MILAGROS PARA TODOS
CON O SIN RELIGIÓN
by
Rodrigo Vidal Lázaro
SMASHWORDS EDITION
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PUBLISHED BY:
Rodrigo Vidal Lázaro on Smashwords
Spanish Edition
Milagros para Todos – Con o Sin Religión
Copyright © 2010 by Rodrigo Vidal Lázaro
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Debo agradecer especialmente un asunto
muy particular de mi vida, y es el haber nacido
con unos padres buenos y gentiles.
Trabajadores y honrados.
Esforzados y deseosos de criar bien a sus hijos.
Dedico este esfuerzo a ellos y
a mi esposa Liliana, amiga y compañera.
INTRODUCCIÓN
La mayoría de los humanos adultos hemos tenido la experiencia suficiente como para creer o presentir que existe algo conocido como el poder de la fe. De una u otra forma percibimos que hay algo en nosotros capaz de mover montañas.
La intención de este texto es dejar en evidencia a quienes pretenden hacerse pasar por legítimos administradores de la fe y exponer que todos y cada uno de nosotros somos capaces de utilizar esta fuerza en beneficio nuestro y para el bien general.
En realidad, existen muchas religiones, instituciones y sectas que proclaman ser los verdaderos intérpretes y poseedores de la fe, y es el objetivo de esta obra estudiar y analizar este fenómeno para entregar sus poderes y beneficios a su indiscutible dueño: la raza humana.
Este libro, entre otras cosas, habla de religión, el cual es definitivamente un tema apasionante y también polémico. Uno de esos temas que normalmente preferimos no tratar en las reuniones de familiares o de amigos, ya que existe el grave riesgo de terminar en una discusión acalorada. “¡Prohibido hablar de religión o de política!”, oímos decir a menudo, con la intención de evitar malos ratos.
Es verdad, el hablar de la existencia de Dios, de las creencias religiosas y sus múltiples interpretaciones, puede resultar difícil y con posibilidades de adentrarse, y tal vez extraviarse, en caminos llenos de obstáculos intelectuales.
Pero por otro lado, siempre me pareció correcto el razonamiento de que es mejor hablar las cosas en vez de ocultarlas. Que es mejor plantear cualquier tema antes que eludirlo eternamente. Al fin y al cabo, en algún momento aprenderemos algo y seguiremos avanzando, en una u otra dirección, con algo más de conocimiento a nuestro haber.
No hace mucho, en mis andanzas por el Internet, encontré el siguiente dicho del filósofo y estadista británico Sir Francis Bacon, que me pareció muy apropiado:
“Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar, es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde.”
Y como no me interesa caer en ninguna de esas tres categorías, ¡pues mejor me pongo a pensar!
Este libro trata insistentemente el tema de la interpretación de las relaciones humanas con fuerzas o entes superiores. Podemos decir en realidad, que todos somos intérpretes divinos. Todos, de una u otra manera, interpretamos lo que percibimos en cuanto a lo divino, y generalmente encontramos muchas diferencias de interpretación entre una y otra persona, inclusive teniendo la misma religión y aunque fundamenten sus creencias en los mismos libros. Pero resulta que tenemos unos intérpretes “oficiales” que dicen conocer exactamente lo que Dios espera de la humanidad en todo momento y en toda situación. Es a estos intérpretes a quien se refiere esta obra.
Es importante resaltar lo siguiente: La religión y la fe que mucha gente profesa, es, en gran medida beneficiosa para ellos, ya que les brinda seguridad y muchas veces esta fe permite una autosugestión positiva que ayuda a superar dificultades. Por lo tanto, no es la intención de las ideas plasmadas en este libro, el desviar a nadie de estos beneficios, sino, al contrario, se pretende canalizar un mejor entendimiento de los poderes de la fe, tratando de utilizarla como una herramienta amigable y provechosa.
Quisiera aclarar que yo no soy ateo, ya que ateo significa negar la existencia de Dios. Yo no niego su existencia, solamente dudo, investigo y cuestiono, especialmente el accionar de quienes se han tomado tan en serio y en forma “oficial” la interpretación divina.
Existe en el diccionario un término interesante: Agnosticismo, doctrina que afirma que la existencia de Dios y otros seres espirituales no es segura, pero tampoco imposible. La postura agnóstica es diferente tanto del teísmo, que defiende la existencia de los seres divinos, como del ateísmo, que niega su existencia.
Así que por lo pronto, me declaro agnóstico.
Y que conste que digo “por lo pronto”, ya que pretendo seguir con la mente abierta a los nuevos descubrimientos científicos y quién sabe, en algún momento mi razonar me lleve por otro camino.
Y por supuesto que si de repente se me aparece alguna divinidad o algún enviado divino, pues estaré presto a reconsiderar mis razonamientos.
1 EL ORIGEN DE LA DUDA
Normalmente, a medida que uno va adquiriendo experiencia en la vida, debería dirigir sus acciones de acuerdo a los resultados obtenidos de esas vivencias.
¡Vamos, vamos! Es hora de tomar nuestras ideas y pensamientos para ponerlos en orden. Es hora de organizar y ya no postergar el enfrentamiento entre dos adversarios que rara vez se miden: por un lado nuestras creencias y por otro nuestra capacidad de pensar, investigar y razonar.
LA EXPERIENCIA PERSONAL
Mucha gente vive y convive con las cuestiones religiosas toda su vida y no encuentra motivos para dudar. Muchos otros perciben algo fuera de lugar, pero la inercia de las ideas acarreadas durante milenios es demasiado poderosa. Para otros tantos, la curiosidad resulta vencedora y el espíritu indagador nos invita a sumergirnos en el infinito mar del aprendizaje.
Las situaciones en que se fue desarrollando mi vida me dieron desde muy joven, mucho terreno para dudar de los intérpretes divinos. En mi juventud siempre percibí la amenaza constante por parte de estos intérpretes. Siempre oía comentar a muchos amigos y conocidos acerca del temor a Dios, de la amenaza del infierno, el premio del cielo, etcétera. Muchos creían a pie juntillas lo que los intérpretes les habían “enseñado”, y ellos a su vez repetían estos conceptos de que no era aceptable una vida sin creer en Dios. Por otro lado, en mi vida familiar, yo contaba con que mis padres nunca tuvieron ninguna religión y supe que tampoco mis abuelos. Creo que podría definir a mis padres en este aspecto, como unos “ateos serenos”, ya que no creían en Dios, eran indiferentes a los asuntos de la Iglesia, pero tampoco andaban por ahí buscando enfrentar su pensamiento con nadie.
Ha sido muy educativo palpar de primera mano como unos seres tan cercanos a mí han sido buenos y exitosos en sus vidas. Esto fue lo que plantó en mí las primeras semillas de incertidumbre. Al parecer no todo lo que decían los intérpretes era correcto.
No fue requisito para mis padres ser creyentes. No tuvo influencia negativa en sus vidas el no creer en Dios. Mis padres simplemente se condujeron basándose en principios básicos de no causar daño a los demás y hacer lo mejor posible con sus conocimientos.
Cuando a alguien le va bien en su vida, las personas religiosas acostumbran a decir que esto es gracias a su gran fe en Dios. Los creyentes, en general, dirían que son personas benditas, es decir tocadas, favorecidas por la gracia divina y por los milagros que acompañaron sus vidas. El término “milagro”, tiene, de acuerdo al diccionario, varias acepciones. Una de ellas es “Hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino.” Y otra, ya más general, sin referencia a lo extraterrestre o divino: “Suceso o cosa rara, extraordinaria y maravillosa.”
Mi madre y mi padre nacieron en España, en las ciudades de Zaragoza y Vigo respectivamente y les tocó vivir la terrible experiencia de la Guerra Civil de aquel país. El estimado de muertos en esta guerra es de unos 190.000. Se calculan en unos 50.000 los asesinados en la retaguardia republicana, unos 100.000 en la retaguardia de la zona franquista y en unos 40.000 los muertos durante la sangrienta represión que siguió a la guerra civil. Pues bien, mis progenitores, no sin dificultad, lograron escapar de este terrible conflicto. Mi madre gracias al célebre barco Winnipeg, guiado en misión de Pablo Neruda, el galardonado poeta chileno, y mi padre, quien llegó a América por las costas de Brasil. Por esas cosas de la vida, se conocieron en Chile, país que los recibió a ellos entre cientos y cientos de refugiados que huían de tan terrible situación. Haber escapado, aunque con cero recursos económicos, pero con vida, ya se podría considerar una “bendición”.
Es curioso como la vida nos puede llevar de un lado a otro mediante milagros directos o indirectos. “Misteriosos son los caminos de Señor”, diría un religioso.
Pablo Neruda, Premio Nobel de Literatura de 1971, fue el protagonista de uno de esos misteriosos milagros: Cuando se encontraba venciendo retos y dificultades para organizar el viaje del Winnipeg, viejo barco de carga que estaba siendo adaptado para cambiar su capacidad original de 80 a 2000 pasajeros, se vio en graves aprietos económicos, ya que le faltaban aún los medios para solventar el viaje de 1000 refugiados, es decir, multiplicar por dos los fondos con que contaba. De repente se aparecen en su despacho dos cuáqueros vestidos de manera muy inusual y que tenían dificultad para expresarse en castellano. Uno de ellos le explicó que eran miembros de una vieja religión que, fundamentada en principios cristianos, muchos de los cuales habían sido abandonados por el catolicismo y por algunas corrientes evangélicas, tenía entre sus prácticas ayudar a sus semejantes, sin importar sus orígenes ni sus creencias.
“No es necesario que los exiliados conozcan de nuestra aportación.”, dijeron luego de haberse comprometido a colaborar con todo el dinero que faltaba.
Neruda no sabía entonces nada de esa agrupación religiosa, pero pronto se dio cuenta de que su aparición tenía algo de milagrosa. Posteriormente el poeta escribiría: “Me declaro abominablemente ignorante en lo que a religión se requiere. Esa lucha contra el pecado en que éstas se especializan me alejó en mi juventud de todos los credos… La verdad es que… aparecieron estos magníficos sectarios que pagaban la mitad de cada pasaje español hacia la libertad sin discriminar entre ateos o creyentes, entre pecadores o pescadores. Desde entonces, cuando en alguna parte leo la palabra cuáquero, le hago una reverencia mental.”
Y así, resulta apasionante seguir investigando algunos detalles de la vida de mis padres, que sin duda, de manera positiva, contribuyeron en su fructífero camino por la vida.
Ambos son unos autodidactas fuera de serie. Ella, como buena lectora y también escritora, me transmitió mucho de sus conocimientos de gramática y pronunciación. Fue muy abnegada e invirtió mucho tiempo lidiando conmigo en mis primeros años de educación escolar. Pude contar con una madre que me transmitió grandes enseñanzas, de esas que te ayudan e impulsan a ser un mejor ser humano, lo cual pienso que es también una “bendición” y que ya los milagros empezaban conmigo.
Por otra parte, mi padre se instruyó de manera muy eficiente en temas de ingeniería mecánica, de tal manera que trabajó en varias empresas grandes que necesitaban de montajes industriales y estructuras metálicas. Cuando vinimos a vivir a Ecuador, fue justamente debido a su ya reconocida capacidad, que fue enviado a este país donde comenzaba el “boom” petrolero. Una de sus primeras experiencias en esta tierra fue la de instalar muchos kilómetros de tubería para el oleoducto. Luego formó una compañía que llegó a ser muy reconocida realizando importantes proyectos. Siempre fue muy querido y respetado por los obreros con que trabajaba. Y creo que una de las etapas más impresionantes de su vida laboral, es cuando regresa a Chile, con setenta y tres años de edad. Una de las preocupaciones que teníamos sus familiares en aquellos días, era que iba a ser de mi padre si dejaba de trabajar, ya que siempre fue apasionado por su trabajo y adicto a sentirse útil. Pues bien, llega a Chile y en corto tiempo lo contratan (¿con 73 años?) para ejecutar otras muchas obras de gran calibre para la industria minera de ese país. Realmente fuera de serie.
Como sabemos, es muy difícil en estos días para una persona mayor de cuarenta años conseguir un empleo, pero no para este hombre que pareciera tener veinte ángeles cuidando de sus pasos.
Nada mal para un autodidacta, ¿no les parece? Luego, en este escenario del norte de Chile, con un excelente salario, trabajó como 10 años más, ya que no lo querían dejar ir por su valiosa experiencia y además que, para él, esto significaba mantenerse vital y saludable. Y aquí me atrevería a decir que se mezclaron un montón más de “bendiciones” y milagros.
Y para mencionar una más, por si fuera poco, al momento de escribir estas frases, mis padres se encuentran con bastante buena salud (a sus ochenta y tantos), viviendo en Viña del Mar, gozando de unos atardeceres espectaculares en un pequeño departamento con vista a las magníficas aguas del océano Pacífico.
Resumiendo, y como ustedes pueden apreciar, se trata de unas largas y productivas vidas. Nada mal para una pareja que en vez de preocuparse por la existencia de algún ser divino, se han preocupado por ser lo mejor que han podido.
¿Ven a qué me refiero? Con semejantes ejemplos, creo que pueden ustedes apreciar la justificación de mis primeros cuestionamientos y averiguaciones al respecto de las religiones y sus intérpretes.
EL CONOCIMIENTO DE HECHOS COMPROBADOS
El temor a lo desconocido
Es necesario, antes de continuar, hacer dos aclaraciones, la primera de orden idiomático: normalmente utilizaré la palabra “hombre” queriendo alcanzar con ella su significado general de “ser humano”, es decir hombre o mujer, sin diferencia de género, y la segunda, al respecto de que trataré de ser objetivo en todos los temas, basándome en hechos plasmados en libros y documentos históricos.
Quisiera en este momento indicar de manera categórica que no pretendo discutir acerca de la existencia de Dios, ya que esto sería una contradicción con la intención de ser objetivo.
Lo que intento hacer es utilizar información auténtica y confiable, que nos permite conocer y realizar un seguimiento de las acciones de quienes han asumido el papel de intérpretes divinos a través de los tiempos. Estoy consciente de que a veces los registros escritos pueden contener ciertos errores, pero también entiendo que, gracias a un criterio alerta de escepticismo y de búsqueda comparativa (comparando varias fuentes), estos errores serán mínimos.
Ahora sigamos. Desde la prehistoria, cuando ocurrían fenómenos que estaban más allá de su conocimiento, algunos hombres buscaban la explicación en lo sobrenatural o divino.
La palabra “algunos” tiene singular alcance en el párrafo anterior, ya que al igual que en los tiempos modernos, habrían hombres dedicados y ocupados en labores absorbentes de su jornada diaria. Seguramente la mayoría, al igual que hoy, tenía que preocuparse del diario sustento y no tenían tiempo para analizar con detenimiento las cosas que estuvieran más allá de su entendimiento.
Así mismo, al igual que ahora y en todas las épocas, hubo quien sí dedicaba mucho tiempo a pensar y preocuparse por los misterios y en tratar de buscar explicación a ellos. Así aparecieron diferentes categorías en las sociedades antiguas. Una de ellas era la conformada por los intérpretes de lo desconocido.
En algunos casos, tal como se aprecia en varios grabados y pinturas, estas personas se disfrazaban de animales, imitándolos para apropiarse de las “fuerzas ocultas” que les permitieran dominar el éxito de la caza. Hace aproximadamente 4000 años, por ejemplo, en varias ciudades de Mesopotamia, los sacerdotes interpretaban los designios de los dioses “leyendo” las entrañas de animales sacrificados.
Estos intérpretes llegaban a tener mucha influencia en su grupo o sociedad. Muchas veces esta influencia era suficiente como para poder vivir de ella, es decir que el dedicarse a tiempo completo a la interpretación de lo desconocido vino a ser algo que realmente daba para comer y en muchas ocasiones para vivir bien.
Con el transcurrir del tiempo, el hombre ha ido descubriendo lo errado de muchas de estas interpretaciones. A medida que la ciencia y el entendimiento lógico de lo que ocurre a nuestro alrededor, ha ido avanzando, lo que una vez era el temido Dios del Trueno, pasó a ser un fenómeno natural (ya no sobrenatural), bastante definido y entendido.
No hace mucho encontré en un foro en Internet, un concepto que me parece digno de ser tomado en cuenta y dice que la primera religión fue creada por la impotencia. La impotencia del hombre cuando al ver un rayo y oír su sobrecogedor trueno, no supo explicarse que ocurría. Impotencia, provocada por desconocimiento o ignorancia, que para el caso viene a ser lo mismo.
También sabemos que el hombre primitivo era por lo general, politeísta. Creía en varios dioses, el dios del cielo, de la tierra, del agua, etcétera En varias culturas antiguas se achacaba a los dioses las buenas cosechas, las erupciones volcánicas o los fenómenos astronómicos.
En fin, estas creencias y estos dioses eran una necesidad para explicar lo inexplicable, en la continua búsqueda de un sentido espiritual a nuestras vidas.
Entre los temas que causaron siempre temor al hombre, fue la muerte. La idea de morir y abandonar este mundo sin haberlo aprobado nosotros, sin nuestro consentimiento, al parecer no es del gusto de nadie. Darnos cuenta de que no podemos controlar la muerte es un descubrimiento personal, de gran trascendencia, que afecta radicalmente el modo de percibir nuestra vida. Y por más que pensamos y pensamos, y lo volvemos a pensar, no llegamos a explicación ni conclusión alguna. Campo fértil para la imaginación, la ilusión y la fantasía.
Y aquí también intervinieron rápidamente los intérpretes para darnos ideas y sugerirnos interesantes y atractivas posibilidades. Que la vida en el paraíso, que el castigo en el infierno, la reencarnación, el alma inmortal, ángeles y fantasmas, dimensiones desconocidas, en fin, el repertorio es muy amplio.
Es fundamental visualizar que así como existen millones de personas que asocian la muerte con algo divino, también existen otros tantos millones que no hacen tal asociación. Como miembro de este segundo grupo, mi percepción de la muerte es bastante sencilla y se basa simplemente en lo que vemos cada día, y que sabemos es lo mismo que han visto nuestros padres y abuelos: todos morimos y no volvemos. En todo este conocimiento generacional, no hay ningún indicio de nada sobrenatural relacionado con la muerte de nadie.
¿Temor a la muerte? Pues mi temor a morir se basa simplemente en que no quiero dejar de vivir. Hasta allí llega mi entendimiento. Quiero seguir siendo una persona útil, seguir disfrutando de las cosas bellas de la vida, seguir trabajando en este sentimiento de satisfacción que me proporciona ser un hombre de bien que pone su granito de arena para la humanidad.
Si no me dejo llevar por la imaginación, la ilusión y la fantasía, estaré más concentrado al cruzar la calle, y en general más interesado en aumentar los conocimientos que tiendan a minimizar el riesgo de morir. Comida sana, lectura sana, trabajo productivo, ejercicio corporal, ejercicio mental, etcétera.
Conocimiento que está a nuestro alcance. Actividades que sí podemos controlar y sabemos que nos ayudan. El dedicarnos a pensar si estas actividades están controladas por fuerzas externas, ajenas a nuestro control, definitivamente, en vez de ayudarnos, puede llegar a entorpecer nuestras capacidades.
El tema de la muerte, que no podemos negar, se trata de un tema sensible, ha sido explotado desde que los primeros intérpretes vieron cuanta influencia podían tener sobre sus congéneres al manejar los conceptos dictados por su imaginación. Cuanto poder confiere el manipular el temor y la sensibilidad de la gente.
Por ejemplo, si un hombre prehistórico le dice a otro: “Debes creer y adorar al dios de la lluvia, porque si no lo haces, volverás a perder tus cosechas como te ocurrió el año anterior”.
Si me pongo en el lugar de este hombre, que por una parte, ha perdido tanto trabajo invertido y además ya no tiene la comida con que contaba, y por otra, viene un “amigo” y le sale con esta amenaza de que puede volver a perderlo todo, pues entonces no es difícil entender como el hombre primitivo tenía esa tendencia a efectuar ritos y ceremonias en un intento de protegerse de las calamidades.
De cavernícola a “Manhattan man”
Para mi concepto, lo más sorprendente de todo esto es que lo mismo nos ocurre aún en la actualidad. Cuanta gente tiene miedo de no cumplir lo que le dicen en una de estas terribles cadenas, que hace unos años algunos “amigos” nos dejaban escritas en un papel, y que ahora nos llegan por Internet.
En realidad, en este tema, no es mucho lo que hemos cambiado. Aún tenemos personajes de nuestra sociedad que siguen interpretando lo desconocido y mantienen ritos y formas de actuar para, según ellos, estar en buenas relaciones con las fuerzas divinas.
Esas costumbres se han heredado y mantenido, en algunos casos con ciertas adaptaciones, a través de generaciones, durante muchos siglos. Hoy en día, los habitantes de nuestro planeta mantienen muchas religiones, con sus coincidencias y sus diferencias.
Civilizaciones antiguas como la romana, la griega o las mesoamericanas siempre encontraban respuestas místicas a casi todo lo que ocurría a su alrededor.
¿Qué tan fuerte es la necesidad de contar con una explicación para lo inexplicable?
Y me pregunto además: ¿Es realmente necesario crearnos una explicación de los temas que no conocemos o no comprendemos? O acaso no es más lógico mantener estos temas en estudio y en proceso de entendimiento. ¿Es acaso imperativo tener respuestas para todo? Llegar al extremo de que si no tengo una explicación, entonces ¿me la invento?
Yo creo que no. Me parece que debemos ser humildes y aceptar que nuestro conocimiento en muchos temas es parcial.
Lo cual va de la mano con la idea de mantener nuestras mentes abiertas. En realidad si en cualquier tema ya damos por sentada una respuesta definitiva, estamos forzando un estancamiento y cerrando las puertas al conocimiento y al desarrollo.
El filósofo y catedrático Guillermo Morales Díaz dice:
“Lo que hoy se comprueba mediante el método experimental, los antepasados lo explicaban a través de historias de las relaciones entre los dioses y ellos. Estas respuestas daban a los pobladores la seguridad sicológica que ofrece la creencia colectiva, y a la vez les permitía elaborar los signos de identidad necesarios para la vida en comunidad.”
Es interesante darse cuenta de que las religiones que conocemos hoy en día son en realidad solo una parte de una faceta en el desarrollo de la humanidad. La ansiedad e inseguridad que nos provoca lo desconocido, la desesperación en que nos puede hundir el pensar que nuestro mundo se rige por el azar, nada de esto es nuevo para la raza humana. Desde que el hombre tuvo uso de razón, sus pensamientos lo condujeron a buscar el significado y el sentido de todo lo que ocurría a su alrededor.
En este punto es muy importante detenernos un momento con estas ideas para profundizar y visualizar el factor tiempo. Echemos una mirada a la cronología aproximada de lo que estamos diciendo y así poder tener una idea de la corta existencia de las religiones que conocemos en la actualidad.
Como sabemos, estas religiones aparecieron aproximadamente hace unos 2000 años. Por otro lado, sabemos que el ser humano, la especie que representamos actualmente, es decir el homo sapiens, comenzó a pasar de África a otros continentes hace unos 200.000 años.
Viendo el tema desde otro ángulo, en un intento de apreciar mejor lo nuevas que son estas interpretaciones, el hombre estuvo aproximadamente 198.000 años, es decir como 1980 siglos, viviendo sin las religiones que hoy conocemos.
A continuación veamos un gráfico para poder apreciar esto de manera visual.
Este
gráfico nos muestra la ocurrencia de algunos hechos históricos
partiendo justamente desde que los primeros hombres comenzaron a
salir del continente africano hasta nuestros días.
En la antigüedad, el hombre no contaba con la ayuda de la ciencia como la conocemos hoy en día, y este hecho, de la mano con el temor a las fuerzas divinas, le llevaba a embarcarse en creencias sin fundamento comprobado.
Un ejemplo clásico ocurre en el siglo XVII, cuando James Ussher, un reconocido arzobispo del norte de Irlanda, luego de estudiar los acontecimientos descritos en el Nuevo Testamento, dedujo que la creación del universo databa de apenas unos miles de años antes del nacimiento de Jesús de Nazaret.
La cronología de Ussher proveía las siguientes fechas para los eventos claves de la historia del mundo según la Biblia:
4004 a.C. La creación
2348 a.C. El diluvio universal
1921 a.C. Llamada de Dios a Abraham
1421 a.C. El éxodo de Egipto
1012 a.C. Fundación del templo de Jerusalén
586 a.C. Destrucción de Jerusalén
4 a.C. Nacimiento de Jesús
Esta deducción de la fecha de creación del universo contrasta (por usar un término delicado) con lo descubierto (no interpretado) por la investigación científica en los últimos años, la cual nos enseña que la creación del universo ocurrió hace aproximadamente 13700 millones de años. Y que la Tierra se comenzó a formar al mismo tiempo que el Sol y el resto del Sistema Solar, hace unos 4.570 millones de años.
Según algunos, estas muy erradas afirmaciones de los pensadores antiguos, deberían considerarse lógicas, ya que en aquellas épocas no contaban con los registros históricos ni los adelantos científicos que les permitieran entender los cambios sufridos por el universo.
Claro que los datos con que contamos hasta ahora, distan mucho de ser definitivos y las preguntas no dejan de acumularse, pero lo bueno es que las estimaciones y cálculos científicos son cada vez más precisos.
La Biblia era hace no muchas décadas atrás, un documento muy fuerte, con una influencia en extremo poderosa, y su interpretación era la regla para gobernar a una gran porción de la humanidad. Hace no muchas décadas, se consideraba como cosa indiscutible que Dios creó el cielo y la tierra y todos sus componentes, incluyendo al hombre y la mujer, en seis días. Siglos atrás, se aceptaba en forma común que la Tierra era todo y que era también el centro del Universo luego nos percatamos de que habitábamos en un Sistema Solar, posteriormente nos dimos cuenta de que éramos parte de una Galaxia. Más tarde que nuestra Galaxia no era la única sino parte de un grupo local de Galaxias y que hay muchos más grupos locales de Galaxias en el Universo.
¡Vaya que andaban despistados los intérpretes!
Claro que hoy, buscando adaptarse al desarrollo de la cultura, dicen que no se debe así interpretar lo que dice la Biblia, pero haciendo solo un poco de memoria podemos recordar que aquella era la información (sin derecho a discusión) que nos daban en las escuelas y colegios. Y ahora podemos constatar, por ejemplo, el abismo de tiempo entre la creación del universo hasta la aparición de la Tierra y millones de años después, la aparición de los primeros humanos.
Todos somos libres de interpretar las cosas que vemos como nuestro entendimiento y nuestro conocimiento nos lo permita. Pero no debemos cometer el error de pensar que nuestra creencia es algo definitivo y luego querer imponerla a otras personas ya sea por la fuerza o inculcando temor con amenazas.
Estos casos se han dado con mucha frecuencia y aún hoy es común en muchas sociedades cuando cada grupo de creyentes proclama que su religión, es la “verdadera” y que su Dios es el único. Entonces viene el problema y el conflicto cuando estos creyentes comienzan a juzgar a otros y pretenden exigir una coincidencia de pensamiento.
Al parecer, la humanidad va lentamente desarrollando y entendiendo un sentido práctico de la vida. Con la ayuda de la escritura, la cual hace posible que la ciencia moderna avance con paso firme y gracias a la revolución de las comunicaciones que estamos viviendo, donde la educación y la cultura llegan cada vez con mayor facilidad a gran parte de la población, las supersticiones y creencias antojadizas y dañinas van pasando a un segundo plano. Un gran porcentaje de las nuevas generaciones, apoyadas por el conocimiento técnico y práctico que la humanidad ha ido cultivando, ya no crece con los temores e incertidumbres del pasado. Cada generación cuenta con más conocimientos y con más herramientas que le permiten investigar, cuestionar y conocer.
“El universo no fue hecho a la medida del hombre.
Tampoco es hostil, solo es indiferente”.
CARL SAGAN
Como no cuestionar que algún dios hizo la llamada “creación” para el hombre como personaje principal, si tenemos noticias constantes de las investigaciones espaciales y los viajes interplanetarios que nos muestran con exactitud a qué se refería el señor Sagan. De todos los planetas que conocemos con suficiente detalle, en ninguno de ellos podría vivir un ser humano.
Simplemente se siguen sumando incongruencias al respecto de los temas que promulgan los intérpretes.
EL ESCEPTICISMO CIENTÍFICO
El astrónomo y astro biólogo norteamericano Carl Sagan (1934-1996), reconocido por su gran aporte a la difusión de los conocimientos de astronomía, es un personaje digno de ser tomado en cuenta si hablamos de mentes abiertas.
Como astro biólogo, invirtió muchos años en el estudio de las posibilidades de vida en el espacio. Algunos temas de investigación que se incluyen en esta disciplina, la astrobiología, son: ¿Qué es la vida?, ¿Cómo comenzó la vida en la Tierra?, ¿Que climas puede tolerar la vida?, ¿Cómo podemos determinar si existe vida en otro planeta?, ¿Qué probabilidad existe de encontrar vida en otros planetas?
Durante su vida, Carl Sagan publicó más de 600 documentos científicos y fue autor, co-autor o editor de más de veinte libros.
Entre sus contribuciones podemos resaltar sus artículos al respecto del escrutinio escéptico.
Siendo escrutinio sinónimo de investigación, y una persona escéptica aquella que es suspicaz o desconfiada, el término escrutinio escéptico se refiere a la actitud que debe tener cualquiera que ande en búsqueda de respuestas sólidas.
Sagan decía por ejemplo que el escepticismo es algo que usamos diariamente en muchos asuntos casi de manera instintiva. Típicamente, si vamos a comprar un coche de segunda mano, tratamos de asesorarnos con alguien de confianza para que nos sirva de guía. Entendemos que el vendedor pudiera ocultar algún desperfecto, o que el vehículo tenga alguna característica que no nos conviene. Probablemente llevaremos el coche donde un mecánico conocido para que pruebe la compresión del motor. En resumen, somos escépticos, dudamos, desconfiamos.
Otro ejemplo puede ser cuando vamos al supermercado y compramos algún producto perecible. Normalmente aplicaremos también una dosis de precaución y revisaremos la fecha de expiración.
Dudamos y cuestionamos porque el sentido común nos dice claramente que una cuota de escepticismo nos puede ahorrar mucho dinero y algunos malos ratos.
Dice Sagan que esto es algo bastante básico, que no hace falta estudiar cuatro años de universidad para entenderlo. Todo el mundo lo comprende. Es natural ser escéptico.
Lo curioso es que somos escépticos para ciertos asuntos y en cambio, para otros, nos dejamos llevar como plumas por el viento. En ciertos temas aceptamos lo que nos dicen sin siquiera usar una neurona.
Son muy interesantes las aclaraciones de Sagan. Por ejemplo, nos explica el peligro de los extremos.
Si una persona se especializa en ser escéptica, se convierte en un viejo cascarrabias convencido de que la idiotez gobierna al mundo. No le llegan nuevas ideas y nunca aprende nada nuevo. En realidad, generalmente no estará equivocado al confirmar muchos datos que verifican esto de la idiotez, pero de vez en cuando, tal vez una de entre cien, alguna nueva idea resulta ser correcta, válida y maravillosa. Si se tiene demasiado prendido el hábito de ser escéptico, esta idea se va a pasar por alto o no se va a comprender y estarás fuera del camino del entendimiento y del progreso.
Por otra parte, si eres el colmo de receptivo y llegas al extremo de la simple credulidad, donde todo pasa a tu cerebro sin ningún tipo de filtro, entonces no podrás diferenciar las ideas útiles de las inútiles. Es evidente que algunas ideas son mejores que otras, y el mecanismo para distinguirlas es justamente la mezcla de lo desconfiado con lo receptivo, es decir el escrutinio escéptico, que concordando con Carl Sagan, es la razón del éxito de la ciencia y su gran aporte al desarrollo de la humanidad.
UN MUNDO MARAVILLOSO
Desde muy joven fui sensible a las bellezas que nos presenta la naturaleza. La cordillera chilena en los meses de invierno calaba profunda e intensamente en mi espíritu. Bueno, también el frío a veces calaba hasta los huesos, pero aquellos macizos nevados, esa inmensa pared de marcados relieves de blancura hipnotizante, realmente llegaba a lo profundo de mi ser y me transportaba.
A los 16 años vine a vivir a Ecuador, un país de naturaleza exuberante y en extremo variada, con zonas tropicales de selvas impenetrables, nevados hermosos que quitan el aliento por su majestuosidad. Playas que sorprenden por sus aguas templadas y sus palmeras que refrescan la vista.
A los 17 conocí parte de los Estados Unidos y quedé maravillado con la belleza de las Montañas Rocosas y también impresionado de la mezcla de lo natural con lo artificial, de lo natural con las obras hechas por el hombre, por ejemplo el caso de Fort Lauderdale en Florida, que algunos llaman la “Venecia de América”, donde muchos barrios tienen canales de agua navegables que dan al patio de sus casas con lindos jardines. Maravillado por la capacidad que tenemos de construir grandes autopistas elevadas y edificios imponentes.
Pero en realidad, si en cualquier lugar del mundo nos detenemos un momento a observar con detenimiento, sin duda encontraremos algo de qué maravillarnos, algo que nos impresione y que nos haga preguntarnos por el origen de tanta compleja belleza. La interrelación de las especies que habitamos la Tierra, el equilibrio natural entre depredadores y sus presas, y así, la lista es interminable.
Pero todas estas maravillas vienen acompañadas de sus misterios y realidades que aún no conocemos. Tal vez la lista de maravillas es tan grande como extensa la lista de preguntas que nos podemos formular.
¿Cuándo y cómo se creó el universo?
¿Qué había antes de la creación del universo?
¿Estamos solos en el cosmos?
¿Existe un Dios o son varios?
¿Dios es eterno e inmutable o también tiene un ciclo de vida y una descendencia de padres a hijos?
¿Será que cuando el Dios de nuestro tiempo está muy viejito, le fallan las facultades, se descuida y permite un tsunami que extermina a cientos de miles?
Y así podemos preguntarnos y preguntarnos acerca de tantos misterios. Y tanto las preguntas y las respuestas están solo limitadas por nuestra imaginación, que puede ser infinita como el mismo universo.
Definitivamente hay muchas cosas que no conocemos y que por lo tanto, su relación con nosotros está aún por ser descubierta.
Concuerdo con el padre Jorge Loring, quien en su libro Motivos para Creer, dice que en la naturaleza y en los procesos que en ella ocurren, existe un orden, y que es ridículo pensar que este orden, muchas veces espectacular, sea fruto de la casualidad.
El padre Loring dice que el orden es fruto de la inteligencia, y yo también lo creo. Es realmente sorprendente, ahora más que nunca gracias a los adelantos tecnológicos y de la ciencia, cuando vemos por ejemplo la complejidad del cuerpo humano, que tan solo al estudiar lo maravilloso del sistema muscular, nos quedamos boquiabiertos, o también cuando comenzamos a comprender como funciona el equilibrio de un ecosistema, donde cada especie tiene su rol muy bien definido y que a corto o largo plazo, contribuye a la sobre vivencia de las demás.
No hay duda que nuestro planeta es asombroso y sorprendente con sus intrincadas formas de vida y las relaciones existentes entre ellas, las cuales vamos poco a poco entendiendo.
La porción de razonamiento que no comparto con el padre Loring es que, para él, estos pensamientos y reflexiones le hacen creer en la existencia de Dios y punto. Al parecer allí se acaba para él la ambición de conocimiento. En cambio a mí, estos pensamientos me confirman que hay algo más allá de nuestro entendimiento, que se trata de algo apasionante y digno de seguir investigando y descubriendo, con la esperanza de que algún día, la raza humana logre el conocimiento cabal y definitivo de nuestros orígenes y nuestros posibles destinos.
Pienso que los misterios del universo, los apasionantes temas que aún permanecen sin explicarse para la humanidad, debemos seguir estudiándolos, con la confianza de que poco a poco seguiremos comprendiendo más y más.
¿Que ganamos con pensar o decir que una u otra cosa es la explicación para tal misterio?
Creo que es más positivo, práctico y benéfico si cada uno de nosotros nos concentramos en vivir mejorando las cosas que están realmente a nuestro alcance. La primera de ellas, nosotros mismos.
Hay una canción de Stevie Wonder, el famoso cantante ciego que se llama “Superstición”. Me impresionó cuando entendí lo que decía en una parte de ella: “When you believe in things that you don´t understand, and you suffer, that is superstition.”
Lo que en español significa: “Cuando crees en cosas que no entiendes, y sufres, eso es superstición”.
Me parece que está bien creer en cosas que no entendemos, siempre y cuando esto nos haga bien y represente una nutrición de energía positiva.
Tomando en cuenta la forma en que los intérpretes divinos han logrado influir en millones de personas, especialmente sobre la base de promesas de premios o castigos celestiales, vemos que el temor a dios ha sido y continúa siendo un lastre formidable para la humanidad.
El desarrollo tecnológico para el bienestar humano no sería posible si los grandes científicos y los investigadores curiosos temieran a lo desconocido.
Es cierto que muchas veces la ciencia ha sido utilizada para propósitos bastante censurables, pero en cambio cuando ha sido utilizada para el bien, como ocurre en la mayoría de los casos, su aporte ha sido francamente espectacular. Podemos citar como ejemplo la primera revolución industrial, que permitió multiplicar la producción de bienes y alimentos y por ende poder ofrecer a mucha gente productos a un menor costo.
Personajes estudiosos tales como Galileo o Copérnico nos abrieron las puertas a conocimientos esenciales, sin los cuales estaríamos aún en una ignorancia terrible, difícil de concebir en nuestra era.
Así solo la libertad de pensamiento ha hecho, hace y hará posible, nuevos descubrimientos y avances que sean de utilidad para la humanidad.
OBJETIVO Y SUBJETIVO
Tratando de separar los hechos de las creencias
Lo objetivo
En mis años de colegio, yo era uno de tantos muchachos de esos que andan peleados con las matemáticas. Definitivamente me costaba mucho trabajo entender ese campo del conocimiento y por otro lado, me sentía cómodo hacia el lado de las ciencias sociales, donde si me sentía a gusto y me parecía interesante estudiar las cuestiones humanas y los procesos de las sociedades. Sin embargo, por esas cosas de la vida, en parte por la influencia de mi padre, quien era ingeniero en la rama metal-mecánica, terminé estudiando ingeniería civil.
Pues sí, después de arduas batallas contra las ciencias exactas, soy ingeniero civil y tengo la conciencia de que esta carrera me ha servido mucho en mi desarrollo como persona, ya que no solamente ha sido base para el sustento familiar, sino que de ese aprendizaje también obtuve una buena capacidad de razonamiento metódico. Según recuerdo, uno de los hitos importantes ocurrió en la clase de computación. En primer lugar, como para no olvidarme, perdí el semestre en esta materia, ya que representaba para mí un gran misterio y me resultaba muy difícil de comprender. Pero como tuve que repetir la asignatura, en el segundo intento la cosa cambió y las ideas y los conceptos se aclararon.
Me parece de particular importancia el momento en que aprendí a manejar los llamados diagramas de flujo.
Un diagrama de flujo es una forma de representar gráficamente los distintos pasos necesarios para alcanzar una meta cualquiera, estableciendo una secuencia cronológica.
Un sencillo ejemplo a continuación nos sugiere un procedimiento a seguir con una lámpara que no funciona.

Cómo se puede apreciar, este tipo de herramientas ayudan a mantener un razonamiento lógico, a detectar si existe alguna incongruencia en el proceso y a optimizar los recursos, lo que al final de cuentas desemboca en un ahorro de tiempo y dinero.
Esto es una pequeña muestra de la utilidad del pensamiento científico. Una manera de pensar que nos brinda ventajas tangibles, reales, y con frecuencia inmediatas.
La utilización de diagramas de flujo es un ejemplo claro de un pensamiento objetivo, es decir, un razonamiento dirigido al objeto en sí mismo, independiente de la propia manera de pensar o de sentir.
Lo subjetivo
Lo opuesto al razonamiento objetivo son los pensamientos gobernados por nuestros sentimientos y nuestras pasiones.
Si tenemos una lámpara que no funciona, difícilmente nuestras pasiones y creencias podrán ayudarnos a solucionar el problema.
COSAS QUE NO ALCANZAMOS A COMPRENDER
Existen a nuestro alrededor cientos de cosas que no conocemos y otras tantas que conocemos con diferentes niveles de profundidad. Por ejemplo, el computador que está frente a mí; sé más o menos como utilizarlo y conozco los principios básicos de su funcionamiento, pero muchos de sus componentes son para mí un verdadero misterio. Como mis objetivos en la vida no contemplan volverme un experto en computadoras, simplemente las utilizo como una herramienta que me ayuda en mis labores.
Y así nos ocurre con todo lo que tenemos a nuestro alrededor. ¿Una flor? ¿Un pájaro? ¿El universo? ¿El motor de nuestro vehículo? ¿Con qué profundidad los conocemos y los entendemos?
Un buen ejemplo es el tema de la vida extraterrestre. ¿Existe la vida fuera de nuestro planeta? Recordemos como dato interesante, por ejemplo, que hace unas pocas décadas, hablábamos de los selenitas (habitantes de la Luna) como una posibilidad cierta. Hoy el término selenita aparece en los diccionarios solo como una referencia histórica. Y de forma similar hemos tenido la experiencia científica con el planeta Marte y sus marcianos.
Ahora ya sabemos, a ciencia cierta, que no existen ni selenitas ni marcianos en estos planetas.
Pero, hasta allí llega nuestro conocimiento, y en realidad no hay ninguna prueba concluyente de que exista o no vida extraterrestre. Para mi entender, también deberíamos declararnos “agnósticos” en este tema, ya que no existe comprobación ni afirmativa ni negativa.
Nuestras vidas transcurren sin enterarnos de muchos miles de asuntos y la fuerza de la naturaleza los mantiene y los desarrolla así, independientemente de que entendamos estos asuntos o no.
Ahora, la pregunta que se me viene a la mente es: ¿Si no entiendo algo, debo inventarme una explicación?
Me parece que el temor a lo desconocido en general, y a las fuerzas divinas en particular, es un temor inculcado por nuestros intérpretes divinos, el cual nos ha forzado a mantener creencias que lamentablemente no siempre son positivas.
Me he dado cuenta que cuando alguien nos pregunta, por ejemplo, si creemos en la existencia de extraterrestres, con frecuencia tendemos a sentir una obligación de contestar si o no, e inconscientemente ir hacia una postura radical y extrema.
Como que no fuera correcto responder con alguna frase compuesta de varios ingredientes. Como modelo de esta situación, Carl Sagan, el conocido estudioso de fenómenos extraterrestres, nos cuenta de su experiencia cuando le preguntaban:
¿Crees que existe vida extraterrestre? Y el respondía con los argumentos habituales, tales como que hay una infinidad de lugares allá afuera y que le sorprendería que no existiera inteligencia fuera de nuestro planeta, pero que por supuesto no tenemos pruebas concluyentes al respecto. Pero el entrevistador vuelve a la carga y dice: Bueno, pero ¿qué es lo que crees realmente?, a lo cual Sagan responde: “Ya te he dicho lo que creo.” “Sí, pero ¿Qué te dicen tus entrañas, existen o no?, y Sagan dice: “Yo trato de no pensar con mis entrañas. En serio, es mejor reservarse la opinión hasta que tengamos pruebas.”
Se puede apreciar que Sagan era un científico a carta cabal, que trataba de evitar que lo subjetivo gobierne a lo objetivo.
No dejó que sus sentimientos o creencias interfieran con la visión real de los temas que estudiaba. Si hay pruebas, seguimos avanzando, si no las hay, seguimos investigando.
La angustia existencial
Así se le llama a aquel sentimiento que nos inquieta cuando no encontramos respuesta a la pregunta ¿Cuál es el sentido de mi vida?
Nos preguntamos cuál es la razón de nuestra existencia, pero al no encontrar contestación definitiva, esto nos produce angustia y ansiedad.
Por razones que aún no conocemos con profundidad, esto es parte de la naturaleza humana. La capacidad de cuestionar es parte fundamental del legado del homo sapiens. ¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy? ¿Para qué estoy aquí? Así es, el ser humano tiene esta pesada herencia que lo faculta para pensar, filosofar y también para sufrir.
Si revisamos un poco las ideas de extraordinarios pensadores y filósofos, quienes han profundizado en las posibles formas de analizar y responder a estas preguntas, nos encontramos con interesantes reflexiones y valiosos planteamientos. Por otro lado, las religiones han pretendido ser las conocedoras de todos los misterios del mundo y del universo y dicen ser poseedoras de la verdad respecto de estos temas.
Científicos, religiosos y filósofos, todos han intentado resolver estas grandes interrogantes, unos por un lado, utilizando la capacidad de razonar, y otros tratando de imponer respuestas a fuerza de amenazas, pero a pesar de tantos esfuerzos, estas incógnitas persisten.
Al parecer es el fenómeno de la angustia lo que impulsa a muchos a buscar estas respuestas con desesperación.
Así como somos seres pensantes, que tendemos a hacer uso de la razón, también somos seres sensibles y apasionados, que nos dejamos llevar por las emociones, y entre la razón y la pasión, nuestras vidas se enfrentan a un conflicto poderoso.
La razón nos llama a ser objetivos y fríos, recorriendo el sendero del análisis y de las pruebas. La pasión, en cambio, puede ser impredecible e incita a nuestra imaginación a visitar reinos donde gobiernan los sentimientos y las fantasías.
Y si nos dejamos dominar por la angustia, esta tenderá a despertar nuestra sensibilidad y llevarnos hacia las profundidades de los pensamientos apasionados, donde solemos perder la objetividad y donde corremos el riesgo de encontrar el fanatismo.
Creo que debemos aprender a dominar la angustia para que no pase de los niveles necesarios de nuestros instintos de supervivencia. Un poco de angustia seguramente nos mantiene en un estado de alerta cuando necesitamos encontrar una respuesta.
Hasta allí, bien; pero si la respuesta que buscamos está más allá de nuestros recursos y de nuestras posibilidades, simplemente debemos recordar que siempre habrá asuntos sin resolver que deberemos apartarlos de nuestros pensamientos para dedicar nuestra atención a desarrollar nuestros proyectos personales. ¿Qué tal cambiar algo de angustia por un poco de alegría? A fin de cuentas, solo nosotros decidimos a qué vamos a dedicar nuestros pensamientos.
El otro día me detuve en una cafetería y pedí un sándwich con un cafecito. El lugar tenía una buena vista hacia la calle.
Una calle céntrica bastante concurrida. Veo a la gente que pasa; veo sus caras, sus expresiones y sus actitudes. Me doy cuenta que andan ocupados de sus asuntos personales, ocupaciones cotidianas de diversa índole. Hasta unas monjitas cruzan el estacionamiento y se dirigen a un vehículo que les espera. El guardia del estacionamiento está atento a los vehículos que circulan...
Puedo percibir que difícilmente alguna de estas personas esté preocupada de asuntos divinos. Todos están concentrados en asuntos mundanos, atendiendo cuestiones terrenales de su diario vivir.
Entonces, ¿cuándo es que de repente alguien se preocupa de estos asuntos divinos que estamos tratando de enfocar?
Creo que en la mayoría de los casos, esto ocurre en el momento en que nos topamos con alguien o algo (un libro o la iglesia del domingo, por ejemplo) que tiene su interpretación de aquello y nos la quiere transmitir.
A lo que voy es que la vida transcurre y fluye normalmente para millones de personas hasta que alguien o algo interviene e influye en sus pensamientos. La reacción y forma de nuestras interpretaciones dependerá de la forma en que cada uno las perciba y las entienda.
Los antecedentes de cada persona, tales como sus estudios, sus relaciones familiares, etcétera, de una u otra manera determinarán con que grado de profundidad y análisis capte estos mensajes e interpretaciones, y hasta qué punto podrán entrar en su subconsciente y obrar en algún nivel de sugestión.
Hace poco llegó a mis manos un libro titulado “Cuando lo que Dios hace no tiene sentido”, el cual es un intento de mantener a los creyentes en sus creencias a pesar de todos los males y a pesar de todas las interrogantes. Indica situaciones dramáticas de nuestras vidas, como cuando se muere un hijo, un muchacho que es muy bueno, buen estudiante, cariñoso, en fin, con todo por delante, pero de repente, sin ton ni son, un accidente le quita la vida y además siendo miembro de una familia “que fielmente había honrado y servido a Dios durante años de total dedicación”. Los padres se preguntan ¿Por qué?
Qué razón pudo haber tenido el Señor para “llevárselo”. Y la respuesta es: No lo sabemos, el Señor tiene misteriosos caminos que no comprendemos.
Lo trágico es que no se percibe una explicación de porqué debemos creer. El autor simplemente repite que debemos creer porque sí. ¡Vaya argumento de peso!
Más adelante, en ese mismo libro, el autor dice que si se nos ocurre dudar, o hacer preguntas un poco más profundas, somos seres humanos increíblemente arrogantes al poner en duda la sabiduría del Omnipotente.
Esa afirmación me parece realmente deliciosa para lo que tratamos de explicar. Y es que no estamos poniendo en duda la sabiduría del Omnipotente, sino la sabiduría y la fiabilidad del intérprete.
Una cosa que podría justificar este tipo de razonamientos, aquellos que nos entrelazan siempre con “misteriosos caminos”, supongo debe ser el dar consuelo en la tragedia.
Lamentablemente, si leemos un poco entre líneas, las tragedias seguirán ocurriendo, seamos o no creyentes, simplemente porque somos parte de este mundo, donde la naturaleza funciona así. Donde todas las especies nacen, crecen, se reproducen y mueren con sus aventuras y desventuras.
Pero afortunadamente, no se trata de simplemente echarnos al dolor y a la autocompasión. La especie humana, dada su capacidad de razonamiento, es la que tiene mejores posibilidades de minimizar las desventuras, como por ejemplo las muertes accidentales o por enfermedad, pero no exactamente por tener alguna fe en algún camino misterioso que no alcanzamos a comprender, sino por la utilización de nuestra inteligencia, experiencia y conocimientos prácticos.
2 ANTECEDENTES HISTÓRICOS
INTERPRETACIONES A LA CARTA
Ventajosamente, todos contamos con la capacidad de pensar y los pensamientos siguen siendo algo privado. En este ámbito, o en el mundo de nuestros pensamientos, somos nosotros los que decidimos qué hacer. Nadie, a menos que lo autoricemos, puede decidir por nosotros qué debemos pensar.
Apuntando estos razonamientos hacia el tema de este libro, hay muchas personas que deciden creer que sus vidas están conectadas o influenciadas por algo divino. Dentro de este conjunto, podemos ver dos grupos. Por un lado, hay quienes resuelven interpretar esta relación a su manera, manejando visualizaciones y conceptos que concuerden con su experiencia y conocimientos, y por otro, hay quienes prefieren ajustar su forma de pensar a la interpretación desarrollada, decretada e impuesta por alguna religión. Es decir que unos quieren participar en la interpretación y otros eligen simplemente ser guiados.
La definición de la palabra religión según el Diccionario de la Real Academia Española es como sigue: Conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto.
Al buscar los orígenes de la religión, la enciclopedia Microsoft Encarta nos indica que los primeros indicios de esta comienzan con los primeros ritos funerarios humanos hace unos 100.000 años. Esto concuerda con el razonamiento de que las religiones han sido, desde sus comienzos, formas de interpretar lo desconocido.
En la actualidad, existen algo así como 10.000 religiones en el mundo, las cuales tienen un denominador común bastante evidente y se trata del dogmatismo. Un dogma es una propuesta que debe aceptarse por sí misma, sin cuestionamientos.
Es una idea (una interpretación) que se propone no para ser discutida sino para creer en ella, pues porque sí.
Judaísmo, Cristianismo e Islam, las tres grandes religiones monoteístas, tienen mucho en común. El cristianismo apareció en Palestina al interior de la comunidad judía durante el siglo I d.C. y el Islam, en un principio, extrajo parte de su ideología del judaísmo. Teniendo en cuenta que desde el siglo VII la mayor parte de los judíos han vivido en un contexto cultural muy próximo al cristianismo y al Islam, estas dos religiones ejercieron una fuerte influencia en la historia del judaísmo.
La religión cristiana que cuenta con aproximadamente 2.100 millones de seguidores, propone el libro llamado Biblia como base de sus creencias y parte de sus fundamentos son las enseñanzas de Jesús de Nazaret.
El Islam, o religión musulmana, tiene cerca de 1.200 millones de fieles. Propone las enseñanzas escritas en el libro sagrado llamado Corán. La oración diaria obligatoria incluye la recitación de algunos de sus pasajes y la educación tradicional incluía su memorización. Además, es considerado entre los musulmanes la fuente principal de la ley islámica.
Se debe tomar en cuenta que algunas de estas propuestas tal vez no encajan en la definición de religión, sino que se podrían considerar como sistemas éticos o filosofías de vida, como por ejemplo la religión budista, fundada por Gautama Buda (563-483 a.C.), tiene algo así como 350 millones de creyentes, quienes rigen su vida por las enseñanzas de este maestro.
Los primeros budistas creían que la conducta del hombre era más importante que su participación en las ceremonias religiosas.
Pero estas son las religiones modernas, estos son los intérpretes de hoy, casi podríamos decir: “los que están de moda”, ya que no fueron los primeros y seguro no serán los últimos.
Muchas religiones y movimientos espirituales creen que sus libros sagrados (o Escrituras) son la Palabra de Dios, y muchas veces creen que los textos son totalmente divinos u originados por una inspiración espiritual. Aún los no creyentes a menudo escribimos los nombres de escrituras sagradas con mayúsculas por un instinto de respeto a la tradición.
Las religiones han tenido tanta influencia y durante tanto tiempo sobre las sociedades, que ciertas formas irracionales de actuar son vistas como algo normal. Un ejemplo clarísimo es cuando un deportista (lo vemos todos los días en televisión) pide o agradece a algún ser divino para ganar un encuentro, sin recapacitar en que el jugador contrario es también digno merecedor de las gracias divinas.
Al ir transcurriendo la historia, con el pasar de los tiempos, las diferentes culturas también nos han dejado evidencia de variadas formas de interpretar lo desconocido y lo divino.
Veamos unos ejemplos a continuación.
Antigua Grecia
Los griegos eran politeístas, es decir creían en la existencia de varios dioses. Pensaban que estos habitaban en el monte Olimpo, en una región de Grecia llamada Tesalia. Según ellos, los dioses formaban una sociedad organizada en términos de autoridad y poderes, se movían con total libertad y formaban tres grupos que controlaban sendos poderes: el cielo o firmamento, el mar y la tierra.
La cultura Romana
Los romanos, como toda sociedad humana, también tenían su forma de interpretar lo divino. Ellos también eran politeístas pero aportaron sus propias curiosidades. Por ejemplo, solían dar a los dioses locales de los territorios conquistados, el mismo trato que a los suyos propios. En muchas ocasiones, se invitaba a las deidades recién conocidas, a mudar su residencia a nuevos santuarios en Roma.
Es interesante el hecho de que tanto griegos como romanos practicaban el antropomorfismo, en otras palabras, atribuían cualidades humanas a sus dioses. Cualidades como la forma de sus cuerpos, sentimientos como envidia, ira y amor.
Los romanos creían que el fuego y las almas eran de similar naturaleza, razón por la cual creían que la cremación permitía que ésta llegue al otro mundo más rápido.
Antiguo Egipto
A los dioses egipcios se les representaba con torsos humanos y cabezas animales o humanas. Muchas veces el animal expresaba las características del dios. Mut tenía cabeza de buitre. Hator, la diosa del amor y de la risa, tenía la cabeza de una vaca, que le estaba consagrada. Ra, tenía cabeza de halcón, y el halcón estaba consagrado a él por su vuelo veloz a través del cielo; a Anubis se le asignaba la cabeza de un chacal porque estos animales destrozaban las tumbas del desierto en la época antigua. Path tenía cabeza humana, aunque ocasionalmente se le representaba como un toro, llamado Apis. En ocasiones los dioses eran representados también mediante imágenes, tales como el disco del sol y alas de halcón que se ubicaban en el tocado del faraón.
Mayas y Aztecas
Estas civilizaciones de Centro y Norte América también coincidieron con las ideas politeístas. Aunque ambas creían en un Dios supremo, sus interpretaciones de las fuerzas divinas, también consideraban la existencia de varios dioses, cada uno con diferentes poderes tales como el Dios de la lluvia, el Dios de los infiernos, la Diosa de la purificación, y así algunos otros con variadas funciones.
Hay evidencias de que durante largos periodos, los intérpretes divinos de turno fueron responsables de cientos de sacrificios humanos, cuya sangre derramada supuestamente generaba el bienestar para todo el régimen.
Los sacrificios, humanos y de animales, eran parte integrante de estas creencias. El honor máximo de los guerreros consistía en caer en la batalla u ofrecerse como voluntarios para el sacrificio en las ceremonias importantes. Las mujeres que morían en el parto compartían el honor de los guerreros.