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Los guapos no toman sopa


Saulo de Tarso o Apóstol Pablo (seudónimo)

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Copyright 2011 Pedro Merino

First Edition

Published by Pedro Merino at Smashwords

ISBN: 978-1-936886-36-4



Copyright TXu 1-685-193

Smashwords Edition, License Notes

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A los talleres literarios de La Habana

(los nombres o apellidos solo pertenecen a personajes literarios)

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“loco, tírame un cabo ahí en ec cambalache, que la pura no me mandó unos fula de la yuma, a vec si mato una jugada que estoy en la tea y coger un die‛ en ec gao que ec dado está feo en la‛bana.”

Traducción: oye, amigo, ayúdame a buscarme unos pesos en un negocio, que mi madre no me envió dólares desde EE.UU., a ver si se me da lo que deseo, que estoy hambriento y luego descansar en casa que la situación está difícil en La Habana.



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Fue así como empezó todo.

El inmueble es un hormiguero de voces. Cada quien ensaya una canción de rap sin música. La letra ronda el subconsciente, pero los cantores a penas logran darle cuerpo y alma. Plagian como pueden. Quieren ser como los del video clip, artistas famosos que en otro tiempo fueron andrajosos y hoy visten los matices de la fama, los aplausos de millones de espectadores.

Jábico, Asere y Monina aprovechan que están en el patio y lanzan sus pensamientos metrados. Puede que algún chismoso se entrometa, pero no es normal en ese lugar de hombres sin mujer. ¿Cómo dice ec coro, Monina?, le preguntó Jábico. Desafinao, loco, suspenso, sacaste sesentinueve. La muchedumbre de varones conocidos se fue acercando a los raperos. Algunos repetían la letra mal aprendida. Creaban la suya en medio de la fugaz alegría programada para ese periodo.

El Jefe tiene bemba pa‛mandac, cantaba Asere:

Aquí la cosa anda pata‛rriba

La gente se pregunta poc qué demora

Mientrá la vida afuera está patas abajo.

Si el Jefe no quisiera tal ve‛ pudiera

Pero la cosa acde en la nevera…

Ahora, ahora me toca a mí, dijo Monina:

¿Quién tiró la tiza?: el negro ése…

Ah, Monina, le interrumpieron desde el tumulto, eso está desafinao, ecobio. Cambia el tiro de la bolá que la gente se va a docmir.

Qué pinga, loco, ripostó Monina, esa es la mía. Deja la morumba. No te ponga, no te ponga.

Jábico, Asere y Monina volvieron a quedarse en soledad. Los tejidos semejantes que los vestían, algunos más gastados que otros, los hacían más copartícipes del momento.

En aquel lugar ausente de música, pero no de letras musicales, cada quien buscaba un grupo con qué compartir sus afinidades. También había soledades apartadas que insultaban su metedura de patas, pero pedían un milagro para salir de esa situación, aunque solo LOS AÑOS les complacerían. Ec tiempo, si no cura to‛as las herida, repetían los tres socios raperos, deja cicatrices.

No hay más na‛ que hacec, Monina.

Regulac pal tiempo, bácbaro, expresó Asere.

Jábico los miraba con cierta tristeza. Entre cantos y letras rapeadas había detenido su grabadora mental. A veces le daba hacia atrás. Solo conseguía desmenuzar la moledura de golpes y chavetazos que le había recetado a su víctima. Entonces ya no deseaba cantar. Se fue apartando de sus yuntas.

Monina y Asere se dieron cuenta un poco tarde; sin embargo, caminaron con sus números de rap. Se había regado la bola que pronto LOS JEFES organizarían un festival de HIP HOP.

A esa hora el Jábico pensaba en aquellos malditos minutos, en esos satánicos segundos en que descargó sus celos en la espalda de J. García Mas, alias Josuso.

Se me fueron las mano, locos, aseguraba Jábico, ¿ustede creen que sí?

Coño, loco, yo no sé poc qué tú te pones así, decía monina, ya eso pasó, ahora estás en ec Repacto Tanque.

Jábico empezaba a reírse. Aún así no consiguió olvidar lo que en el subconsciente se le encendía, sobre todo después de las diez de la noche. Por su mente de menos de tres dedos de magnitud ahora volvía a circular, mediante vivos colores, el ajetreo acaecido por las afueras del Anfiteatro de Marianao. Era una noche estupenda. Relucían las luces del ómnibus del grupo musical. Los rumores de que iban a tocar Los Luises y su banda se fue corriendo como una bola por toda la barriada. Oye, Jábico, se amplificaba en su psiquis, dicen que Josuso repelló a tu jeva. Eso son chisme, loco, a mí nadie me hace eso. Bueno, ecobio, según las malas lenguas… ¿Tula no es tu jeva? Ah, yerro, ¿qué te pasa a ti? No, Jábico, no te pongas bravo, coño, bácbaro, nosotro somo del barrio. El amigo de Jábico, sin querer y queriendo, le fue embutiendo cada palabrotas en el cerebro a Jábico, quien las fue alimentando hasta parir una idea grotesca.

La barriada iba diseminando la cita del grupo musical, muy popular por ese tiempo. Tan pronto se hablaba de Los Luises…, luego se decía de boca en oídos: ¿viste lo que le hizo Josuso a la jeva de Jábico? ¿Qué cosa, niña? ¡Ah, no lo sabes? Pues qué, a ver. Que Josuso en el M-4 se sacó el rabo, y aún no contento con pegárselo a Tula, se hizo una paja. ¡No me digas!, ¿se rayó una yuca? Eso dicen. Coño, entonce la mojó. Parece. Sí, sí, la leche focma tremeda embarrazón. Ja, ja, ja, no me chives, niña.

Apenas lograba Jábico despejar aquella idea por la fenomenal música que tarareaba con su bemba, volvía de nuevo a asomarse desde su adentros la imagen de Josuso. Pero no lo veía. Ese tomao pol culo tiene que venir. Sin embargo, los conocidos y desconocidos se burlaban de él a través de irradiaciones visuales. Miren eso, qué tarrúo, a la jeva le pegaron el mandao, la mojaron y está como si nada.

Jábico parecía quieto. Sin movimiento físico se le contagiaba un gran movimiento mental. Repetía el nombre de su esposa, el de Josuso. Coño, ecobio, ¿poc qué me hiciste eso? Poc que me gusta Tula, ecobio; adema‛, los yunta se prestan la jeva, ¿no? Coño, pero me casé con Tula ante Dios, ¿poc qué le hiciste eso, yénica?

Vio a una muchedumbre que bailaba en las afueras del anfiteatro. Allí debe estar, se dijo, voy a ver qué me dice ahora. Se acercó al gentío. Eran viejas amistades de él. Oye, Jábico, ¿es verdá lo que dicen por ahí? La mujer le puso un dedo en la boca. Quería cerrársela. ¿Qué te pasa, Nina?, te voy a meter el deo en ec culo. Dime, dime lo que piensas, Tati. Ah, Jábico, que a Tula Josuso se le encaramó en la guagua o en el camello ese, ¿fue en el M-4? Nina asintió. Y yo no sé, pero a mí me hacen eso y no lo pienso dos vece, le pacto la siquitrilla, acuécdate que la cáccel es pa‛ los hombres. Despreocúpate, Tati, lo estoy esperando, a vec qué me dice.

A Jábico unas niñas se le burlaban. Él no sabía si era en broma o con sobradas intensiones. Así y todo no lograba despejar la imagen de Josuso. A ratos se le aparecía su silueta entre el gentío, pero era un semejante, el original sabía Dios por dónde estaba, si realmente estaría por aquellos contornos.

¿Cómo que a ver qué te dice? Déjame eso a mí, Tati. Coño, Jábico, a mí me parece que tú eres un checna, ten cuidado que te van a preñar a Tula, a ver si sale un blanquito. Ah, qué te pasa, loco, no te ponga, no te ponga. Yo sí te digo que así se empieza y con el tiempo se encaraman encima de ti y fíjate lo que te voy a decic, en la familia no hay ningún pacgo, ninguna checna, ¿oíste, Jábico?

Esa pregunta no la respondió. Dio media vuelta y se orientó en pos de la entrada al anfiteatro. Dejó a Tati con sus palabras en el aire. Tremendo gentío, repetía. Penetró al inmueble y tomó asiento. Vio a algunos amigos que no lo saludaban. Jábico les puso cara de belicoso, qué coño se creen, yo soy hijo de Changó, cuidado, no se metan conmigo que les voy pactir ec culeco.

Hubo momentos en que estuvo a punto de subir al escenario y quitarle el micrófono al solista. Pero el cordón policíal se lo impediría. ¿Dónde estará ese degenerao?, se preguntaba, me dijeron que venía pa‛cá, tú verás, coño, me lo voy a fumar en el gao, a mí no se me hace eso. Y volvía a entrometérsele la idea, la loca y obtusa idea de subir al escenario, arrebatarle el micrófono al cantante y gritar a los cuatro vientos: ¡Yo soy el Jábico, hijo de Satucnina y Emeterio, cojone, a mí no se me hace eso! ¿Dónde tú estás Josuso? ¡Sal de la cueva, galliiinaa!

A pocos metros del anfiteatro un hombre solitario y bien vestido caminaba atraído por la música. Si son Los Luises… entonce hay calidá, pensaba, a la vez que su pensamiento retroalimentaba un encontronazo con el marido de Tula. Al recordar esto último se metió una de las manos en un bolsillo delantero del pantalón. Se tocó el pene fláccido. Tula, Tula, qué pecfume más rico tú tiene. Ya, déjame, Josuso, desencácnate, se lo voy a decir a Jábico. Y a mi qué, mi Tula. Oye, mira la gente, nos están mirando. El mundo está ciego, negrona blancusa. No, no, que siempre hay un ojo que te ve. Entonce dónde. Ya te dije que no, yo soy casada y me pecjudicas. Así se deleitaba Josuso. Creía en tantas cosas y no creía en nada. Espíritu bilioso y alodial. Trasnochador desde siempre. Tenía varios hijos ‛ regados ‛, lo que se dice con varias mujeres, de diferentes etnias, aunque de estrato vulgar. Le sabía tantas trastadas a la vida que ignoraba sus peligros. A ratos rezaba por su fe: un San Lázaro de oro colgado en su cuello. Con bastos antecedentes penales ya no le importaba cómo y cuándo dormiría en un calabozo, ni dónde despertaría. Solo le pedía a la vida: mujeres, ron, fiestas. Andaba eufórico por la última receta. Aún no había sacado la mole de billetes para pagar la entrada al anfiteatro cuando, de repente, cierta silueta se le abalanzó con una navaja. En pleno cuerpo sintió golpes y un ardor alargado que le manchaba la camisa y le derramaba unas gotas en la acera que se convirtieron en un charco rojo vino.

En la cola para penetrar al recinto comenzaron a escucharse gritos de féminas. Llamen a la monada, decían unos hombres. Oye, ¿no hay ningún ‛ azulejo ‛ por aquí?, creo que se fumaron a un tipo. Por los contornos del anfiteatro se agitaban órdenes marciales. Poco habían demorado para llegar hasta el afligido. En el suelo expiraba la súplica de Josuso, mientras Jábico levantaba los pies del pavimento, esquivaba los baches, los salideros albañales, los mojones humanos y caninos los saltaba y volvía a levantarse del suelo: volaba.

Pensó volver al barrio y vocear a los cuatro vientos que le había dado guararey a Josuso, pero se desvió a mitad de camino rumbo a un lugar desconocido. A las pocas horas lo andaban buscando. Jábico parecía otro; sin embargo, ¿por qué huía si ya respiraba más confiado? Creía que no lo había ‛ ñimpiado ‛. Que Josuso se repondría al cabo de unos meses en un hospital y luego lo buscaría a él debajo de la tierra para la venganza.

Sabía que era peligroso mandarle recaditos a su esposa. Alguien interceptaría los mensajes o harían hablar al mensajero. Así que andaba con los cuatro ojos abiertos, bien abiertitos. Creyó en un final trágico. Alguno de los cuatro ojos se le cerraría y ahí vendría el imprevisto.

Te buscan, Jábico, te buscan. Claro, ya lo sé. Pero qué flaco estás, yénica, en el Tanque te vas a desintegrar. Oye, ven acá, ¿cómo está Josuso? ¿Josuso?; ¿pero tú no lo sabes, Jábico? Yo no soy adivino, Chuchi. Ecobio, el tipo está en el Reparto Bocarriba. ¿Allá? Sí, sí. ¿Desde cuándo? Coño, ecobio, le metiste tremendo pérfilo por el pescuezo. No chives. Sí, le aguaste la fiesta y se lo llevó la pelona. Jábico sonreía. A la vez lloraba por dentro porque pensó en la revancha contra Josuso. Ya sería para el otro mundo. Ahora lo asechaban en el mundo de los vivos, de los que más mean y cagan, de los guapos de verdad, Josuso.

Por instantes le temblaban las piernas. Quería hacer unas cuclillas para que la circulación sanguínea fluyera con más ímpetu. No lo lograba. El cerebro le dictaba otras órdenes. Las más desagradables. Una de ellas le decía que se cuidara de ese ambia con quien estaba platicando. Uno no sabe quién es quién, admitía, y más en este paí.

Oye, y mi mujer… ¿Tula? Sí. Coño, pero tú no escuchas Radio Bemba. No me jodas, Chuchi, no tengo tiempo pa‛ la sintonía. Pues se fue con el Pelao. ¿Con el Pelao? Sí, sí, con el Pelao. ¿Ese no es el que vive en Zamora? No, ahora vive en los Pocitos. Qué singao es ese palestino. Y dilo que sí, repítelo varias veces. Jábico le dio la espalda a Chuchi, quien le dijo con otro tono que parecía de enemigo, oye, ¿y no te despides de tu ecobio? Ecobio es tu madre. Eh, ¿qué te pasa conmigo, Jábico? Jábico se viró y le profirió amenazas con los puños. Le insinuó la chaveta. Que mantuviera punto en boca. Nadie debía saber de este encuentro, de sus preguntas y respuestas. Chuchi lo comprendió.

Por entonces Jábico andaba con los cuatro ojos abiertos. A veces su sombra le molestaba. Se viraba para comprobar que era la suya. El dinero se le fue esfumando en sus bolsillos. Dejó de fumar y de beber. Así y todo, le dio por recoger cabitos por las calles. De vez en vez pedía cigarros a extraños. Creyó en tantas cosas que pensó estaría circulado por la policía. Su vida emergía desde las oscuridades. Prefería la soledad que la compañía. ¿Entonce fue Chuchi ec que te echó pa‛lante? Si no fue él, quién pudo sec. ¿Qué prueba tú tiene, Jábico, de que Chuchi…?, insiste Monina.

Coño, ecobio, es verdá que tú tiene un deo de frente.

¿Me estás diciendo analfabruto?

No… Burro.

Asere se levanta de entre los dos amigos. Mira a los ojos de Jábico. A los de Monina después.

Qué clase de jelengue focman ustede.

No hables fana, Asere, y siéntate. Fíjate bien, pa‛ mí que Chuchi me corrió máquina. El sabía poc dónde yo andaba.

Seguro me dio el chivatazo. Yo estaba confiado, le siguió contando Jábico a sus amigos. La vecdá que me confié. Aunque también sabía que tacde o temprano me iban a engrampar. Está bien. Pero deja que él caiga. Sí, sí, Chuchi no se va a moric en la calle. El va pal Tanque un día de estos, y el Tanque lo va a sentic ma‛ estrecho que una tira de media. Te lo juro que me lo voy a fumar. Le voy a encender ec cacnaval. Sí, todavía me acuecdo de aquellos tiempo en que andábamos pa‛rriba y pa‛bajo. Ibamos a las fiestas. Formábamos tremenda jodienda. Pe-pe, espera, espérate. Nosotro pasábamo detrá de los blanquito y con el peine le rozábamo las nalga. ¿Tú sabe lo que hacían los white?: se viraban a vec si le habíamos coctado con una chaveta. Los blanco son unas puta. Por eso es que en ec Tanque me los singo.

Pero, a vel, Jábico, ¿qué prueba tú tiene de que Chuchi te embarretinó?

Que me hizo la cama, ecobio, él fue ec que me hizo tremendo ocho.

Yo diría, le responde Monina, que un ochociento ochenta y ocho. Ja, ja, ja.

No te ría, Monina, que el hocno no está pa‛ galletica.

El hocno yo creo que está na‛ma‛ pa‛hacec sopa de caracoles. Pocque ante daban sopa sin col, sin lechuga, sin zanahoria…

Ese consocte me la va a pagar, repone Jábico.

Mira hacia todos los lados. Sin pestañear vuelve a retomar la idea que Monina le había desviado. Tú hablas na‛ma‛ de comida, ecobio. Coño, Jábico, y de qué uno puede hablac en ec Tanque. El dado está malo; Chuchi me la paga, toditas, toditas. Los tres amigos encontraban en el patio cementado un alivio pese al momento. Con los glúteos descansados hacían equilibrar los pensamientos y la comodidad de esa postura. Tanto rato los habían tenido de pie los verde olivos que ahora se desquitaban, con desfachatez, los minutos estirados en la formación.

Fue Chuchi, fue Chuchi ec que me embaccó.

Coño, Jábico, le dice Asere que había permanecido callado, oe, tú na‛ma‛ habla de ese tomao pol culo, loco.

Ese me la paga, Asere, ese me la paga.

No vas a resolvec na‛ con volvecte siquiátrico aquí en ec Tanque, interviene Monina, a lo hecho, pecho, y se acabó. Algún día nos tocará ganar a nosotro, seguro:

Si Dios fuera prieto, mi social,

Todo cambiaría en La´bana.

Fuera nuestra raza, mi compay,

la que mandaría al White.

Prieto fuera el día.

Los ángeles: prietos.

Prieta: Blancanieve.

¡Prieto: Jesucristo! ♫

Asere parecía despertarse de un letargo. Sus camaradas le pidieron paciencia al ver que él también quería rememorar su ‛ metedura de patas ‛.

Deja, deja al Jábico que termine su historia, le dice Asere. Y despué me toca a mí.

Ah, está bien, repone Monina, me dejaron pa‛ lo último. Pero no impocta, ec que ríe úctimo, ríe mejor.

Vamos a escribir un libro, expresa Jábico: Historia de tres guapos.

Coño, agrega Monina, buen título pa‛ este lugar.

Entonces, ¿cómo fue que agarraron, por fin, a Jábico? Tal como lo presentía él mismo, Chuchi había memorizado el lugar. Jábico dormía en casa de un primo. Para Chuchi no era un secreto. Sin embargo, no sabía en qué dirección vivía ese tal primo de Jábico. En sus sienes le ardía una lascivia sin igual también. Quería acostarse con Tula, una mulata blanconaza que ya lamentaba la ausencia del marido. Ella decía a los cuatro vientos que su esposo había hecho lo correcto. El e‛ un hombre, caballero, vengó mi dignidá; ese Josuso no tenía que habecme repellao toa. Los escuchas se reían a diestra y siniestra. Algunos le decían a Tula que a Jábico le quedaba poco tiempo de libertad. La policía lo andaba buscando por toda La Habana. Aún no había dado con su paradero, pero más temprano que tarde lo encontrarían. Tula asentía con los ojos: se quedaría sola. Sola y viuda. Cierto día Chuchi merodeaba por su casa. Le contó que había visto a Jábico por un barrio de La Lisa. Chuchi sabía que en ese barrio de La Lisa vivía el primo de Jábico. Para averiguar la dirección, le repitió la noticia a Tula varias veces. Pero Tula, ni corta ni perezosa, jamás le dijo la calle o las entrecalles. Chuchi le miraba las piernas, la cintura, ese ombliguito que exhibía con tremenda profundidad. Después saltaba, con la vista, hacia los senos. Qué senos más empinados. No necesitaba ajustadores. Con una boca grande y labios que acusaban una descendencia afrocubana, Tula merecía todos los calificativos de esa raza. Eso sí. Hablaba y requetehablaba como las parlanchinas. Chuchi volvió a repetirle el lugar donde posiblemente se escondía Jábico. Pero nada logró.

Ya Tula se imaginaba lo que tramaba Chuchi. Óyeme, Tula, llevas mucho tiempo sola. No te preocupes, Chuchi, le voy a guacdar la focma a mi marido. ¿Pero tanto tiempo? ¿Qué tiempo es pa‛ ti, si no hace ni un me‛ que Jábico desapareció del barrio? Bueno, pues… dicen por ahí que te han visto moliendo el picadillo… Oye, Chuchi, ¿qué te pasa? No, Tula, disculpa. Ten cuidado, Chuchi, se lo voy a decir a mi esposo. Ya tú no lo vas a ver más, Tula, así que no le guardes más la forma. ¿Y cómo tú sabe eso, eh? Aah, Tula, aah, Tula. Que qué. Que nada, Tula, que nada; yo no sé nada. Tú si sabe, pero no me lo quieres decir. No tiene importancia; ademá, él se lo buscó. ¿Quién se lo buscó? Tu ex marido. ¿Qué ec marido, Chuchi?; todavía no nos hemo divocciao. Yo no dije eso… mejor dicho, es que como están separados, tanto tiempo, y tú eres tremenda hembra, inspeccionada y aprobada para la exportación. Tula empezó a reírse. Mira, Chuchi, me gustan tus vecdade, pero conmigo no vas a conseguic nada, ¿oíste? Soy sordo, Tula. Pue‛ destúpete los oído, conmigo no te vas a empatac más nunca. ¿Tú eres adivina? ¿A qué viene eso, Chuchi? Chuchi hizo una pausa. Tragó un sorbo de saliva. Le dio una nalgada y recorrió, con sus ojos, todo el somatotipo de Tula: el cabello lacio, los ojos claros, el rostro, los labios, los senos empinados, el profundo ombligo. Imaginó a su caverna remolinosa. Bajó por las piernas y llegó hasta los pies, cuyas plantas las protegían unas sandalias corrientes, pero limpias. Chuchi quiso volver a irradiarle todo su ser con calenturientas miradas, pero Tula le dio un manotazo, con poca fuerza, en el rostro. Chuchi le agarró el brazo y le aplicó una llave de defensa personal mediante la cual la poseía de espalda. Le sintió sus frescas nalgas. La besó por el cuello. Tula se dio cuenta de la ausencia de su marido. Que no hacía casi un mes que ‛ no la atendía ‛, sino varios meses. Quizás años. Chuchi comprendió que Tula no lo rechazaba. No le hacía tanta resistencia. Ya, suéctame, Chuchi, que los vecinos… Olvídate de la gente, coño, y vamos a vivir una aventura. No, Chuchi, a mí me gustan las novelas, las aventuras son de niño. Ah, ¿entonce tú quieres que yo te enseñe mi hombría? Tula se asustó un poco. Sin embargo, de tantos sustos que había experimentado en su vida, este último no le preocupaba. El vestido se lo levantó. Tula tenía puesto un blúmer rosado con algunos huequitos. Por uno de ellos Chuchi pensó meterle un golazo. Qué chocha más rica tú tienes. Oye, Chuchi, me parece que te pasaste de rosca. Figúrate, Tula, los cubanos o no llegamos o nos pasamos. Pero, ¡Chuchi… llegaste hasta la cocina sin pedic pecmiso! La levantó en peso. En el cuarto, delimitado por un paraban, la dejó caer en una cama imperial. Oh, Tula, imagínate yo Napoleón y tú… Roma conquistada. No se lo digas a mi marido… ni a nadie. No te preocupes, Tula, las paredes tienen oídos, aunque son ciegas. Cada quien fue regazo, carne de su carne. Oh, Tula, ¿estás nalgas son pa‛ mí?, ¿y estas piernas también? Sí, Chuchi, cógemelas. ¡Uh! ¡Oh! ¡Ah! Coño, Tula, ¿qué tú haces con el amor que te sobra?: ¿lo guardas en paqueticos en el congelador del frigidaire?; ¿lo cuelgas en la tendedera?; ¿se lo tiras a los perros sarnosos? No, Chuchi, yo se lo doy ac cacnicero pa‛ que se lo eche ac picadillo con soya. Chuchi ya no sabía qué hacerle. Si meterle el dedo en un oído, en la nariz… o en la ‛tota‛. La puso bocarriba. Con los dientes le desprendió el bajichupa. Le chupó los senos, bien paraditos y carnosos. Se los apretó tanto que por poco le saca sangre. De su lengua espiraba una baba que la revolvía por el rostro de Tula, por la boca, por el cuello. La bajaba, otra vez, hasta los senos y continuaba deslizándola más abajo más abajo más abajo. Chuchi por poco se ahoga en el ombligo grande y limpio de Tula. Conspiró, con malicia, hacia la mayor profundidad de Tula. Creyó que un suicidio en ese lugar sería épico. ¿Por qué no pensaba en esos instantes en su esposa? ¿Era cierto que hasta en los más insondables pensamientos alguien adultera? Mientras Jábico huía de la justicia, Chuchi se acercaba a Tula hasta poseerla. Ni siquiera pensó en ello. En la amistad. En el amor. En los métodos anticonceptivos. Ni por milésimas de segundos la mente de Chuchi era saboteada. Tula no tenía más futuro que ese presente. Había perdido el pasado, tan celosamente registrado en su psiquis, que ahora se desvanecía en el olvido… y en el recuerdo de ese nuevo hombre que la visitaba, le regalaba una tierrita a su hijo o le dejaba caer alguna basurita a Tula que, más o menos, engordaba su monedero.

Ahora bien, todavía Jábico andaba sin rumbo. Chuchi pensaba que algún día, antes de Jábico entregarse a la policía, pasaría por su casa. Volvería a ver a Tula. A su hijo que lloraría por tantas ausencias paternas. Lo recordaba por las veces que le compraba una merienda a los arangaos para que merendara en la escuela. También por la ropa y los zapatos, cuyos costos dolarizados obsesionaban a Jábico mediante subidas de la presión sanguínea.

Así y todo, con Tula lejos de Jábico, Chuchi no se conformaba. Comenzó a alimentar sus neuronas. Si yo hablo con el Jefe de Sector, seguro circula a Jábico. Pero en cuál barrio de La Lisa. Ah, verdá que sí… por el segundo apellido del primo. Jábico está de parásito en casa de ese primo. Sin ton ni son fue a ver al Jefe de Sector. El local tenía ambiente de oficina, pero sin secretaria. Solo dos lacayos que obedecían órdenes sin parpadear. Sin embargo, a Chuchi no le convenía que nadie de la barriada de La Lisa lo viera entrar en la oficina del Jefe de Sector. Esperó a que el susodicho saliera a almorzar. Se le personó como un enviado del cielo. Disculpe, Jefe, pero yo tengo un dato que a lo mejor usté no domina. ¿Cómo… quién e‛ uté? ¿Yo?, me llamo Jesús G.R., alias Chuchi, natural de Camaguey, pero residente en La Habana. Canta, entonce, ¿Chuchi? Sí, sí, yo soy Chuchi. Qué apodo má raro, compay. Pues sí, Jefe, yooo… no sé. Ah, vamo, cuál es el miterio, compay, suétalo, suétalo. Es sobre el casito de Jábico, el que mató a Josuso en el Anfiteatro de Marianao. El Jefe de Sector hizo una mueca de desconocimiento. Eso fue en Marianao, eta es La Lisa, naue. Bueno, Jefe, creo que si usté lo agarra, recibirá un mérito más, ¿no? Bueno, sí, ¿cuále son sus seña? Chuchi le deletreó los apellidos de Jábico y el Jefe de Sector los anotó. ¿Uté cre que ese ciudadano se oculta en una casa de mi localidá? Puede ser, Jefe, puede ser; él tiene familiares aquí en La Lisa, y creo que puede localizarlo por el apellido del primo, el segundo. Son apellidos comune los Pérez, pero el último del primo no; etá bien, Chuchi, etá bien, voy a vel qué hago, compay. ¿Está bueno ese pan con jamón y queso? Uh, regulal pal tiempo, naue. Me voy a comer uno. Chuchi y el Jefe de Sector compartieron como buenos amigos. En aquel bar-cafetería de buena muerte comenzaron a conocerse. ¿No quiere tomarse una cervecita, Jefe? Bueno, si tú invita… Como no, Jefe; oiga, dependiente, pónganos dos frías y que no estén bautizadas, te lo dice un cura sin sotana, ja, ja, ja. El Jefe de Sector empezó a reírse también. Uté tiene buen sentido del humol, naue, creo que vamo a sel buenos amigo. Sí, sí, Jefe, seguro (claro, ¿no ves que me conviene? Así me jamo a Tula cuantas veces quiera, sin la sombra de Jábico, coño. A ese hijoputa tengo que encerrarlo bien lejos. Que la condena sea larga. Que lo maten después. Quién sabe, a lo mejor la preño y sale un blanquito. Mira que esa jabá capirra, coño, seguro me da un chamaco, un chamaquito. Pero no me gusta criar chamacos de nadie, así que ese hijito no me cae bien. Si tengo uno con Tula, a ese lo desaparezco. Coño, qué hijoputa me estoy volviendo. ¿Será por la ambición?) Chuchi seguía sentado en una de las banquetas del Bar-Cafetería Buena Muerte. Oye, Chuchi, yo te voy aceptal una celvecita, pero una nada má, naue, polque estoy unifolmado. Coño, claro, Jefe, qué pasa, yo no quiero embarretinarlo, seguro. Bueno, ven acá, ¿y cuál es tu interé en metel pal Tanque a ese Jábico? Coño, Jefe, ¿usté no ve que es un asesino? Sí, pero, a lo mejor no mató pol guto, ¿no? Como quiera que sea, es un asesino, y la justicia tiene que actuar. Es veldá, es veldá, naue, a mí me gutan la gente como uté, vamo a sel buenos amigo. Se apretaron las manos en gesto de amistad. Por el rostro de Chuchi se corrió un velo de venganza y de odio, de lujuria y de ambición. No sabía que aún podía llegar más lejos de lo que pretendía. Tenía talento para ello. Agallas para lo que se propusiera. El Jefe de Sector ignoraba y, a la vez, se estremecía por los datos que manejaba Chuchi. No tardó en comprobar las informaciones de su nuevo amigo. Siempre se citaban en aquel bar-cafetería de buena muerte, donde el administrador lo había bautizado con el nombramiento de Buena Muerte. ¿Acaso era buena esa muerte? ¿La muerte en realidad es buena? Las respuestas las sabía Chuchi. Es más: esas preguntas él se las había formulado. En aquel ambiente de ron y de cervezas, de humos de habanos y cigarros, de humaredas de yerbas prohibidas y polvos y polvillos baratos y caros, se revolvían los habaneros los pinareños los pineros los matanceros los villaclareños los cienfuegueros los espirituanos los camagueyanos los avileños y los orientales los tuneros los holguineros los granmenses que no se montaron en el yate Granma los santiagueros los guantanameros. Era raro ver a un extranjero que entrara pero cuando lo hacía no salía después. Se quedaba un rato un ratico más un ratón un ratonazo más más más hasta que se asfixiaba de smock en aquel bar-cafetería de buena muerte. Claro, la gente no fumaba o fumaba menos cuando entraba el Jefe de Sector. Siempre había un ‛ chiflado ‛ que se atragantaba de humo. Por ello pagaba la novatada: le entraban a piñazos allí mismo y lo expulzaban del Bar-Cafetería Buena Muerte.

Bueno, Chuchi, según el Delegado de la cilcuscrición, ese apellido del primo de Jábico aplica. No me digas, Jefe, esa es la mejor información que yo he escuchado en mi corta vida. Pue sí, naue, hay un consejo populal donde conocen a un tal… es primo de Jábico, y fíjate, casi siempre un prófugo no se oculta en casa de un familial, parece que ete casito tiene guayabito en la azotea, compay. Si tiene guayabitos en la azotea, ¿por qué no se la fumigamos, eh? No es mala idea, voy a ideal un operativo, naue, tú verá como lo agarramo, y gracia a ti, mis galones van a aumental. Seguro, Jefe, seguro.



Jábico miraba por la ventana. Hacía varias semanas que no veía a Tula. Pensaba tantas cosas malignas y benignas que su corazón bombeaba a más revoluciones por horas, por minutos, por segundos, por milésimas de milésimas. Tenía un corazón de zunzuncito. ¿Qué estará haciendo mi Tula? ¿Seguro me ectraña? Y mi hijo, ¿se acuecda de mí? Tengo que vecla, coño. Hace tiempo que no la veo. Ya llevo más de… no sé, no sé… que no limpio la escopeta. Me siento peoc que un condenao a muecte, y quiero vecla, aunque sea por úctima ve‛, coño, tengo que vecla, aunque la monada me agarre. Vecle sus teta. Vecle su ombligo. Vecle su papaya. Vecle sus nalga. Vecle todo poc dentro y poc fuera. Jamácmela. Botacme una paja. Hacecle el ochentiocho, coño. No se va a olvidac de mí más nunca. Yo soy el Jábico, hijo de Satucnina y Emeterio, cojone. Nadie va a cogec conmigo mango bajito ni pan de piquito. Si me entero que un cabrón le ectá dando vuelta, le voy a rompec la siquitrilla, le voy a encendec ec cacnaval, cojone. A mí ni pinga, yo soy el Jábico, cojone, a mí hay que respetacme, pocque si no, me lo fumo de una cachá. Y cuacquiera que se meta con mi chamaco, también le voy a guindar ec piojo. Dejen eso, no se metan conmigo ni con nadie de mi familia. Qué cosa, yo si soy un buen padre. Yo me desvivo poc mi hijo, coño. En la escuela no le dan merienda a los alumno, coño, mi chama me dice a cada rato: Pipo, pipo, hay amiguitos que traen meriendas de a un fula, de las que le dan a los arangaos y a mí no me dan, no compacten conmigo, pipo, y tengo hambre, tengo que estar una pila de horas sin comec ni tomac, pocque ni agua hay en la escuela, pipo, ay pipo coño tengo hambre tengo hambre. No te preocupes, Jabiquito, yo te voy a dac un fula todos los días pa‛ que meriendes, coño, tú verás que te van a envidiar; aunque si hay un amiguito, Jabiquito, que tiene hambre, dale un pedacito, Jabiquito, los negros, todos los negros no somos malos, coño, y si es blanquito, dale también, pa‛ que tú veas como después te dan ellos a ti. Hay más felicidá en dac que en recibic, coño, aprende esto, coño, que los negros también tenemo cinco sentido, también tenemo sentimientos, coño, yo soy un negro bruto, pero sé leer, y yo recuecdo un cactel, no sé dónde lo leí, creo que dice así: algún día se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre nuevo y tú verás que los negros, más negros que blancos heredarán ec paraíso, la tierra prometida poc Dio. No entiendo, pipo, ¿qué quieres decicme? Ya entenderás, hijo, ya crecerás un poquito. Ahora no, pero cuando pasen unos años, te vas a acordac de mí, de este padre negro, no de este negro padre, coño, pocque siempre la policía se fija en un negro, le pide ec cacné a un negro, ecposa a un negro, le da gocpe a un negro, monta a un negro en una jaula, mete preso a un negro, coño. ¿Quién ayuda a los negros en ec mundo? ¿Quién saca la cara en Cuba poc los negros, eh? En las prisiones hay más negros que blancos. El aumento de blancos en las prisiones es poc la prostitución coño poc la prostitución en Monte y Cienfuego en el Malecón en el Morro en la Cabaña y de una pila de lugares más de La‛bana coño. A mí que no me vengan a lavac ec cerebro ahora con el Programa de Rehabilitación de Renegados coño mira que me voy de chiva y grito a los cuatro vientos que esto es una miecda pocque despué que sales a la calle la policía te pide ec cacné si te ven con un bulto con una jaba te piden ec cacné si te ven de madrugada en una esquina te piden ec cacné y fíjense bien yo soy albañil ahora yo me pregunto: ¿poc qué en la Oficina del Historiador de Ciudad de La Habana no aceptan albañiles negros carpinteros negros plomeros negros pintores negros ¿eh? y eso que lo controla el Consejo de Estado un organismo de privilegiados qué cosa si esta es la revolución de los humildes poc los humildes y pa‛ los humildes coño no me vengan ahora a ponec frente ac televisor ec noticiero nacional de televisión pa‛ lavacme ec cerebro coño yo soy negro pero no soy bruto no soy analfabruto analfacebollón ¿ustede no me enseñaron a leec y a escribic? No me jodan más que yo no soy ningún singao cojone ayúdenme por arriba no por abajo cojone a mí hay que respetacme si no le meto un perfilazo un buen pécfilo por ec culo a un cabrón ¡a mí ni pinga cojone déjense de mariconfianza conmigo coño! A través de la ventana Jábico se perdía en esas ficciones que lograba conjugar con la realidad de lo posible. El primo lo miraba y le decía que no pensara más sandeces. No vivas más ese pedacito, Jábico, y quédate aquí. Bueno, primo, en nadie más puedo confiac, qué le voy a hacec. No, de vecdá, Jábico, pocque la policía puede pensac que estabas en mi gao; cuando lo comprueben se van a coger ec culo con la puecta. De toda focma, esto es mejor que una prisión. Sí, pero no te asomes mucho poc la ventana, Jábico.

El primo se marchó y dejó a Jábico, solo, abandonado en aquella caseta de madera y zinc, de techo de guano cundido de alacranes, lagartijas, arañas, cucarachas, mosquitos y sabe Dios cuánto universo zoológico. ¿Quién pensaría que en ese pasaje inhóspito dormitaba un prófugo negro o un negro prófugo de pensamientos blancos y negras soluciones?



Tun, tun: tocaban… ¿Quién es? La policía, por favor, abra.

Ah, sí, un momento. El primo de Jábico se vistió lo más rápido que pudo. Se personó ante la puerta. Buenas noches, ciudadano. Sí, buenas…, eeeh, ¿qué desean? Buscamos a Jábico Pérez Pérez; de los Pérez nada es…peres. Creo que no les podré ayudar. Entonce quedará como encubridor. ¿Encubridor yo?, no, no, mire, yo soy negro, pero nunca he estado preso, qué va, eso no se hizo pa‛ mí. Si no se hizo para ti, canta el manicero porque sabemos que aquí durmió ese tal Jábico, prófugo, asesino de un hombre, alias Josuso. ¿Fue a Josuso?, eso no me lo dijo… Ya ves, ya ves, cabrón, habla porque si no le vas a hacer compañía. Oigan, oigan, esperen, yo no sé, yo no tuve que ver en nada, yo soy inocente. Somos de la Provincial de Criminalística, el capitán Veitía y acá, el sargento Rodríguez. Oiga, capi, oiga, sargento, miren, miren. Te vemos José Pérez, pero no hemos escuchado algo concreto. No nos haga perder más tiempo, le dijo Rodríguez. Contra, concho, ¡cojone, a mí me meten en cada lío! Oye, oye, habla bonito que todavía no te hemos ofendido. Sí, sí, mira, yo no sé, él estuvo aquí y se fue hace días. ¿Para dónde?, le preguntó Veitía. Rodríguez permanecía callado, trataba de captar cada nerviosismo e interpretarlo de la manera más científica. De verdá que no sé pa‛ dónde cogió, repetía José Pérez Cal. Daba la impresión que no les mentía. Parecía un negro noble, de buenos sentimientos. Por sus ojos fluía un estremecimiento acuoso. A punto de reventarse en ayes, repetía y requeterepetía que no sabía dónde estaba Jábico.

Veitía lo observaba, sentado en una butaca cuyos muelles acababan de molestarlo. Rodríguez atinó en una duda. No te va a pasar nada a ti, le dijo a José Pérez Cal, dinos dónde lo escondiste y lo demás es problema nuestro. Yo no lo escondía, se lo juro, sargento, él se fue, se lo juro, capitán. Vamos, Joseíto, no seas bruto que esta revolución le ha dado oportunidades a todo el mundo para que se supere y dinos dónde, le decía Veitía, aquí todo se sabe, siempre hay un ojo que te ve, los CDR tienen ‛ 20-20 ‛. Coño, ya les dije, ¡me cago en Diez! ¿No será en nosotros dos? No, no, capitán, no quise decir eso. ¿Qué quisiste decirnos, Joseíto?, dale, canta, que tú sí sabes, no te hagas el sueco ni el mexicano con el sombrero de alas anchas. José Pérez Cal usaba una gorra con la visera para atrás, tal y como la usan los raperos…



Mientras los criminalistas se desesaban con el primo de Jábico, el Jefe de Sector se encaminaba a casa de Tula. La vio lavando. Estaba sudorosa; sin embargo, lucía más linda. Qué mulata blanconasa, meditaba el Jefe de Sector, qué jabá capirra más locota. Buenas noche, ¿lavando a eta hora? Eh, pero ustedes pasan sin avisar, ¿y ese descaro? Decaro, no, blanconasa, es que la última ve‛ me quedé con deseo, y tú sabe, las primeras veces no se disfruta bien. Tula sonrió, le miró hacia la portañuela. Estaba hinchada. Mi hijo está ducmiendo, lo vamos a despectar. Depende, blanconasa, depende. Depende de qué. Ah, tú sabe, tú sabe, capirrona. ¿Que‛s lo que yo sé “coronel”? ¿Coronel yo?, no, no, yo soy general. Le dio varias nalgadas a Tula. Ella le correspondió con sonrisitas. Oye, no me alcanza el dinero. ¿Qué no te alcanza? Sí, no me da la cuenta; subieron el kilogramo de pollo de $ 2.65 a $ 2.75. Ah, pero son dié centavo na‛ ma‛, carijo, ¿qué tú te piensas de la vida? Que cada vez está más cara y el Estado nos paga en peso, pero nos cobra en dólare; tengo que dacle dinero al niño pa‛ la escuela, pa‛ que meriende. Qué, si van a dale merienda ya a los niños, ¿tú no ves el noticiero? Ah, vamo, Jefe, como si todo fuera vecdá, ¿usté se lo cree todo? Todo, todo, no, pero son noticias; van a ofeltal la merienda ecolal, ¿no lo sabías? Del dicho al hecho…, y despué va a empezar el robo; a El caballo no lo podemos tumbar, pero sí le podemos robar. Oye, oye, cállate la boca, capirrona, estás hablando demasiado y me vas a buscal un problema goldo, ¿oíte? Bueno, “general”, si engorda el problema es pocque estaba flaco. El Jefe de Sector se le colocó detrás. Se hizo el que perdía el equilibrio lentamente y cayó encima de Tula. Ella se volteó y comenzó a besarlo. De boca a boca sentía una alimentación salival. El hijo de Tula dormía a piernas sueltas. El hogar era un garaje cuya puerta había que mantenerla cerrada si no el viento podría descubrir su interior: las camas destendidas, el piso cementado y cuarteado, con un baño y una cocina construidos contra reloj. Tula acababa de soltar el jabón de lavar, el mismo que usaban para bañarse. Esa mano la limpiaba en la camisa del hombre de turno. Se colgó del cuello de él y encaramada en su cintura, abría las piernas y las ajustaba, como una tijera, para no caerse, ya asida al tronco del Jefe de Sector. Qué calentón tú eres. Sí, capirrona. Ay, Oriente: tierra caliente; menos mal que tengo un chama nada más, si no tuviera que dar, además de la papaya, el culo; y de vecdá yo no sé poc qué dicen poc los noticieros que Cuba tiene indicadores de países desarrollados, como ese de tener un hijo poc matrimonio; si el mundo supiera la vecdá, coño, no fuera semianalfabeto, pocque en vecdá tenemos un solo hijo poc pareja debido a las necesidades, coño, todo está caro, los tres grandes problemas cubanos son: DESAYUNAR , ALMORZAR y COMER; ahora que no me vengan con mesas redondas ni tribunas abiertas; cada vez que veo a esos niños que hablan poc la televisión y dicen tantas catibías me dan deseos de rompec el televisor, pero no lo hago pocque es en colores y me costó tremendo jaleo y tremendo meneo ji ji ji ay Oriente tierra caliente házmelo suavecito pipo si no voy a tenec una inflamación pélvica y eso no me cuadra orientalón así que llévame suave mira que yo sí soy la mulatona blanconaza del sabor cubano cubana de vecdá pipo así así muécdeme las tetas pero no me saques sangre y baja baja un poquito más pareces un guayabito me haces tremendas cosquillitas que me dan deseos de gritar y pedir auxilios coño ya ya déjame ya que me voy a convectir en una heroína me voy a hacer máctir y despué me van a sacac poc la televisión tremenda biografía:

Tula Suárez Suárez combatiente de la

Clandestinidá oculta en no sé cuántas

casas mantando deseos calentando huevos

y haciendo toctillas de vez en cuando

con los comuñangas murió de un ataque

al corazón en la madrugada de hoy

sábado pa‛ domingo (no hay sábado sin

sol ni domingo sin amor) su cadáver

será espuesto en la funeraria de 5ª

y 42 llegue a sus familiares nuestra condolencia

bla bla bla.

Qué va pa‛ eso me quedo viva siempre de los muectos dicen lo mejor pocque es lo que les conviene saben bien que somos seres humanos nos tiramos peos y nos cagamos fuera de la taza. Oye blanconaza cállate la boca si no no te voy a dal otro viaje ‛ por el centro ‛. Sí sí pipo soy muda mira ya no hablo pero mira a vec tú no cacarees ahora siete horas con tu discurso.

Después que terminaron el ajetreo corporal cada quien volvió a su entorno. El Jefe de Sector le dio un billete multicolor a Tula. Epero que te dé la cuenta. Ay, sí, pipo, ahora sí me cuadra la matemática. Aquel mundo de tragos y saladitos se había convertido para el agente policial en cama y leche. Chuchi le había contado todo o casi todo, como él creía.



Por otra parte, Jábico apenas salía por aquellos contornos de La Habana rural. Si lo hacía era de noche. Así y todo pensaba que su libertad tenía contado los minutos, los segundos y las centésimas. Hasta pensó entregarse y esperar la sentencia.

En su psiquis se proyectaba otra realidad: ver a su hijo aunque fuera por última vez. Abrazarlo y besarlo, pedirle que confiara en él, que no lo había abandonado. Tantos mimos, tantas caricias paternales ya se disipaban en el vacío de la separación de semanas. Y todo por culpa de Josuso.

Jábico apenas ignoraba la suerte de su esposa. Que lo canjeara por donde más lo extrañaba. Me voy, me voy de aquí, se dijo, este no es mi mundo. Tomó del desvencijado escaparate una muda de ropa que el primo usaba para trabajar y se metamorfoseó su exterior. Rumbo al trillo de piedras que conducía a una calle asfaltada que él desconocía, se hizo transeúnte. A medida que andaba, sentía el frescor, la brisa que, de sopetón, recibía su cuerpo de caminante en busca de otra vida. No sabía aún si visitar su hogar. Ver si todo lo encontraría como lo había dejado. El beso húmedo de su mujer. El cariño dejado. Y descansar en su cama. La mente de un prófugo de su país es capaz de inventarse disímiles historias tocantes a su vida silvestre. La prensa ni siquiera hablaba de él. Ni la radio. Ni cualquier medio de difusión masiva. Solo Radio Bemba: las bolas, eso sí, las bolas: expresiones que denotan verdades y mentiras acerca de un suceso real. También había olvidado ajustar el precio de su faena pendiente: levantar una pared, resanarla y aplicarle el fino. Seguro esos consocte buscaron a otro. Sus herramientas de albañilería reposaban en el último hogar donde laboró. Dudaba de ellas en caso de no reclamarlas a tiempo.



… Los criminalistas se adentraron en la finca de José Pérez Cal. Apuntaban, con los buscachivos, cualquier movimiento por los matorrales. Rodríguez le avisó a Veitía que había encontrado unos calzados todavía en buen estado. Dáselos a un guardia, Rodri, que los guarde como evidencia. El cordón de policías iba peinando, palmo a palmo, cada pedazo de tierra. Aún el fanguero se tragaba las pisadas de los agentes policiales. El guasasero junto a los mosquitos hacían del lugar un manjar mefistofélico.

El cuerpo policial iba a la vanguardia. A más de un centenar de metros se podían ver las lucecillas de los interiores de las casas que se iban apagando. A la saga iban los criminalistas. Dos arriesgados agentes irrumpieron en la caseta con techo de guano y paredes de zinc. Veitía y Rodríguez se incorporaron al arrojado dúo que se negaba el uno al otro. Por aquí no, eso no lo pudo hacer. Sí, sí, ¿qué hay?, intervino Veitía, no, no, no me toquen nada. Rodríguez comenzó a fotografiar el estrecho local. Tomó huellas de los vasos y cucharas. Voy a llamar a la Brigada Canina, dijo Veitía. Alzó hasta su boca el televisor de pulsera. A escasos minutos llegaban los canes. Eran fieras domadas. A ratos les espiraba la raza salvaje con que mostraban su entraña y conllevaban a sus entrenadores hacia la presa.

Los perros, imbuidos por las prendas de vestir, salieron coheteados por entre los trillos que los hierbasales abrían debido a uno o varios caminantes anónimos. Por la proximidad a los civiles, no era recomendable soltar a los canes. A Veitía le preocupaba ganar tiempo. En brevísimos minutos Rodríguez pasaba las fotografías hacia el vehículo de criminalística. En él una labtop se comunicaba con la Provincial. Las huellas del individuo aparecían en el display mediante un mensaje titilante: Jábico Pérez Pérez… Jábico Pérez Pérez. Es el tipo Veiti, es el tipo. Yo lo sabía, muchachón, es nuestro. ¿Vamos tras él? Esperemos, a ver si lo agarran primero.

La noche soplaba una frialdad adaptable. Daba paso a la madrugada en aquel pedazo rural de La Habana. Algunas casas se iluminaban desde dentro. Ciertos griticos de espanto alardeaban la situación, mientras el cuerpo policial transmitía por el ¨boqui-toqui¨ la posición geográfica. Las patrullas bloqueaban las carreteras y calles asfaltadas.

Jábico esperaba la guagua de la confronta. Por su aspecto parecía un vagabundo. Así despicto a los chivas, decía. Acostumbrado al buen vestir más que a la balanceada alimentación, rememoraba aquellos tiempos de su juventud: camisas estrechas, majatas, pantalones de campana y las botas Centauro bien rebajadas por los bordes. En la punta de los cordones anudaba las tapitas de los tubos de pasta dental Perla. Era la moda de los guapos, su pasarela. Escupió en la acera con respingo. Había sentido más penetrante el mal olor de la camisa de mangas largas. La calle estaba desierta. Pensó en la guagua otra vez. En Tula. En su hijo. En tantas calamidades que le vendría encima y optó por entregarse a la policía después que viera a su familia. En realidad nunca quiso ¨ñimpiar¨ a Josuso. Desde la infancia le tenía respeto. Pero esta vez se había pasado de rosca. Repellar a mi jeva, qué se creyó ese degenerao. Primero muecto, cojone.

De los tiempos de su educación secundaria recordó la vez que Josuso le propinó un piñazo. El había quedado sentado de nalgas. Estaba mareado. Varios compañeritos del aula le ayudaron a levantarse. A partir de entonces las malas lenguas reprodujeron por la escuela que Josuso lo había noqueado. Aquello, con los años, lo olvidó, hasta este presente, sentado en el contén de una acera, de una parada donde esperaba el ómnibus que lo llevaría a su hogar, hacia aquel parqueo acotejado, más o menos remozado que, de cuando en cuando le venía a la mente arrancar aquellas puertas y empotrar unas rejas acristaladas para así mejorar la fachada. La vista hace fe, cacareó muchas veces cerca del oído de Tula. ¿Y Tula? ¿Qué habrá sido de Tula? La gente dirá ahora que soy un tarrúo. Me ectá pegando los tarros, coño. ¿Será con ec Pelao? Ese palestino, coño, me las va a pagar. A lo mejor voy a su gao y le meto un pécfilo. Tuvo deseos de cambiar de itinerario. Pero un can le hizo retractarse y de qué manera.

Jábico se subió al techo de la parada. Desde arriba creía sentirse más seguro de las mordeduras del perro. Pensó, además, que a algún vecino se le había soltado esa fiera; sin embargo, se le fueron amontonando varios animalitos, de esos peludos, de cuatro patas. En un santiamén despejó la idea de que esos bichos se le habían escapado a unos vecinos tras ver a unos uniformados calmar a sus perros. Es la monada, susurró, es la monada. Ay, mi Tula. Ay, mi Jabiquito. ¿Qué cucpa tengo yo de sec tan negro? Pecdónenme. Pecdónenme.

Así que Jábico Pérez Pérez, pronunciaba el capitán Veitía. Así que Jábico Pérez Pérez, se reproducía, en sus tímpanos, con una sonoridad amplificada. Asere le da unos puñetacitos por un hombro:

¿Y así fue como te agarraron, mi sangre?

Coño, chen, ¿tú me ves cara de Intituto de Mentirología?

No, no, Jábico. No quise decir eso. Pero, coño, ¿no te dio tiempo ni a montar en la bactavia?

¿En la guagua?

Sí.

Compadre, pero qué analfacebollón e‛ jeste negro. ¿No es de verdura, Monina?

Sí, Asere. Deja que tú escuches mi historia, responde Monina.

Eh, eh, espérate, que aquí, en ec Repacto Tanque, también se hace cola. Ahora me toca a mí: Asere Trespatica, y Moctadella pocque tengo madre.

Sin ton ni son, Asere se levanta y comienza a articular palabras. Es una narración algo monótona. Para ello es necesario a un narrador de oficio. Más en ese lugar de hombres sin mujer, para adultos, donde todo se entiende con naturalidad.

Yo estaba, de vecdá, lo digo con toda sinceridá, créanme, emocionado con eso de las Escuelas En El Campo. Pero mis padre, pa‛ liberacse de mí, me becaron…

Pa‛ un joven e‛ diffici adaptacse a la soledá, siguió contando Asere, no e‛ fafci, ya lo dije ante, e‛ diffici dejar ec gao y hacecse ec nudo de la cocbata solo, sin compañía.

Yo era un chama, pero con jeta de bácbaro. No le tenía miedo a nada ni a nadie. Era un león pelao, sí, cúmbila. A mí me gustaba estar un poco pelúo. No con ec tacho lacgo como los friqui. Esos blancosucio me caen mal. Son unos ganso, paticos lindo con ec culo abiecto. En su fotingo le cabe un poste de alumbrao.

Pue‛ bien, como les iba diciendo, tuve que sobrevivic. Me metí en camisa de once bara. Había llegado tacde a la beca. Ya los cabrones tenían ocupadas las litera cecca de la ventana. Ustede saben, hay más fresco, se puede docmir mejor y arriba, pa‛ que nadie se siente en tu cama y la destienda, se tire peos. También los cocchones buenos, los gocdo, ya se lo habían repactido. A mí me tocó un cocchón flaco, de esos que la guata se corre y da tremenda incomodidá.

Me tocó una cama, de las de abajo, y pegada ac pasillo. Todo ec que pasaba por allí, como estaba cecca, pue‛ se sentaba, me la destendía y se iba despué sin decicme nada.

Pa‛ cocmo mi litera estaba al lado de los totos, dec baño. No se rían, no se rían que les voy a metec una picúa a los do, cojone. Yo soy Asere Trespatica, y Moctadella pocque tengo madre. Ná, ná, dejen eso. No me focmen morumba, ni cabecita e‛ playa que los voy a tirac pal Repacto Bocarriba. Oe, qué pinga, Jábico. Oe, qué pinga, Monina…



–Dale, Asere –le dijo la madre–, vístete, que te voy a becar.

–¿Que‛ jeso, mami?

–Una escuela en el campo.

–¡Una escuela en el campo! ¡¡Cuarenta y cinco día!!

–¿Qué?... cuarenticincomil.

–Tantos, mami.

–Claro que sí. Y prepárate. Vas a venic los fines de semana, un día en el gao, y al otro día te vas echando, pa‛ que lo sepa.

–¿Y allí qué voy a hacer?

–Estudiar y trabajar. La vinculación estudio-trabajo de Mactí. Pa‛ que te haga hombre, carajo. Tú no sabes cómo tuvimos que trabajar nosotro en el tiempo de ante.

–¿Y qué voy a estudiar, mami?

–Lo que te guste, Asere, lo que tú quiera. Y no quiero que me des dolore de cabeza, ¿oíste?

–Pero… en la Escuela Al Campo no se estudia.

–¡Muchacho, ya, déjame… te vas becao, coño, ya tú eres un manganzón!

El adolescente Asere levantó la cabeza. Había terminado de vestirse y calzarse. Se miró en la luna del espejo, rota. Su rostro ocupaba diferentes dimensiones. Le transmitía una horrible apariencia. En una se veía normal. En otra cambiaba y le fluía en su psiquis ideas ramificadas a la suerte que correría su vida lejos de la paternidad, de aquel entorno de besos y mimos, de consejos. ¿Y el padre? ¿Dónde estaba el padre? Se encontraba preso.

–Ah, mira –le dijo la madre–. Este collar tienes que cuidaclo. Es tu protección: tu Eleguá.

Asere se puso la prenda. Se fijó en las bolitas negras y rojas atravesadas por el mismo centro, cuyo hilo de nylon ahora colgaba en su cuello. Encima de su cabeza sintió un aleteo extraño. Los ojos se le arremolinaron, pero al cabo de un rato poseía una perfecta visualización.

–Procura que no se te pacta ec collar, ¿oíste? –insistió la madre–. Me costó una pila de peso y los guaniquiqui no están fáciles de conseguir.

–Ya, mima, no me lo repitas más.

–Qué sí te lo digo, una y cien vece, cojone. No me empingue, chico.

El mancebo echó un vistazo hacia la calle. Vio a unos amigos que pasaban en ese instante. No lo saludaron. En uno de ellos notó una burla con un contenido de asco.

–Mima, hay socios míos que dicen que aquí hay mucha peste.

–¿Peste? ¿Peste a qué? ¿Poc qué ellos no se huelen ec culo, eh?

–No, mima, son los santos.

La madre levantó uno de sus brazos. Finalmente descargó un manotazo en un hombro del adolescente:

–¡Dile, cojone, que tu madre es santera, palera… y la madre de los tomates!

–Ah, mima… pero… ¿poc qué tú me das? Yo no soy un singao.

–Por eso mismo, pa‛ que no lo sea. Defiende tu creencia. No le haga caso a la gente… y al que no… le pacte un palo en la frente.

Ese diálogo rebotaba en el subconsciente de Asere. Vio a un tumulto de muchachos de su edad y el corazón le bombeó con felicidad. Apretó el paso para incorporarse al grupo. ¿Qué dice Ase? Dilo alto pa‛ que me oigan. Entre débiles y fuertes apretones de manos Asere se alistaba al clan de adolescentes. Algunos llevaban en un perchero el uniforme lavado y planchado. Diagonalmente a su tronco les colgaba un malentín. La Dirección de la Escuela Secundaria Básica En El Campo (ESBEC) A.K.M. había voceado por doquier la formación. Los educandos, de diversos estratos sociales, se disponían a subir a los ómnibus. Se veían hijos de ingenieros, de constructores… de vagos y ex reclusos.

–Mira a Mayra –le dijo Juanqui.

–¿Qué hay con ella, bicho?


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