que con aceite comestible se le quitaría esa rigidez en las palmas de las manos. Se burló al rememorar semejante ocurrencia.
Así que aceite comestible. A ver si se lo robo al lunchero.
Se frotó las manos. Miró la puerta entreabierta de su habitación. Acababa de ver a una señora vestida de blanco. La comparó con una enfermera de la campaña anti-SIDA. Quizás estaría haciendo el examen del VIH. Pero cuando se aseó lo suficiente como para abrir los ojos y ver con más claridad lo que su psiquis imaginó, entonces comprendió que aquella señora con atuendo blancuzco era una desarraigada cubana que profesaba la religión yoruba. A su lado, en el sofá, estaban sentados unos hombres de color. Sobre estos puso máxima desconfianza. Nunca los había visto.
¿Ya…ya te levantaste, Abel?
No podía seguir durmiendo, mima.
Mijo, ¿te despertamos?, le preguntó la señora ‘de blanco’.
Usté me hizo un favor. A las diez tengo que estar en un lugar ahí.
Vaya, pues buenos días, llegué con un despertador. Esa es buena.
Abel se fijó otra vez en su vestido holgado. También usaba zapatos blancos.
…¿Abel?... ¿Ese es tu nombre? El mío es Sandra.
Sí, señora, ¿lo adivinó?
Tienes buen sentido del humor; aunque sí, soy vidente.
Se echó a reír. Se quedó seria un rato. Luego le dijo:
Yo no soy una segurosa…
La madre de Abel la interrumpió. Por poco le hace continuar la frase.
¿Usted se ‘va a ser santa’ aquí?
La pregunta de Abel se llevó la atención de todos en la sala.
No, no, expresó Sandra. Si supieras, llevo años vestida así. Tengo visa libre para entrar y salir de Cuba.
¿Visa libre?
El joven la observó con intensiones de penetrar su aura y también la profundidad de aquellos ojos claros de adulta edad. Pero una respuesta seca y dulce lo frenó:
No trabajo para la Seguridad del Estado.
Sonrió Abel. Los demás cuchichearon a sabiendas de cada quien. Aun Abel no sabía con qué objetivo estaba la vidente y los afrocubanos en su casa. Sandra pidió excusa a todos. Llamó a la madre de Abel. En privado se confiaron secretos. De regreso a la sala Abel volvió a quedarse más en la duda que en el conocimiento. Le urgía saber qué habían charlado Sandra y su madre; sin embargo, se dirigió al baño y comenzó a asearse. Muchas ideas se le encendían desde diversos puntos de su cerebro. La preocupación de cobrar el dinero que le debían, las ardorosas manos, y ahora esos extraños que súbitamente le habían interrumpido el sueño, acababan de esclarecerle el día casi nublado que sus pupilas apreciaban.
Cuando ya estaba listo para salir a la calle, la madre lo llamó. El joven no sospechaba que a partir de ese momento el destino o el dictamen de Dios les iban a someter a una dura prueba.
¿Estas segura, mima?
Ya todo esta cuadrado.
¿Cuadrado?, ¿bien cuadrado, mima?
Claro, Abel, esa santera trajo el dinero completo.
El hijo la miró con desconfianza. Le volvió a hacer las mismas preguntas. No todas las respuestas esta vez fueron iguales.
Fíjate, fíjate bien, si algo sale mal, ese muchacho [Abdel] se va a suicidar.
Ay, no, Abel, no seas pesimista.
Yo no sé, yo no sé, trata de que no sea… Bueno, tú vas a ver que…
Todo va a salir bien, mijo. Ten fe que ahora hasta tú vas a coger cajita.
De espaldas a la madre repetía frases ininteligibles:
Si esto no sale bien, Abdel se suicidará.
Qué bien se ve que no confías en tu madre.
Eso es mucho dinero.
Es lo que cobran.
¿Lo que cobran?
Sí.
Yo voy a ver…
No seas ave de mal agüero.
¿Ave de mal agüero yo?
Bueno, chico, si quieres te quedas; pero si caes preso, allá tú.
El joven meditó sobre las últimas palabras. Hay que salir como sea, musitaba. El lío es salir, sí, señor. La madre se disponía a lavar un bulto de ropas. Le echó un vistazo a la lavadora: me pueden dar unos cien fulas.
¿También la vas a vender?, le preguntó Abel.
Hay que vender todo lo que se pueda.
Todo lo que se pueda, repetía Abel, muy bajito. En su habitación calculó lo que podía vender: la radio grabadora, la PC, el ventilador, algunas ropas. El precio tendría un cincuenta por ciento de descuento. Ningún comprador, ni el menos astuto, pagarían más de lo normal. Pensar que me costó trabajo hacerme de esta ‘compiurer’, repetía otra vez para sí. Coño, no pensé que sucedería tan pronto. Escuchó a la madre en un tono de voz que solo se escuchaba en el interior del hogar: tienes que ponerle precio a lo tuyo; no seas carero, ahora somos los que estamos contrarreloj. A los segundos el joven comprendió que los objetos en la vida eran pasajeros, así como la vida misma. Si pudiera venderlo en un preciazo, sí, señor, me hago de unos… recupero algo, sí, como no. Ahora pensaba en voz alta. Contó los CD. Este me gusta mucho; aquel me aburre un poco. Activó la disquera. La voz del cantante no parecía feliz. Así y todo, esa tenue felicidad rebosaba la suya. ¿Cuánto tiempo estaré sin ver esto?: el barrio, las calles, las amistades, los amores.
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Aquí me detuve. Esa historia podría tener varias aristas. Como lector me adelantaba a un mundo desconocido. Pensé en la retórica, en los lugares comunes, como se dice en materia de literatura. Ya había escuchado por Radio Bemba algunas anécdotas cuyo comienzo era así.
Entonces me vino a la mente la posibilidad de que lo que estaba leyendo podía estar basado en hechos reales. Cuando uno se entera de tales cosas los pelos se le ponen de punta. A veces duda del papel con letras y piensa que no es más que una artimaña del autor para embelesar a los lectores.
Son las nueve de la mañana. He vuelto a interrumpir la lectura de la novela. No sé por qué me detuve. Ya mis hijos son mayores de edad. Están casados, aunque todavía sin hijos. ¿Qué razones tengo para preocuparme? ¿Las mismas por las cuales la gente pierde el sueño? Sabía, o tenía el presentimiento de que me iba a pasar dos semanas, por los menos, sin aclarar un caso de homicidio. Creo que Pupo no nos daría un caso durante ese periodo. Nos dio, a mí y a mi ayudante, los deseos de unas vacaciones. Aunque la estábamos pasando como vacaciones mal pagadas. Pero, bueno, con algo hay que conformarse, qué carajo.
Tomé el libro con mis manos. Busqué la página marcada. Una vez había leído esas líneas. Estaba seguro que ahora continuaría el curso de mis ojos en pos de esas letricas de molde.
Decía así:
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El reparto, como suele decirse a las construcciones apartadas o lejos de la ciudad, parecía arcaico a pesar de las pocas décadas de haberse erigido. Unos arquitectos españoles, en una comparecencia en un famosísimo programa de televisión, dijeron que esas edificaciones habían sido construidas de espaldas al mar. Que no tenían entrada, salida, ni centro. En fin, se habían echado a reírse delante de las cámaras de la tv. Al seguro, más de media isla lo estaba viendo.
El joven Abel se apresuraba a diseminar la venta de sus pequeñas propiedades. En su mente adelantaba y atrasaba aquellas imágenes televisivas que antaño había visto por la diminuta pantalla. Se volteó para ver a la chica ensueño. Ella le dirigió una mirada conservadora. Con una mano le instigó su anillo de compromiso. Si la invito…, se dijo Abel, esta noche, seguro accede. No tardó en cambiar esa obstinada idea. Volvió a pensar en las amistades que tenían dinero. Recordó el teléfono de una amiga. El último número se le demoraba, no dejaba verse por su memoria fotográfica ni por la agilidad mental con que trataba de insertarle el orden consecutivo. Ojalá fuera ése. Musitó sin atinar a ciencia cierta lo que quería. Sus pasos se precipitaban delante de su pensamiento viril. Acababa por desechar ese número telefónico.
Entonces optó por sentarse en unos troncos de árboles que una vecindad los había colocado, a medio enterrar, los cuales se usaban como bancos en aquel improvisado parque. Hortensia me puede comprar la grabadora, decía para sí. Con la PC Ramiro seguro se queda. Los CD, para Carmen; la PC, para Ramiro; ¿y el radio portátil de 13 bandas? A ver, sí, sí, ya sé quién se puede quedar con el radiecito.
Se levantó con fe en sus convicciones. Visitó a Hortensia, a Ramiro, a otras amistades que hacía semanas no veía y que, casualmente, se entrecruzaba con ellas. No pudo vender nada. En todo caso algunas frases: Deja ver, a lo mejor paso por allá; creo que me hace falta; mañana, mañana te caigo por el gao. Tenía que vender todo lo que pudiera. Ya la madre le había dicho que ahorrara dinero.
De vuelta a casa activó la disquera. La letra de una canción le hacía comparaciones de cómo sería en la otra vida.
Ya tengo vendido el refrigerador, expresó la madre de Abel.
El joven tenía bajo el volumen de la radio grabadora.
¿En cuánto?, le preguntó el esposo.
Abel escuchó: a cien fulas.
¿A cien fulas, Tonia?
¿Qué más quieres, Ñico?
Abel se fue alejando de la conversación. Cerró la puerta de su habitación. Podía escuchar con más tranquilidad la música. A veces, en los intervalos de canción en canción, oía a sus padres discutir en un tono de voz más alto. Tenía deseos de salir del cuarto y decirles:
Oigan, hablen bajito, los vecinos se van a enterar.
Pero nada conseguiría con esa acción. Su idea era separarse de la familia. Tener la suya. Aunque le costara sangre, sudor y sacrificio. Había llegado a la conclusión de que ‘este era el momento’, mientras le subía aún más el volumen al equipo de música. A la vez se le introducía en la mente todo tipo de ideas: un viaje largo, pero rápido; conocería a un nuevo amor; allá se comunicaría con el editor de sus libros. Sin embargo, un golpecito en una pierna con una punta de la cama le hizo volver a donde estaba. Ahora alguien tocaba en la puerta que conducía a la escalera del edificio. No se acomodó, como quiso, en la butaca. La madre lo llamaba.
Te buscan, Abel. ¿Tú me oyes?
Transcurrieron unos segundos sin comunicación.
Abe…Abelito, te quieren ver.
El joven escuchó un ruido detrás de la puerta de su habitación. Bajó un poco el volumen de su equipo de música. Entonces escuchó la voz de otra persona. Pensó que era un policía por el aspecto que tenía, la forma de peinarse, el modo de hablar.
Yo vengo de parte de Ramiro, él me mandó…
Sí, respondió Abel. ¿Te dijo el precio?
¿De la computadora?
Sí, claro.
Los padres de Abel musitaban.
Está un poco caro, expresó el extraño.
Abel desconfió:
Tiene buen precio. El Estado vende algunos componentes y caros, muy caros.
Abel activó la PC. Enseguida vieron la bienvenida a Windows. Un tapiz de una mujer semidesnuda atrajo la vista del desconocido.
Mi socio, está carita la compiurer.
Oiga, le dijo Abel, está casi nueva. No estoy apurado en venderla.
¿Nueva?
Sí, nueva nueva, lo reafirmó Abel.
El padre de Abel carraspeó desde la sala.
El desconocido hizo una mueca de insatisfacción.
Tonia se puso a cantar el estribillo de una canción.
Le digo, con sinceridad, que esa computadora está en talla.
Mira, Abel, yo me llamo Isidro. En realidad no la quiero para mí. Es para mis hijos.
No va a lamentar su compra, se lo aseguro.
Yo sé que ustedes son buenas personas, pero…
Oiga, Isidro, le confieso que usted y sus hijos van a tener tremendo equipo y con todo los hierros.
¿Con todos los hierros?
Sí, Isidro, le reiteró Abel, esta PC es original, sacada de su estuche capitalista, tú sabes, y está buena, bonita y barata.
Isidro se echó a reír.
Los padres de Abel también.
Una perrita se despertó. Empezó a gruñirle al extraño.
¿Y los papeles, Abel?
Contra, Isidro, yo pensé que usted sabía que… que estos equipos no necesitan papeles.
Oh, oh, rezongó el comprador, así no, así no.
¿Por qué ‘así no’? Si esta PC tuviera papeles, usted no me daría lo que realmente vale.
¿Y si me detiene algún policía?
Eso usted, después que salga de aquí, lo debe evitar.
Se la lleva en una caja, intervino Tonia, en su caja original, pero cubierta con una bolsa oscura.
Brother, a mí me parece que Ramiro no habló claro contigo.
Sí habló claro conmigo, Abel. Pero sucede que ese precio no me conviene y quiero, además de pagar una PC cara que la policía no me la decomise.
Un silencio afloró entre ambos. Resongos, carraspeos, muecas, variaban entre los seres que veían el refrescador de pantalla que los imantaba por un buen rato.
Ven otro día, expresó Abel, a ver qué se puede hacer.
Eso haré, dijo Isidro, si tengo tiempo.
Yo sí te digo que está en precio.
Isidro volvió a reírse de esa frase de Abel. ¿Así que está en precio?, se preguntaba para sí el futuro comprador. Pero yo no estoy apurado y tú sí, Abelito; eso me dijo Ramiro. ¿Qué te habrá dicho Ramiro?, se interrogaba en su psiquis el vendedor. Pues mira, prefiero dejarle la PC a un familiar que vendértela barata a ti, cacho de oportunista. Voy a venir dentro de unos días, Abelito, a lo mejor cambias de opinión y me haces una rebaja; tampoco quiero que me la regales. Tonia y Ñico charlaban acerca de la garantía de la computadora. Le aseguraban a Isidro que nunca se había roto.
Con más razón, señora y señor, expresó Isidro, para que se rompa un día de estos. ¿Saben cuánto cuesta su reparación?
Abel ya no hablaba. Solo repetía en el subconsciente: no tengo apuro por ahora, este es el primer comprador, ya vendrán otros. Se puso en su lugar, cuando estaba deseoso de tener una PC en su casa, cerca de él. Con solo estirar la mano la tenía cerca de su cama. Ahora pensaba darle camino. El mismo por el cual la adquirió. Recordó que él no le había regateado a su vendedor. Había pagado cincuenta dólares demás.
Yo le aseguro, expresó Tonia, que no se le va a romper por lo menos al cabo de un año.
Isidro volvió a reírse. Meneaba la cabeza. Repetía interjecciones negativas. Les dijo que pronto iba a volver con un técnico en informática. A Abel no le cayó bien esa frase. Resulta que se la vendo barata y desconfía; quiere verla por dentro.
Pues que la vea, agregó Ñico.
Ya Isidro se marchaba. Tenía deseos de comprarla.
Tienes que venderla en lo que sea, le repetíaTonia a Abel. Algo es algo y nos va a hacer falta, quien sabe para qué ese dinerito.
Al primero que venga se la venderé, mima. Déjame eso a mí.
La gente se aprovecha en estas circunstancias, mijo.
¿Qué circunstancia? ¿Ustedes han hablado con algún vecino que nosotros nos…?
¿Qué vecinos, Abelito?
Mira a ver, mima. Después vienen los chivatazos por la envidia.
Nada, nos vamos a mudar.
¿A mudar? Seguro el barrio ya lo sabe.
Ya se enterán, dijo Tonia.
Por lo que veo, Anier se va también.
Tu hermano Abdel dijo que TODOS o nadie.
¿Y si Anier habla lo que no debe delante de…?
Eso no va a pasar, Abel. Sé positivo, chico.
El positivismo ayuda en la dificultad, pero no salva.
Ñico seguía mudo frente a la pequeña pantalla. Se limitaba a ver un programa vespertino. A ratos cerraba los ojos e imaginaba la mejor suerte con tal de no tener contratiempos en la aventura que los imantaba. ¿En qué momento será?, se preguntaba para sí. ¿Tres días, como dijo el tipejo aquél? ¿O tres meses? No, yo creo que eso es mucho tiempo. Se encontraba de espalda a una reliquia de Santa Bárbara. En ese momento el viejo recordó su infancia en aquel pueblo de provincias. Las imágenes se le diseminaban con una rapidez espeluznante, desde los siete u ocho años hasta sus sesenta y tantos. Había escuchado que cuando uno suele tener ese tipo de recordación es porque le queda poco tiempo de vida. Entonces se dijo:
Qué carajo, si yo no creo en dios.
Al joven Abel le pareció escuchar unas palabras; pero las asoció al programa televisivo. Tonia se entretenía en diluir las pastillas en un jugo de guayaba para dárselo a Anier. Era una droga que lo diezmaba.
Qué cosa, repetía, ahora, mentalmente el viejo. Eso es rápido, si todo es legal. No vamos a tener problemas en el ‘tubo de hierro’, seguro que sí.
Mientras
tanto, Abel se proyectaba físicamente hacia su habitación. También
se preguntaba y se respondía tales afirmaciones y negaciones que
solo él, dentro de su razocinio, lograba darle comienzo y fin a lo
que aún estaba por venir. Dame fuerzas, Jesús, yo sé que tú eres
el Cristo, el Ungido,
Dios manifestado en carne. Se acostó en la
cama. Activó un CD, pero la letra no lo dejaba insmicuirse en sus
cavilaciones. ¿Tres días nada más y ya? ¿Seguro llegaremos en esa
fecha? Eso fue lo que dijo el tipo ése; parece un cabrón. Levantó
el tronco y se quedó sentado en la cama. A veces solía escuchar
algunas canciones en esa postura. Pero le gustaba más sentado en el
piso, recostado a la cama.
La madre espulgaba el arroz. En cada grano veía la posibilidad de reencontrarse con su hijo. Habían pasado más de diez años. Diez agostos, repetía en silencio, mientras aseguraba que dentro de unos días, mejor dicho, dentro de setenta y dos horas, volvería a ver a Abdel, esta vez estaría con él para siempre. ¿Y mis nietos, mis nietos dónde estarán? Ay, Dios mío, esto es un sueño, un largo sueño, ¿lejos de la realidad?¿Y las vecinas, mis amigas? ¿Qué será de mis amigas, mis buenas vecinas? Bequi, una perrita de varios cruces, le pedía comida en dos patas. Tonia la regañaba. Mi niña de cuatro patas, ¿qué te pasa, mi querer? La mascota se alegraba. Volvía a andar como una cuadrúpeda. Daba vueltas por la cocina. Corría por el pasillo. Se detenía. De nuevo emprendía una carrera hacia la cocina. Ladraba y se quedaba quieta luego. Emitía gruñidos o gemidos casi humanos. Eres mi niña de cuatro patas, ¿verdá, mi querer? ‘¿Te quieres mudar con nosotros?’ tengo que tirarte unas fotos, acabarte de desparasitar, comprarte un guacal, a ver, a ver, lo voy a anotar todo para que no se me olvide.
Cuando terminó de lavar el arroz, activó la arrocera. Qué buena me salió y pensar que la tengo que vender o regalar. La perrita le ladraba con más fuerza. La obligaba a detenerse. Corría entre sus piernas. A veces la mascota se tiraba en el suelo, bocarriba, mientras Tonia le pasaba las manos por las teticas. Bequi la saludaba con una pata delantera. Las patas traseras las abría para que su dueña le acariciara la piel. Te voy a extrañar, mi niña de cuatro patas, te voy a extrañar. La mascota volvía a emitir gemidos casi humanos. Tonia se estremecía al escucharla. Es una reencarnación, Dios mío, no puede ser, no puede ser.
En una oscura habitación Anier divagaba. Era la única manera de preguntarse y responderse. Nadie lo entendía. Aún a los treinta y tantos años no había recibido un centavo de ayuda del Estado. ‘La vida, decía, la vida del dedo de mi vida hace, hace vida en dedos de mi herida. Yo soy la sangre y vida de dedo es sangre’. A veces abría la puerta de su cuarto. Entonces, cuando se daba cuenta de su sola existencia encendía el radio y repetía, hasta donde podía memorizar, cada palabra del locutor.
El futuro momento estaba preparado para cuatro vidas. Un poco más de tiempo y ocuparían cuatro asientos en un sueño retrazado y reprogramado. La paz de la lucidez se reencontraría con la agitación de la locura y viceversa. Cuatro visiones en blanco y negro verían sesenta y cinco mil colores en breve.
La insistencia del timbre de la puerta hizo que los cuatro salieran de su ensueño. Tonia, Ñico, Abel y Anier, se les abrieron aún más los ojos hacia la puerta. Tonia abrió:
Buenas…
Muy buenas por aquí.
Era un hombre de apariencia sencilla.
Ay, es usté, pase, pase.
Primero, expresó el hombre, quiero presentarme. Yo soy Gerardo…
Sí, sí, le interrumpió Tonia, ya tu mujer había hablado conmigo. A usté lo conozco de vista, pero bueno…
Oigame, Tonia, usté dio en el clavo que tenía que darle. Se lo digo con toda sinceridá, vaya.
Usté, usté, intervino Anier, es mi amigo.
Hombre, dijo Gerardo, como no, y más de ti. ¿Te acuerdas de mí?
Ya, Anier, vete pa’ tu cuarto, lo regañaba Ñico.
Con el dedo índice apuntado hacia su sien, Abel intentaba explicarle al visitante por qué Anier se comportaba así.
Yo lo conozco, decía Gerardo, mi socio. No es la primera vez que lo veo.
Sí, Gerardo, no se preocupe,dijo Tonia.
Sentados en el sofá el tema de conversación surgió espontáneamente. Tan pronto Gerardo puso su ‘regla’, Tonia tomó la palabra. Los demás miembros de la familia se habían marchado hacia su aposento.
Es lo que queremos.
Vea, Tonia, uste me tiene ahora contra la pared, ¿entiende?
Todavía hay tiempo.
Siempre se puede hacer algo. Son dos apartamentos y una casa particular, ¿no?
Sí, sí.
Ya yo vi la de Guanabacoa. Falta el apartamento de La Habana Vieja.
Déjeme decirle que es una edificación antigua, pero está fuerté aún.
¿Una vieja con colorete?
No tanto así, Gerardo.
Bueno, no importa. Yo tengo que verla, digo, el apartamento ése, porque la casa de Guanabacoa está en buen estado.
Eso téngalo por seguro.
El hombre la miraba con otras intensiones. Ella lo dejó hablar. Ya una amiga le había contado que Gerardo tenía buenas relaciones en V i v i e n d a s. Conocía a muchos inspectores. Tenía abogados de sobra para legalizar cualquier edificación.
Bien, expresó Tonia, nos mantendremos en contacto.
Ya usté sabe, te voy a mandar a unas gentes pa’cá.
Cuando la puerta se cerró, Tonia suspiró profundamente. Era un dinero seguro. Se ahorrarían una buena parte del reciente envío. Camino a la cocina, se regocijó en otras aspiraciones: las ropas, los equipos electrodomésticos, algunas joyas. Era manicure. Poseía casi todos los enseres de ese oficio. Pero no se decidía a regalárselo a una de sus mejores amigas. Quizás porque el hijo había pasado mucho trabajo para enviárselo desde el exterior. Tal vez porque podía venderlo a un precio moderado. También pensó en la posibilidad de llevárselo.
Las subsiguientes horas transcurrieron en constantes cálculos. La matemática les decía que tenían lo suficiente para la operación. Con los días, las semanas desembocaron en un mes y en otro. Alguien les aconsejaba que ‘tal giro no es cuestión de semanas sino de meses’. Todavía no habían vendido una vivienda, lo cual ponía difícil la recuperación monetaria.
Los papeles, para la aventura, ya estaban listos. El corredor de permutas los tenía nerviosos. Abel pedía ecuanimidad, mientras Ñico se inclinaba por dejar las viviendas, no vaya a ser, repetía, que por cosas de la vida tengamos que regresar.
Sé positivo, Ñico, decía Tonia, todo lo que se pueda vender será mejor después.
Después qué, mima. Yo creo que pipo tiene razón. Dejemos las cosas y partamos.
Sonia miró a su hijo. Lo vió con los mismos deseos de ella. ¿Ya ese tipo, el de las cartas de invitación, te dio la orden de partir? Todavía, mijo, ten paciencia. ¿Paciencia?; a ver si los dictadores se dan cuenta. Qué poco sabes de la vida, hijito; los dictadores, como tú dices, les conviene esta estampida legal. Entonces vámonos ya, mima. Hay que esperar a que pase el huracán ése, mijo. Abel se marchó hacia su habitación. Puso un CD y encontró sosiego en una canción. Una voz se le entremetió en sus oídos: ¿No te parece que eres demasiado grandecito para venir con tus padres? Tumbado en el piso, intentó abrir un ojo, mientras la letra de la canción ya no le interesaba. Ahora una uniformada le volvía a repetir la misma pregunta. No sabía qué responderle. Ñico y Tonia se encontraba a su lado. La oficial le preguntó a Tonia que ‘si han salido antes’. La madre de Abel dijo que ‘no’. Entonces la uniformada comenzó a escribir en un expediente. Era una nota breve. Al lado de ellos entrevistaban a una jinetera. No le hacían preguntas ofensivas. Todo lo contrario, porque sabían que ella iba a regresar.
Bajó un poco el volumen de la radio grabadora. Los padres discutían. Ñico quería ir cuanto antes a la agencia y verificar el horario de partida.
¿No ves que todavía no ha pasado el ciclón ese? Qué pesado te pones.
Vamos, Tonia, vamos de todas formas.
Hay que esperar, Ñico, no seas terco.
Para luego es tarde.
Abel se asomó por la puerta de su habitación:
No griten más. Los vecinos se van a dar cuenta.
Que se den… que lo sepan.
La ruda respuesta del padre le hizo cerrar la puerta con solidez. Volvió a subir el volumen del equipo de música. Ñico y Tonia acababan de salir. Otro portazo se escuchó en el apartamento. La mascota se despertó. Movía el rabo mocho, mientras arañaba la puerta. Detrás estaba Abel. Escuchaba a la perrita hociquear por el piso.
¿Quieres entrar, Bequi?
La mascota ladró.
Abel abrió la puerta.
La perrita entró sumisa y alegre para levantarse en dos patas. Eres una persona, ¿lo sabías? Una vez escuché a un inhumano decir: ‘a los animales hay que tratarlos como animales que son’. El joven la cargó. Sentado en una silla le pasaba la mano por la cabecita. Te puse una vacuna. Eres más cara que una niña boba. La dejó libre. La mascota saltó y corrió más alegre que sumisa desde la habitación de Abel hasta la cocina.
El tiempo apremiaba. Los deseos de partir también. Gerardo, el corredor de permutas, había traido una buena nueva. Ya tenía un comprador para la casa de Guanabacoa. ‘Y para este apartamento’, rememoraba Abel, mientras se mecía en el sillón de la sala. El otro sillón lo había pintado Ñico hacía unos días. Ambos sillones esperaban al comprador. Oiga, otra vez se entrometía Gerardo, si todavía no han vendido los sillones ésos, ya yo tengo quien… Ya están vendidos, Gerardo, le interrumpió Ñico. Bueno, pero pueden fallar los socios; yo tengo uno que rompió una guanajita hace poco y tiene con qué, ¿oyó? Venga acá, Gerar’. Dímelo, científico. Abel se quedó perplejo. Músico, poeta y loco, pero científico no. Eso no importa, ¿Qué me ibas a decir? Es sobre la computadora, Gerar, ¿se acordó usted? Ah, sí, sí, muchachón; tú me dijiste que ya tenías un comprador y al mío le dije que no. Abel se incomodó. De todas formas se puede hacer algo. Que sea rápido, insistió Abel. Déjame eso a mí, Abelito. El corredor de permutas observó a toda la familia. Ñico se había quedado con una palabra en la boca:
Es que nunca me dejan hablar.
A ver, diga.
Mi-mire, Abelardo, ¿ese es su nombre?
Abel se echó a reir. Entró a su cuarto. Tonia se le acercó al corredor. Le hizo una mueca de compasión para que no le hiciera tanto caso a Ñico.
Ge-rar-do, Gerardo, mi amigo, pa’ servirle.
Ah, ah, Gerardo…
Ñico miró a Tonia. Por poco le adivina la mueca.
Por fin, ¿tienen el comprador de los sillones?
Sí y no.
Es una respuesta a medias.
Lo que quise decirle, expresó Ñico, es que, al primero que venga, se le venden los sillones.
Entonces ya están vendidos. Mañana vengo por aquí.
Fi-fíjese, si no los encuentra, es porque… ya usté sabe.
Oigame, ya eso está querido.
Y sobre el apartamento, este apartamento, mi esposa quiere pasar el día 23 con su hijo, allá, es su cumpleaños.
¿Del hijo o de ella?
De ella, dijo Ñico.
Y el mío también.
Tonia
espiró una risita. Usté tiene buen sentido del humor, Gerar. ¿Yo?,
eso dicen; lo mío va en serio. ¿En serio en serio?, insistió Ñico.
Fíjese, Gerar, ella quiere pasar su cumpleaños allá, cerca de su
hijo. Despreocúpese, Ñico, antes de esa fecha. Seguro, usté verá.
¿Y el apartamento de La Habana Vieja? La pregunta había salido
desde la habitación de Abel. Se había quedado aún en su peluda
cabeza. Por un buen tiempo, mientras veía a la mascota que le movía
la cabecita y se postraba bocarriba y le abría las paticas traseras
para que
Abel le hiciera cosquillitas, había puesto a prueba su
memoria. La última visita del corredor de permutas quedó bien
grabada en su psiquis. Solo que todavía tenía entre sienes la
maravillosa idea de la partida. Ya no le importaba la PC ni la radio
grabadora. Tampoco los CDs. Nada. Todo lo que quiso en el comienzo de
su juventud ahora lo tenía delante. Pensaba en los mágicos
boletines que lo ayudarían a salir del ensueño y penetrar la
realidad, otra realidad más cocinada.
Cada vez que se quedaba solo pensaba y requetepensaba tanto que le espiraba cada idea capaz de botar otras semejantes.
Sintió unos golpes secos en la puerta en lugar del timbre. Tiene que ser un extraño, caviló. Se acercó a la mirilla. Efectivamente, era un tipejo raro, pero al mirar hacia un lado divisó a Isidro. Era el amigo de Ramiro. Sin pensarlo tres veces abrió la puerta.
Buenas…, dijo Isidro.
Muy buenas por aquí, expresó el desconocido. Yo soy Anselmo.
Abel se quedó un poco perplejo. ¿Será otro interesado?:
Buenas tardes, los saludó. Y Ramiro… ¿qué le pasa que no vino con ustedes?
¿Ramiro no te lo dijo por teléfono?, le preguntó Isidro.
¿Por teléfono?, se asombró Abel. Yo no tengo teléfono.
Coño, Abelito, el de la vecina tuya, aquí al lado.
Anselmo estaba mudo.
Sí, sí, pero yo le dije que no llamaran. Bastante tenemos con la permuta.
¿Estás permutando?, volvió a preguntarle Isidro. ¿Pa’ dónde?, ¿Te gusta La Lisa, el reparto San Agustín?
Abel calló por unos segundos. Una palabra demás y la sospecha vendría.
No, no, son cosas de mis viejos. Ya lo tienen cuadrado todo.
Yo también soy corredor, precisó Isidro.
Qué va, brother, ya tenemos a uno en éso, tú sabes.
Ah, bueno, Abelito, por si te interesa, toma.
Le entregó una tarjetita de presentación. Decía: Isidro Suarez, Fotógrafo. Abel se asombró por el cambio de oficio. Sin embargo, no le dijo nada. Todo lo contrario. Afirmó ayudarlo en caso de fallarle el otro corredor de permutas.
Pues sí, Abelito, este es el compadre del que te hablé pa’ la computadora.
Concho, Isidro, ¿no era para tus hijos?
Claro, brother. Este socio es el informático.
Anselmo sonrió.
Ya te dije… qué va, Isidro.
¿Qué pasa, Abelito? El socio es yunta mía. No hay líos.
Es que… tú sabes, este…
Conmigo no hay problemas, Abelito, intervino Anselmo. Yo soy una tumba, aunque no estoy muerto.
Ya no le gustaba el giro que había tomado la venta de la PC. Observó a Isidro. Se fijó en el semblante de Anselmo. Quién sabe a lo que se dedica, cavilaba, a lo mejor es un chivatón de ésos.
¿Y qué tiene que ver él con mi computadora, brother?
Tranquilo, Abelito. El va a mirármela por dentro: el disco duro, las torres, tú sabes.
Eso no lo hablamos, Isidro.
Muchachón, te la voy a comprar.
Eso también me lo dijiste hace más de un mes y ahora es que apareces, miró hacia Anselmo.
Abelito, expresó Anselmo, a mí no me interesa de dónde tú la sacaste. Yo solo quiero los diez fulas que me va a pagar mi socio, miró hacia Isidro.
Ya tu ves, Abelito.
Al comprender la situación, los mandó a pasar hacia su habitación. Había tremendo reguero. Oigan, no se fijen en el desorden. Las mujeres son las que se fijan en todo, Abelito; confía en Anselmo y si está ok la PC, te la pago aquí mismo. Mientras Anselmo se disponía a inspeccionar la computadora, Abel activó el equipo de música.
¿Lo vendes también?, preguntó Isidro.
Sí. Y este radiecito portátil. También aquellas ropas, el bulto completo, ¿te cuadran?
Isidro miró hacia el joven. Abel le vio algo anormal en sus intensiones visuales. Parecía cambiar su forma de pensar.
Ven acá, chico. ¿Por qué estás vendiendo todas tus cosas?
Porque lo voy a comprar todo nuevo, Isidrito.
Está rara esa actitud tuya, Abelito. ¿Tú no te vas echando?
La pregunta le hizo toser a Abel. Comenzó a carraspear. Anselmo ya tenía desarmada la computadora: este hierro está en talla, Isidrón. ¿Seguro, men? Oye, Isidrón, comemierda el que no lo compre. Abel se dio cuenta, demasiado tarde, que había pedido muy poco por la PC. Si hubiera tenido más compradores tal vez la hubiera vendido más cara. Pero no le convenía, ni a él ni a sus familiares, seguir recibiendo a más extraños al apartamento. Tú vas a ver, cavilaba Abel, le voy a pedir un poco más por la grabadora.
Este equipito vale ciento cincuenta.
¿Que qué?
Ciento cincuenta.
Yo te puedo dar unos cien y dale echando.
Lo voy a pensar, respondió Abel.
La computadora y todos sus componentes los envolvieron en una bolsa oscura. Abel comprobó que habían venido en un automóvil, en el cual acomodaron, por último, al equipo de música. Algo le saqué, decía para sí Abel, mientras veía el humo automotriz que se disipaba entre los edificios del reparto. Con tristeza volvió a pensar en la PC. Allá me compraré una mejor, tú verás, sí, como no. Con ese pensamiento cerró la puerta del apartamento. Aún los padres no habían regresado.
Después se quedó dormido. Tuvo un leve sueño. Un movimiento en el yale le hizo abrir los ojos. En su arco visual aparecieron Ñico y Tonia.
Nada, dijo Tonia, tiempo y dinero perdidos.
Vendí casi todo lo mío, le respondió Abel.
¿Qué vendiste?
La computadora y el equipo de música. Los CD lo vienen a buscar más tarde.
Ahora falta tu apartamento. Llamé a Abelardo. Ya tiene vendida la casa de Guanabacoa.
Ñico no tenía deseos de hablar. Fue directo hacia su cuarto y se tiró a dormir a piernas sueltas en la cama.
Ya quedan pocos días, mima. Mi apartamento es difícil venderlo.
Se lo dejamos a la hija de Esther, a Yaima.
Abel asintió con la cabeza. Era lo más conveniente. Antes que el Estado se quede con mi techo, mejor se lo cedo a un familiar.
Cuando miró por el espejo retrovisor, se dio cuenta de lo que abandonaba. No solo edificaciones derrumbadas, sino recuerdos que se remontaban más allá de lo que un cerebro puede acumular. El chofer era el padre de su mejor amigo. El auto inglés tenía piezas rusas. Andaba tan seguro como su dueño.
¿Entonces da la cuenta ‘botear’?
No creas todos los cuentos, Abelito. Por una parte te entra y por otra te sale.
Pero te da la cuenta, Javier. No le mientas a Abelito.
El chofer se quedó un rato pensativo. Manejaba más lento. A veces miraba a la familia por el espejo retrovisor.
Vengan acá, ¿ustedes están seguros que por esa vía llegarán en menos de setenta y dos horas…?
Oigame, expresó Ñico, yo le voy a dar la noticia. Se lo aseguro.
Tengan cuidado, repetía Javier, han estafado a mucha gentes así.
Tonia y Ñico hablaban bajito. Anier repetía todo lo que decía el chofer. El único que se reía y no paraba de hablar era Abel. Ya le daré el notición yo también, usted verá; pronto llegaremos. Tengan cuidado, volvía a insistir el chofer, todos los estafadores aseguran que lo suyo es lo mejor, al final es lo contrario.
El ruido de motores en las alturas los estuvo imantando durante un buen tiempo. Tonia miraba hacia arriba. Rezaba por un milagro.
Yo tengo que dejarlos aquí, les dijo Javier. Voy a parquear.
No hay problemas, brother.
El chofer los acompañó recinto adentro. Los ecos amplificados de una mujer anunciaban la suerte de la familia Suárez. Ya habían dejado atrás la puerta número dos.
Al cabo de unos minutos se acomodaron en unos asientos. Tonia fue a comprar unas sodas y golosinas. Javier se reía ahora con ganas. Óyeme, Abel, ‘pásame el casete’ a ver si mi hijo se puede ir en este giro también. Eso no depende de mí. Entonces de quién. Javiercito, cuando lleguemos yo te aviso, ¿okey? Sí, sí, está bien. No es desconfianza, Javie, es que la… tú sabes. Sí, sí, yo te entiendo. Abel se pasó una mano por la frente. Miró casi todo lo que le rodeaba. Pensó si sería la última vez que estaría en un lugar como ése.
¿Qué te pasa, Abelito? ¿Te cayó el gorrión?
No tanto, Javie, no tanto. Oye, van a pasar unos cuántos años…
¿Ya tú ves? Yo te lo dije. Ese gorrión nunca falla.
Anier y Ñico se entretenían por los diferentes departamentos del recinto. Tonia les hizo seña. Al cabo la familia Suárez junto al chofer se empinaban de las sodas y probaban los dulces.
Estás probando la azuquita cubana, expresó Javier.
Es verdad que te gusta joder, agregó Abel.
Tan pronto terminó la frase, volvieron a pensar con la mirada puesta en el ruido de los motores en las alturas. Sería su primera vez, su única experiencia. El chofer lo miraba y sonreía. La sonrisa no esbozaba maldad. Más bien una burla positiva. Tonia le enseñó a Javier varias cajas de tabaco cubano. Estas valen un tesoro. El chofer le ripostó: ya el tabaco cubano ha mermado en calidad; pero, bueno, de todas formas siempre hay un loco que paga por arriba.
Gracias, Abelito.
¿No quieres más refresco gaseado, Javier?, le preguntó Tonia.
No, ya estoy bien. Maté la sed.
Escucharon unas palabras amplificadas. Era la hora de partir. Se despidieron del chofer como si fuera de la familia. Prefiero pagarle a él que a un taxista del Estado, pensó Abel.
Tonia escuchó unas palabras a cierta distancia. Una amiga junto a su hija la llamaba.
Yo pensé que no ibas a venir.
Niña, dijo Magalys, te estábamos buscando.
Al fin, Tonia, expresó Sandra, te llegó la libertá.
Las maletas ya habían tomado otro rumbo. La familia Suárez se dirigió hacia un local que exigía un control más riguroso. Unos verdeolivos le empezaron a formular preguntas. Cada miembro de la familia portaba su identificación. A otras personas, en la fila, les hacían menos preguntas, a pesar de mostrar cada quien su identificación también.
No hubo contratiempos. Solo que Magalys y Sandra no se conformaron con despedirse a distancia y se abalanzaron hacia Tonia. Un agente uniformado, airado les dijo:
Oigan, ustedes saben que no pueden pasarse de esa línea. ¿Qué les pasa? A ver si…
Enseguida Gladis y Sandra volvieron a donde estaban los demás espectadores. Un miembro de los uniformados tuvo que acercarse a esa muchedumbre para exigirle que permanecieran después del cordón.
La familia Suárez, protagonista de esta historia, pasó por diferentes chequeos hasta ser conducidos por un pasillo y luego, luego fue un sueño, todos sentados, con los cinturones ajustados. Se quedaron asombrados al observar las pocas luces en las tinieblas. El ruido de los motores los fue ensordeciendo. La sangre se les quería salir por los oídos. Ñico le dijo a Tonia que tragara saliva.
El dolor es muy fuerte.
Yo lo sé, Tonia, pero traga, traga saliva.
Se lo dijeron a sus hijos. Abel escuchaba un poco; Anier casi nada. Después de un santiamén se quedaron dormidos. Cada familiar soñaba su porvenir más cercano: llegar a un mundo diferente. A otro mundo de isla donde se hablaba inglés y era de raza negra.
El primer encontronazo con esos nativos les hirvió la sangre. Menos Ñico, todos tenían aún los oídos adoloridos. Después de hacer una larga cola, un oficial uniformado los condujo a una oficina. El agente portaba en sus manos los cuatro ‘bolsilibros’ cubanos.
Ñico había salido de la oficina en busca de los equipajes. Al verlo regresar con las maletas, enseguida Abel se dio cuenta que una de ellas no era la suya. Se quedó sorprendido, porque cualquier pasajero podía equivocarse adrede y llevarse otro equipaje.
Esa no es la mía, dijo Abel.
No lo entiendo, expresó en inglés una empleada.
Abel pensó que la empleada le había dado la espalda a propósito. Se acordó que en su bolso llevaba unos disquetes y CDs de su obra literaria. Lo demás no le interesaba tanto. Suspiró sobremanera. Solo en la maleta había libros, ropas y zapatos. Pero al ver regresar a la empleada con otro empleado le llamó la atención.
Yo hablo español, le dijo el empleado a Abel, poquito… poqui…
Qué bien, le interrumpió Abel. Resulta que mi maleta no está aquí.
¿De qué color es su maleta?
Negra. Es de un tamaño mediano.
Ahorita la vamos a buscar.
Sus padres y su hermano se quedaron en la oficina. Abel acompañó al empleado que hablaba español. La otra empleada se quedó con la familia Suárez.
Estuvieron más de media hora en busca de la maleta extraviada. Revisaron, por afuera, todas las maletas negras u oscuras. Ninguna tenía las señas de la maleta de Abel. Pensó en escribir un artículo como queja para desprestigiar a esos empleados; ya no tendría que firmar con seudónimo.
Entonces, dijo Abel, ¿qué hay por fin con mi maleta?
Se quedó en La Habana, le respondió la empleada.
¿En La Habana?
Sí, señor. Es una pena.
Es más que una pena.
Lo sentimos. Nosotros no respondemos por eso.
¿Usted está segura que mi maleta no hizo el viaje?
Señor, estos son los equipajes del último vuelo. No está aquí su equipaje, aunque es posible que la envíen en el vuelo de por la mañana.
¿Que ‘la envíen’?
La empleada espiró una risita. Escribió unas palabras en un file y le pidió que la acompañara.
Cuando Abel vio a sus familiares en el rostro no había un buen semblante. Un uniformado los condujo hacia un local, con más aire acondicionado, donde solo había una litera. Tanto el colchón de arriba, como el de abajo, no tenían sábanas. El cubículo tenía unos muebles tapizados. En uno de ellos se encontraban, sentadas, dos mujeres. Hablaban en español. Abel no tardó en saber que las mujeres charlaban con acento cubano.
¿De dónde son ustedes?
De La Habana, le respondió Abel a una de las mujeres que estaba sentada.
¿Y usted…?, Abel le preguntó a la otra mujer, tatuada.
De Nueva York, pero nací en Camaguey (Provincia de Cuba).
Se echó a reír. Abel le descubrió más tatuajes en los hombros y en los brazos. Hablaba como un hombre.
Y yo de Guantánamo (Otra provincia de Cuba), le dijo una mulata que se encontraba sentada al lado de la tatuada.
Se miraron de arriba abajo todos.
Así que una ‘reunión de cubanos’, expresó la tatuada. Na’, pero yo salgo mañana.
¿Mañana?, se asombró la mulata.
Sí, mañana. Yo tengo pasaporte americano.
Abel se quedó serio. En una mano la tatuada portaba un pasaporte cubano y en la otra el estadounidense.
Por qué dos, le preguntó Abel.
Oh, muchachito, expresó la tatuada, con este, el cubanito, yo entro a Cuba, y con el americano, a EE.UU.
Comenzó a reírse. La mulata le siguió el ritmo:
Y usté, a ver, dijo hacia Abel, ¿por qué salió del país?
Con una carta de invitación. Hacia Antigua.
Los padres de Abel le pidieron que no diera más detalles. Las dos mujeres se dieron cuenta. La supuesta ciudadana americana se sentía segura. Yo sí salgo de aquí, ustedes verán.
Yo voy pa Balbados, agregó la mulata.
Es la isla de Barbados, repetía mentalmente Abel, allá seguro tiene una conexión. Tonia se levantó. Le entraron deseos de tomar agua. Anier todo el tiempo se la pasaba hablando solo. Ñico ya estaba durmiendo como una piedra en uno de los muebles tapizados.
En el pasillo, cerca del baño, Tonia no se había percatado de un letrero en ingles: Don’t drink water. Sin embargo, unos sorbos en ese bebedero le aplacaron la sed. Una empleada la interrumpió y le dijo en mal castellano que NO POTABLE. Cuando Tonia regresó, la tatuada le explicó:
Oiga, ¿usté tomó agua de la pila?
Qué iba a hacer, le respondió Tonia, no podía aguantar la sed.
Usté está loca, esa agua es mala.
Efectivamente. La empleada que le dijo que no tomara agua del grifo se lo volvió a decir. Portaba en una mano una botella de agua purificada. Solo una. Hizo una pregunta en inglés. Se la respondió la tatuada. Ella enseñó un frasco de agua que llevaba en su equipaje. La mulata negó tener sed.
La empleada se retiró.
Tómesela usté, repetía la tatuada.
Désela a su hijo, señora, expresó la mulata guantamera, al que habla solo.
Ñico había regresado del baño. No me dejan dormir, adujo. Nunca había visto un servicio sanitario como el que dejó atrás. Tremendo espejo, decía, y como hay papeles, rollos de papeles. La tatuada se echó a reír. Yo salí de Cuba por el Mariel; bueno, ustedes saben, y la verdá, me pasó lo mismo que a ustedes. Hurgó en su maleta. Estaba desorganizada. Comenzó a repartir unos chiclet.
¿De verdad, vive en Nueva York?, le preguntó Tonia.
Anier estaba acostado a lo largo del mueble tapizado. Se había bebido casi toda el agua embotellada. Era bastante tarde. En el local no se divisaba un reloj.
Oiga, vieja, expresó la tatuada, no tengo por qué mentirle, vaya.
No, no, yo no dije que usté es una mentirosa.
La tatuada le enseñó varios ID. En todos se identificaba como ciudadana norteamericana.
A mí me da lástima lo de Cuba, prosiguió la tatuada. Por eso, cuando voy, no me la doy de turista, usté sabe.
¿De qué parte de Cuba es usté?, le preguntó Abel.
De Camaguey, te dije al principio, respondió la tatuada.
¿De Camaguey? Allá hay mucha carne de res y queso blanco.
Mira, muchacho, se echó a reír la tatuada. Pal que tiene, sí la come. Yo…yo sí gasté todo pa’ mi familia. A mi mamá la vi flaca, con los ojitos botados. Me lo gasté todo, todo. Fíjate que tuve que vender mis zapatos pa’ pagarle al taxista hasta el aeropuerto. Vine con estos.
Ya Anier y Ñico estaban rendidos de sueño. Tonia tenía un ojo medio cerrado. Solo Abel continuaba platicando con las desconocidas. La tatuada conversaba más que la mulata. Abel se dio cuenta de ello, mientras bostezaba. Su familia pensó que dormirían en un hotel de segunda para continuar viaje. Aquel imprevisto le hizo cambiar de opción. De La Habana ahora recordaba la escasez de luces a medida que ascendía por las tinieblas hasta alejarse definitivamente…
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Dejé de leer. Para mí no había leído mucho. No me sentía con esos deseos de acabar la novela tan rápido. A veces volvía a leer lo que había leído anteriormente. Lo analizaba y lo comparaba con anécdotas viejas que algunos colegas y vecinos me contaron. No quise adelantarme a los acontecimientos.
Le coloqué un marcador al libro. En la sala encendí la grabadora. Un CD de Polo Montañés me hizo volver al pasado de hace unos minutos. Entonces me acordé del modo de lectura de la Biblia. Consistía en leer cada día durante unos veinte minutos. Así entendería mejor el papel con letras. Pero si lo hacía así, no la hubiera leído debido a que en cualquier momento el coronel Pupo me llamaría. Por ello había leído a retazos Angustia peluda.
Me preparé un trago de ron y encendí un habano que había dejado en una camisa. Era un habano pirateado, de esos que hacen en las casas… habanos caseros. Coño, pero qué bien encendía, y qué bien olía. Mi esposa siempre protestaba cada vez que hacía eso. No soportaba el reguero y mucho menos cuando se percata, después de sacar la ropa de la lavadora, que un tabaco ha contaminado el lavatín. Me dice cada cosas que no las soporto. Aunque me quedo callado, en ese caso ‘el que calla no otorga’. Volví a repetir otro refrán al revés.
Este día va a ser lindo. De verdad que sí. La combinación de colores solares le da un toque magistral al mediodía. Sin embargo, quiero quedarme en casa. Pienso en ir a la playa, pero me quedo con los deseos, pues la sombra, pienso yo, me hace más bien, en estos momentos, que ese sol llameante.
En mi biblioteca privada he pasado buenos momentos. En uno de mis cumpleaños el teniente Flechilla varias veces se fijó en ese cubículo. Lo miraba con cada deseo de subir. Yo sé que esa escalera, que debajo tiene un bar improvisado, incita a la exploración. Todo extraño que llega a mi casa se queda fascinado. Quiere subir la escalera y ver qué hay detrás de esa puerta muy bien empotrada, al nivel de la pared. El capitán Contino me dijo que esa era la caja de seguridad del señor F.B. Ahora el dueño soy yo: el capitán N.V.
Qué bien cantaba Polo Montanez. Es una lástima que se haya ido tan rápido de este mundo alucinante. Siempre se va primero el que más quiere la gente. Hay cada tipejos en este país [sobre todo uno que discursea más de siete horas por la televisión] que debieran irse y no volver jamás.
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Acababa de llegar mi esposa del trabajo. Me vio con los espejuelos puestos y adivinó lo que estaba haciendo.
Conque leyendo, me dijo.
Sí, le respondí, parece entretenido este papelito con letras.
¿Cuál es?
Le enseñé la cubierta.
Ah, ya.
En el aereopuerto Agramonte se lo confiscaron a una mujer.
Ya me lo contaste una vez.
¿Yo te lo conté?, me quedé asombrado.
Ese libro, como dije anteriormente, me lo había regalado un amigo. Por poco me lo vende.
Qué poca memoria tienen los esposos.
¿Qué te pasa, Noris?
La tomé por los brazos y la besé en los labios. Se me encimó tanto que le sentí la frescura de sus nalgas. Hay mujeres que por mucho que sufran jamás pierden su encanto. Tenía un semblante algo triste.
¿Tuviste problemas en el trabajo?
No, me respondió.
¿Tienes poco dinero?
No.
¿Quieres salir a comer, a un restaurante?